Supervivientes

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Cuando el bosque la soltó

Mercedes Salmerón Albarrán

El día que el bosque se tragó el avión, a Elena no le quedó nada que hacer, salvo esperar. Al tercer día entendió que esperar era morir. No intentó salir. El bosque no tenía salida, sólo capas. Empezó a escuchar. Aprendió que las raíces gordas guardaban agua si las cortabas al amanecer, que los monos aulladores gritaban no por peligro, sino porque había higos maduros. Que la lluvia no caía, respiraba. Al séptimo día ya no buscaba ser rescatada. Se había quitado los zapatos. Tenía barro en las uñas y hormigas que le recorrían los brazos sin picarla. Los rescatistas la encontraron al décimo día porque ella quiso. Había hecho una columna de humo con hojas verdes y gasolina del ala rota. Cuando el helicóptero bajó, el piloto le gritó:
—¡Te encontramos! —Elena miró los árboles alrededor, inmensos, indiferentes, vivos.
—No —dijo— me soltó.

Ahora podrá

Carlos Enrique Saldívar

Eran dos hombres los que se perdieron entre los bosques del norte del mundo cuando salieron a cazar. En cierto momento se separaron, justo cuando el frío se intensificaba. Jack pudo beber agua de un riachuelo y guarecerse bajo una saliente de roca. Durmió, aunque su futuro era incierto. ¿Cuánto más habría de andar para hallar el camino de regreso? Nadie lo buscaría, de eso estaba seguro. Sólo tenía en mente ubicar a su amigo para que juntos lograsen hallar una solución. Estar acompañado se le hacía una mejor idea, pero las horas pasaron. Dos, tres días y no encontraba animales. Sólo tenía resguardo encendiendo fuego, pues el clima era implacable. Los malos pensamientos lo inundaron, esa sensación de estar siendo devorado por lobos. Entonces, cuando la esperanza casi lo abandonó, encontró a su compañero, tirado entre dos árboles, moribundo. Jack se había salvado. Sacó su cuchillo. Ahora podría comer.

Circular

Sandra Luján Orsatti

Cuando abrió los ojos, el monte ya no tenía caminos. Había seguido el cauce seco de un arroyo durante horas, convencida de que encontraría la ruta de regreso, pero la noche cayó antes, espesando los árboles hasta convertirlos en una muralla de sombras. El teléfono murió. También la última gota de agua. Al tercer día comprendió que el monte no quería matarla, simplemente era indiferente. Aprendió a beber del rocío acumulado en las hojas, a reconocer el vuelo de las aves hacia algún curso de agua, a dormir abrazada a una piedra todavía tibia. Cada crujido la mantenía despierta. Cada amanecer era una pequeña victoria. La tormenta llegó al séptimo día. Entonces encontró una huella humana junto al barro. La siguió durante horas, hasta descubrir que era su propia huella. Había estado caminando en círculos. Y, sin embargo, aquella vez no se detuvo.

Amistad póstuma

Shaker Hauser

Perdidos en un árido desierto, dos sobrevivientes se hacían compañía mutua, incluso en este, su momento más oscuro. Durante días, atravesaron los más inhóspitos yermos; en las gélidas noches yacían en un tembloroso abrazo para no morir de frío. Con cierta complicidad, ambos se juraron la más sincera de las amistades, y llevaron su promesa hasta el final. Llegó la ocasión en la que el hambre se sentó con ellos a comer. Las lágrimas salían de sus ojos, con la mirada fija en el otro sellaron su fraternidad. Ahora serían uno solo, uno veía a un amigo, el otro veía su siguiente manjar. Algún día saldría del desierto, vería el pasado con nostalgia, se abrazaría a sí mismo y recordaría en sus entrañas una póstuma amistad.

Caninos

Sarko Medina Hinojosa

Hace tanto que vivo aquí. La luna sale y cazo, sale el sol y descanso. La comida cruda es deliciosa. Los restos del avión ya tienen musgo. Me salieron hace meses dientes en punta y disfruto más la carne. Algunas presas hablan. Su carne es más deliciosa que la de los lobos. Hay un día que recuerdo a madre. Hay un día que paso hambre. Llega el sol fuerte y más demorado en el cielo. Me alegra porque ellos vienen y nadan cerca de mí y gritan de alegría y disfruto sus abrazos mientras los hundo conmigo. ¿Eso querías saber?

