Un enemigo del pueblo

Un enemigo del pueblo

Portada

Prólogo

Prólogo

Transformar Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, en una micronovela exigió una manera distinta de aproximarse a la obra original. En lugar de conservar su estructura teatral, esta adaptación condensa sus conflictos, diálogos y momentos decisivos en cincuenta breves fragmentos narrativos. Cada sección fue concebida como una pequeña puerta hacia la historia: lo bastante concisa para mantener el ritmo, pero también lo bastante sustancial para conservar las tensiones entre verdad, poder, dinero, familia y opinión pública. La adaptación privilegia además la inmediatez narrativa, de modo que gestos, pensamientos y transiciones puedan expresarse mediante la prosa en lugar de depender de acotaciones o de la representación escénica.
El resultado no pretende sustituir la obra de Ibsen, por el contrario, el objetivo es ofrecer otra forma de entrar en ella. Más de un siglo después, su pregunta es incómoda ¿Qué ocurre cuando la verdad resulta inconveniente para todos aquellos que dependen de una mentira confortable? Quizá el enemigo más peligroso no sea quien descubre la verdad, quizá sea el momento en que decirla cuesta más que permanecer callado.

1 La visita vespertina del alcalde

En la sala de estar de mobiliario sencillo del doctor Thomas Stockmann, la velada comenzó con una apacible tranquilidad hogareña. Billing, el subdirector, comía su rosbif frío sin inmutarse mientras la señora Stockmann ejercía de amable anfitriona. La paz se rompió cuando entró el alcalde Peter Stockmann, el hermano mayor del doctor. Con su sombrero oficial y su bastón, rechazó la cálida hospitalidad, pues su mente estaba fijada en la floreciente economía del pueblo.
—¡Los Baños se convertirán en el centro de nuestra vida municipal! —Declaró Peter.
Su comportamiento educado pero glacial dominaba la habitación. Habló del aumento del valor de las propiedades del pueblo y de la disminución de las tasas de pobreza, y dejó claro que el orden y la autoridad eran los cimientos de su nueva prosperidad.

2 La llegada de Hovstad

La llegada de Hovstad, el director del «Mensajero del pueblo», introdujo una fricción política inmediata en la reunión. Hovstad había venido a discutir un artículo escrito por el doctor, en el que elogiaba los Baños medicinales del pueblo. El distante saludo del alcalde apenas ocultaba su disgusto por la prensa liberal.
—Hay un excelente espíritu de tolerancia en la ciudad. —Comentó Peter, haciendo hincapié en el enfoque unificado de todos en el nuevo establecimiento.
Hovstad intervino rápidamente y le recordó al alcalde que la idea original de los Baños pertenecía por entero al doctor Stockmann. Esta simple afirmación irritó visiblemente al alcalde.
—¡Oh, ideas, sí! —Se burló Peter, apretando su bastón.
Dejó claro que, aunque su hermano pudiera soñar, la ejecución práctica pertenecía sólo a hombres de distinto temple.

3 La división de los hermanos

Antes de que llegara el doctor, la división filosófica entre los dos hermanos quedó al descubierto ante los invitados. Peter Stockmann consideraba la prolífica imaginación de su hermano como un peligro para el estricto orden de la ciudad.
—El individuo debe, sin duda, aceptar subordinarse a la comunidad. —Advirtió Peter, refiriéndose a las autoridades que gestionaban el bienestar público.
No podía tolerar ninguna desviación de la cadena de mando establecida. La señora Stockmann intentó suavizar las crecientes tensiones y le instó al alcalde a compartir el mérito de los Baños con Thomas, pero Peter se mantuvo inflexible.
—Al parecer, algunas personas no se conforman con una parte. —Murmuró.
Se excusó abruptamente y se negó a esperar a un hermano de cuyas tendencias poco ortodoxas desconfiaba.

