Los días en llamas

Los días en llamas

Portada

Ruda

Sonia Contreras

El fuego ya lamía las cortinas cuando volví por ella: la maceta con la ruda seca que mi abuela sembró antes de morir, la que juré no dejar marchitar y que llevaba meses marchita de todos modos, olvidada en el balcón.
No fui por las fotografías. No fui por los cuadernos donde guardo quién he sido. Fui por esa planta muerta que ni siquiera riego. Ni por el dinero guardado en el cajón de siempre.
Corrí escaleras abajo con la maceta contra el pecho y pensé: «no salvamos lo que más vale, salvamos lo que no soportamos perder dos veces». Las fotos se pueden rehacer con la memoria; los cuadernos, reescribir. Pero esa ruda ya había muerto una vez, bajo mi descuido, y salvarla del incendio era la única forma que tenía de pedirle perdón a mi abuela sin decírselo en voz alta.
Afuera, entre vecinos en pijama y sirenas acercándose, sostuve la maceta como quien sostiene una disculpa tardía.
El fuego se llevó todo lo demás. Yo ya había elegido qué culpa no estaba dispuesta a heredar dos veces.

Un fuego catártico

Gema Herráez Peñas

El bosque ardía. Llegaban noticias preocupantes del fuego originado en los pueblos más al norte. Yo estaba tranquila porque quedaba lejos de nuestro pueblo, pero ya se sabe cómo evolucionan los fuegos. Dependen de muchos factores, la temperatura, el viento, la humedad, en fin, que son impredecibles. Nunca pensé que llegaría hasta la misma casa. Cuando ya se acercó a la linde del pueblo empecé a recoger en una maleta las cosas importantes. Entonces los agentes de la Guardia Civil llamaron a la puerta y preguntaron cuántas personas había en la casa les contesté que sólo yo. Me indicaron que saliera y así lo hice. Me alejé de allí pensando que a ti te liberaba de tu enfermedad degenerativa y dolorosa y a mí de un marido enfermo al que cuidar sin esperanza de recuperación.

La sospecha

Maribel Sánchez Matías

El humo cubría casi toda la sala y era imposible respirar. Mathias tomó a Camila del brazo para salir corriendo a la calle, pero al cruzar el umbral, un eco comenzó a resonar en su mente como una letanía: «¿La giraste? ¿Estás segura?». Entonces, empujada por la ansiedad, se soltó de su hermano y corrió de vuelta al interior. A su paso, tropezó entre la penumbra con los muebles y con la guitarra que recién había estrenado. Llegó a la cocina, donde el humo apenas comenzaba a colarse. Estiró la mano temblorosa, presionó las perillas metálicas y las giró. Repitió el ritual dos veces más. Sólo al escuchar el chasquido de éstas cerrarse, la voz en su cabeza guardó silencio. Minutos después, tirada en la banqueta mientras los bomberos sofocaban el fuego, contempló los restos de su hogar y lloró. Lo habían perdido todo. Sin embargo, entre las ruinas rescató una certeza: que no había sido su culpa.

Las llamas que llaman

Néstor Rubén Giménez

Las llamas devoraban el porche y el humo negro ya lamía las ventanas del quinto piso. Los vecinos gritaban en la acera, contenidos por el cordón policial. Un bombero, con el rostro tiznado y la respiración agitada, me sujetó por los hombros al ver mis intenciones de cruzar la barrera. —¡No entre! —rugió—. La construcción va a colapsar. Cerré los ojos un segundo. Pensé en las escrituras, las fotografías, en las joyas y el dinero que guardaba dentro de la caja fuerte. Me lamenté por aquella pintura que compré en París, pero nada valía lo suficiente. Forcejeé con él hasta que me zafé y pude entrar. Tenía que hallar los cerillos, el acelerante y el bidón de gasolina. No podía dejar un sólo cabo suelto que arruinara mi obra maestra. Sonreí al imaginar el instante en que el fuego alcanzara los edificios lindantes. Ver arder este barrio no tenía parangón; por fin vería concretada mi irresistible fascinación. Ya nadie podría detener mi compulsión y ahora todos, sin saberlo, serían testigos de mi arte ígneo.