Aun así, no volvería a ser presa de humanos

Karla Gabriela Barajas

Quería ser como Inosuke, fuerte, flexible, criada por un jabalí de montaña. Se internó en la naturaleza con una máscara de cerdo salvaje para agudizar los sentidos y aprender a sobrevivir. Al principio creyó que la máscara imponía respeto. Pronto descubrió que las otras bestias no veían en ella a una depredadora, sino a una presa. Una noche, rodeada de ojitos brillantes, comprendió que la máscara no daba miedo. Despertaba el hambre. Aun así, no volvería a ser presa de humanos.

El peso del sueño

Llemel López Torres

El barro del Darién se tragaba los pasos. Mi madre, con la fiebre, ya no podía alzar los pies. Su mano, hueso y piel, apretó la mía. —Sigan —dijo, su voz un hilillo de viento—. El sueño no puede morir aquí. Mi padre la miró, y yo vi cómo su alma se rompía en dos. Nos levantamos. La selva no llora. Dejamos su cuerpo al pie de un árbol gigante, sus brazos cruzados sobre el pecho, un anillo de boda brillando entre el lodo. Caminamos sin mirar atrás, yo con el nombre de ella grabado en la lengua, masticando su último aliento. Ahora, en la fila de la frontera, siento el barro seco en mis zapatos. Mi padre, mudo, sólo señala el norte. No hay gloria en esta historia, sólo el eco de un corazón que paramos para que el nuestro siguiera latiendo. El sueño pesa más que su cuerpo, y duele igual.

Supervivientes

Natividad Villar Martínez

La selva fue mi primer destino, ataviada con traje de exploradora, me crucé con especies salvajes, con frutas tropicales alimenté mis ganas y entre frondosa vegetación busqué el descanso, había sobrevivido. Al bosque llegué con atuendo de cazadora, mi misión, hacerme de presas que con mi escopeta daba muerte, carne con la que nutrirme, dormir al repecho de los pinos y abetos, había salido de otra. El océano se presentaba como más complejo, el traje de submarino me permitiría sumergirme entre sus aguas, la captura de algunos peces mi alimento y la noche sobre la arena de sus playas. Entonces miré la hora, las doce, cerré el juego de Supervivientes, apagué el ordenador y la luz, para que madre no se diera cuenta. Me metí en mi cómoda cama, sin preocupaciones por cómo sobrevivir.

Biofobia

Gema Herráez Peñas

Debía demostrarse a sí misma que era capaz. Su objetivo era superar su biofobia. Estaba harta de soportar las burlas y la incomprensión de sus amigos. Primero se preparó psicológicamente. Después hizo su mochila. En ella puso agua, repelente de insectos, un botiquín de emergencias por si tenía algún accidente (como por ejemplo la caída de una rama, arañazos por la maleza o, incluso, reacciones alérgicas a alguna de las muchas plantas venenosas que suele haber). Armada de valor se dirigió a su mayor pesadilla. Cruzó la calle y entró en el parque de su barrio. No pudo soportarlo. A la primera zancada retrocedió y, dando media vuelta, volvió a la seguridad que le ofrecía la ciudad con sus calles, su tráfico y sin peligros desconocidos.

El náufrago

María Alvarado De la Rosa

Siempre me preguntaron en las entrevistas, que como escritor de renombre, fueron muchas. ¿Qué libros llevaría a una isla desierta? Hoy, sentado bajo la sombra de una palmera en la pequeña y desierta isla a la que logré llegar nadando, después de que naufragara el crucero que pude pagar con las jugosas regalías de mi trabajo. Pienso en mi supervivencia. Encontré cocos, servirán como agua y comida. Después de satisfacer la básica necesidad de alimentarme. Descubrí la respuesta a aquella pregunta. Debí traer un libro en el que me explicaran cómo cocinar aves sin usar fuego, claro está que necesito uno que describa cómo atraparlas. Uno de cómo construir balsas con palmeras para principiantes. Un mapa de lugares desconocidos para tontos. Y definitivamente, una Biblia. Sus hojas son suaves y delgadas. Tengo la piel delicada y aquí… No hay papel higiénico.

Instinto de manada

Nereidy Velásquez

Ella seguía los pasos de nuestro padre y yo los de ella. Nos adentramos tanto en el bosque que perdimos el rastro. Al caer la noche, olfateé unas bayas y se las ofrecí; luego nos acurrucamos entre los arbustos para protegernos del frío y de las bestias. Pasaron cinco días idénticos y sedientos. Mi hermana ya no tenía fuerzas. Al sexto amanecer, la dejé oculta entre los matorrales y corrí guiado por mi olfato. Cuando por fin alcancé la casa, mis ladridos desesperados alertaron a la familia. Me siguieron de vuelta a la espesura hasta que, guiados por mi rastro, rescataron a la niña.