4 El anfitrión generoso

Las risas y las voces fuertes anunciaron el regreso del doctor Thomas Stockmann, acompañado por sus dos hijos pequeños y el capitán Horster. El doctor era un torbellino de energía y le insistía a sus invitados que participaran del rosbif sobrante.
—¿Acaso no es espléndido ver comer a los jóvenes? —Exclamó.
Se deleitaba con la bulliciosa vida de la ciudad en crecimiento y la contrastaba con los desolados años que había pasado como oficial médico en el norte. Thomas valoraba su seguridad financiera y mostraba con entusiasmo sus modestos lujos, un tapete nuevo y una pantalla de lámpara.
—Un hombre de ciencia debe vivir con un poco de estilo. —Declaró con orgullo, sirviendo bebidas y saboreando la calidez de su hogar bien iluminado.

5 El regreso de Petra

La cálida reunión se amplió cuando Petra, la hija del doctor, regresó de su agotadora jornada como maestra. Exhausta, se unió a los hombres alrededor de la mesa. La conversación giró hacia el futuro del pueblo y las falsedades de la sociedad.
—Hay tanta falsedad tanto en casa como en la escuela. —Se lamentó Petra, frustrada por las mentiras que se veía obligada a enseñar a sus alumnos.
Billing, el periodista oportunista, proclamó en voz alta sus creencias paganas. Mientras tanto, el correo había distraído por completo al doctor Stockmann. Había estado esperando con ansiedad una carta de la Universidad. Cuando Petra por fin se la entregó, él la tomó con avidez.

6 Una carta misteriosa

—Debo ir a mi cuarto ahora. —Murmuró el doctor, y su actitud cambió al instante al reconocer la dirección.
Se retiró a su estudio y dejó a sus invitados preguntándose el motivo de su repentina ausencia.
—Pronto se agotará de tanto trabajar. —Observó Petra, escuchando el silencio detrás de la puerta cerrada.
Dentro del estudio, el doctor leyó los resultados del análisis químico que había encargado en secreto. Las sospechas que había albergado durante meses se confirmaban ahora como un hecho científico innegable. La principal fuente de riqueza y orgullo del pueblo estaba gravemente contaminada. Armado con este conocimiento, el doctor Stockmann reunió sus papeles y se preparó para volver a la sala de estar.

7 Los Baños envenenados

El doctor Stockmann irrumpió de nuevo en la habitación y agitó la carta en señal de triunfo.
—¡Todo el lugar es un foco de infección! —Anunció ante el atónito silencio de su familia y amigos.
Reveló que los tan elogiados Baños estaban construidos sobre un terreno contaminado.
—Todo el establecimiento de los Baños es un sepulcro blanqueado y envenenado. —Insistió, explicando que la inmundicia de las curtidurías de Molledal se estaba filtrando en el suministro de agua.
Los visitantes se bañaban y bebían agua contaminada. Hovstad y Billing quedaron asombrados por la magnitud de la revelación.

8 La verdad oculta

Los invitados exigieron saber cómo podía el doctor estar tan seguro de una afirmación tan desastrosa. El doctor Stockmann explicó su meticulosa investigación y recordó los extraños casos de fiebre tifoidea y gástrica entre los turistas el año anterior.
—Me dediqué a examinar el agua, lo mejor que pude. —Dijo.
Al carecer del equipo adecuado, había enviado muestras a la Universidad. La carta en su mano era la prueba, el agua estaba llena de materia orgánica en descomposición e infusorios.
—Es absolutamente peligroso usarla, ya sea interna o externamente. —Advirtió.
Su esposa, Katherine, expresó su profundo alivio de que hubiera descubierto el peligro a tiempo. El doctor comenzó a esbozar un plan masivo para reconstruir todo el sistema de conductos de agua.

9 La preparación del informe

En lugar de temer la colosal empresa, el doctor Stockmann estaba eufórico. Había anticipado los defectos en la construcción de los Baños años atrás, pero las autoridades habían ignorado sus advertencias. Le indicó a su esposa que enviara de inmediato su detallado informe de cuatro páginas a su hermano. Hovstad pidió imprimir una breve nota sobre el descubrimiento en el «Mensajero del pueblo».
—Le estaré muy agradecido si lo hace. —Accedió el doctor.
Billing, arrastrado por el entusiasmo, declaró al doctor Stockmann como el hombre más destacado de la ciudad.

