Alertas de la mente

Alertas de la mente

Alertas de la mente

Las 3:12

Sandra Luján Orsatti

Desde que vivía solo, Martín dejaba una silla junto a la puerta.
No recordaba haber empezado a hacerlo.
Su terapeuta le había pedido que anotara lo que sucedía durante las noches que luego no podía reconstruir.
Lunes. 3:12. Un ruido en el pasillo. La silla estaba frente a mi cama.
Martes. Barro junto a la puerta. No llovió.
Miércoles. Alguien escribió «No mires» en el espejo.
Martín pasó el dedo sobre las letras. Estaban húmedas.
O eso creyó.
El jueves se despertó a las 3:12.
Había alguien sentado en la silla.
No pudo verle la cara.
—¿Quién sos?
La figura levantó lentamente un dedo y señaló el cuaderno.
Martín encendió la luz.
La silla estaba vacía.
El cuaderno, abierto sobre la mesa, tenía una frase nueva,
«No confíes en lo que ves cuando despertás».
Martín cerró los ojos.
Esperó.
Cuando volvió a abrirlos, la silla seguía vacía.
Sonrió, aliviado.
Entonces advirtió que estaba sentado en ella.
Frente a él, alguien escribía en el cuaderno.
Y reconoció su propia letra.
Viernes. 3:12. Martín todavía cree que vive solo.

El hombre que escuchaba a su propia muerte

Agustín Pablo Juárez

Todas las noches, a las 3:17, alguien susurra mi nombre debajo de la cama.
Al principio pensé que era un sueño.
Después reconocí mi voz.
—No abras los ojos.
Obedecí.
Durante meses escuché la misma advertencia. A veces lloraba. A veces suplicaba. Una madrugada pregunté,
—¿Quién eres?
La respuesta llegó desde debajo de la cama,
—Tú.
Desde entonces comenzó a contarme lo que iba a suceder.
Me dijo que una noche despertaría a las 3:17, caminaría hasta la cocina y encontraría un cuchillo sobre la mesa.
Que escucharía tres golpes en la puerta.
Que abriría.
Que alguien me degollaría.
Esperé aquella noche aterrorizado.
A las 3:17 desperté.
El cuchillo estaba sobre la mesa.
Tres golpes.
La puerta se abrió sola.
No había nadie.
Entonces sentí el filo atravesarme la garganta.
Caí.
Antes de morir escuché mi propia voz debajo de la cama,
—No abras los ojos.
Los abrí.
Seguía debajo de la cama.
Y llevaba años muerto.

Mundo pequeño

Analia Romero Martín

Cuando era pequeña, mamá me dijo que dentro de la radio de madera no había personas diminutas como yo pensaba.
Luego de su mentira sobre Santa Claus, me resultó una mujer poco confiable.
Cinco décadas después, el técnico afirmó que el aparato es demasiado viejo como para funcionar.
Espío a través de la tela de rejilla…
No se escucha ninguna voz.
Todos han muerto…

Ávido lector

Florencia Lippo

Me desperté adentro de uno de mis cuentos, en la casa de mi infancia.
Golpearon la puerta, pero no atendí para que no se iniciara la acción. Busqué por la cocina un cuchillo y me corté los brazos, abriéndome las venas, hasta que empezó a salir suficiente sangre.
No me iba a quedar a esperar. Yo ya sé cómo terminan mis cuentos.

Perdió todo un martes

Alma Rocío Bernal Trujillo

Elena perdió todo un martes.
Primero la casa. Luego el trabajo. Luego Marcos.
Al principio ordenó la pérdida. Hizo listas. Vendió lo que quedaba. Durmió en el suelo de su antigua sala porque aún tenía la llave.
Después empezó a guardar.
Guardó el sonido del refrigerador antes de que se lo llevaran. Guardó la forma exacta en que Marcos decía su nombre. Repetía todo en voz alta para que no se le escapara.
Una noche se dio cuenta de que ya no recordaba si la voz que repetía era la de él o la suya imitándolo.
Entonces empezó a contestarse.
Se preguntaba si había cerrado bien. Se respondía que sí, con la voz de Marcos. Se reía con la risa de su jefa. Lloraba con la voz de su madre.
Ahora la casa está vacía, pero Elena por fin está llena. Todos los que perdió viven adentro, y ya no la dejan irse.

El reflejo de las 3.07

Llemel López Torres

Despierto a las 3:07 a.m. Otra vez. El reloj marca la misma hora desde hace nueve noches. Me levanto, camino al baño, y evito mirar el espejo. Pero hoy lo hago. Sólo quiero ver si sigue ahí. Si sigue siendo yo.
Mi reflejo está de espaldas.
No grita. No se mueve. Sólo está ahí, de espaldas, respirando con mi pecho. Levanto la mano derecha. Él levanta la izquierda. Sonrío. Él no. Sólo me observa con una calma que no me pertenece.
—Ya casi —susurra mi reflejo, con mi voz pero sin mover la boca— ya casi puedo salir.
Corro a la cama. Me tapo con las cobijas como un niño. Escucho pasos dentro de la pared. Escucho mi propia respiración desde afuera. Alguien respira mi aire. Alguien ocupa mi lugar.
Amanece. El reloj marca las 3:07 a.m.
Entiendo, entonces, que no hay amanecer. Que nunca hubo. Que la casa, la cama, el espejo… Todo es el otro lado.
Me levanto. Camino al baño. Esta vez no evito el espejo.
Mi reflejo me mira desde el mundo real, pálido, agotado, con ojeras de nueve noches sin dormir.
—Por favor —llora— déjame entrar.
Y yo, por fin, desde el otro lado, sonrío.

De cómo luce un asesino serial

Gustavo Calanni

«Tengo que dejar de parecer un asesino serial» piensa. Se mira al espejo y siente que su aspecto encorvado, el pelo descuidado, su ropa descolorida no ayudan. El cabello y la ropa le resultan lo más difícil de cambiar, carece de buen gusto, nunca logró lucir normal. Intenta peinarse torpemente con las manos, pero el aspecto final lo hace lucir tan estúpido como el primero. No hay caso, Juan. Eres un bicho raro.
Se coloca los guantes, toma el martillo y cierra tras de sí la gruesa cortina plástica.
Ochenta y nueve palabras. Bastante bien, piensa. Pero no termina de gustarle. Demasiado revelador, debe ser más sutil. Relee, borra «gruesa». Relee una vez más, y vuelve a colocarla. Lo titula «De cómo luce realmente un asesino serial». Un adverbio en el título. Lo quita y lo pone un par de veces, para terminar por removerlo.
¿Cuántas personas será necesario matar para ser considerado un asesino serial? Le encantaría buscarlo, pero sabe que a largo plazo ese tipo de búsqueda puede ser contraproducente. Además, dieciocho deben de bastar, piensa, cuándo lo hace se excita. Se coloca los guantes, toma el martillo y cierra tras de sí la gruesa cortina plástica.

Sobremesa

Priscila Guerra Luzuriaga

El olor de la sopa, el murmullo de la conversación, había extrañado ambas cosas. Ella estaba en silencio mientras su hermano contaba una anécdota de la escuela.
Su madre replicaba, auscultando por más detalles. El abuelo sorbía la sopa sonoramente. Ella escuchaba y reía cuando debía.
El abuelo tosía ocasionalmente. Su madre le pedía que fuera cuidadoso al tragar.
Su hermano conversaba ahora sobre su novia más reciente. Qué rápido había crecido.
El cabello de su madre parecía más canoso.
La conversación era tan entretenida que ella no tenía ganas de empezar a comer.
—Tómate la sopa —ordenó su madre.
—Pero si me la tomo, se acaba la conversación —replicó ella, reticente.
—Sí —dijo su madre— ese es el propósito.
—Pero no quiero. No ha sido suficiente tiempo —insistió.
Su madre se quedó en silencio. Su hermano la miraba entristecido. Su abuelo yacía dormido contra su silla.
—Mamá —trató de nuevo.
Nadie respondió.
Tomó la cuchara, la sumergió en el cálido líquido y se la llevó a la boca. Saboreó la sopa mientras cerraba los ojos un instante.
Al abrirlos, las sillas yacían vacías y frente a ella había tres platos polvorientos.

El espejo

Julio César Aguilar

Desde que murió su madre, Daniel evitaba mirarse al espejo del pasillo. No sabía explicar por qué. Cada vez que pasaba frente a él sentía que algo, al otro lado del cristal, observaba en silencio.
Una noche, mientras se cepillaba los dientes, escuchó tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Venían del espejo. Daniel levantó la mirada. Su reflejo estaba allí, inmóvil. Él levantó la mano. El reflejo no. Daniel retrocedió. Entonces su reflejo sonrió.
—Mamá quiere que regreses —susurró.
Daniel sintió que las piernas le temblaban.
—Mi madre está muerta.
El reflejo inclinó lentamente la cabeza.
—Eso es lo que tú crees.
Las luces comenzaron a parpadear. Daniel corrió hacia la puerta, pero encontró el pasillo completamente oscuro. Detrás de él, el espejo crujió. Cuando se volvió, vio a su madre de pie junto al reflejo. Ella llevaba el vestido con el que había sido enterrada.
—Hijo —dijo—, llevas mucho tiempo dormido.
Daniel cerró los ojos.
Al abrirlos, estaba frente al espejo. Del otro lado, un hombre golpeaba desesperadamente el cristal. Daniel sonrió. Por primera vez, no sintió miedo. Su madre le tomó la mano. Y apagó la luz.