Salvar la vida

Ana María Abad García

Deambulo desorientada entre la espesa vegetación. Sola, sin víveres, perdido el rastro de mi expedición, temo no sobrevivir hasta mañana. Esos malditos depredadores me siguen los pasos, dispuestos a acabar conmigo, con todas nosotras. Y rezo para que empiecen a segar el césped por la otra punta del jardín, para que me dé tiempo a encontrar el camino al hormiguero antes de que me descubran.

Llueve

Luis Ignacio Muñoz

Temblamos como hojas a la deriva, mientras el ruido de la tormenta arrecía en este refugio que no sirve de nada. Caen goterones de lluvia que parecen piedras y nos recogemos los cuatro pegando nuestros cuerpos. Temblamos con el bramido de los truenos, al tiempo que los relámpagos iluminan en breves lamparazos el campo inundado. Nuestra madre se acerca y da vueltas alrededor del tronco en su desespero. Lanza fuertes maullidos al momento de llegar una corriente de agua que se aproxima a arrastrarnos sin piedad. Es cuando aparece entre matorrales el hombre presuroso con una linterna y su impermeable.

La última señal

Jorge Antonio Tisera

Cuando abrió los ojos, el bosque había borrado el camino.
La tormenta había arrastrado su mochila, quebrado la brújula y convertido el sendero en un río de barro. Sólo conservaba un cuchillo, un encendedor y una botella medio vacía.
Durante dos días caminó siguiendo el curso del agua. Al caer la noche, construyó un refugio con ramas y hojas. Bebió después de hervir el agua y comió los pocos frutos que reconocía.
La tercera mañana escuchó un ruido entre los árboles.
Pensó que era un animal. Preparó el cuchillo.
Entonces apareció un pequeño zorro. Lo observó unos segundos y comenzó a caminar. El hombre lo siguió.
Después de una hora, el zorro desapareció entre los arbustos.
Allí estaba el río.
Y, junto a él, una vieja torre de vigilancia.
Subió como pudo y encontró una radio abandonada.
Giró el dial.
—¿Hay alguien?
El silencio respondió.
Hasta que una voz dijo.
—Te estábamos buscando.
Por primera vez, lloró.

Desasosiego

Silvia Bottallo

Todavía no sabe cómo vino a parar a esta isla caribeña, si se perdió durante una excursión, si fue un naufragio. Y qué hace bajando cocos de las palmeras, cazando cangrejos, juntando ramas secas para hacer fuego. Todavía no puede creer que se le apareciera una sirena y le ofrendara su canto, y luego saliera a medias del mar, para acercarle la frescura de su torso. Todavía no se explica por qué dejó ir al barco, que seguramente venía en su búsqueda, porque gritaron su nombre por la isla, y él se escondió entre la vegetación. ¿Será que la exótica sirena, desde unas piedras, juntaba sus aletas, rogándole que se quedara? ¿O que al fin podrá probarse, luego de los cursos de supervivencia que ha tomado? Todavía no entiende esas imágenes que ve y se diluyen inmediatamente. Personas de blanco que se le acercan, lo nombran, y lo nombran…

La última huella

Norma Beatriz Castillo

Cuando despertó, la tormenta había borrado el sendero. A su alrededor, el bosque era un laberinto de árboles mojados, ramas quebradas y silencio. Tenía una botella con poca agua, un cuchillo y una cerilla protegida entre los dedos. Recordó las palabras de su abuelo. «En la naturaleza, no vence el más fuerte, sino quien aprende a escucharla». Escuchó. El viento soplaba hacia el este. Los pájaros habían dejado de cantar al oeste. Entonces comprendió, debía seguir el viento. Caminó durante horas, bebiendo unas gotas. Al anochecer encontró un arroyo. Se arrodilló, llenó la botella y descubrió algo en el barro, una huella humana. La siguió. Al amanecer llegó a una cabaña abandonada. Entró, exhausto. Sobre la mesa había una nota. «Si llegaste hasta aquí, ya sobreviviste a lo peor». Sonrió. Afuera, el bosque volvió a cantar. Pero esta vez, entre los árboles, escuchó también el latido de alguien que respiraba.

