El hambre de las formas

El hambre de las formas

Sé que lo vi

Ruben Dario G V

Difuso, pero inmenso. Lo único que distinguía con claridad eran sus partes huesudas, aunque parecían hechas de los metales más duros, más que de simples huesos.

Se acercó lentamente a la cama y, de un brinco, desperté.

Hasta el día de hoy, nadie cree mi historia. Yo tampoco volvería a creerla, de no ser por aquello que cada noche espera junto a mi cama.

Aniversario

Dolores Espinosa Márquez

Salió de la tumba con dificultad y con una sola idea en su licuado cerebro: era su aniversario y tenía que llevar un regalo a su mujer. Con torpes movimientos se quitó tres gusanos del hombro y algo de tierra, se colocó bien un ojo, miró alrededor y se decidió a robar las flores de un compañero. Eso tendría que servir.

Recorrió la ciudad, renqueante, dejando un rastro de gusanos, insectos varios, tierra y fétidos olores. La gente, creyendo que era un mendigo borracho, se apartaba sin mirarlo dos veces.

Llegó, ya de noche, a su edificio. Subió las escaleras. Tocó la puerta y abrió su mujer que, al ver a su marido medio podrido y con el brazo estirado para ofrecerle las flores, cayó redonda.

Él se agachó como pudo para ayudarla, pero entonces sintió el olor y el hambre cubrió lo poco que le quedaba de consciencia.

Seré tu amigo hasta el final

Florentino Sotelo Alaniz

Los padres despertaron sobresaltados al escuchar risas y gritos que provenían de la alcoba del niño. Corrieron hacia ella. Eran las tres de la mañana. Sentado sobre la cama, el niño jugaba con un muñeco de pelo rojizo y ojos vidriosos. Vestía peto de mezclilla y playera a rayas.

Al verlos, bajó de la cama de un salto y se dirigió hacia ellos blandiendo un puñal.

—Hola, soy Chucky ¿Quieren jugar?— Dijo con voz gutural y risa sardónica.

Horrorizados, salieron de prisa. Se encerraron en su alcoba y llamaron a la policía de inmediato. Cuando la policía llegó, buscaron por toda la casa sin encontrar rastro del muñeco mencionado.

Al interrogar al niño, dijo que él no había visto ningún muñeco en casa, que sus padres se lo habían imaginado.

La criatura del techo

Norma Beatriz Castillo

A las tres de la madrugada, escuché pasos sobre mi cabeza. Vivía en el último piso.

Pensé que era una broma, hasta que el polvo comenzó a caer sobre mi cama formando pequeñas huellas de dedos.

Llamé a la policía. Mientras esperaba, mi teléfono recibió una fotografía: yo dormía, tomada desde arriba.

Levanté la mirada.

Una criatura pálida, con las articulaciones invertidas y una boca demasiado grande, estaba pegada al techo. Sus ojos eran idénticos a los míos.

Grité. La luz se apagó.

Cuando desperté, estaba solo. Los policías aseguraron que no encontraron nada extraño. Incluso se rieron al escuchar mi historia.

Esa noche me mudé.

Han pasado seis meses. Ya casi olvidé aquella pesadilla.

Hasta hoy.

Recibí una fotografía de mi nuevo dormitorio. Estoy sentado frente a la computadora. Entonces, algo frío me acarició la nuca.

La creatura y yo

Gardenia Maria Rendon Veliz

Cada noche, los habitantes del pueblo escuchaban pasos en el pasillo de mi casa. Decían que una creatura de ojos ardientes y uñas interminables rondaba las ventanas, buscando a quién devorar.

Nadie se atrevía a acercarse. Las madres escondían a sus hijos y los perros aullaban cuando la luna desaparecía entre las nubes.

Una madrugada, un hombre armado derribó mi puerta. Me encontró frente al espejo, inmóvil, con la cabeza inclinada y una sonrisa imposible.

—¿Dónde está el monstruo? —Gritó.

Levanté lentamente el rostro. Mi piel se agrietó como tierra seca, mis ojos se volvieron negros y mi boca se abrió más de lo permitido por la naturaleza.

El hombre retrocedió, temblando.

—¡Tú no eres humana!

Sonreí.

Entonces comprendí que tenía razón. Durante años había buscado a la creatura sin saber que dormía dentro de mí.