Par de sonsos

Martin Hernández

Tengo diez años y apenas y pude arrastrar afuera de la casa a memo y al peque, mis dos hermanos pequeños, los muy sonsos se quedaron atrapados después de que prendieran unos cuetes e incendiaran la casa, nuestra casa de cartón. Mamá ahora si nos va dar una buena cuando vuelva del trabajo. Regreso a la casa, ahora por mi tesoro, mi trompo, también por el balón de memo, el gorrito del peque y el espejito quebrado donde se mira mamá. Voy de un lado a otro, tomo todo lo que puedo, me mareo por el humo y tropiezo, sigo tomando cosas, por fin salgo, contento por todo lo que llevo. Se que el memo y el peque van a correr a ayudarme y abrazarme, pero qué pasa, los muy sonsos corren detrás de un carro, el humo no me deja ver bien, pero creo que es una ambulancia, par de sonsos. Además, van llorando y queriéndola alcanzar y gritando mi nombre y lo más raro, el peque ya tiene su gorro en la mano.

Ebanista

María Alvarado De la Rosa

Javier perdió todo en un incendio. Sus padres, sus tres hermanos, su perro, el gato y hasta el perico fallecieron calcinados, después de asfixiarse en el denso humo de las llamas. Él no estaba en casa. Su abuelo que era ebanista, lo llevaba por las tardes a su taller, para irlo empapando con las enseñanzas de su oficio. El abuelo era el único pariente que tenía. Con los años Javier se especializó en el tallado de esculturas en madera, sus creaciones, eran extremadamente realistas en sus formas. Construyó una hermosa casa, toda de madera, y creó una familia perfecta, con perro, gato y perico. Su hogar se convirtió en atracción para la gente que visitaba el pueblo. Algún visitante descuidado inició el fuego. Javier al ver su hogar en llamas, intentó salvar a la familia que había creado. Todo ardía. Recogió de su mesa de trabajo, gubias, mazo y escofinas. Salió corriendo y desde la otra acera contempló con lágrimas en los ojos su creación en llamas. Comenzando a calcular el tiempo que le tomaría tallar todo de nuevo.

Inventario para la catástrofe

Daniela Lomartti

Cuando comenzó el incendio, todos corrieron por fotografías, joyas y documentos. Yo crucé las llamas hasta el ático y sostuve la esfera de cristal que mi abuela me había reglado cuando era pequeño. El tiempo retrocedió. Volví a aquella noche, minutos antes del fuego. Mientras mi familia dormía, abrí el cajón donde mi madre guardaba el diario en el que escribía ciudades suspendidas, seres de materia oscura y bosques que aprendían el lenguaje de las estrellas. Lo oculté bajo mi abrigo y regresé al presente. La casa terminó por consumirse. Dicen que salvé un cuaderno, pero se equivocan, lo que rescaté fue el único universo donde todavía existimos.

Clic

Astrid Perellon

Aunque quemaba entre mis dedos, lo rescaté y mantuve a salvo en el fondo de mi bolsillo. Pasé de largo enfermeros y bomberos hasta salir del Hospital Psiquiátrico. —¡Clic! —Me agradeció, echando chispas el disco metálico contra el pedernal. Exhausto, exhaló el último gas.

Caperuza al rescate

Analia Romero Martín

El leñador siempre me resultó un personaje sobrevalorado. Detrás de su hacha se escondía un insaciable depredador de árboles y su barba siempre olía a tabaco rancio. A la abuela se la había metido en el bolsillo llevándole leños para alimentar la estufa, pero a mí no. La deforestación era tan evidente que cada vez me resultaba más fácil encontrar la casa de mi nona. Ese día, una de sus colillas desató el caos. La vida de las mariposas se apagó entre las llamas y me quedé sin flores que juntar. Los bomberos rescataron hasta la última familia. Yo elegí salvar al villano del bosque. Porque sin lobo no hay cuento.

El incendio

José Díaz Salcido

Lo vi desde lejos entre la multitud, pero de inmediato lo reconocí: era el mismísimo Juan Rulfo.
Me acerqué a él y pude notar su desesperación.
—Qué sucede, Juán, le dije.
—Es nuestra casa la que se incendia. Salimos de prisa mi esposa y yo, y dejé sobre mi escritorio el borrador de la novela que escribo.
—¿Dónde está tu escritorio?
—En la planta baja, junto a la sala.
No esperé mas. Entré a la casa sin que me importaran las llamas. Luego, al borde de la asfixia, regresé con el manuscrito entre mis manos quemadas por el incendio.
—Gracias, gracias —dijo Juán.