El bosque prohibido

Claudia Sánchez

Llevaba días extraviado en aquel bosque, ya sin provisiones y buscando una salida de ese laberinto. El cansancio lo doblaba. Estaba al borde de sus fuerzas cuando escuchó un aullido a lo lejos. Entró en pánico. Comenzó a huir del lobo entre ramas quebradas, tropezando con raíces y espinas que parecían cerrarle el paso. El bosque lo cercó con sombras y hambre, arrancó raíces negras junto al río y las masticó con furia, ignorando su sabor metálico. La noche lo castigó con el frío, pero él resistió, encendiendo brasas mínimas bajo unas piedras. Al amanecer, la piel se le endureció como corteza de las raíces que había comido, los dedos se alargaron en ramas. Comprendió entonces que la naturaleza no lo había condenado, sino transformado. Ya no era presa ni intruso, era sobreviviente, aunque con otro aspecto. El bosque lo aceptó como árbol, y en su silencio halló la victoria.

Después de la tormenta

Julio César Aguilar

La tormenta llegó antes del anochecer. El viento arrancó ramas, borró senderos y convirtió el bosque en un laberinto de sombras. Un zorro joven, separado de su madre, corrió hasta encontrar una roca que sobresalía entre los árboles. Allí se refugió, temblando de frío. Durante la noche escuchó a los lobos, el crujido de los troncos y el rugido lejano del río. Tenía hambre, pero sabía que salir significaba exponerse al peligro. Esperó. Al amanecer, el bosque parecía otro. La lluvia había dejado pequeñas charcas entre las raíces y, sobre la tierra húmeda, aparecieron huellas de conejos. El zorro siguió una de ellas hasta un claro. Allí encontró alimento y agua. Antes de regresar a su refugio, levantó la cabeza. Había aprendido que sobrevivir no siempre significaba ser el más fuerte, sino saber esperar, observar y escuchar. Desde entonces, caminó por el bosque con menos miedo.

Antropófagos

Rosaura Béjar Hernández

El avión cayó planeando sobre los gigantescos árboles habitados por simios lomo plateado; en su caída, muchos animales murieron. La nave se estrelló. El primero en despertar y reaccionar fui yo. Busqué a mis compañeros entre los escombros; todos estaban muertos, excepto Rosalía y Felipe, que reaccionaron a mis desgarradores gritos. En ese momento, el fuselaje de la nave se sacudió con fiereza. Los gorilas lo destrozaban; nos rodearon. El líder de la manada se paró al frente, golpeándose el pecho en señal de su poder. Un instinto bestial inundó mi entendimiento, sobrevivir era mi objetivo. Tomé un pedazo de lámina filosa y seccioné la pierna de un cadáver (no me pregunten de quién, no lo sé). Extendí mi mano temblorosa y la entregué al líder, él la recibió con un rugido que enmudeció el silencio. El festín se prolongó por días.

Sobreviviente

Juan Martínez Reyes

Cuando acabó la cuarentena por el virus aprendí que en situaciones difíciles la única manera de sobrevivir es comer de todo, por eso hoy me gusta la carne humana.

Verde desconcierto

Analia Romero Martín

Mareados, como si la selva se hubiera convertido en un verde carrusel, giraban sobre su eje, tratando de encontrar la salida… Debieron buscar un guía y no ser tan confiados. Pero la juventud es así, desafía a sus padres, a sus maestros, a la naturaleza y entonces sucede esto, una parejita de novios despistada… Desesperada por encontrar el camino de regreso. No es fácil sobrevivir aquí… A veces el menú se vuelve escaso, otras aburrido. Hasta que la vida te sorprende con algún humano perdido…

En espera

Néstor Rubén Giménez

El frío en las manos corta la piel, pero es la única prueba de que los dedos siguen unidos al cuerpo. La escarcha en las pestañas pesa como plomo. Un zorro se detiene en el claro, me observa. En este bosque, la impaciencia es la única bestia que no avisa. Uso el último fósforo que apenas ilumina la negrura. El silencio oprime las costillas con cada respiración, gélida y asfixiante. Mi voz suena extraña, áspera, como un crujido de ramas secas. La cueva es mi refugio, evitar que el fuego se apague es la prioridad. Las lenguas de la fogata pegan contra el techo cortando el frío, devorando los fragmentos de corteza seca. Afuera, el viento ruge corriendo entre los árboles. La luna es un ojo mudo que vigila. Me hago un ovillo, abrazo el calor precario y me aferro a la frágil certeza de un rescate que no llega.