10 El viejo Tejón

A la mañana siguiente, el doctor esperaba con ansias la respuesta de su hermano. En su lugar, recibió la visita de Morten Kiil, el padre adoptivo de Katherine y suegro del doctor, conocido en el pueblo como «el Tejón». El viejo curtidor había escuchado rumores sobre el agua envenenada por parte de Petra y encontró toda la situación absolutamente hilarante.
—¡Nunca habría pensado que fueras el tipo de hombre capaz de tomarle el pelo a tu propio hermano de esta manera! —Rio Kiil, negándose a creer los hechos científicos.
Asumió que el doctor estaba orquestando una elaborada broma para humillar al ayuntamiento.
—¡Tómales el pelo! —Lo animó Kiil, prometiendo donar a la caridad si el doctor lograba dejar en ridículo al alcalde y a sus socios.

11 La ambición de Hovstad

Poco después de la partida de su suegro, Hovstad llegó a la casa con una agenda mucho más seria. El director veía los Baños envenenados no sólo como una crisis de salud, sino como un arma para desafiar la estructura de poder de la ciudad.
—Todos los intereses del pueblo han caído en manos de una jauría de funcionarios. —Declaró Hovstad.
Tenía la intención de utilizar el periódico para exponer la incompetencia de las familias adineradas que habían construido los conductos defectuosos. El doctor Stockmann dudó, pero Hovstad apeló a su sentido de la justicia.
—La burbuja de la infalibilidad oficial debe pincharse. —Insistió el director.
El doctor aceptó permitir que la prensa interviniera.

12 La moderación de Aslaksen

Las maniobras políticas se intensificaron con la llegada de Aslaksen, el impresor y presidente de la Asociación de Propietarios. Representando a los pequeños comerciantes, Aslaksen le prometió al doctor el respaldo de la mayoría compacta. Sin embargo, su apoyo venía con una condición estricta.
—Procederemos con la mayor moderación, doctor. —Dijo Aslaksen.
Temía alienar a las poderosas autoridades que controlaban la economía local. Ofreció organizar un cortés discurso de agradecimiento. El doctor Stockmann estaba desconcertado por la necesidad de una diplomacia tan cautelosa sobre un asunto de salud pública.
—Me parece que la cosa debería avanzar por sí sola. —Argumentó el doctor.

13 La mayoría compacta

Después de que el impresor se fuera, Hovstad se burló de la cobarde obsesión de Aslaksen por la moderación. El director estaba decidido a destrozar el ídolo de la autoridad. El doctor Stockmann prometió entregar su informe para su publicación si el alcalde se negaba a actuar.
—Puede imprimir mi informe, cada palabra de él. —Juró.
Al quedarse a solas con su familia, el doctor se paseó por la habitación. Le dijo a su esposa que tenía a la prensa de mentalidad liberal y a la «mayoría compacta» respaldándolo con firmeza.
—¡Por Dios, es algo hermoso sentir este lazo de hermandad entre uno mismo y sus conciudadanos! —Exclamó.

14 La respuesta del alcalde

El alcalde Peter Stockmann entró en la casa. Había leído el informe y su rostro era una máscara de fría furia.
—¿Era necesario hacer todas estas investigaciones a mis espaldas? —Exigió Peter.
Atacó el uso de expresiones violentas por parte del doctor y rechazó la propuesta de reconstruir los conductos de agua. El costo, reveló, ascendería a la asombrosa cifra de veinte mil libras, y los Baños tendrían que estar cerrados durante al menos dos años.
—Probablemente tendríamos que abandonar todo el proyecto. —Advirtió el alcalde con frialdad.
Para Peter, la supervivencia económica del pueblo era primordial.