Enriqueta

Nuria Hernández García

Ardía el jardín de mi infancia: la vegetación, oxígeno de mis días oscuros, y la casa rosa en el centro de mi existencia. Nunca se supo quién prendió la chispa.
En cuanto vi el humo, corrí hacia el fuego sin pensar en el peligro. Aún quedaba un hueco por donde colarse la esperanza.
Casi volé hasta ella. La agarré del cabello y la arrastré al exterior. Sólo cuando las dos estuvimos a salvo, comprendí que acababa de jugarme la vida.
Pero Enriqueta lo valía.
Fue el primer regalo de mis padres. Me esperaba incluso antes de que yo naciera.
Todavía guarda mis joyas.

La ouija

Juan Ignacio Ortega

Salí de entre las llamas como pude. Limpié la caja de la ouija . Más tarde, les comuniqué a los muertos que de su casa embrujada, sólo quedaban cenizas.

Rescate insólito

María Isabel Grijalva de León

Recibir a mi amiga Elsita fue una sorpresa agradable, veinte años sin vernos. Ambas teníamos sesenta años. Bebiendo café y unas galletitas, hablamos tres horas sin parar, contar esas partes de nuestra historia como mujeres, alegrías, llantos, amores, sinsabores, frustraciones y de un suceso que marcara totalmente nuestras vidas.
Ella narro una historia tormentosa y aquí me ves querida Isabel, erguida a pesar de la difícil situación.
—Yo, recuerdo querida Elsita, que una noche tumbada en la cama envuelta en mi camisón de franela blanca y junto Morfeo caí en total letargo ¿De repente no sé cómo abrí los ojos? Y angustiada con la respiración congestionada corrí, abrí la puerta de la calle gritando… ¡Incendio, incendio! Dos vecinas me auxiliaron.
Llamen a los bomberos! gritaban!
La gente apareció con cubetas de agua.
Mientras yo sudando a chorros contemplaba en mis manos lo único que había rescatado: la caja de medicamento que me proveyó mi médica, un día antes… ¡Pastillas de estrógenos, los primeros incendios de la menopausia me habían atrapado encamisonada!

Pirómano

José Luis Orellana Pinto

El bombero entró a la casa en llamas a pesar de las advertencias de su comandante. El inmueble ardía descontroladamente y al parecer no quedaba nada por salvar. Sin embargo el matafuegos, una hora antes ya había estado allí. Debía rescatar imperiosamente su placa de identificación, la cual había extraviado mientras iniciaba el fuego.

La presa

Karla Barajas

No debí regresar. Crucé el bosque, llegué al criadero, abrí las jaulas, estaban vacías. Volví por mi criatura, aunque él provocó el incendio. Era mi pequeño halcón de fuego. Lo vi remontar el vuelo, como un Prometeo, con una rama encendida en el pico. Creí que buscaba otra presa, no imaginé que la suya era yo.

Fulgor

Carlos Antonio Aguilera Aburto

Un calor indescriptible lo despierta de su intranquilo sueño. El cuarto estaba siendo deborado por enormes lenguas de fuego. Su instinto lo hace correr hacia la ventana, pero el mismo lo detiene de imprevisto al ver el fulgor de la caja fuerte, al otro lado de la recámara. Las pruebas del atroz crimen cometido hace unas horas seguían ahí, el revolver descansando junto a un enorme fajo de billetes, manchados de sangre, huir sólo expondría su delito. Se acercó pero el fuego crecía… Ya no tenía escapatoria, el fuego ahora abrazaba la manilla, la ventana estaba oculta tras llamaradas. La justicia le llegaría en forma de calcinante muerte.

Conflicto de intereses

Rosaura Béjar Hernández

Son las 3:00 de la mañana. Se escuchan gritos aterrados, el ulular de las sirenas rompe el silencio y el humo penetra por debajo de las puertas. En el departamento número 12 vive la familia Solís, quienes me piden ayuda. —¡Firulais se encuentra en la terraza! —Me dicen angustiados. Tomó las cortinas del baño y las toallas, las mojo y me cubro el cuerpo con ellas. El señor Solís me sostiene de los hombros e, histérico, me grita en el rostro: —¡Olvida al perro, rescata la caja fuerte y la mitad de su contenido es tuyo! Con fuerza muda lo empujo a un lado. Entro sorteando el fuego que alcanza mi ser; el humo inunda mis pulmones y me ciega la luz y entendimiento. Logro salir. El señor Solís me abraza, la familia y vecinos vitorean mi nombre. Firulais salta ladrando de gusto mientras yo desfallezco.