Siete pies descalzos

Andy Lay Glez Corcho

Desperté a las 3:07 a. m. porque alguien respiró dentro de mi oído. No había nadie. Mi perro dormía en el suelo, rígido, con los ojos abiertos, como si llevara horas muerto. El aire olía a tierra húmeda y a monedas viejas.
Intenté encender la luz. El interruptor cedió con un chasquido blando, como un hueso quebrado. Entonces lo oí, mi propia voz, susurrando desde el pasillo.
—No abras la puerta.
Pero yo vivía solo. No había puerta al final del pasillo, sólo una pared. Esa noche, por primera vez, había una puerta. Bajo ella, una sombra de pies descalzos esperaba. Conté seis. Luego siete.
La manija giró lentamente. Del otro lado, alguien lloró con mi garganta. Sentí el frío subir por mis piernas, como agua negra. Quise gritar, pero mi boca ya estaba cosida con aliento ajeno.
La puerta se abrió. No había nadie. Sólo yo, de pie, mirándome desde dentro, con una sonrisa demasiado grande.
—Ya puedes despertar —dijo mi voz.
Pero seguía despierto.

Autolítica

Sebastián Serrano

¡Jamás olvidaré su horrendo rostro! Aquella fatídica noche de octubre la sala de mi casa terminó convertida en un lago de sangre, donde reposaban los cuerpos desollados de mis padres; en la cocina quedaba repartido por doquier el cuerpo cercenado de mi hermana Laura; hasta Milaneso, nuestro perrito criollo, yacía apuñalado y sin ojos en el pasillo. ¡Él todavía chillaba, pues aún no se le escapaba toda la vida! ¿Qué clase de monstruo pudo haber hecho eso?
Yo lloraba suavemente debajo de mi cama, rezando internamente para que el asesino no me hallara, al tiempo que me preguntaba, «¿Por qué mi familia lo dejó entrar al hogar?, ¿por qué lo alimentaron?, ¿por qué lo cuidaron?, ¿por qué lo amaron?, ¿por qué…»
Una fuerte mano me jaló de los pies y me sacó de la cama, luego me colocó frente a él y comenzó a apuñalarme una y otra y otra vez. ¡La sangre empezó a manar de mi cuerpo! Pronto perecería…
Lo último que recuerdo fue que, en el espejo ubicado frente a mi cama, divisé cómo yo mismo me apuñalaba.

El niño que no parpadea

Eugenio Barragán Fuentes

El sol de la tarde tiñe de otoño el parque. Un frío inexplicable eriza la piel de Carlos. Desde el banco observa a un niño que juega solo al lado del tobogán. Lleva diez minutos mirándolo y algo le incomoda, el pequeño no pestañea. Ni una sola vez.
Se acerca a la barandilla. El niño detiene la pala, levanta la cabeza y fija en él unos ojos secos, demasiado abiertos.
—¿No te cansa tenerlos así? —Pregunta Carlos, intentando sonar casual.
El niño responde sin mover un músculo.
—Estoy practicando para cuando tú dejes de hacerlo.
Carlos ríe, nervioso. Se marcha rápido, con la sensación de haber sido observado desde un lugar sin tiempo.
Horas después, antes de acostarse, entra al baño. Al levantar la vista hacia el espejo, se queda inmóvil. Su reflejo lo mira con una claridad antinatural. El mercurio líquido fluye, se encrespa, crea ondulaciones. Intenta cerrar los párpados, pero no obedecen.
El niño no estaba practicando. Era una advertencia.

El eco del bisturí

Michela De Martino

El quirófano olía a formol y a mentiras podridas. Aurora no necesitaba encender la luz para saber que el cadáver sobre la plancha de acero era el de su propia conciencia.
—Ya no puedes callar —susurró, rozando con la punta fría del bisturí una cicatriz invisible que le cruzaba el esternón.
Afuera, al otro lado de la puerta ciega, Alfredo guardaba silencio. Sabía que los muertos no mienten, pero los vivos construyen mausoleos con los pedazos de lo que fueron. Cada corte milimétrico sobre la carne inerte desenterraba un nombre prohibido, un rostro borrado a la fuerza por el sistema.
El metal vibró entre sus dedos temblorosos. No era sangre lo que manchaba los guantes, era el tiempo, espeso y viscoso, que volvía para cobrar su deuda. Aurora miró fijamente el fondo de la cavidad abierta y comprendió la verdadera condena, el infierno no estaba bajo tierra, sino grabado en el ADN. Y el próximo cuerpo en la mesa… llevaba su mismo nombre.

Pasantía en el infierno

Evelio Alejandro Morejón Pérez

Despierto en una habitación que no reconozco. Las luces de un candelabro plateado caen sobre mi cuerpo, suspendido en una cama de cortinas transparentes. El piso está acolchado con una alfombra roja, vieja, como de otra era. Las paredes forradas con papel tapiz que hace juego con las cortinas.
En cada esquina hay una estatua, un lobo, un búho, un chacal, un sapo. Me apuntan con sus caras horribles. Encima de sus cabezas, plumas de colores intensos las hacen ver ridículas. Pero cuando me acerco, descubro que son plumas artificiales, hechas con cabellos humanos, endurecidos por una pasta que aún está húmeda. En la base, una piel disecada con signos negros que mis ojos no alcanzan a leer.
Una segunda piel cubre mi cuerpo. Mis genitales han desaparecido. Intento arrancarme la masa que me asfixia. Bajo la piel, mis intestinos se mueven. Mis pezones son agujeros supurantes.
Entonces lo veo. En la cabecera, una figura de dedos grandes sostiene hilos semitransparentes que suben hasta mi cuerpo. Los sigue mi mirada. Los sigue mi carne. La figura sonríe.
Mi corazón deja de latir. Mis ojos se cierran.
Pero sigo aquí. Y no sé si alguna vez me fui.

El mejor momento del día

Javier Trescuadras

Nunca la llamo por su nombre. Es más fácil. Me refiero a ella como cielo, encanto o cariño… Contrariamente a lo que se pueda pensar, es deshumanizante. A una persona no le queda identidad alguna si la llamas cielo. Ya no es Rosa. Se acaba de convertir en un apósito humano de tu propiedad mientras cree que estás siendo cariñoso. Mientras piensa que vamos a un lujoso restaurante y yo, repaso mentalmente si llevo en el maletero todo lo necesario, cuerda, cinta americana, bridas, hacha y, por supuesto, la pala… fantaseo con el momento en que ella, la elegida para esa noche tras días siguiéndola, acechándola y estudiándola, descubra que no vamos más que a un lugar oscuro del bosque. Ahí todo cambia. El estupor del engaño, la sensación de que algo malo ocurrirá dispara su pulso. Es ese el momento que más me gusta, cuando su cerebro llega a la conclusión de que no va a volver a casa. Algunas forcejean o arañan o negocian. Me prometen que no lo dirán a nadie si las dejo marchar.
—Si te dejara marchar… —suelo responder con una sonrisa lobuna— ¿Qué tipo de asesino en serie sería?
El mejor momento del día.

Asesiné a mi amada

Wagner Ricardo Guerra Capuena

Entonces recordé que horas antes me había arrancado los ojos para dejar de verla.
Y aun así, la seguía viendo.

La cárcel de azogue

Néstor Rubén Giménez

El despertador taladra la madrugada. Me arrastro al baño, enciendo la luz y apoyo las manos en el lavabo. Al levantar la vista, mi reflejo no replica mi gesto, con una mueca socarrona me sostiene la mirada.
Parpadeo sorprendido por un segundo.
Intento apoyar las palmas contra el espejo, no dan con él. El vidrio perdió su dureza y es una gelatina espesa que engulle mis antebrazos con la avidez de un cenagal. En vano forcejeo y enmudezco mientras siento el terror congelarme el aliento.
Entonces, el sosias tira de mí con violencia y arrastra mi cuerpo hacia su territorio. Del otro lado, lo veo terminar de acicalarse con naturalidad.
Gira y se marcha con los que fueron mis pasos alguna vez.
La puerta se cierra detrás de él. Ahora estoy aquí, prisionero en las entrañas del azogue. La superficie plateada se vuelve opaca, fría y definitiva. Allá afuera late el mundo que ya no me pertenece, aquí, la única compañía es el eco de mis ojos suplicándole a la nada. Pero el otro la tiene peor, no sabe en qué se metió, pronto comprenderá lo insoportable que es lidiar con mi día.

