El idioma de los inocentes

El idioma de los inocentes

Portada

Nido caído

Laura Sámano Casillas

Mateo encontró un nido caído. Con cuidado lo subió al árbol y devolvió a los pajarillos. Su madre lo regañó por trepar. Él confundido respondió: —Estaban llorando sin su mamá, la serpiente.

Refugio

Nereidy Velásquez

Escuchamos un estruendo muy fuerte. Rápidamente mi madre empacó un poco de ropa, algo de comida y mis juguetes favoritos en una pequeña mochila. Me cogió de la mano y corrimos hacia el refugio en medio de una espesa niebla. Ella tapó mis ojos con sus manos temblorosas y me susurró al oído: —No mirés, mi amor, están lanzando fuegos artificiales para nosotros. —¡Qué suerte tengo de cumplir años hoy!

Buenos modales

María Alvarado De la Rosa

—¡¡No hables con extraños! —Ordenaba, mamá.

Aquel hombre no era un extraño. Papá le decía «compadre», y los domingos veían juntos el futbol. Tany lo saludaba de beso, como debía hacer toda niña bien educada ¿Por qué no se subiría a su carro, cuando casualmente la encontró a la salida de la escuela? ¿Por qué no creer que la llevaría a casa? Si el mismo encabezó la búsqueda, y encontró los restos de la pequeña Tania.

Refugio

Maribel Sánchez Matías

Papá decía que el mundo estaba lleno de hombres malo, por eso éramos afortunadas de tenerlo a él. A su lado, mamá no necesitaba salir a la calle ni trabajar. Además, siempre arreglaba las puertas cuando al amanecer aparecían rotas y, para tranquilizarla, le traía camelias que ella colocaba en agua. Hoy volvió aquel olor. Papá me abrazó. Entonces, antes de cerrar la puerta, acomodé las camelias en el jarrón.

La bondad del patrón

Antonieta Arrecis

Doña Tina me contó que una mujer apareció en una bolsa de plástico en la zona 18. Que bueno que acá en el pueblo no pasan esas cosas porque el patrón nos cuida, dice que todo eso de la violencia es generada por el dinero. El patrón es tan bueno. Nos da un lugar donde vivir, la covacha, el frijol y el maíz, hasta trago me da a veces cuando la tapisca abunda, pero nunca dinero, porque eso trae problemas.

Amor eterno

Ana María Abad García

Mi marido siempre fue muy celoso. Estaba empeñado en que el cariño que yo le profesaba a Julio, que era como un hermano para mí, escondía algo más turbio. Una tarde sucumbió a sus sospechas y nos envió a ambos al otro barrio de dos certeros disparos en el corazón. Arrepentido, imaginando que estamos juntos y felices en el Más Allá, carga de nuevo la pistola y nos sigue. Así podrá vigilarnos por toda la Eternidad.

La señal no escrita

Silvia Bottallo

El niño yacía convulso. La Policía, alertada, se llevó detenido al padre. Lo había golpeado hasta desvanecerlo. En la Sala de Emergencias, el pequeño, ya recuperado, dijo que la madre le pidió llevar una nota a la casa del hombre que lo trajo al Hospital, que lo había hecho otras veces, y era un secreto entre él y su mamá. En las ropas del niño, encontraron una hoja doblada en cuatro, prendida con un broche, totalmente en blanco.

La penumbra

Criss Roshglia

Camila siempre entraba corriendo a la casa, en su inocencia infantil ganarle a mamá, era divertido, pero ese día fue diferente, se quedó de pie, mirando la penumbra del interior, miró a su madre y sus ojos revelaron algo extraño —¡Papá está raro… Dijo. Mamá se asombró, pues venían del cementerio, unas horas antes habían enterrado al padre de Camila, la niña soltó la mano de su madre y con una gran sonrisa corrió hacia adentro con los brazos extendidos.

Deseo concedido

Lara Morales

Cerró los ojos con fuerza antes de soplar las velitas. Pidió el mismo deseo de siempre: «Que papá vuelva a casa». El timbre sonó. Llena de alegría, corrió a abrir antes que todos. Era él. Lo abrazó feliz. —¡Les dije que sí se cumplían los deseos de cumpleaños! —Exclamó a los invitados, tomada de la fría mano de su padre. Todos se quedaron perplejos. Ninguno tuvo el valor de recordarle que a su padre lo habían sepultado semanas atrás.

Mi deso

Néstor Rubén Giménez

Papá dice que cuando una estrella cae, hay que pedir un deseo. Por el cielo oscuro vi una con cola enorme pasar sobre mi cabeza. Deseé una bicicleta. Cuando impactó más allá del horizonte, hizo un estruendo tan fuerte que el suelo tembló. Un hongo hirviente como sol de mediodía iluminó todo; la noche se evaporó en un segundo. El aire se volvió ceniza y un viento de fuego arrasó todo. Creo que no tendré mi bicicleta.