Y aquella noche, finalmente, despertó. Desde entonces, nadie volvió a entrar en aquella casa.

A las tres de la madrugada

Julio César Aguilar

Cada noche, a las tres, alguien arañaba la puerta de la habitación. Al principio, Mateo creyó que eran las ramas del árbol golpeadas por el viento. Después escuchó una voz que pronunciaba su nombre con la dulzura de su madre muerta.

Una madrugada, vencido por el miedo y la curiosidad, abrió.

Al otro lado había una criatura diminuta, encorvada, cubierta de pelos húmedos. Tenía las manos demasiado largas y un rostro sin ojos, donde una boca vertical palpitaba como una herida.

—Déjame entrar —suplicó—. Afuera hace frío.

Mateo retrocedió. La criatura sonrió y le mostró unos dientes infantiles.

—Mamá decía que nunca abrieras a los desconocidos —murmuró.

Entonces, desde el fondo del pasillo, surgió la voz de su madre:

—Mateo, hijo, ¿por qué me dejaste afuera?

La criatura inclinó la cabeza. Detrás de ella, cientos de figuras idénticas comenzaron a salir de las paredes.

Y todas conocían su nombre.

Y aquella noche, finalmente, despertó. Desde entonces, nadie volvió a entrar en aquella casa.

Muda de piel

Nereidy Velásquez

Al principio sólo eran descamaciones normales. Pero una noche descubrí, horrorizada, que mis propias células epiteliales ya no caían muertas: se desprendían con voluntad propia, agitando ocho patas diminutas y hambrientas de la carne que acababan de abandonar. Intenté contener mi piel en secreto, aterrorizada ante la idea de terminar como un espécimen en un laboratorio. Hoy, día de Halloween, ya no me oculto; es el único día del año en que no tengo miedo de mostrarle al mundo lo que soy.

El alma equivocada

Taide Vianeey Lopez Muro

Cansada de navegar en el limbo, cobrando alma tras alma, ninguna lograba saciarme. Gente vacía, insípida, siguiendo una misma línea de actuación.

Cada vez me sentía más débil, sin fuerzas, hasta que la vi a ella. Diferente. Extraordinaria.

Mi hambre aumentó.

Noche tras noche, consumí su alma poco a poco. Delicioso. Reconfortante. Por primera vez en siglos, me sentía saciada.

Pero, al vigilarla día tras día, algo cambió. Comencé a reconocer sus gestos, a esperar sus sonrisas, a buscarla incluso cuando no tenía hambre.

Una parte de mí se acostumbró a ella.

Y cuando finalmente decidí devorarla por completo, descubrí que ya no podía hacerlo.

Porque, sin darme cuenta, mientras consumía su alma, ella había comenzado a consumir la mía.

El eco del armario

Dunia Lincheta Valle

Llevo semanas encerrado porque la televisión advirtió que la criatura imita con precisión matemática la voz de nuestros seres queridos para que les abramos la puerta. He soportado los ruegos falsos de mi madre, los llantos de mi hermano y las súplicas de mi esposa desde el porche, sabiendo que todos ellos ya están muertos. Hoy el pueblo se ha quedado en un silencio absoluto. El horror me congeló la sangre cuando la voz de la criatura, idéntica a la mía, comenzó a despedirse desde el interior de mi propio armario.

La tzitzimime

Néstor Rubén Giménez

Las aves buscaron nido y los perros callaron, presintiendo que el orden estaba a punto de quebrarse. En el mercado, la sombra de la luna mordió el sol y el mediodía se desangró en un crepúsculo melancólico. Itzpapalotl descendió de los estratos siderales. La deidad se detuvo ante Esteban, un florista que atendía su puesto con devoción.

Cautivada por esa frágil y terca densidad terrenal, la criatura se inclinó buscando el calor de su pulso, pero él la apartó sin mirarla, con el fastidio sordo de quien sólo teme perder las ventas del día. Cuando la luz estalló de golpe, la tzitzimime comprendió que el amor en la tierra es una puerta que no abre para los monstruos siderales. Con resignación lo devoró. Ahora, en el fondo de su estómago astral, el hombre sigue intacto y distante, preguntándose qué hora es mientras la criatura arde por dentro.