Inmunes

Octavio Martín Silva Oropeza

«La Tierra se ríe con flores».
Ralph Waldo Emerson

Las plagas se manifestaron, así como los terremotos, las lluvias inmensas e intensos granizos. Todas las catástrofes que la historia y los videntes profetizaron. Corrí, me cubrí, aguanté. La tierra temblaba para sacudirse, no para acabarse. Al día siguiente volvió a salir el arcoíris de siempre. Yo seguía ahí, inmune, aprendiendo por fin a reírme con flores.

Ocaso

Erick Daniel Villamil Ramírez

El viento arrancó las últimas gotas de agua del follaje. Estaba mojada, a los pies de un gran abeto. No recordaba cómo había llegado hasta ahí. Pero si quería sobrevivir debía abrirse paso hasta otro sitio. El agua no faltaría, pero la luz pronto sería eclipsada por las enormes copas de los árboles y el dosel quedaría a oscuras al menos hasta la mañana siguiente. No sabía qué podía contener esa oscuridad que tanto le aterraba. Se acercaba la noche y podía sentir cómo los insectos escalaban su anatomía como reclamando su cuerpo al bosque. Intentó dejar de sentir, cerrar sus sentidos para sobrevivir al menos esa noche. Por la mañana. La luz se coló por las hojas e iluminó el suelo. Ahí estaba la pequeña planta que luchaba por continuar creciendo, estaba un poco más alta, pero sólo era el principio. Pasarían muchas noches antes de que fuera un tronco suficiente para ser parte del bosque.

Asfalto

Natalia Restrepo Maya

Sobresale la verde textura, ondeando levemente con el fresco aire, tímidamente asomándose a la vida en medio del gris palpitante de la ciudad. Su terco tallo se erige impetuoso por encima de la superficie de concreto avisando que la vida es eso, resistir sobre la fría y calcitrante acera, por donde han de pasar marchitas sus hojas secas.

Instinto

María Sofía Abarca

Me perdí en el bosque de su corazón. Intenté hacer fuego, enviar señales de humo, pero ahí ya no existía el calor que conocí. Quise beber de sus ríos, me hice una lanza para pescar, sin embargo, nada podía saciar mi hambre ni calmar mi sed. Miré el mapa que me había dado hacía un año, los caminos estaban borrados, los puentes no existían y, donde deberían estar los refugios, una mancha negra lo cubría todo. Decidí dormir como pude esa primera noche, aunque los mosquitos y la lluvia me mantuvieron en vela. Busqué guiarme con sus estrellas y sólo caminé en círculos. Sobreviví comiendo las flores marchitas que alguna vez me regaló, hasta que encontré una bandada de cuervos. Ellos, benevolentes, me ayudaron a salir de su corazón. Les di, a cambio, lo que quedaba del mío.

Reflejos del tiempo-espacio

Francisco Araya Pizarro

En el año 480 A. C., en un estrecho paso, dos ejércitos se preparaban para morir por causas que apenas entendían. Desde una colina estaban invisibles, Vantor, emisario de Ubiel, susurrando al general persa promesas de gloria que en realidad alimentaban su hambre de conquista. Mientras Iyara, guardiana de Solenne, buscaba algo más simple en un soldado espartano que temblaba frente a ella, no por valentía, sino por el tozudo instinto de seguir respirando un día más. Ninguno de los dos agentes controlaba realmente el resultado. Bajo el fragor de las espadas, los hombres luchaban por volver a ver a sus hijos, por no ser olvidados. Cuando el polvo se asentó, los historiadores hablaron de estrategia y sacrificio. Nadie escribió que, en el fondo, todo fue sólo una especie luchando una vez más por no extinguirse.

Fuego

Martin Hernández

Las bayas y las frutas se habían terminado; había sobrado un poco de carne. Empezó a llover y a relampaguear. El hombre estaba en su cueva, a salvo. La lluvia era una gran tormenta, con relámpagos que iluminaban el cielo. De repente, un relámpago cayó sobre el árbol más cercano a su cueva; partió una rama, se incendió y ésta cayó muy cerca de él. Eso que brillaba era algo nuevo, esa luz que cayó del cielo era maravillosa. Cuando la intentó tocar, se lastimó, le ardió la mano. Por instinto, acercó la carne a esa luz. Después probó aquella carne, sabía mucho mejor. Se acercó y sintió un calor parecido al que sentía durante el día. Había descubierto que aquella luz era la salvación para sobrevivir a lo que después le llamaría, naturaleza.