El espejo

Jorge Antonio Tisera

Desde hace tres noches escucho a alguien llorar en la habitación de al lado.
El problema es que vivo solo.
Al principio pensé que era un vecino. Después reconocí la voz.
Era la mía.
No decía palabras. Solamente lloraba, con esa tristeza que uno intenta esconder incluso de sí mismo.
Anoche golpeé la pared.
El llanto se detuvo.
Tres golpes respondieron desde el otro lado.
Me quedé inmóvil.
Entonces escuché mi propia voz, muy bajita,
—No abras.
Retrocedí.
La puerta de mi habitación comenzó a moverse lentamente, como si alguien empujara desde afuera.
—No abras —repitió mi voz.
Pero esta vez venía de debajo de la cama.
No dormí.
Esta mañana reuní valor y fui hasta la habitación de al lado.
Abrí.
Estaba vacía.
Sólo había un espejo apoyado contra la pared.
Me acerqué.
Mi reflejo no estaba llorando.
Sonreía.
Y detrás de él, en el espejo, alguien golpeaba desesperadamente el vidrio.
Era yo.
Entonces comprendí.
El que vivía solo no era yo.
Yo era el que estaba encerrado.

Un tanto extraño

Rosa Esperanza Sánchez Gracia

El vecino del 7A no entra nunca a su departamento. Sólo nos mira desde el pasillo. Aprendió mi nombre, mi risa, mi forma de caminar. Anoche lo escuché en mi cocina, a oscuras, practicando cómo ser yo.
Cuando prendí la luz, tenía mi cara puesta al revés y me sonreía con mi misma boca. Ahora admito por qué me pareció un tanto extraño…

Visita indeseada

José Fidel Chávez

Toc toc toc… sonaron los golpes en la puerta.
Yo tendido en el sillón bajé el volumen de la música para oír mejor.
Toc toc toc, volvió a sonar.
Me sorprendió por la hora, capaz algún vecino molesto por la música.
Toc toc toc… insistió el golpe.
Al abrir no había nadie y la calle estaba desierta.
Algo me empujó y tiró al piso, al tiempo que la puerta se cerraba.
No sé por qué golpeé la puerta, toc toc toc… Entonces me vi adentro de la casa. Grité, pero el yo de adentro no hizo más correr las cortinas y apagar las luces.

Resonancia

Claudia Sánchez

Al principio era apenas un roce, como uñas contra yeso. Pensé que era mi imaginación, pero cada noche el sonido crecía, acompasado con mi respiración. Me acerqué y descubrí que la pared latía.
Intenté ignorarlo, tapé mis oídos, dormí en otro cuarto. Nada funcionó. El murmullo continuaba, repetía mi nombre, imitaba mis pensamientos. Una voz paralela, idéntica a la mía, susurraba lo que iba a hacer antes de que lo hiciera.
Una madrugada, cansado de huir, golpeé la pared. Sangró. El líquido oscuro se deslizó lento y el murmullo se transformó en carcajada, como si finalmente lo hubiera descubierto.
Ahora ya no sé si estoy dentro de la casa o si la casa está dentro de mí. Cada palabra que pronuncio se repite en eco, como si alguien más viviera en mi cabeza.
Hoy escribo estas líneas para dejar constancia, no soy yo quien piensa. Soy pensado. Y cuando la pared decida hablar en voz alta, nadie distinguirá quién responde.

Latidos

Allan Castillo

Y, a pesar de que el corazón de su amado infiel, aún latía fuerte en sus manos, ella lo devoró sin remordimientos.

Sincronía

Luis Fernando Jiménez Cervantes

Se detuvo frente a él.
Había algo familiar en aquel rostro, la curva del párpado, la respiración, el cansancio en cada surco de la piel.
Buscó un nombre entre los escombros de la memoria, pero no encontró ninguno.
El hombre del otro lado imitó su desconcierto.
Se quedaron mirándose.
Entonces sonrieron al mismo tiempo y regresaron a la farsa de fingir que no se conocían.

El relevo

Rosalía Guerrero Jordán

Anochecía cuando bajé a pasear por la playa. El cielo se enredaba con las nubes violáceas y un enorme punto anaranjado incendiaba el horizonte.
Caminaba descalzo, saboreando el placer que producía la arena en mis pies, hasta que una melodía tristísima acarició mis oídos. Cerca de la orilla se encontraba el anciano que horas antes mendigaba en el paseo. Tocaba con embeleso su acordeón, que interrumpió al sentir mi presencia.
Me senté a su lado y me contó su vida, los amores perdidos y los negocios frustrados. Era ya noche cerrada cuando se levantó, me confió el instrumento y, despidiéndose de mí, se internó en las aguas oscuras. Intenté retenerlo, pero no pude. Tan sólo dijo, «Déjame partir, ahora es tu turno».
Hoy, después de tantos años, sigo siendo yo el que toca el acordeón en la playa, mientras observo a ese joven que camina descalzo hacia mí.

La elección

Nuria Hernández García

El mar se los llevaba a los dos, cada uno en una dirección. Estaban a la misma distancia.
Nunca elegir había sido tan aterrador.
No era Dios para decidir quién debía vivir. Pero si no hacía nada, morirían ambos.
Se lanzó al agua.
Años después, despertaba empapado en sudor, siempre a medianoche.
La misma pesadilla.
El mismo rostro, hundiéndose en la oscuridad.
Y siempre aquellas palabras,
—Ven a por mí.

Pérdida

Ygnacio Moreno Gonzales

Entraron al aula violentamente. Sin mediar palabra, las tomaron. Son mis pupilas, reclamó la maestra. No pudo evitar que se las llevaran. Avanzó hacia la salida, adivinando el camino, ciega.

Acosador

Ana María Abad García

Últimamente tengo la inquietante sensación de que mi reflejo trama algo. Siento cómo me acecha desde cada escaparate, desde cada charco, me vigila incluso en el ascensor. Ayer sorprendí su mirada malévola en el retrovisor del coche. Hoy, harto, me encaro con el espejo del baño y le increpo. El brillo perverso de sus ojos mientras apoya la navaja de afeitar contra el cuello me deja helado.

Paseo

Natalia Restrepo Maya

Cuando le llevaron a caminar durante la tarde, en su cabeza imaginó el parque, los niños de su edad divirtiéndose, los columpios y los pasamanos… cuando llegaron al sitio no pudo impedir que escapara una lágrima y se deslizara por sus mejillas.
En medio de las flores y las lápidas pudo leer su nombre sobre el mármol recién tallado.

A las puertas

Lorenzo Isaac Santana

Cada noche, antes de acostarse, revisaba el reloj. No por la hora, sino por el miedo.
Se acostaba sabiendo que quizás no despertaría. No por muerte, sino por algo peor, despertar y descubrir que nada había cambiado.
El ventilador giraba como siempre. El mismo techo manchado. El mismo olor a humedad. La misma nevera vacía, el mismo salario que no alcanzaba, la misma fila del pan, la misma cara de todos los vecinos, la misma impotencia.
Cerró los ojos rezando en silencio.
Soñó que volaba. Que cruzaba el mar. Que despertaba en otro lugar donde nadie conocía su nombre ni su historia.
Abrió los ojos.
El ventilador. El techo. La humedad.
Gritó, pero nadie vino. Lloró, pero nadie oyó.
Entonces entendió su condena, no era morir. Era despertar cada día en la misma vida, a las puertas de una salida que nunca se abría.
Y aun así, volvió a acostarse. Porque mañana, quizás, el sueño duraría un poco más.

Big bang

Enrique Alberto Lara

Camino por la peatonal entre rostros desconocidos que van y vienen. Algunos se detienen a mirar las vidrieras, un nene corre detrás de una paloma.
Pienso que estoy muerto. Nadie me mira. Para confirmarlo intento atravesar a uno de ellos, pero, al verme avanzar, se aparta.
Entonces también están muertos, me digo.
Cuando llegue al trabajo podré comprobarlo. Allí hay gente de distintos barrios, no todos podrían haber muerto.
Pero al llegar me saludan como siempre, me siento en mi escritorio y todo transcurre con la misma rutina de cada día.
Estamos todos muertos.
La explosión fue más grande de lo que imaginaba.

La otra

José Manuel Dorrego Sáenz

Cada vez que mi hermana gemela entra en la habitación y me ve, grita despavorida. Después de dos años, aún no acepta que, de las dos, quien murió en el accidente fue ella.

El ángel

Rosa Elena Gómez

Sepultamos a mi padre. Había sido muy cariñoso con Marcos y conmigo cuando quedamos solos. Ese día empezó otro dolor. Mi hijo se apretó a mi costado y me susurró con temor, «Ese ángel me mira». La estatua del panteón vecino parecía mirarlo. Apreté su mano y no le di importancia. A los días empezaron a suceder cosas raras. Puertas que se cerraban antes de tocarlas, Marcos tenía pesadillas, estaba ojeroso y delgado. Aseguraba que veía sombras en su habitación, sus tareas se volaban del escritorio y otras cosas más. Me preocupé cuando vi que orinaba oscuro, casi negro. Ni el médico ni el sacerdote me creyeron. Una anciana del barrio me aconsejó hacerlo bendecir. Marcos desmejoraba cada día. Fui al cementerio a preguntar quién estaba sepultado en el panteón del ángel. Un pequeño malvado que falleció a los diez años, la misma edad de Marcos. Sentí terror. Le recé a mi padre que lo ayudara, sacara ese demonio del entorno de mi hijo, que en ese momento de rodillas le pedía lo mismo. Esa noche hubo una gran tormenta.
La puerta de la tumba de mi padre abierta, y el ángel en el suelo, destrozado.