El guardián

Claudia Sánchez

La primera víctima apareció desmembrada entre los maizales. La segunda, dos días después, junto al río. El pueblo sospechó enseguida de Igor, el cazador solitario que vivía en lo profundo del bosque. Había que actuar. Cuando llegó la luna llena, unos leñadores armados rodearon su cabaña y entraron disparando.

Alertadas por el tiroteo, las autoridades encontraron a Igor muerto, atravesado por balas de plata.

Satisfechos, los vecinos regresaron al pueblo convencidos de haber acabado con aquel hombre deleznable. Aquella noche celebraron hasta el amanecer.

Al día siguiente, el alcalde apareció despedazado en su dormitorio. Sobre la pared, escrito con sangre, había un mensaje: «Gracias por matar al único que sabía encerrarme».

Yo solito

Danira Sil

Soy muy joven, dice mi mamá. Aun así, tengo que aprender las reglas de la sobrevivencia y a conseguir comida. El mundo cada vez es más difícil.

—En estos tiempos tenemos que esforzarnos más para conseguir alimento. La tecnología nos quita oportunidades. Al hermano de tu papá lo atraparon. ¿Y qué hacía? ¡Sólo ganarse la vida! —decía mi mamá mientras me acicalaba. Siempre tarda mucho en peinarme.

Suspiro. Me sigue dando miedo la oscuridad, pero me aguanto.

Camino sigiloso por la habitación. Procuro no hacer ruido.

—¡Cuidado con el monstruo debajo de la cama!

Escucho la advertencia y me paralizo. Aprieto los ojos. Tengo que ser valiente, como dice mi mamá.

Me meto rápidamente debajo de la cama. Espero unos segundos, conteniendo la respiración.

En la oscuridad afilo mis dientes.

Es mi primera vez solo.

Detrás de la pared

Victor Medel Bello

El técnico oyó dos golpes, una pausa y tres más detrás del panel sellado. Era la señal con que su madre lo llamaba a cenar, antes de que cerraran el anillo donde vivían.

Los sensores registraban presión estable. El micrófono llevaba meses desconectado. Grabó el ruido; el archivo devolvió únicamente ventilación.

Producción clasificó la incidencia como resuelta. Él escribió la hora, colocó una cinta de inspección y pidió a su compañera que verificara el sello.

Por la ranura asomó un ojo vertical, desproporcionado para el panel. La criatura pronunció su nombre con la voz de su madre.

—¿Abro? —preguntó ella por el comunicador.

El técnico miró la marca. Del otro lado llegó un golpe, esta vez sin respuesta.

—No. Primero necesitamos otro testigo.

Su compañera firmó la inspección. El informe dejó vacío el campo «origen». Ninguno quiso descubrir si aquello pedía entrar o salir.

La visitante de la medianoche

Maria Nuñez

En la víspera del 8 de septiembre, en un hato llanero, una madre y sus dos pequeños dormían bajo una noche oscura. De pronto, las doce campanadas rompieron el silencio, acompañadas por un estruendo y el crujido húmedo de una garganta espectral. Un frío escalofriante invadió el hogar mientras el arrastrar de pesadas cadenas golpeaba las paredes.

Los niños cayeron en un letargo profundo. La puerta cedió y la Visitante se coló hasta la cama: una mujer de cabellera negra, mirada de fuego, garras afiladas y un cuerpo gelatinoso que apestaba a pantano y azufre.

El monstruo la tomó por el cuello. La madre resistió con la fuerza espiritual de su amor, pero al cantar el gallo, la criatura no se desvaneció; se fundió en la sombra de la mujer. Al despertar, los niños vieron marcas verdosas en el suelo, su madre sonreía estáticamente, arrastrando una pesada cadena, ensangrentada y viscosa.

Chaqui

Alicia Araoz

En la selva de las yungas del norte argentino vive el Chaqui, llamado así porque siempre tiene sed. Cuando hay sequía se despierta y la gente tiene miedo de entrar a la selva porque el Chaqui se convierte en enredadera con agujas que cubren rápidamente a la persona y la secan.

Si la sequía se prolonga, el Chaqui se transforma en un menesteroso descarnado que sale a buscar agua. Sediento, cuando se cruza con alguien, le pide agua y si no le dan lo abraza secándolo con las ventosas que tiene en su cuerpo. Nadie encuentra despojos porque los hace polvo.