Perdido

Jeanneth Bohorquez Quevedo

Llevaba seis meses perdido en el bosque. Todo comenzó cuando se alejó del grupo. Fueron instantes que se detuvo para capturar la imagen de una mariposa. Al voltear, ya no estaban más. Gritó y buscó, alejándose. De noche, rendido se tendió entre el follaje. Los ruidos inundaban el paraje, las miradas se multiplicaban y el corazón golpeaba su pecho. Respiró, tragó saliva, cerró los ojos y al abrirlos se le develó el firmamento, salpicado de luces y coronado por un destello de plata. Su miedo se disipó momentáneamente. Los días siguientes, caminó como nunca. Aprendió a tener los sentidos atentos, su paladar disfrutó de los frutos. En su recorrido, una cotorra se unió a su travesía, se sentía Robinson Crusoe, sumergido en su propia trama. Al séptimo mes con la barba espesa, oyó voces, después de sólo oír la suya. Era una señal, miró atrás y exhaló un suspiro.

Agua

Alicia Araoz

Todo baqueano sabe dónde están los pozos de agua. Remigio los conocía desde niño, había crecido en las planicies frías cerca las montañas andinas. Cuando la camioneta lo dejó lejos aún de su casa, empezó a caminar confiado en sus fuerzas y que conocía dónde encontraría agua. En el momento que la sed comenzó a apretarlo, instintivamente apresuró el paso. Pero cuando creyó que estaba cerca del pozo de agua, se encontró de frente con grandes rocas. Un alud las había arrojado sobre el camino. Debilitado por la sed, comenzó a escalarlas, pero cuando parecía llegar a la cima, cayó rodando. Mientras yacía en el suelo, pensó en las lluvias que convertirían al viejo pozo rodeado de piedras en una laguna que se llenaría de aves que buscarían el agua fresca. Murió mirando en el cielo los negros nubarrones y sintiendo el olor a tierra mojada que llegaba de lejos.

Tan solo algunos grados de latitud

Guisela López

Cuando arribaron a la playa se creyeron a salvo. Pensaron que estarían de regreso a la civilización. Lamentablemente hubo un error de cálculos, y en lugar de llegar al continente estaban en una isla, que apenas abarcaba unos cuantos kilómetros y parecía estar deshabitada. Entonces empezó la lucha por sobrevivir, Pablo, un comerciante, y uno de los dos marineros asignados al bote de salvamento, decidieron salir a buscar agua, en tanto que Andrés, un joven chef y el otro marinero, se dieron a la tarea de rescatar objetos que habían llegado hasta la playa, provenientes del naufragio. La octogenaria señora Clara más cansada que los demás, buscó una sombra, para esperar a los demás. Al atardecer el grupo de sobrevivientes ya habían tejido palmas para protegerse del sol, habían conseguido bajar cocos y se entretenían en comer la carnaza, tratando de convencerse de que, sin duda, aquello, sería pasajero.

Hecatombe

María Isabel Grijalva de León

Los fenómenos naturales siempre han existido. Guatemala se caracteriza por ser uno de los países con alta vulnerabilidad, contabilizando terremotos devastadores. Mil novecientos setenta y seis un cuatro de febrero, tres con cinco de la madrugada, sentí un fuerte movimiento oscilante. Salté del lecho en medio del balanceo, gritaba a mis hijas y mi hijo asustados, el meneo cambió de pronto como rebote de pelota. Salimos y toda la vecindad estaba afuera, las réplicas no cesaban. Vivíamos a orillas de un barranco y escuchábamos gritos de auxilio, amanecimos, enterándonos de la magnitud del temblor de siete punto cinco en la escala de Richter, duración treinta y nueve segundos. Fue devastador. Las puertas de las viviendas permanecieron abiertas y los ratones y ratas dejaron el barranco y se refugiaron en las casas. Pasamos un mes durmiendo en carpas, sin agua potable, electricidad y falta de alimentos, sobreviviendo a lo que la naturaleza nos puso a prueba.

Soy

Antonio Arjona Huelgas

Iba solo y quedé solo. El avión se estrelló, no quedó nadie más. Cayó al mar, a duras penas llegué aquí. Estoy en una isla desierta. No tengo agua ni recursos a la mano. Probaré suerte en la jungla. No sé si sobreviva, pero al menos ya soy feliz.

Salvación

Ernesto Vladimir Ramírez Arroyo

Los astronautas descendieron en el exoplaneta prometido, a dos millones de años luz de la Tierra. Ya era tarde. Ellos también habían terminado con su mundo.

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Minificción
México.
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Primera edición: septiembre de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

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