Último pensamiento

Fabiola Morales

Magdalena pagó para oír el último pensamiento de su hermano Julián, ahogado semanas antes, entre un oleaje denso,
—¡No fue el agua! ¡Algo me miró desde abajo!
Luego vino un susurro antiguo y enorme.
—¡Al fin! Otra puerta.
Magdalena se arrancó los audífonos. Reclamó a servicio técnico. Nadie dio respuesta. Esa noche la voz retornó dentro de su cabeza,
—Gracias por abrir.
Investigó. Todo registro terminaba igual, el murmullo que la aplicación borraba. Un eco crecía. Estaba en ella. Se oyó decir,
—No puedo cerrar la puerta.
Despertó gritando. En su pantalla, cientos, miles de archivos resonaban. Al final de cada uno, la misma voz lúgubre preguntando,
—¿Qué se siente al estar vivo?
Magdalena quiso huir, pero su boca se movió sola,
—Gracias por la puerta. ¡Está abierta!
Y algo, al otro lado de la pantalla, sonrió.

Y su cuerpo era de flores

Patricia Rojas de Leunda

Y con el tiempo se fue deshilachando hasta no quedar de él sino una flor marchita que buscó sombra en su pubis.

Alguien llama

Alex Zelaya

Toc, Toc.
Es medianoche.
Alguien llama a la puerta. Siempre a la misma hora. Me levanto y voy hasta ella, veo por la mirilla.
Ahí está.
La misma silueta, la misma sombra dibujada bajo la débil luz de la lámpara.
—¡Todavía no es hora! —Susurro— ¡Vuelve mañana!
Me alejo de la puerta y regreso a la cama.
Volverá.
Siempre vuelve.
Después de todo, fui yo quien le pidió que lo hiciera.

Cena navideña

Elsiton Alberto Blanco Reyes

El frío es implacable. El chocolate a fuego lento ya dio punto. Ella, apacible, observa el reloj de pared. No es tarde. Un cuarto para las diez de la noche. Justo a esa hora nació su primer bebé. Hoy estaría cumpliendo un año, piensa, con una sonrisa discreta.
El pavo de doce libras ya se ha horneado. Lo compró en el mercado El Guarda. Estaba sobrevalorado, pero no le importó, pues por la cuna convertible también le dieron su buen billete.

Intrusión

Antonio Arjona Huelgas

Nadie creía que no había sido mi culpa. Tan sólo no me pude detener. Aunque no me crean, no era la primera vez que tenía un pensamiento intrusivo, pero nunca había pasado nada. Otras veces había imaginado lo mismo. Y, les juro, nunca había hecho nada. Mi cabeza funcionaba a la perfección ayer. Sé que suena horrible, pero no lo volvería a hacer. Con el correcto tratamiento puedo mejorar. ¿No lo ven? ¿Es que ustedes nunca imaginaron lo gracioso que sería ver caer al niño del puente? Parecía una escena de caricatura. Sólo se lo arrebaté a su madre, lo tomé de los brazos y lo solté hacia abajo. Ni siquiera sabía del camión. ¿Creen que estaba poniendo tanta atención? ¿Soy el único al que le pareció gracioso? ¿Por qué no se ríen?

Promesa es promesa

Tamara Bermúdez Rodríguez

Sentí que alguien respiró en mi nuca, eché a correr sin mirar. Jadeante y empapada por la lluvia llegué a casa, apenas podía abrir la puerta. Segura en el interior, y sin tan siquiera secarme, miré por una rendija de la ventana, no vi nada, logré recuperarme, pero no dormir. Busqué en internet experiencias parecidas…, nada. Entonces, pensé que estaba loca y que había sido un soplo de aire por la lluvia, y el miedo de andar sola en la oscuridad, prometí, «¡Nunca más tentar a la suerte!» Y mi vida continuó normal, ya ni recordaba el horrible episodio nocturno, y mucho menos, mi promesa. Y por eso, acepté salir con unos amigos, ¡lo necesitaba! Nunca me hubiera arrepentido. Bailé y bebí sin cordura, ¡me sentí libre, sin miedos! De regreso y en la misma puerta de mi casa, escuché unos pasos, y luego una escalofriante sensación en mi cuello, no era aquella respiración, ¡no! Era algo desconocido, era… caliente, fluía a borbotones, intenté detenerlo con mis manos, pero aumentaba con cada aliento sobre mi nuca. Aquella noche no llovió, y ya era tarde para entender. Quedé ahí…, tirada en un charco denso, empapada y fría.

El hombre de barro

Mario Lamo

Recogió sus huesos dispersos uno a uno, la muerte había sido larga y fría. Como un escultor improvisado, trató cuidadosamente de rehacer su cuerpo con el barro que lo cubría. No supo cuánto le tomó recrear su figura humana, ya que el tiempo para él había dejado de correr, igualmente podrían haber sido cuatro siglos o cuatro minutos.
Escarbó para salir de su lecho de muerte, sintió la tierra húmeda y fría, pero a medida que se acercaba a la superficie experimentaba esa extraña sensación cálida que le recorría los huesos y que le agitaba el corazón. No se atrevía a abrir los ojos, temeroso de que nunca vieran la luz.
—Despierte, señor, despierte —escuchó una voz que lo llamaba.
—Re… re… recuerdo —las palabras bregaban por salir de su boca.
—No hable, tranquilo… Está usted todo cubierto de barro. No se preocupe, lo vamos a ayudar —dijo la mujer, y enseguida gritó—: Manuelito, tráeme la manguera.
Quiso gritar que no, pero las palabras se le trabaron en la garganta. El chorro de agua dispersó su cuerpo por la tierra y sus huesos hechos polvo descendieron por un hilo de plata calle abajo, camino, esta vez sí, a la eternidad.

El inquilino

Chara Lattuf

Ingresaba a las habitaciones y se escuchaban gritos y disparos, de una a otra los separaban sólo las paredes. De la familia Torres, María observaba sus cuadernos tirados en el piso y sus llantos no paraban. José Cienfuegos, el inquilino fue acorralando a los padres de la adolescente, junto a su hermano en un cuartucho diminuto y oscuro. José quién llegó junto a otros de tierras lejanas permitido por el Municipio para alojarlos. Así el poblado La Esperanza iba perdiendo sus casas y tierras por gente que portaban una gorra y una pulsera con estrella. Sus armas largas detonaban balas que golpeaban la piel, sin que penetrara, pero algunas deformaban el rostro y cegaban los ojos.
Luego se reunieron los Municipios cercanos al llegarles las noticias que escandalizaban a trabajadores, estudiantes y autoridades y todo aquel que escuchaban sobre los de Las tierras lejanas, quienes dicen tener un mandato de Dios para expandirse hasta donde no hay límites. Llegaron a un acuerdo en que cuando escuchen gritos en las casas de los vecinos se coloquen en sus cabezas una gorra y una pulsera estrellada para que parezca uno de ellos. Aun así no se rinden y por cada uno herido, siembran una planta, perdurando así en el tiempo.

Tengo miedo de dormir

Emilio Aburto Casillas

Tengo miedo de volver a dormir. No sé si seré yo el que despierte. Las voces en mi cabeza no se callan. Y lo peor es que ahora esas voces comienzan a verse en mi espejo. Me miran. Quieren volver a salir. Tengo miedo de dormir.

Oscuro

Joss

Las 3 a.m, los gritos de desesperación rompieron el silencio de la noche. ¡Ayuda! Abrí los ojos y pude verlos devorando su cuerpo ¡Déjenlo! Grité desesperado. Me levanté, me acerqué a las sombras y al verme acostado en mi cama grité ¡Despierta!
Una noche más con parálisis del sueño.

El hombre noche

Viviana Miranda

Qué mañana tan pesada, la alarma suena y aunque siempre la apago en el primer timbre, me siento cansada. La pesadez del día anterior aún no se ha bajado de mis hombros.
Me paro y me paso al sofá, esperando que el calentador realice su trabajo ¡Oh divino sueño! En cuanto mis párpados tocan mis pestañas inferiores siento un gran descanso.
Siempre duermo un rato más en el sofá, esta vez algo cambia. La sala es redonda, presiento que no estoy sola, alguien vela mi sueño, El presentimiento me hace abrir los ojos, para mi gran sorpresa no había alguien.
La pastilla que tomo en las noches me imposibilita el dejar este descanso, ya no quiero seguir soñando, me resisto pero mi cuerpo está cansado, dando como resultado una parálisis del sueño.
Con el más grande de mis esfuerzos entreabro los ojos, un hombre agachado frente a mí a 90 grados me observaba, sé lo que vi.
No tenía rostro, es sólo como una sombra con un par de zafiros en donde deberían de estar sus ojos, aun así, su mirar es inaudito, recae en mi memoria al escribirlo.
Al abrir los ojos completamente la sombra se disipa, justamente a las 6:02 de la mañana el amanecer da su primer vistazo iluminando la casa, no sé si fue un sueño, sólo sé que todo terminó al momento del amanecer.
Por eso decidí nombrarlo porque sé que fue la primera vez que se presentó, pero no será la última. Él será El hombre noche.