15 El ultimátum

El doctor Stockmann se negó a participar en un encubrimiento que consideraba un fraude. El alcalde se despojó de toda pretensión de afecto fraternal.
—Sin autoridad moral soy impotente. —Afirmó Peter, exigiendo que se retuviera el informe y se manejara el asunto con absoluto secreto.
Cuando el doctor amenazó con recurrir a la prensa, el alcalde lanzó un estricto ultimátum.
—Esperamos que haga una declaración pública de su confianza en el comité. —Ordenó Peter.
Si el doctor se negaba a contradecir públicamente sus propios hallazgos científicos, el alcalde prometió destituirlo de inmediato de su puesto en los Baños.

16 El deber de un médico

La amenaza de destitución encendió un fuego furioso en el interior del doctor Stockmann.
—¡Tengo la intención de ser libre para expresar mi opinión sobre cualquier tema bajo el sol! —Rugió.
Peter le recordó que, como empleado subordinado, no tenía derecho a una opinión individual. La discusión atrajo a la señora Stockmann y a Petra a la habitación.
—Estás jugando un juego arriesgado. —Se burló Peter, advirtiéndole al doctor que considerara la ruina financiera que esto traería sobre su familia.
Pero Thomas se mantuvo inflexible.
—¡Toda nuestra floreciente vida municipal se sustenta en una mentira! —Declaró.

17 El miedo de una esposa

Con el alcalde ya lejos, la señora Stockmann le suplicó a su marido que lo reconsiderara.
—¿De qué sirve tener la razón de tu lado si no tienes el poder? —Suplicó.
El doctor Stockmann creía que en un país libre, la verdad y la prensa independiente bastaban para asegurar la victoria.
—Si yo fuera un cobarde tan miserable como para ponerme de rodillas ante Peter… nunca conocería una hora de paz mental. —Respondió.

18 La oficina del director

En la lúgubre e incómoda redacción del «Mensajero del pueblo», Billing acababa de terminar de leer el explosivo informe del doctor.
—Cada palabra cae como un mazo. —Se maravilló.
Hovstad veía el conflicto inminente como la oportunidad perfecta para quebrar el círculo aristocrático que controlaba la ciudad.
—¡Estamos en el umbral de una revolución! —Vitoreó Billing.
Cuando el doctor Stockmann llegó, les autorizó a imprimir el artículo de inmediato.
—¡Habrá una pelea en el pueblo! —Proclamó el doctor.

19 Una obra maestra de la verdad

—Creo que es sencillamente una obra maestra. —Lo aduló Hovstad.
El doctor Stockmann le indicó a Aslaksen que supervisara meticulosamente la impresión y se asegurara de que no se perdiera ni un solo signo de exclamación. Para el doctor, el artículo era la salva inicial en una cruzada para desinfectar toda la estructura social del pueblo.
—Todos los incapaces deben ser expulsados. —Declaró con pasión.
Salió de la oficina de excelente humor y prometió regresar más tarde por las pruebas de imprenta.

20 Grietas ideológicas

Tan pronto como los pasos del doctor se desvanecieron, la atmósfera en la oficina cambió. Aslaksen advirtió sobre el peligro de llevar la retórica demasiado lejos.
—Si va más allá, no creo que sea aconsejable seguirlo. —Murmuró el impresor.
Hovstad y Billing se burlaron de su timidez, pero Aslaksen defendió su moderación como una táctica de supervivencia. Los periodistas comenzaron a discutir cómo explotar al adinerado suegro del doctor para financiar su periódico en apuros.

21 La promesa rota

Petra llegó inesperadamente. Colocó un cuento en inglés sobre el escritorio de Hovstad y se negó a traducirlo. La historia predicaba una moraleja convencional, lo cual contradecía directamente los valores progresistas del periódico.
—Usted no cree ni una palabra de esto. —Acusó Petra.
Hovstad admitió que sólo lo imprimía para apaciguar a sus lectores. Cuando Petra presionó más, Hovstad confesó que su apoyo a su padre estaba motivado en gran medida por su deseo de ganarse el afecto de ella.
—Se ha delatado, señor Hovstad. —Dijo Petra, y abandonó la oficina.