El guiso

Claudia Sánchez

Cocinaba para mi abuela cuando irrumpieron los policías. Me encontraron con las manos manchadas, pero no era sangre sino salsa de tomate. No entendía nada, sólo gritos y esposas. Yo nunca vi al hombre muerto que mencionaban. Mi inocencia era tan pura como el sabor de mi guiso, pero nadie quiso probarlo.

El refugio de la infancia

Julio César Aguilar

Nunca entendí por qué todos lloraban cuando el abuelo cerró la puerta del granero por última vez. Yo seguía llevándole flores silvestres cada mañana, convencido de que dormía entre el olor del heno. A veces el viento movía la madera y yo respondía a sus llamados con una sonrisa. Los adultos bajaban la mirada, incapaces de corregirme. Sólo muchos años después descubrí que la infancia también inventa refugios para que el dolor llegue despacio.

El agua que cae del cielo

Karla Barajas

Las nubes son negras; ya no blancas. —¡Ya empezó! —Gritan. Mamá sale corriendo. Mi abuela también. Todos lo hacen. Yo me escondo debajo de la cama con mi ropa favorita. Cierro los ojos y le pido a mi ángel de la guarda que deje de llover. Lloro bajito para que nadie escuche. Imagino como el viento sacude la ropa, yo abrazo con fuerza la mía. —¿Rafita, por qué estás escondido? —Porque cuando llueve ustedes gritan: ¡La ropa, la ropa!

¡Cuidado!

Julia Rubio Ferrer

El niño empujó al abuelo a la carretera al cambiar el semáforo al color rojo. Un coche lo arrolló. Es lo que hacía todas las tardes en el videojuego y su padre siempre se reía.

Un hombre y su perro

Antonio Arjona Huelgas

La niña miró al hombre y su perro con ternura, estaban tan quitecitos. Dijo emocionada a su madre que habían dormido juntos, para no estar solos bajo la nieve .

Alas

Erick Daniel Villamil Ramírez

Carlos llegó a casa, subió a su habitación a toda velocidad, abrió el paquete. Un par de alas de plumas suaves con una banda y cinturón. Mientras se las colocaba retiraba la fórmula mágica que el vendedor le dió. «Volarás tan alto» Ya con las alas puestas se subió a la silla pegada en la ventana abierta y se lanzó. Desde entonces vuelve cada verano con las aves migratorias.

El plan perfecto

Eliana Soza Martínez

José y Kristoff van a la peluquería. Llevan la foto del corte que quieren hacerse, sus madres los complacen. Al día siguiente asisten al kinder vestidos iguales. La maestra finge equivocarse, aunque el color de sus pieles es muy diferente.

¿Dónde está Turuleca?

Analía Romero Martín

Volví del jardín y mi gallina preferida había muerto. Mamá me explicó que se había ido al cielo. Sigo sin entender por qué la veo en mi plato.

Perdiendo la memoria

Jorge Pacheco

Despertó sin recordar la conversación que había tenido con su mujer la noche anterior. Dio vueltas por la habitación una y otra vez tratando de hilar sus pensamientos, pero al ver su rastrillo cayó en la cuenta de que ya era tardísimo. Entre la corbata y el café olvidó por completo aquel pensamiento. Cuando llegó de la oficina ya era de noche. La casa sola le dio la impresión de que el tiempo se había detenido. La nota en el recibidor decía: «Te dije que el olvido rompería nuestra relación».

Conejos

Steffanía Forero Castiblanco

Esta semana vomité más conejos. La casa está llena de ellos. Andan brincando por el salón devorándose la alfombra. Sin embargo, esta mañana pillé a uno con la pata dentro del hocico.

—Conejito, no te comas las uñas —le dije.

Adopté la costumbre de verlo desde el rabillo. Algunas noches de vigilia, se incrusta frente al sofá y me mira soñar con los ojos abiertos.

Buen pagador

Juan Martínez Reyes

—Hola ¿Está tu papá? —Preguntó el hombre.
—No, salió a comprar —respondió el adolescente al abrir la puerta.
—Le debo cien, pero no tengo cambio de doscientos ¿Puedes darme vuelto? —Inquirió el sujeto.
—Sí, no hay problema —replicó él— espere un momento.
—Aquí tiene, señor —dijo el adolescente al regresar hacia la puerta semiabierta.
—Muchas gracias —expresó el hombre con una sonrisa.
El adolescente sonrió satisfecho sin imaginar que el billete era falso.