System error

Alejandro Levacov

System error le dicen. Pero no pueden solucionarlo. Hay un número de reclamación, se lo pasan, aunque no consigue anotarlo. Su memoria es incapaz de retener. Retazos, destellos, jugando a la pelota a los doce, un beso de lengua, una borrachera descomunal. No siente sus terminaciones nerviosas. Un error se repite para tranquilizarse. Pronto vendrán a rescatarme. Siente un picor y quisiera rascarse. ¿Pero rascarse dónde? La voz lo saca de sus cavilaciones, Afiliado Demetrio Ramondino, ¿sigue ahí? Contesta que sí y aunque no oye su voz, la palabra se forma en su consciencia. Le dicen que aguarde, que se mantenga en línea. En ese momento la oscuridad lo traga.
Vuelve a despertar y ve un túnel. Al menos ya no está rodeado de tinieblas. Bajan aguas turbias. Dos ratas lo miran.
La mayor habla primero.
—Nos tenías afligidas.
—Pensamos que te perdíamos —completa la otra.
No logra determinar si lo impresiona más escuchar hablar a dos roedores o no recordar nada.
—Avisaron que es probable que experimentes percepciones alteradas por un tiempo.
—Lo importante es que lograron traerte de vuelta.
Se mira las pezuñas.
—Un error del sistema, papá.
—No es tu culpa.
La rata grande le acerca algo.
—Necesitas alimentarte, así te recuperas más rápido.
Demetrio se pone a roer.

La salida

Carlos Alberto Morles Quintero

Abierta la puerta de la iglesia escaparon. Pies de cera, de oro, de madera, de mármol, hundidos en el blando asfalto. El sol rompe los ojos, las coronas, la frágil ropa gastada por la sombra. Los ángeles, vírgenes y santos tocaron puertas, ventanas, comenzaron a maldecir, a romper.
Desnudos en el centro de la calle acabaron con todo. Locos de ira mataron a sus adoradores. El viento se detuvo, se hizo espeso.
Volvieron a sus nichos, solos.
Esperando por el sol.

Bandera

Arturo Eduardo Medina Oliveros

Cada noche, entre explosiones, el niño izaba una bandera gazatí en la luna.
—¡Mamá! —Exclamaba en su búsqueda mientras la bandera se incendiaba.
La tierra es un silencio abominable.

La habitación de al lado

Norma Beatriz Castillo

La primera noche escuché golpes en la pared. Tres, siempre tres. Pensé que era la vecina.
La segunda noche, una voz susurró mi nombre.
—Elena…
No dormí. A la mañana pregunté al encargado. Me miró extrañado.
—Señora, usted vive sola. Ese departamento está vacío desde hace años.
La tercera noche dejé la luz encendida. Los golpes comenzaron a medianoche. Tres. Después, un silencio largo.
—Elena…
Esta vez la voz sonaba igual que la mía.
Me acerqué a la pared. Apoyé el oído.
—¿Quién está ahí?
—Tú —respondió.
Retrocedí. Mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de mi propio número,
«No abras la puerta».
Entonces escuché la llave girando en la cerradura.
Corrí al dormitorio y me escondí bajo las sábanas. La puerta se abrió lentamente. Unos pasos cruzaron el pasillo. Se detuvieron junto a mi cama.
—Elena, sal. Tenemos que hablar.
La voz era idéntica a la de mi madre.
Mi madre llevaba diez años muerta.
Me quedé inmóvil hasta que amaneció. Cuando finalmente salí, encontré la puerta del departamento abierta.
En el pasillo, frente a mi casa, había un espejo.
Me miré.
Mi reflejo sonrió antes que yo.
Y susurró,
—Por fin me dejaste salir.

La mirada

Gustavo Lopez

La primera vez que sintió que alguien la observaba, quiso masturbarse.
El orgasmo fue explosivo. Desde entonces, nunca volvió a cerrar las cortinas.
Cada noche se entregaba bajo una luz tenue. La silueta permanecía inmóvil al otro lado del vidrio, como si conociera cada parte de su cuerpo.
Una noche, mientras se desnudaba, una voz susurró desde la penumbra,
—No te detengas.
Ella continuó.
A la mañana siguiente, se levantó y se acercó a la ventana.
La luz del sol le dio de lleno en los ojos. Al parpadear, distinguió su propio rostro sobre el cristal y, justo detrás de ella, el reflejo de la silueta inmóvil que la observaba desde la oscuridad, escondida en un rincón de su habitación.

El primer trabajo

Iván Nilo Hernández

—¡Maldita sea, José! Otra vez llegas golpeado. Tus hermanos son los mejores asesinos. Hasta nuestros sirvientes han matado más que tú. Tenemos la recompensa más grande del país y sólo nos avergüenzas.
Las carcajadas de sus hermanos llenaron el salón.
José bajó la cabeza. Siempre era igual.
Su padre tomó el abrigo.
—Mañana tengo una reunión. Mientras no hagas tu primer trabajo, no vuelvas a llamarme papá.
A la noche siguiente regresó a la mansión.
El portón estaba abierto.
Extrañado, bajó del automóvil. Nadie salió a recibirlo. Tampoco había luces.
Entonces percibió el olor.
Avanzó hasta la entrada y quedó paralizado.
Una pila de cadáveres bloqueaba la puerta. Reconoció primero a los sirvientes. Después, entre brazos ensangrentados y rostros inmóviles, distinguió a sus hijos.
—¿José? —Murmuró.
Nadie respondió.
Entró temblando.
La casa estaba vacía.
Sobre la pared del salón, todavía húmeda, una palabra escrita con sangre parecía esperarlo:
«Papá».

Esta habitación

Daniel Arazúa

Ese maldito mensaje estaba en el retrovisor de mi motocicleta, «Regresa a casa». En la computadora no apareció el logotipo de la empresa, sino la orden, «Regresa a casa». La ignoré. Imprimí los balances.
—¡Carajo, García! ¿El reporte?
—En sus manos, señor. —Me aventó las hojas. En ellas, impresa miles de veces la orden, «Regresa a casa…»
—¡Largo! ¡Dejen de estar chingando!
Un mensajero me entregó un sobre. Temblé al abrirlo, «Regresa a casa». Volteé a ver la señalética de evacuación, «Regresa a casa…» Mía se acercó al oído:
—Te dejé un chocolate y una notita en tu escritorio. Busqué el chocolate, sólo estaba la notita, «Regresa a casa».
—Mía ¿Qué te pasa? ¿De qué hablas? —De esto… Eso no es mío… Salí corriendo. Los anuncios publicitarios tenían esa maldita orden, «Regresa a casa». Regresé. Ese mensaje pegado en la puerta, «Regresa a casa». Maldición. En el televisor, las bocinas, en las cámaras de seguridad… Me encerré en una habitación. En el espejo, ¡esa orden! ¡Demonios! Grité… Por debajo de la puerta, se cuelan sombras ardientes y murmullos distorsionados con la misma orden, «Regresa a casa». Entiendo que no estoy en casa, pero no puedo salir de esta habitación.

Metástasis

Edgar Fernando Carbajal López

Eduardo abrió la llave caliente del lavabo. El vapor empezó a cundir alrededor.
Mientras se lavaba la cara, en la superficie del espejo se formaron unas palabras:
«Su poder es incontrolable. Primero, mi memoria, ahora también borra mis notas para acordarme de no limpiar nunca este espejo».
Eduardo se irguió. El agua le escurría por la cara. Tenía los ojos cerrados. Buscó a tientas una toalla que no debía estar junto a él. Sin embargo, su mano la pescó como si se la hubieran acercado.
Luego de secarse, bajó la mirada para colocar el tapón en el fondo del lavabo, mientras, su mano se apuró a limpiar el espejo.
Llenó el lavabo con agua caliente. Se humectó la barbilla y las mejillas con crema de afeitar. Quiso tomar el rastrillo, pero éste resbaló golpeando con un sonido sordo el suelo.
Eduardo se agachó. En el espejo, un reflejo ennegrecido cobró forma por el vapor denso y asfixiante que nunca paró de salir del fondo pudriéndose del lavabo.