22 La llegada secreta del alcalde

La puerta trasera de la sala de impresión se abrió de golpe y el alcalde Peter Stockmann entró silenciosamente en la oficina. El alcalde había acudido para gestionar la crisis de manera directa. Aduló sutilmente a Aslaksen y elogió la vasta influencia del impresor.
—Los pequeños contribuyentes son la mayoría. —Señaló Peter.
Elogió su supuesto espíritu de sacrificio. Cuando Aslaksen preguntó a qué sacrificio se refería, el alcalde se preparó para revelar los detalles financieros.

23 La carga de los contribuyentes

—Las modificaciones… costarán alrededor de veinte mil libras. —Reveló el alcalde.
Explicó que los acaudalados propietarios de los Baños no estaban en condiciones de incurrir en más gastos. Para financiar las reparaciones, la ciudad tendría que solicitar un préstamo municipal.
—¿Quiere decir que esto debe salir de los bolsillos casi vacíos de los pequeños comerciantes? —Gritó Aslaksen lleno de pánico.
Además, los Baños se cerrarían por dos años enteros.
—¡Que me condenen si vamos a soportar eso! —Rugió Aslaksen.

24 Un cambio de postura

Hovstad y Aslaksen reevaluaron rápidamente su apoyo al doctor. Peter les entregó una declaración oficial para tranquilizar al público. Justo cuando aseguraron el documento, el doctor Stockmann regresó a través de la sala de impresión. El alcalde se escondió ágilmente en la oficina contigua. El doctor mencionó con entusiasmo una posible manifestación pública en su honor y malinterpretó el silencio nervioso de los periodistas.

25 El sombrero robado

La señora Stockmann llegó para llevar a su marido a casa.
—Has ido y nos has arrastrado a todos a la desgracia. —Lo regañó.
El doctor se rio de sus miedos. De repente, divisó el sombrero oficial y el bastón del alcalde descansando sobre una silla. Thomas se puso el sombrero en un alarde de burla.
—Ahora soy yo la máxima autoridad en la ciudad. —Se pavoneó por la oficina.
El alcalde salió, rojo de ira, y exigió que le devolvieran su uniforme.

26 La confrontación

—¿Puedo preguntar entonces si el señor Hovstad tiene la intención de unirse a esta agitación? —Preguntó el alcalde.
—No, señor alcalde. —Respondió Hovstad.
El doctor Stockmann se paralizó. Hovstad acusó al doctor de tergiversar los hechos. Cuando Thomas exigió que imprimieran su artículo, el director se negó rotundamente.
—No puedo, ni quiero, ni me atrevo a imprimirlo. —Afirmó Hovstad.
Aslaksen se hizo eco del sentimiento.

27 Silenciar la verdad

Despojado de su plataforma, el doctor Stockmann exigió que le devolvieran su manuscrito.
—De todos modos se hará público. —Juró con ferocidad.
Prometió leerlo en voz alta en una asamblea masiva. Peter y Aslaksen le aseguraron que ni un solo organismo público del pueblo le prestaría un salón.
—¡Todos los hombres de este pueblo son unas viejas! —Gritó.
Al ver a su marido solo, la señora Stockmann abandonó sus miedos.

28 El escape

—¡Voy a apoyarte, Thomas! —Declaró Katherine.
Su repentina valentía revitalizó al doctor.
—¡Se hará público, como que soy un alma viviente! —Le rugió al alcalde.
Amenazó con contratar un tambor y desfilar por las calles. Aslaksen y Billing advirtieron que no encontraría a un solo hombre en el pueblo que se pusiera de su lado, pero el doctor no se inmutó y salió marchando de la oficina.

29 La casa del capitán Horster

Los salones públicos de la ciudad se cerraron para el doctor Stockmann. Sólo el capitán Horster le proporcionó un espacio en su propia casa. La sala se llenó rápidamente de una multitud de ciudadanos. Billing se abrió paso a empujones hasta la mesa de prensa, mientras Aslaksen y Hovstad se mezclaban con la multitud. Cuando llegó el alcalde Peter Stockmann, la tensión en la sala se hizo más densa. Poco después, el doctor subió a la plataforma.