Dicen que por eso existe la costumbre lugareña de ofrecer un vaso con agua a cualquier visitante desconocido.

Cuando llegan las lluvias, el Chaqui vuelve a la yunga y se esparce por cada árbol, cada planta, hasta que la próxima sequía lo obligue a recomponerse y levantarse de nuevo.

El dueño de las nubes

Brian Montero

El cielo pasó de un azul cobalto a gris espeso; la radio anunciaba la llegada de una gran tormenta.

Decidí abrir la tienda un par de horas. Mi primer cliente fue el capitán Alonso; pasó cuarenta años navegando en barcos de todo tipo y por todo el mundo.

Me explicó que las nubes sobre nosotros eran anormales, que la única vez que vio algo así fue en las costas de África, donde su barco encalló y entre las nubes vio una especie de criatura. Decían los capitanes africanos que era Mwenye Meeku, «El dueño de las nubes».

Mientras colocaba madera sobre las ventanas lo vi reflejado en el cristal, entre las nubes de la tormenta: era gigantesco. Corrí a casa, miré hacia la costa y vi al capitán navegar directo a la tormenta.

Jamás volvimos a verlo; quizá se lo llevó «El dueño de las nubes».

El mastín

Rosaura Béjar Hernández

Bobby, el perro de la familia López, enfermó por causas desconocidas. Llegada la tarde, el sabueso murió entre bramidos y lamentos. La familia lo sepultó en el jardín trasero e incluso oraron durante su entierro.

Días después, durante la luna llena, se escucharon ruidos extraños, pero nadie le dio importancia. Por la mañana el french poodle de la familia Pérez amaneció destrozado, excepto su cabeza.

Veintiocho días más tarde, cuando la luna alcanzó su máximo esplendor, surgieron de nuevo ruidos, gruñidos y gemidos. La cabra de los Landa apareció entre los matorrales, hecha pedazos, y lo único íntegro era la cabeza.

Al tercer mes, la familia decidió averiguar la causa de aquellos acontecimientos. Lo que encontraron fue aterrador: un monstruo que los miraba con ojos de lumbre, enormes garras y un hocico babeante. El miedo los paralizó y aquella bestia huyó; la tumba de Bobby se encontró vacía.

Sentencia de amor y muerte

Edgar Fernando Carbajal López

Unos ojos inyectados de sangre vigilaban con suma atención a una doncella. Todos los días, ella acudía a ese lugar perdido en el bosque por flores fragantes y multicolores que le recordaban a su ser amado, quien había desaparecido misteriosamente en los alrededores.

Observándola a escondidas entre unos arbustos, aquel ser amorfo y encorvado se lamentaba por dentro de la maldición que se cumplía inexorablemente en los de su estirpe al llegar a cierta edad. El cuerpo se les retorcía y encogía, cubriéndose de laceraciones y úlceras supurantes que infectaban de muerte cuanto llegaran a tocar.

Hipnotizado por aquella doncella de tan singular belleza que le mantenía palpitando el corazón, algo semejante a un profundo suspiro se le escapó por las ventosas en sus sienes.

—¿Ethan? ¿Eres tú?

La estasis

Diana Velasco

Mi monstruo vive pegado a mis talones, extendiendo mi parálisis cada día que sigo haciendo lo mismo inútil. Al principio pensé que era una mala racha, conseguir trabajo me había costado más de lo que esperaba. Sin embargo, anoche al intentar apagar la luz junto a la puerta me di cuenta de que mis articulaciones ya no me pertenecían: se habían convertido en un montón de huesos secos y vacíos unidos por baba gris y fría que tenía un olor de días idénticos y noches de promesas olvidadas.

Este año la criatura sin ojos, de piel traslúcida y que se alimentó de horas que dejó pasar, se estira y me abraza por dentro con garras de puro estancamiento.

Hoy ya no necesito respirar ni parpadear, sólo espero agazapado a que eso termine de devorar lo que queda de mi rostro para ocupar, por fin, todo el espacio.

La ofrenda

Zener

Las noches de octubre son frescas, más por el otoño, cuando las hojas naranjosas caen al pasto seco.

Pero esta noche es algo especial.