Ojos prestados

Maria Victoria Cubero Avila

El abuelo se muere, dicen. Yo le digo que no tenga miedo, que yo dejaré mis ojos bien abiertos, para cuando él se vaya. Yo le prestaré los míos. Así no estará encerrado. Le he contado todo lo que vi hoy: el gato verde del vecino, las nubes que comen el sol, la sombra que se escondió bajo la cama. Él me sonríe y dice que duerme tranquilo. Yo sé que mañana volverá a abrirlos porque mis ojos estarán en él.

Inocencia

Elisa Pérez Rivero

Siempre creyó que el lobo era malo. Hasta que descubrió el Espejo Mágico de la abuelita.

El fin de Inocencio

Carlos Enrique Saldívar

Inocencio era hijo único, vendedor en una tienda; sus padres habían muerto. Todos le pegaban y él solo sonreía, pensaba que lo hacían de broma. Cuando le lanzaban un puñete, daba la otra mejilla y le daban con más fuerza. Lo acusaron falsamente de asesinato y estuvo en prisión hasta viejo. Al salir, perdonó a la humanidad. Lo estrangularon y, antes de morir, creyó que le darían santo sepulcro. Tiraron su cuerpo a un pozo, nadie nunca más lo encontró.

Aún sigo a la espera

Luis Ignacio Muñoz

Por eso lo empecé a hacer cada tarde apenas el sol se ponía rojo sobre la montaña. Regaba con agua del manantial la hilera de rocas que parecían ancianos estáticos a un lado del camino. También regué los troncos muertos y la arena de la playa moribunda. Me quedaba esperar que pasaran los días y luego ver las hojas renacer… Eso me habían dicho a mis cortos años, por eso sigo aquí, todavía no sé cuánto tiempo más.

¿No pregunto como se llama?

María Isabel Grijalva

A menudo solíamos distraernos con mis tres hijas y mi hijo. Ese sábado decidimos ir al centro de la ciudad. La sexta venida, super concurrida con diversidad de comercios, vitrinas engalanadas con toda clase de mercancías. De pronto aparece la vitrina pastelera, mi hija pequeña señalaba…

—Entonces… ¡Quiero una gula!
—¡Mamá, mamá quiero uno de esos!
Recién desayunados le dije:
—Querida eso es gula.
—¿No te estoy preguntando cómo se llama?

Atesorando momentos

Natividad Villar Martínez

Salí de casa con la mochila puesta, vacía pero dispuesta a llenarla de gestos. Comencé con el buenos días de los vecinos, seguí con la sonrisa del dependiente de la frutería, metí el beso entre madre e hijo. Como aún quedaba espacio, introduje las gracias que me ofrecía aquella persona que ayudaba a subir al autobús. Cargué de regreso a casa con la mochila llena. Cuando decidí abrirla estaba vacía, que infeliz de mí, hasta los gestos positivos desaparecen.

Promesa

Alicia Araoz

Eran épocas difíciles.
—¡Vos no entendés! Repetía mi mamá cada vez que agobiada por las deudas y preocupaciones, descargaba su impotencia gritándome. Pero empecé a ver otra mirada cada vez que volvía del patio, adónde me iba corriendo por miedo a su enojo. Un día, tranquila, me preguntó:
—¿Por qué vas al patio cada vez que te reto?
—¿Porque la abuela me dijo que cuando me sintiera mal, mirara al cielo, que ella estaría en una estrella, sonríendome para consolarme.

Almohadas gigantes

Jorge Wilfrido Ocampo

Creía que las nubes eran almohadas gigantes que flotaban esperando a que alguien saltara sobre ellas. Me tumbaba en el césped, mirando cómo cambiaban de forma: primero un dragón, luego un barco, después un conejo. Pensaba que si corría y saltaba muy alto podría alcanzarlas y guardarlas en mi mochila. Mi hermana me decía que eran sólo vapor, pero yo no entendía cómo algo tan suave podía no ser real. Para mí, el cielo era un parque secreto.

La moneda

Norma Beatriz Castillo

Tomás tenía seis años y encontró una moneda brillante en la vereda. Corrió hasta la panadería convencido de que alcanzaba para comprar una torta enorme. La panadera sonrió y le explicó que el dinero no siempre valía lo que uno imaginaba. Él bajó la cabeza, pero ella le regaló un pequeño pan dulce. Al salir, Tomás abrazó la moneda y pensó que la verdadera riqueza era descubrir que la bondad también podía comprarse con inocencia, sin pedir nada a cambio.

La magia de los números

Cristopher Escamilla

—Te anMo muncho, abuebito.
—¿Cuánto es mucho, hija?
—Tles…
El abuelo esboza una sonrisa bajo el espeso bigote que enmarca su expresión adusta y abraza a su nieta de tres años.

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Primera edición: julio de 2026.
Colección: Brevedad.
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