Labores domésticas

Nereidy Velásquez

Mientras friego los platos, doblo la ropa o preparo la comida, escucho mis pensamientos. Pero de un tiempo para acá, otra voz los dicta. No le di importancia hasta que esa presencia ajena empezó a contradecir todo lo que hago. Ahora me atormenta. Tomo un cuchillo y camino hacia la habitación. Mi marido duerme la siesta, me quedo de pie frente a la cama, observándolo. Estoy confundida. Dentro de mi cabeza se desata una guerra feroz de síes y noes. Yo sólo espero la orden final.

El anillo

Luis Mariano Hernandez

—¿Puedo comer otro poco mamá?
—Claro hijo, todo lo que quieras.
—¿Y este pedacito?
—Por supuesto.
—Esta carne está muy suave.
—Es por los días de reposo.
—¡Encontré un anillo! ¿Puedo quedármelo?
—Sí, pero apúrate que ya van a cerrar el cementerio.

Amor propio

María Sofía Abarca

Había tenido tantos fracasos amorosos, tantas lágrimas, tanto dolor que, más que al psicólogo, decidió ir a un exorcista.
Apenas comenzó el ritual, el sacerdote pronunció un nombre antiguo que le provocó escalofríos.
—No eres tú el problema. Tampoco ellos. Es él.
La mujer lo miró sin comprender.
—Un demonio se enamoró de tu alma hace miles de años, pero lo rechazaste. Desde entonces, te persigue de una vida a la otra. Se apodera de cada hombre que amas y consigue que todos ellos te usen, te mientan y te dañen.
Ella se fue cabizbaja, con el corazón desesperado y con un miedo inexplicable.
Hubiera preferido que le dijeran que le faltaba amor propio.

Subterráneo

J. Miguel Vargas Rosas

La mujer desgreñada, de rostro pálido, pupilas enrojecidas, ojos hundidos y labios resecos, observó fijamente a la fémina más joven que contemplaba la pantalla encendida del televisor. Recordó que ésta le gritaba casi a diario, propinándole golpes contundentes en la cara, sólo entonces, alzó la sartén metálica por sobre el hombro, asestó un golpe estentóreo contra la parte posterior del cráneo de la mujer y volvió a golpear hasta seis veces más, como si sus brazos se movieran mecánicamente sin que ella les diera orden alguna. La sangre empapó el sofá y parte de su rostro demacrado, en donde pareció brillar una sonrisa macabra.
El cuerpo inerte de la joven mujer cayó sobre el mueble, la luz naranja del sol agonizante bañó su rostro irreconocible por la sangre oscuro-rojiza que le cubría. Ella, la adulta mayor, no podía concebir lo que acababa de hacer.
—Hija… —Se limitó a balbucear.
La sartén, manchada de sangre, aún temblaba en su mano.

El solista

Xadira Ramirez

Después del encore regresa a la inconmensurable soledad.
—Aquí eres un perdedor.
—Suelta eso. Alguien saldrá lastimado.
—No lo escuches. Acaba conmigo. Me harías un favor.
—Apártese, por el amor de Dios. Se hará daño.
—No puedes, maldito cobarde.
—¡A callar, infernales criaturas! —dice. Y, con un disparo, en la cabeza se hace al fin el íntimo silencio.

Dominó

Silvia Bottallo

Las fichas caen, una tras otra. Pero no me gusta ese juego. Me recuerda cuando papá le grita a mamá, y ella me aprieta demasiado el brazo o no tiene paciencia para hacerme la trenza. Luego debo despertar a mi hermanito, a los pellizcos. Él remolonea, se nos enfría la leche, y está por llegar el bus que nos lleva al colegio. Nos vamos a sentar al último asiento, lejos del chofer que me habla por lo bajo, dice cosas que no entiendo y me deja pensando. Después la maestra quiere conversar conmigo, que me distraigo, que mi hermano se porta mal, que llama a mis papás y no vienen… Entonces me pongo a llorar tanto, que se me ahogan todas las palabras…

El monstruo

María Horta

El sudor le chorreaba como manteca rancia, mezclándose con el churre de su vientre. Aurelio pesaba trescientas libras y su presencia era podrida. Nadie lo quería. Su esposa le trituró una docena de calmantes en el café. Él se lo tomó, lo escupió y se acostó. Doce horas después, reapareció con los ojos inyectados en sangre.
—Los jodí, ja, ja, ja.
Meses más tarde, un hueso de pollo se le atravesó en la garganta. Todos asistieron impávidos a su asfixia. Pero cuando su cuerpo colapsó, tosió el hueso y soltó su maloliente carcajada. Era una masa abyecta que se negaba a morir.
Hasta que su corazón se detuvo. Al intentar cremarlo, el horno no dio abasto por su gran peso. Le construyeron un ataúd con madera gruesa. Durante el velatorio, la caja empezó a crujir hasta que el fondo cedió, dejando caer su masa verde sobre el piso.
Al amanecer, cuatro hombres lo cargaron hacia la fosa. Su pie izquierdo se movió rígido. La esposa cayó de rodillas al ver su mandíbula abrirse. No hubo carcajada. El pie no se movió por vida, fue la presión de miles de gusanos devorando sus tripas.

Un nuevo estado

Natividad Villar Martínez

Mientras intentaba rendirme al sueño aquella noche, fui consciente de que el silencio era terriblemente silencioso, las voces pueriles que en las habitaciones contiguas siempre se mantenían hasta entrada la madrugada habían desaparecido, los ladridos de los perros del vecino llevaban tiempo que se habían dejado de notar, ni siquiera el tic tac del reloj del salón llegaba amortiguado como siempre lo hacía. Angustiada, me levanté y me dirigí a las distintas habitaciones, todos estaban dormidos, en un falso intento de despertarlos, no respondían ni a mis zarandeos, ni a mis gritos. Salí al jardín, el gato que cada noche se refugiaba tras el seto no se inmutó ante mi llegada, mis caricias eran simples gestos vacíos. No sentía el relente de la noche sobre mis brazos desnudos. El terror ante ese nuevo estado, me empujó a subir de nuevo al dormitorio, en la cama me cubrí con la colcha, empecé a emitir una nana que madre me cantaba de niña para adormecerme, fue en ese instante cuando una mano fría levantaba la colcha dejando mi cuerpo descubierto, era madre, estaba algo más pálida y en los huesos que antes de dejarnos para siempre. Me invitaba a irme con ella.

Antes de vivir

Jose Antonio Prades Villanueva

Acabo de encontrar un recodo en la ribera. Unas ramas grandes me ocultan del ataque. Estoy solo. Muy solo. Cada piedra del camino que he seguido por la orilla ha dejado huellas en mi piel.
Necesito más amparo. Ojalá pudiera huir. Que desaparezca el nudo de mis tripas, el horror bajo las uñas, la saliva seca de mis labios.
En el suelo, ella rompía un círculo de sangre oscura junto a mi libro de matemáticas. Ella era mi madre. Aún estará allí.
Ahora crecen las aguas. Me recuesto sobre las piedras para buscar algo de cielo entre las ramas. La cruz del puente se desliza con el río. Se ríe. Me señala con uno de sus brazos.
Ella era mi madre. Él era mi padre. En su dormitorio, la cama estaba deshecha por un lado, el que no tenía sangre.
Antes de que pudiera darme la vuelta, el cuchillo atravesó su corazón.

Invitados

Omar Elvir

A punto de tomarme el trago recién servido, la concurrencia sólo tiene interés en la sala dispuesta como pista de baile y en la cumbia que exige un reparto digno de su inherente majestad.
El niño, de pronto junto a mí, me agarra del brazo y pregunta —¿Y mi mamá?
Apenas contengo el espanto viendo lo que una vez fue su rostro y, borrosamente, concluyo que son ciertas las historias sobre atroces infortunios ocurridos en esta casa. Yo soy ahora el protagonista de una más.

El eco del cedro

Brian Montero

La pesada llovizna de aquel año, 18…, no hacía más que acrecentar la melancolía que se había enquistado en las paredes de la casona de Isabel. Tenía la eterna compañía de un fantasma, el eco de una voz, grave y desesperada, la voz de Emiliano.

—¿Por qué, Isabel? ¿Por qué dejaste que me ahogara…
—¡No! —Gritó, tapándose los oídos, pero el lamento no era sólo audible, se sentía en la piel, como un escalofrío helado.
Se detuvo bajo el gran cedro que se alzaba en el centro del huerto. Sus ramas, retorcidas y sin hojas, parecían las garras de un monstruo.
La voz parecía provenir de las raíces del árbol.
—¡Isabel! ¡Mira mi cara, Isabel! ¡Mírame! ¡Ahogado por tu culpa!
Sintió el agua.
Un frío intenso y profundo que le caló los huesos.
Como si el mismo río que se había llevado a Emiliano, la estuviera reclamando.
La encontraron a la mañana siguiente sin vida, Isabel estaba empapada bajo el cedro, con una expresión de horror congelada en su rostro. La lluvia había cesado, pero la tierra a su alrededor era un lodazal, como si una inundación súbita hubiera ocurrido sólo en ese pequeño rincón del jardín.