30 El presidente elegido

La multitud exigió un presidente. Aslaksen fue nominado y subió al estrado. El alcalde pidió de inmediato dirigirse a la asamblea. Propuso una moción que prohibía al oficial médico leer su informe, afirmando que contenía relatos poco fiables que cargarían a los contribuyentes con miles de libras. La multitud expresó su firme aprobación. Hovstad lo siguió y abandonó públicamente su anterior apoyo al doctor.
—El consejo de hombres experimentados y reflexivos me ha convencido. —Afirmó el director.

31 La orden de mordaza del alcalde

El alcalde describió a su hermano como un agitador imprudente cuyas propuestas destruirían la prosperidad del pueblo. Aslaksen hizo sonar su campana.
—Veré al doctor Stockmann condenado antes de apoyarlo. —Declaró el impresor.
El doctor Stockmann observó con incredulidad. Cuando un hombre ebrio interrumpió el proceso, la impaciente audiencia lo expulsó rápidamente. El doctor dio un paso adelante de nuevo, pues tenía un discurso diferente que dar.

32 El doctor toma la palabra

—¡Tengo algo de importancia aún mayor que decirles! —Gritó por encima de los murmullos.
Declaró que el verdadero veneno que infectaba al pueblo no estaba en los conductos de agua, sino en la moralidad de su sociedad. Condenó a los líderes como parásitos de mente estrecha.
—¡El enemigo más peligroso de la verdad y la libertad entre nosotros es la mayoría compacta! —Tronó.
La sala estalló en un alboroto de ira.

33 La mayoría compacta denunciada

La multitud exigió una retractación, pero el doctor Stockmann se mantuvo firme.
—La mayoría nunca tiene la razón de su lado. ¡Nunca, digo! —Proclamó.
Argumentó que la minoría inteligente e independiente eran los únicos que poseían la verdad. Comparó a la gente común con una «gallina común de corral» o «perros mestizos de baja ralea».
—¡Nunca pueden pretender que sea justo que los estúpidos gobiernen a los inteligentes! —Gritó.

34 El verdadero foco de infección

El doctor Stockmann perdió todo el autocontrol que le quedaba. Argumentó que la amplitud de miras y la moralidad eran imposibles entre las masas ignorantes. Cuando un ciudadano le exigió que se sentara, el doctor amenazó con escribir a otras ciudades y exponer el escándalo.
—¡Casi parece que la intención del doctor Stockmann fuera arruinar el pueblo! —Gritó Hovstad.
El doctor asintió con fiereza.
—¡Que perezca todo el país, que toda esta gente sea exterminada! —Rugió.

35 El enemigo declarado

Aslaksen propuso oficialmente una resolución: «Esta asamblea declara que considera al doctor Thomas Stockmann… como un enemigo del pueblo». La votación se realizó mediante papeletas. Sólo el hombre ebrio emitió un voto disidente. La resolución fue aprobada con vítores. Los ciudadanos rodearon al doctor, siseando y amenazando con violencia. El capitán Horster escoltó a la familia Stockmann hacia la salida.
—¡Oirán más de este enemigo del pueblo antes de que sacuda el polvo de sus zapatos sobre ustedes! —Gritó Thomas en respuesta.

36 La mañana siguiente

La mañana después de la caótica asamblea, el doctor Stockmann contempló los restos de su estudio. Todos los cristales de las ventanas estaban destrozados y el suelo estaba cubierto de piedras. Con calma, apiló las rocas.
—No te matarán mediante una tortura lenta. No aprietan el alma de un hombre libre en un tornillo de banco, como hacen aquí. —Murmuró, contemplando escapar al Nuevo Mundo.
En medio de los cristales rotos, el doctor seguía obstinado.