La hoguera baila con vaivén, mientras la chica está atada al tronco del árbol con una túnica blanca, dócil.

Hay una estatua de un carnero junto a sus pies, con los ojos rojos.

Ella tiene una expresión de confusión en el rostro, tan sublime.

Amamos su pureza.

Amamos su belleza.

A lo lejos, se escuchó el rugido de la bestia que viene por su ofrenda de santidad.

Bajo mi máscara para que cubra mi rostro, para después rodear a la chica en compañía de mis colegas que, al igual que yo, son portadores de túnicas rojas.

Recitamos plegarias mientras la rodeamos.

Escuchamos sus pisadas a la distancia; nadie le ha visto, y la última persona que lo hizo pereció, pero antes pronunció: «Tiene los ojos rojos».

El soldado perfecto

Rosa Gomez

Cristina Priestly es ingeniera científica, competente, renombrada. Trabaja para importantes proyectos y prototipos del Gobierno. A menudo se asombra de su propia frialdad para maniobrar y cambiar genuinos aspectos psíquicos y físicos de animales o humanos. Cierta vez un ratón que manipuló se desmayaba cuando ella se asomaba a su jaula, por el terror que le había inculcado con torturas y radiaciones de ondas.

Su último proyecto era casi igual, pero en un varón caucásico, joven y robusto. Es el soldado sin piedad, cruel y sanguinario. La mirada de odio con que la mira le confirmó que el experimento es exitoso. Preocupada por los desmanes que el muchacho comete con su crueldad, pensó en desactivar todos sus controles. Algo de telepatía le aseguró que es ella la próxima víctima de su horrorosa criatura.

El terror estaba ahí

César Augusto Luna Ortíz

Su muerte era inevitable cuando salió de su casa con la esperanza de encontrar el arcoíris después de la lluvia. Cientos de palabras le salieron del cerebro para descuartizar a su víctima. El agua jamás había sido utilizada para eternizar su nombre, pero esta vez se ahogaba en ella. Las correntadas de sangre sobre su piel la dejaban sin vida. No hubo una luz al final del túnel. Tampoco pudo cruzar el océano hacia la inmortalidad. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que el agua había dejado de trabajar para su espíritu, y que una máquina definía los algoritmos para eternizar el pequeño infierno que había creado en su cuerpo. No hubo luz que se apagara, no hubo muerte que se lo llevara. El terror estaba ahí, dentro de sí mismo.

Pobre creatura

Natividad Villar Martínez

Llegaba la semana de Halloween y, como todos los años, en clase de artes plásticas la profesora nos planteaba una obra en la que cada uno plasmara sus propios miedos: un dibujo, un retrato, incluso un modelado de algo o alguien realmente terrorífico. Este año me atreví con la arcilla, y entonces comenzó la magia: mis manos se volvieron ágiles y resolutivas, conformé un busto, el cabello ensortijado era el suyo, los mismos ojos inyectados en sangre, la nariz afilada, los labios desencajados cuando llegaba ebrio y maldiciendo. No sé cómo lo había conseguido, sería el miedo que no me abandonaba el que había creado una talla tan fidedigna al rostro de mi padre cuando agarraba a mi madre y yo, escondida, lo veía tras la puerta entreabierta de mi dormitorio.

Insomnio

Marina Zanin

No lo resisto. Mis ojos se cierran. El agotamiento no da tregua. Hace días que no concilio el sueño y me zamarrean cientos de ideas. Ofrezco resistencia y aún no logro contenerlas. Estoy paralizada. Son muy fuertes, temo mi derrota.

No quiero permitirlo y presento batalla. Intento apartarlas y, en busca de otras almas, corro hacia la puerta. Tropiezo. Me caigo. Vuelvo a levantarme para seguir luchando, pero estoy muy cansada. Me detengo por un instante y observo. El pánico me atraviesa. Sigo allí parada. No llego. No hay ninguna parte.

Y como trompo que gira sobre sí mismo, el torbellino de pensamientos reaparece. Arremete con furia. Se abre paso. Me envuelve entre sus dedos, se apodera de mis fuerzas y me ahoga.

Ya no me veo.