Fría pasión

Santos Arohuanca

Hacía el amor con desenfreno, él acariciaba el hermoso cuerpo que escondía su lencería de seda, disfrutaba insaciable acariciando cada resquicio de él, de pronto alguien llamó a la puerta, era el guardián, le advirtió que se apurara, porque un nuevo cuerpo había llegado.

Nos vemos pronto

Robinson Dávila

Si estás leyendo este mensaje, es porque ya estoy muerto.
Sospechaba desde hace mucho que tú me estabas envenenando… Y lo lograste.]
Pero no te preocupes, yo también hice lo mío.
¡Nos vemos pronto!

El precio de ver

Rosa María López Alfaro

Y vomité, vomité, vomité hasta quedar exhausta, e inerme vi todo cual es, mis ángeles huyeron y ahora me persiguen los demonios.

Cuidado al comprar bienes raíces

José Yazfasel Solís Santiago

El anuncio era claro, pero lo comprendí tarde.
Venta de terrenos, posesión inmediata.
Ahora lucho contra algo extraño que habita mi ser.

El laboratorio del horror

Luis C. Torrico

Aquella noche me encontraba limpiando el laboratorio, cuando de repente, me pareció que una gelatinosa masita blanca se removía en el lavador del fondo, como si se ahogara. Llevado por la intriga me acerqué, pero aún era muy pequeño para poder distinguirlo bien. Tomé un portaobjetos de vidrio (que era lo que tenía a mano) y lo expuse al lente del microscopio. De inmediato reconocí esa desgarbada bata, la calva en la cabeza y los anteojos que se le escapaban… ¡Dios, ojalá no lo hubiera visto! Era yo (sí, yo) el que me estaba ahogando.

Una noche de viernes

Israel Montalvo

Una joven yacía en el piso de una habitación de hotel con el cuello abierto a mordidas. La luz de una luna llena se escabullía hasta el rostro de aquella chica. Era medianoche en París y el detective en turno intentaba darle coherencia a esa muerte. Había un sospechoso detenido, lo encontraron en el techo contemplando la luna y aullando. Estaba desnudo a excepción de un collar con una placa metálica en la que se leía, «Dennis». El detective recordó un letrero de un perro perdido con ese nombre. En la foto parecía un lobo esa cosa, y no un pastor belga. Asqueado, se encogió de hombros y salió de la habitación.

Linaje

Rosaura Béjar Hernández

Esa fotografía lleva 200 años sobre la mesilla, en el pasillo principal del teatro, y sigue siendo el centro de atención, se dijo a sí mismo, la llevo tatuada en la memoria.
Dejó sus pensamientos de lado y regresó al momento actual. Tiene una presentación, un recital de piano acompañado de la Orquesta Sinfónica. Sus nervios se tensan. Camina con paso firme y, al llegar al centro del escenario, se inclina en una reverencia, el teatro está lleno.
Posa sus largos y fuertes dedos sobre las teclas de aquel instrumento, se escucha una percusión seguida de un glissando. El barrido fue de izquierda a derecha, el piano vibró y llenó el ambiente de incertidumbre.
—¿Quién toca el piano? —Se preguntaron, mirándose unos a otros.
La sala enmudeció, el ruido del silenció hacía eco en cada uno de los balcones de aquel teatro. En ese momento, el pianista Carlos Lozano entra haciendo gala de su histriónica personalidad.
—Al parecer mi abuelo me recibe de forma grata —dice con una sonrisa torcida.

En la curva

José Luis Perera

El fin de semana pasó volando, y volvían a la capital en una noche oscura.

Ella dormitaba y él manejaba distraído. De pronto, en una curva, lo inesperado, una mujer y un niño tomados de la mano. Quiso hacer una maniobra para evitarlos pero no hubo manera, el coche se balanceó y luego se deslizó de costado, se sintió un golpe seco. Su mujer despertó gritando asustada. Disminuyó la velocidad y paró un poco más adelante. Bajó y corrió hacia atrás para auxiliar a la mujer y al niño que había embestido, pero no logró ver a nadie. Fue hasta el frente del coche para evaluar los daños, y la sorpresa fue mayúscula, puesto que no había nada para evaluar, ni un sólo raspón, por lo que se podía ver en la noche y con apenas las luces del vehículo. Se puso en marcha nuevamente y le preguntó a su esposa:
—¿Estás bien?
Ella permanecía muda con la mirada perdida en el infinito de la oscuridad.
—El que no lo está eres tú —dijo una voz extraña.
Giró su rostro para verla y se quedó helado. La voz del niño en el asiento trasero terminó de aterrorizarlo.

Mi compañero de cuarto

Paola Alvarez

Hay un monstruo debajo de mi cama. Lo escucho llorar cuando voy a dormir. Algunas veces me susurra al oído pensamientos que me aterran tanto que mi sueño huye de la habitación. Otras noches, en cambio, simplemente se queda dormido antes de que pueda decirme algo.
Mi madre dice que debo dejarlo ir, pero hace tanto tiempo que está conmigo que ya lo siento como parte de mí ¿Qué haré si un día ya no está? ¿Quién me susurrará todas las noches hasta que me quede dormida?

¿Hay alguien afuera?

Karla Barajas

Un auto se estaciona afuera de la casa. Respiro agitada y guardo silencio. Escucho la puerta cerrarse de golpe. Tocan. Me escondo.
Las sombras bajo la puerta permanecen unos segundos y luego se alejan.
Llaman al teléfono. No respondo. Se me acelera el corazón. Respiro hondo. Sudo. Siempre pasa lo mismo, cuando alguien llega, tocan a la puerta o cuando suena el teléfono. Mis amigas dicen que exagero.
El teléfono vuelve a sonar. Contesto.
—Sabemos que estás ahí.

Penumbras

Lara Morales

Tengo la extraña sensación de estar viviendo el mismo día. Es como si el tiempo no avanzara. Mi hermana siempre está al pie de la ventana, preguntando por mamá. Papá, inmóvil en el sillón, no le responde. Ellos se ven diferentes, tienen la mirada triste. El reloj de la sala se detuvo. No entiendo qué pasa. Ya no salimos de casa, afuera no alumbra el sol. Todo cambió aquella noche. Papá dijo que prepararía una rica cena, pero aquella sopa tenía un sabor extraño y un olor desagradable. Yo no quería comer. Papá me convenció, insistió en que después de la cena, todo estaría bien. Él lloraba, quizás porque mamá comió una sopa igual y tuvimos que dejarla en el cementerio.

Transferencia en el bosque

Juan Martínez Reyes

El silencio se desgrana en la penumbra, mientras mis pasos presurosos me conducen al boscaje. Advierto que aún me persigue. El ave siniestra me mira con sus ojos sanguinolentos desde el árbol. Siento mi cuerpo trémulo y el pavor anidando dentro de mí. No puedo apartar la mirada de aquellos ojos que ahora parecen ser míos, de aquel cuerpo sombrío y de aquellas tenazas que se aferran a la rama. El tiempo suspende la noche en el horizonte. Me noto pequeño e indefenso. Ahora siento que tengo alas y un pico. Vuelo lejos, muy lejos para evitar la mirada siniestra de ese hombre que está ahí en medio del bosque.

La condena

Antonieta Arrecis

Se mete a la cama. Intenta conciliar el sueño. Cierra los ojos con fuerza. Abraza una almohada. Abre los ojos. La noche inicia a despedirse. Escucha a lo lejos el rumor del día avanzando entre pasos de vecinos y el trinar de las aves. El pecho se contrae con una punzante presión que acelera su corazón. Tamborileo que resuena en su cabeza. Pronto sonará la alarma. Dificultad para respirar. Suda profusamente. No puede llorar, pero lágrimas se desbordan por su rostro. Se sienta sobresaltada. Intenta respirar profundamente. Agoniza en vida. Su condena no es negociable. Escucha abrirse la puerta. Se esconde entre las sábanas y llora desconsolada. La alarma escandalosa anuncia que la hora ha llegado. Corre al baño. Le gritan que baje a desayunar. Avanza con el pesar de lo inevitable. Esconde el rostro detrás de su cabello.
—¡Vaya! Parece que volviste a tener una mala noche —se regodea el padre con una mueca de sonrisa, saboreando cada palabra.
—Pronto todo mejorará querida. Hoy es el día especial con papy —inocente la tía intenta motivar a la joven.
La sentencia ha sido leída una vez más. Se corta su respiración, los miedos se desbordan. No puede huir. Está condenada.