37 Aviso de desalojo

La señora Stockmann le entregó a su marido una carta de su casero, un aviso formal de desalojo.
—Todos en el pueblo son unos cobardes. —Se mofó el doctor.
El aislamiento apretó su agarre cuando Petra regresó temprano a casa. La habían despedido de su puesto como maestra. Su directora no se atrevía a desafiar al pueblo enfurecido ni a las cartas anónimas que había recibido.

38 La lealtad del capitán Horster

El único hombre dispuesto a visitar la casa en ruinas fue el capitán Horster. El acaudalado armador lo había relevado de su mando simplemente por proporcionar el salón para la reunión.
—Un partido es como una máquina de hacer salchichas, tritura toda clase de cabezas para hacer la misma carne picada. —Se lamentó el doctor.
Sin embargo, Horster no expresó arrepentimiento y le ofreció a la familia Stockmann un techo donde refugiarse en su propia casa grande y vacía.

39 El ultimátum del alcalde

El alcalde Peter Stockmann llegó a la casa y le presentó a su hermano una carta formal de destitución del comité de los Baños.
—No nos atrevimos a hacer otra cosa a causa de la opinión pública. —Afirmó Peter.
Reveló que circulaba una petición para prohibir que cualquier ciudadano empleara los servicios médicos del doctor. Peter ofreció un compromiso, si el doctor abandonaba la ciudad durante seis meses y luego emitía una disculpa pública reconociendo su error, su puesto podría ser restaurado.
—¡No lo haría ni aunque tuviera al diablo y a su madre sobre mi espalda! —Estalló Thomas.

40 La acusación

El alcalde recurrió a una acusación diferente. Reveló que el suegro del doctor había redactado un testamento en el que dejaba una considerable fortuna a Katherine y a los niños. Peter acusó a Thomas de orquestar todo el escándalo como un plan calculado para asegurar esta herencia.
—Eres el plebeyo más repugnante que he conocido en toda mi vida. —Dijo en voz baja el doctor.
Convencido de haber descubierto una conspiración financiera, el alcalde declaró su relación cortada de forma permanente y se marchó.

41 La trampa del Tejón

Su suegro entró en la habitación. El viejo curtidor había pasado la mañana comprando las acciones drásticamente devaluadas de los Baños, invirtiendo el dinero que estaba destinado a Katherine y a los niños en su testamento. Kiil exigió que el doctor se retractara públicamente de sus hallazgos, pues si la contaminación realmente provenía de su curtiduría, el apellido de su familia quedaría arruinado.
—Debes limpiarme, Thomas. —Ordenó Kiil.

42 Un doloroso dilema

Atrapado en un doloroso dilema, el doctor Stockmann miraba fijamente al anciano.
—Cuando te miro, creo ver al mismísimo diablo. —Murmuró Thomas.
Kiil permaneció impasible y le dio al doctor hasta las dos en punto para tomar una decisión final. Si la respuesta era no, las acciones se donarían a la caridad esa misma tarde. Justo cuando Kiil emitía su ultimátum, la puerta se abrió. Hovstad y Aslaksen entraron con cautela en el estudio en ruinas. Kiil susurró su última advertencia y se marchó.

43 El regreso de los periodistas

Al asumir que el doctor y su suegro habían fabricado la crisis para comprar los Baños a una fracción de su valor, los periodistas llegaron con la esperanza de participar en el plan.
—Creemos que podríamos atrevernos a poner el «Mensajero del pueblo» a su disposición. —Ofreció Aslaksen con una sonrisa cómplice.
Estaban dispuestos a cambiar su narrativa y defender al doctor.
—Es mucho mejor contar con varias personas en un asunto de este tipo. —Añadió Hovstad.

44 Una propuesta de beneficio mutuo

El doctor Stockmann escuchó su propuesta con una calma fría.
—¿Qué beneficio obtienen…? —Preguntó el doctor.
Hovstad admitió que el periódico se encontraba en una situación precaria y sugirió que un apoyo económico sería apropiado. El doctor estalló y les recordó que él era un enemigo del pueblo. Cuando Hovstad insinuó que el asunto de las acciones podría presentarse de una manera muy negativa si el doctor se negaba a ayudar, Thomas finalmente agarró un paraguas de la esquina de la habitación.