Cambio de monstruo

Vicente Beras

No podía decir si entró y allí vivía, o entraba y salía de ella a su antojo. Por su culpa, vivía días de terror. No podía odiar a nadie. Este horrendo monstruo le hacía querer sin querer a los que matan niños, a los que venden armas, a los asaltantes. Cierto día, se dejó ver. No tenía forma, era una gelatina gomosa hecha en colores pastel, tenía la adorable cara de un bebé.

—¿Por qué me llenas de este amor indiscriminado?

—Porque esa es mi esencia.

—¿Y no puedes darme un respiro?

—Como quieras.

Salió.

Al otro sí lo sintió entrar. Algo oscuro y duro le atravesó las entrañas y se acomodó en su interior. Los nietos, en su condición de niños, pegaron el grito al ver aquella criatura macabra ocupando el cuerpo de la abuela. Ella sintió cómo los odiaba, más allá de su voluntad.

Mala previsión

Carlos Enrique Saldívar

Aunque sabía que los vampiros la perseguían y puso esmero en detectarlos de mil y una maneras (sobre todo en notar que no se reflejaban en los espejos), nada pudo evitar que, tras la cita nocturna, el licántropo la devorara.

Ella, al morir despedazada, se maldijo por haber salido con aquel sospechoso mancebo, sólo porque su reflejo se veía hermoso en el cristal pulido.

La quinta sesión

Nuria Hernández García

Se apareció en mi mente mientras dormía. «Una pesadilla», me dije.

Por la mañana, fui a prepararme el desayuno. Me esperaba, sentado en una silla, sonriendo. Grité tan fuerte que el vecino vino en mi auxilio. Pero aquella cosa ya se había desvanecido.

Mi vecino me preparó una tila y me aconsejó que pidiera la baja. «Es estrés», sentenció antes de marcharse.

Al minuto, escuché su grito estremecedor. Acudí de inmediato.

—¡Está en mi salón!— Exclamó mientras escapaba por las escaleras.

Corrí tras él. La vecina entraba en ese momento. Un grito de horror escapó de su boca mientras unos dedos largos como serpientes nos rodeaban el cuello.

El hipnotizador se dio por vencido:

—No hay nada que pueda hacer por usted.

Administradora

Angélica Portillo

A las once, la vecina del 402 escribió que su esposo iba a matarla.

El administrador recordó que el chat era exclusivamente para asuntos del edificio.

Le escribí por privado: «Sube al 703».

Llegó descalza. Su marido alcanzó a meter los dedos entre la puerta y el marco.

—Ááábreme, pinche bruja.

Fui por el costurero. Mi vecina eligió el hilo negro.

Enhebré la aguja. Al atravesarle la primera uña, él se rio. Con la segunda, empezó a jalar. Para la tercera, yo ya tenía demasiados dientes para cerrar la boca.

Le tendí las tijeras a mi vecina.

Ella cortó. Yo hice el nudo.

Los dedos se desmoronaron. Dentro del muro, algo empezó a rascar.

Al amanecer había diecisiete mensajes sobre un hombre que gritaba «dentro de las paredes».

El administrador pidió que lo dejaran descansar.

Mi vecina acercó el oído.

—Ya está pidiendo perdón…

—Todavía le queda mucho aire.

Opinión médica

Erick Daniel Villamil Ramírez

El detective y el forense miraban la fotografía. La víctima tenía múltiples heridas y el exceso de sangre dificultaba el análisis fotográfico.

—Debió ser una bestia grande y feroz —mencionó el detective.

Mientras, el forense regresaba al análisis de los restos sobre la plancha.

—Sin embargo, hay algo raro… Parece que está enferma, débil…

El investigador tomó al forense por el cuello y con rostro lobuno mordió el cuello hasta llegar a la carótida mientras susurraba: «Buscaré otra opinión, doctor».

Hombre sombra

Calista Manriquez

Existe ahí, en la sombra,

en la frontera donde tu ojo no puede alcanzarlo.

Se arrastra y se retuerce.

Siempre atrás.

Siempre a tus pies.

Al otro lado de la puerta.

En la esquina de un espejo.

Tu gato lo mira por sobre tu hombro.

Se pasea detrás de las cortinas.

Siempre un paso más cerca,

siempre lejos de tu vista.

Y a veces se sube a tu cama para mirarte mientras duermes, o se disfraza de ropa arrumbada en el piso.