Pasos

Alicia Araoz

Isabel sintió pasos varios metros atrás suyo. Cuando se aceleraron, giró, pero no vio nada en la calle iluminada.
Él jadeaba sudoroso. «Estuve lento», pensó. La inyección lo calmó.
La siguiente noche Isabel escuchó los pasos más cerca, y cuando parecían abalanzarse, ella se dio vuelta pero nadie estaba ahí.
Al llegar a su casa buscó aquel cuchillo con el que en una pelea violenta había herido profundamente a su novio, que ahora estaba internado, en coma. Ella quedó libre porque no hubo testigos.
Él estaba exhausto por el esfuerzo pero excitado porque estuvo muy cerca. La droga lo durmió.
La siguiente noche, los pasos alcanzaron a Isabel. Fue encontrada muerta con una cuchillada en su cabeza y a su lado, además del cuchillo también había curiosas huellas de pies masculinos descalzos acercándosele.
El monitor de su novio mostraba esas noches alteraciones incomprensiblemente extremas. Los enfermeros lo drogaban.
Esa última noche sus agitaciones y sudoraciones se dispararon tanto, que la enfermera colocándole el calmante lo insultaba. Sus valores bajaron, imperceptibles.
Curiosamente tenía su puño cerrado como si sujetara una empuñadura.
Al salir la enfermera, el electroencefalograma se elevó. Él pensaba, «Enójate enfermera, ya escucharás mis pasos detrás tuyo».

Apagón

María Alvarado De la Rosa

Llego a casa. Intento encender la luz de la sala, no lo logro. Avanzo, el apagador cede. No hay luz. Todo está sumido en profunda oscuridad. Un escalofrío recorre mi espina dorsal. Son las dos treinta y cuatro de la madrugada. Tengo hambre.
Me acerco lento a la estufa, a tientas encuentro los cerillos. Siento que alguien, algo desde el fondo del patio me observa. Tiemblo, enciendo uno con mano temblorosa. Es el alcohol, no es miedo.
Me siento observado, me acerco a la ventana, el cerillo encendido. Un frío terrible recorre mi cuerpo. Pego la cara a la ventana.
Al fondo del patio observo una silueta vestida de blanco, con el cabello despeinado. Se apaga mi cerillo.
Enciendo otro. Se ha volteado, ilumina su rostro con una vela. Me ha visto. Sonríe desdentada de un modo macabro, mientras se acerca.
El cerillo se apaga, quiero encender otro, tengo miedo, deseo correr, pero… No puedo respirar, me duele el pecho. He caído al piso. Fulminante infarto.
La puerta se abre. En camisón, vela en mano, mi madre, que esperaba mi regreso a casa, intentaba arreglar los fusibles para que cuando yo volviera ebrio de la fiesta no fuera a lastimarme.

Los símiles

Mauro Cartasso

Una uniformidad inquietante, me llevó hacia la vidriera de un negocio de antigüedades buscando un espejo, pero mis pasos se sintieron pesados. El miedo se transformó en pánico, un agudo zumbido se intensificó hasta convertirse en dolor en ambos lados de mi cabeza. Sentí que mis pensamientos se alejaban mientras que la sensación de ser observado se hacía insoportable.
Me rendí, dejé de luchar contra la inmersión, así el último sonido que escuché fue sólo un débil latido, al punto que sólo sentía el ritmo acelerado de mi corazón.
El olor a desinfectante fue lo primero que captó mi conciencia. Mis ojos se abrieron con dificultad al intentar enfocar el techo. Estaba en una habitación blanca donde el silencio era absoluto, un ambiente frío y estéril. Observé la puerta abierta, ésta era de madera pesada.
Entonces me di cuenta que no había regresado a casa, que había arribado a este extraño lugar, en el que sólo puedes conservar algunos fragmentos del pasado, me sentí atrapado dentro de un cubo ¿Acaso esta era una prisión dentro de mi propia mente?
Allí me encontraba yo, reemplazando las caras de quienes me rodeaban, cambiándolas por aquella imagen vacía y carente de expresión. Aquella máscara sin alma era mi rostro.

¿Todo está en mi cabeza?

Gema Herráez Peñas

Los cambios fueron sutiles. Sólo yo parecía percibirlos, pequeños aunque significativos. Se hicieron ya preocupantes cuando comenzaron a desaparecer objetos como si alguien o algo los estuviera cosechando. Sin embargo mis padres seguían con su rutina diaria ajenos e indiferentes a estas alteraciones. Empezaron a darme miedo por lo que no me atrevía a decir nada. Su actitud cambió de un día para otro. Se comportaban como autómatas. Construían frases incoherentes y sus expresiones faciales consistían tan sólo en una sonrisa forzada y permanente. Era como si estuvieran en stand by. No comían, ni bebían, ni dormían. Pensé en acudir a alguien pero sufrí una conmoción cuando lo hice. Los familiares, amigos y vecinos estaban igual. Un día llamaron a la puerta y ya no recuerdo más. He despertado y todo parece estar bien, como si nada hubiera pasado ¿Me lo he imaginado? ¿Acaso ha sido un sueño? Mi madre entra en la habitación con una bandeja en las manos con comida.
—Cariño, has estado enferma y debes recuperar fuerzas.
Respiro aliviada hasta que me fijo en la expresión de su cara. Un grito ahogado muere en mi garganta.

Voces

Martin Hernández

Después de mi intento de suicidio, los zumbidos en mis oídos se intensificaron hasta convertirse en un sonido reconocible, eran voces. Voces que me ordenaban hacer cosas terribles, que matara, que robara, que me golpeara. Nunca las escuché, pero crecieron hasta dejarme sordo. Empecé a comunicarme con señas, pues las voces no callaban. Al ver que no les hacía caso, tomaron forma y salieron de mi mente, aunque nunca se alejaron. Están aquí conmigo, siguen gritándome, pidiéndome cosas. Aprendí a vivir con ellas, yo también les grito, las insulto, pero no se van, porque son parte de mí. Ahora busco cómo deshacerme de ellas, de algo que nació dentro de mí. Se me ocurre una gran idea, tomo el cuchillo con firmeza y me dirijo hacia las voces. Frente a ellas, de un solo tajo, me abro el cuello.

No soy yo

Margaret Sosa

¿Quién está ahí?
Camino. Escucho pasos. Me acerco. Pregunto ¿Quién está ahí?
Nadie responde, nadie parece escuchar y, si me escucha no puede responder.
Puede ser que no quiera responderme o tal vez alguien más le dice que no lo haga.
Que no me responda.
Yo pregunto una vez más ¿Quién es? Pero, una vez más, nadie dice nada.
Escucho un portazo. Se apaga la luz.
Con mis manos voy acariciando una pared rugosa y húmeda.
Está lloviendo, mis dedos palpan el agua que se desliza en las paredes.
Tengo sed, está salada.
Hay un hueco por el cual mis dedos se abren paso lentamente.
Llega al borde el índice. Introduzco un poco más y un poco más hasta que salta, sale volando de la órbita.
Cae al piso, resbala. Entra la luz.
Estruja, estruja, estruja. Persigue. Huye. Llama.
¡Silencio!
No soy yo. Lo juro, no soy yo.
Hasta hace apenas un rato pregunté quién era.
No pude responderme.

Huida

Jeanneth Bohorquez Quevedo

El corazón me golpeaba el pecho, mientras mis pasos presurosos me alejaban de aquel extraño de rostro cubierto que me perseguía, repitiendo mi nombre con voz rasgada. Aun corriendo, miré atrás, no estaba más, respiré con alivio y pausé mis pasos. La calle estaba desierta, un frío helado se colaba entre mis prendas. Al cruzar lo vi otra vez, estaba enfrente, un sudor helado bañó mi frente, rápidamente cambié de dirección y nuevamente comencé a correr. Mi nombre repetido parecía tocarme. Al llegar a un pasaje me interné en él, pero para mi angustia no tenía salida, sentí sus pasos torpes que se arrastraban. Sin pensarlo, me interné en una vieja construcción. El silencio, el olor a humedad y podredumbre lo invadía, mis pasos se hicieron torpes, desplomándome en un rincón, mientras imaginaba al extraño rozándome, sentía su aliento rancio. Un grito ahogado quedó atrapado en mi garganta, mientras un hilillo de luz se filtraba pretendiendo delatarme, me encogí quedándome dormido.
Al despertar, temblando salí, respiré hondo. «Fue un sueño» me decía, pero al llegar a una plaza próxima, mi nombre resonó en mis oídos, volteé la mirada. Un hombre sonriente agitaba la mano mientras venía a mi encuentro.

Desde lo profundo

Carlos Enrique Saldívar

El hombre, al inicio muy animado, vio hacia la cuna con detenimiento, y se percató de que ese no era su bebé. Umbrías obscenidades de iniquidad y desolladoras transformaciones se procrearon en el cuerpecillo que crecía. Un abismo malsano se abrió ahí mismo mientras el individuo, petrificado, carcomido por las angustiosas miradas, obtuvo la visión definitiva. Ello mencionó —He despertado.

A imagen y semejanza

Eliana Soza Martínez

Le tomó varios años. Era el proyecto más ambicioso que había empezado, crear un personaje inolvidable, su propio Quijote. Trabajó llenando un amplio perfil, casi una biografía completa. Detalló traumas, miedos, secretos, preocupaciones, ilusiones. Buscaba un personaje tridimensional, que se pareciera a su padre, pero que fuera más despiadado e inconsciente. Su obsesión llegó al límite cuando se puso a hablar con él. Después de unos meses aquel hombre hecho de tinta era quien dictaba las acciones y decisiones del renombrado escritor del género de terror.

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Primera edición: septiembre de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

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