45 El animal más fuerte

—¡Les voy a mostrar quién es el animal más fuerte de nosotros tres! —Rugió el doctor Stockmann, blandiendo el paraguas.
Persiguió a Hovstad y a Aslaksen y amenazó con tirarlos por la ventana destrozada.
—¡Un asalto a un hombre inofensivo! —Chilló Hovstad mientras huía.
Con los periodistas derrotados, el doctor tiró el paraguas. Tomó una tarjeta de visita y escribió tres enormes «No» en ella. Se la entregó a Petra para que se la llevara a su suegro de inmediato.

46 La decisión de quedarse

Con los chantajistas fuera y la herencia destruida, la señora Stockmann asumió que empacarían de inmediato sus maletas.
—¡Que me cuelguen si nos vamos! —Declaró el doctor.
Decidió mudar a su familia a la casa del capitán Horster y quedarse en el pueblo. Ya no trataría a los ciudadanos ricos, dedicaría su consulta a los pobres.
—Este es el campo de batalla… aquí es donde se librará la lucha. ¡Aquí es donde triunfaré! —Proclamó.

47 Los lobos de la sociedad

El doctor Stockmann se paseaba por su estudio en ruinas.
—Un líder de partido es como un lobo… requiere un cierto número de víctimas menores a las que devorar cada año. —Explicó Thomas en referencia a Hovstad y Aslaksen.
Reconoció que tendrían que pasar apuros y ahorrar para sobrevivir. Su principal preocupación era encontrar suficientes hombres de mente liberal para continuar con su obra y desafiar el orden establecido.

48 Una nueva escuela

Cuando sus hijos regresaron a casa magullados por pelearse con los demás chicos, tomó una decisión radical.
—¡No volverán a poner un pie en la escuela! —Anunció.
Se negó a que sus hijos fueran educados por un sistema que despreciaba. Les pidió a sus hijos que encontraran a una docena de pilluelos de la calle para que se unieran a su nueva escuela. Su intención era experimentar con estos «perros mestizos» y esperaba forjarlos como hombres capaces de expulsar a los lobos del país.

49 Un nuevo cimiento

Los niños celebraron la perspectiva de no tener más escuela. La señora Stockmann se preocupaba de que los lobos acabaran por expulsar a su marido del país.
—¡Expulsarme! ¡Ahora… cuando soy el hombre más fuerte del pueblo! —Rio el doctor.
Reunió a su familia cerca en el estudio arruinado y bajó la voz a un susurro confidencial. Tenía un último pensamiento que compartir con ellos.

50 El descubrimiento final

El doctor Stockmann reunió a su familia a su alrededor en el ruinoso y frío estudio. Su esposa, Katherine, sonrió con dulzura y sacudió la cabeza ante el espíritu indomable y obstinado de su marido. Petra dio un paso al frente y tomó con firmeza las manos de su padre, ofreciéndole una promesa silenciosa de permanecer a su lado. Rodeado de cristales rotos y de los escombros de su vida anterior, Thomas bajó la voz hasta un susurro confidencial. Miró los rostros de su familia, las únicas personas que le quedaban que creían en él, y compartió la máxima revelación que su odisea le había brindado.
—Es esto, déjenme decirles. —Dijo—. El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo.

Derechos reservados

© 1882 Texto
Henrik Ibsen

© 2026 Traducción, adaptación y edición
Minificción
México.
https://minficcion.com
contacto@minficcion.com

Primera edición: julio de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

Los textos de este libro y sus derechos conexos están bajo la protección del Artículo 162, Capítulo I Del Registro Público del Derecho de Autor, TÍTULO VIII De los Registros de Derechos, Ley Federal del Derecho de Autor en México. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra a través de cualquier medio sin la autorización por escrito de los titulares de los derechos.

Deja un comentario

Opiniones de la Comunidad 0

Aún no hay comentarios.

¡Tu opinión es importante, sé el primero!

Atraviesa el Portal de tu Cuenta para poder comentar.