Sabes que existe.

Sabes que está ahí.

Lo único que no sabes

es qué va a hacer contigo el día que te alcance.

No te muevas

Consuelo Chaparro Kortmann

Abrí los ojos, y ahí, en la penumbra, vi la sombra de mi esposo. Estaba de pie en el dintel de la puerta. Me incorporé en la cama, pero él me hizo un gesto.

—No te muevas.

De pronto lo escuché: una respiración pesada y fría. La habitación se sentía como una cueva iluminada por la luz de la tele.

—¿Ah?

—Le gusta el miedo. Eso es lo que busca —susurró mi esposo—. Te va a matar.

—¿Q-qué? —Gemí, con el corazón desbocado.

De pronto, sonó la taza del baño y mi esposo llegó en ropa interior. Estaba con la linterna de su teléfono encendida. Miré de nuevo, pero la figura desapareció. Grité.

—¿Qué pasó? —Preguntó mi marido, dando un salto.

Me puse de pie y fui a mirar. Había un rastro. Dos huellas; dos rastros que parecían pezuñas de cabra impresas en el suelo a fuego vivo.

Antropófago

Julián Reyes

—Antes que me devores debo decirte algo —dijo el hombre— recuerda que tengo familia y un día te pasará lo mismo.

El monstruo acabó con él sin piedad.

Muchos años después, el monstruo fue perseguido hasta que finalmente alguien lo atrapó. En ese momento, recordó las palabras del hombre, quien le dijo que un día le pasaría lo mismo. Jamás imaginó que un monstruo fuese devorado por otro.

El verdugo

Javier Ruiz Romero

En el pueblo de La Paz, la justicia era implacable. Los cuerpos de asesinos, violadores e idólatras eran arrojados al pie de la montaña para pudrirse bajo el sol mientras su sangre se drenaba hacia la arboleda. El tiempo pasó y nadie volvió a profanar la ley.

A falta de sangre de los degollados, decidió abandonar la montaña y caminar hacia el valle. Divisó a un leñador y se plantó inmóvil; un latigazo bastó para rebanarle la garganta y quedar extasiado. Su marcha lo llevó cerca de la ciudad. Un niño y su perro se acercaron. El animal escarbó entre sus raíces. En medio del silencio, ambas gargantas fueron arrancadas, los cuerpos, suspendidos sobre su copa, le daban la lluvia carmesí que necesitaba.

A la mañana siguiente, nadie notó un árbol más en el parque. Frente a él, un letrero decía: «Escuela para niñas del pueblo de La Paz».

Ensayo y error

Lara Morales

Decepcionada, ella observaba la transición. Su experimento había fallado otra vez. Él no comprendía qué sucedía. Un hambre voraz lo consumía mientras la luna llena iluminaba la habitación. Al descubrir que estaba atado, forcejeó desesperadamente, dejando escapar un fuerte aullido. Unos grandes colmillos sobresalían en su rostro.

Ella cargó su arma y apuntó a su creación: «Necesito otro participante y más balas de plata, debo conseguir que me obedezca», murmuró.

Puñales

Joselyn Muñoz Santana

Fui al dentista a sacarme una muela. Al terminar preguntó:

—¿Quieres conservarla?

—Sí.

—¡Mira qué grande la raíz! ¡Casi atraviesa tu quijada! —acercó el molar a mi cara como trofeo.

—¿Puede pasar?

—¿Qué? —dijo mientras envolvía mi muela en gasa.

—¿Que las raíces crezcan tanto destrozando el rostro? —Se echó a reír entregándome una pequeña caja.

Esa noche soñé que llevaba mi mano derecha a la boca y en ella caían mis paletas y colmillos. Corría al baño a mirarme en el espejo. Cuando iba a abrir la boca sentía los dientes que tenía en mi mano punzarme. Los tiraba al lavamanos. Escuché: «Sonríe». Apretaba los labios, pero los dientes acuchillaban mi cavidad bucal. Los escupía. Revueltos en sangre mostraban filosas raíces, eran puñales estirándose. Retrocedo, un dolor palpitante me despierta.

Fui a buscar la cajita, una gasa ensangrentada encontré en su interior.

Payaso

María Sofía Abarca

No se desmaquilla, directamente se arranca la piel. Busca otra boca, otra barba encanecida; pone sus ojos anteriores en un platito y tantea en la oscuridad. Sin querer, aplaude, a ver si por fin entiende por qué se le ríen todos. Encuentra sus ojos negros y su mirada vacía le devuelve el mundo. Se mira al espejo, se saca la nariz roja y se da cuenta de que se ha puesto la boca al revés; una mueca de tristeza lo despabila. Se saca el peluquín y lo deja colgado en el guardarropa, al lado del suéter lleno de pelo de gato.

Luego, se sienta de espaldas a sus disfraces: psicópata, diablo, lobo, rata, cucaracha. Mañana tiene que ir a buscar el traje de «narcisista» a la tintorería.

A veces, sólo se pone la máscara de «hombre» y ya con eso asusta hasta a sus propios fantasmas.

Contemplando una exposición

Eliana Soza Martínez

Filmaba a una momia en el museo de Guanajuato: esa carne perfectamente conservada, la pose con los brazos cruzados y ese rostro tan familiar. De pronto, un suspiro expeliendo polvo por su boca anunciando su despertar. No pude ni gritar ni correr. Me vi detrás del vidrio estático y seco.

Conexión

Yadira Edith Oceguera Guareño

Decidido a no dejar escapar esta oportunidad de conectar con una persona que le gustaba y que le daba toda la vibra de autenticidad, de inteligencia y de pasión, comenzó con su ritual de preparación para las citas.

Se colocó en posición. Ella se acercaba. La escuchó preguntando por quinta vez el precio al comerciante. Este redujo el precio, y se selló el destino.

Ya en casa, la chica, extasiada, lo miró por fin profundamente. Él le habló: «No temas mirarte en mí. Yo no mostraré lo que eres, sino aquello que siempre has querido ser». Aquello que vio la sedujo tanto, que se le entregó por completo. De pronto se vio a sí misma del otro lado. Él le dio un gran beso y se alejó en el cuerpo de ella. Ella ahora vive en el espejo, esperando su oportunidad de hacer una conexión verdadera.

Angelical

Ángel Guillén Patiño

«Hola, es la primera vez que escribo en este foro sobre ángeles porque necesito su ayuda. Verán:

Hace un par de meses compré un libro viejo y muy barato, titulado ‘Magia angelical’, que tiene muchos de sus conjuros escritos en una lengua que desconozco.

Ya en casa, abrí el libro e intenté leer en voz alta uno de esos conjuros. En cuanto terminé de leerlo se materializó frente a mí un espantoso ser que produce horribles chillidos y que me persigue a todas partes con su terrible mirada y su grotesca sonrisa de pesadilla. Posee unas enormes alas raídas y sucias, además de unas afiladas garras con las que me hiere constantemente al buscar darme cariño.

Espero que alguien aquí sepa decirme qué fue lo que hice mal y cuál es la manera correcta de revertir para siempre el conjuro. ¡Lo necesito urgentemente, por favor!».

Ensueño en la calle del cielo

Martin Hernández

Me metí en su sueño más placentero y lo empecé a atacar en su propio territorio, ayudado por las niñas que saltaban la cuerda. Le canté una canción nada escalofriante:

1, 2: vengo a ayudarte a ti.

3, 4: mejor abre la puerta.

5, 6: rézale al crucifijo.

7, 8: mejor duérmete temprano.

9, 10: ¡nunca volverás a sufrir!

Cuando el señor Frederick despertó de aquel sueño, destruyó el guante que tenía navajas, apagó la caldera y miró por la ventana cómo los niños jugaban felices mientras él sólo brillaba en lo alto del cielo.

Derechos reservados

© 2026 Textos
Autores citados

© 2026 Edición y traducción
Minificción
México.
https://minficcion.com
contacto@minficcion.com

Primera edición: octubre de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

Los textos de este libro y sus derechos conexos están bajo la protección del Artículo 162, Capítulo I Del Registro Público del Derecho de Autor, TÍTULO VIII De los Registros de Derechos, Ley Federal del Derecho de Autor en México. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra a través de cualquier medio sin la autorización por escrito de los titulares de los derechos.

Deja un comentario

Opiniones de la Comunidad 0

Aún no hay comentarios.

¡Tu opinión es importante, sé el primero!

Deja tu comentario