Llama eterna

María de Lourdes Pedraza Vargas

El frío de aquel diciembre jamás abandonó su cuerpo. Para combatirlo, decidió ahorcarse y pedir ser abrasado en el crematorio.

Lo único

Jorge Antonio Tisera

Cuando el humo empezó a borrar las paredes y el fuego aprendió el nombre de cada habitación, comprendí que ninguna cosa quería realmente ser salvada. Los muebles aceptaban su destino con el crujido resignado de los árboles viejos; los libros, al arder, parecían leer por última vez las palabras que habían guardado durante años. El reloj, obstinado, siguió marcando una hora que ya no le pertenecía.
Busqué fotografías, documentos, cartas. Todo podía reemplazarse, o al menos fingir que sí. Entonces la vi: una pequeña caja de lata escondida detrás de una hilera de libros ennegrecidos. No contenía joyas ni dinero. Guardaba el primer dibujo de mi hija, una hoja torcida donde me había pintado con los brazos enormes porque, según ella, así abrazaban mejor.
La sostuve contra el pecho mientras escapaba.
Días después, frente a las cenizas, alguien me preguntó por qué había elegido un simple papel.
Sonreí.
Porque las casas pueden volver a levantarse. Los objetos pueden comprarse otra vez. Incluso los recuerdos se desgastan.
Pero aquel dibujo no era un papel.
Era la única prueba de que, alguna vez, alguien me había visto exactamente como siempre quise ser.

Los recuerdos arden

Felipe Armando González

Cuando el incendio comenzó, Sebastián tuvo apenas unos segundos para decidir qué salvar.El fuego devoraba las cortinas, el techo crujía y el humo negro llenaba la casa. Corrió hasta el dormitorio y el álbum de fotografías de la familia, la caja con las cartas de su madre y el reloj de bolsillo de su padre.Podía llevarse una sola cosa. Entonces escuchó un grito. —¡Papá! —Su hija estaba atrapada en la habitación. Sebastián corrió entre las llamas, derribó la puerta y la encontró temblando en un rincón. La abrazó y salió con ella justo antes de que el techo se desplomara. Su hija, llorando, le preguntó: —Papá, sos mi héroe. —¡Sebastián la abrazó con fuerza y la niña sonrió. Entonces, desde el bolsillo de Sebastián, sacó una fotografía de su hija fallecida hacía diez años. Escucho la voz —¿ Me extrañás, Papa? —Sebastián cerró los ojos y la casa ardió en llamas. Lo que había venido a salvar… Ya estaba muerto.

Sin testigos

Heidi Carolina Molina Duque

Desde aquella acera, observaba como la casa era abrasada. Notablemente preocupada, entró sin dudarlo. Pensaba en una sola cosa… Salvar el único testigo de sus terribles actos. Su personalizada ¡Navaja Mariposa!

¿Por qué echarle más gasolina al monte?

Iván Alberto Gutiérrez

Para salvar a mi mamá, a mi hermana y al aquelarre completo —dijo en entrevista la bolita de fuego.

Manchas o el gato que rasguña por dentro

Cristóbal Apanco

Después de quemar el orfanato, Rosendo, sólo pudo recuperar de entre las llamas y el intenso humo, el recuerdo de Manchas, el único ser que entendió el infierno en las vísceras del niño. Aquel gato se salvó agazapado entre los pocos y hermosos recuerdos de aquel lugar.

00:01

Nereidy Velásquez

El humo entró en casa sin ser invitado. El calor avanzaba rápido por el pasillo y las llamas lamían el marco de la puerta. Corrí hasta la habitación donde toda una vida esperaba convertirse en cenizas. Los bomberos ya estaban cerca. Sólo podía salvar una cosa, dejé las fotografías, los documentos y otros objetos valiosos. Salí abrazando un viejo celular donde aún vivía la voz de mi madre.

Sin vuelta atrás

Silvina Lérida

Abrió la maleta y pese al calor de las llamas y el humo cada vez más asfixiante puso, con calma, las risas de sus niños, las últimas miradas de su madre moribunda, ese aroma que siempre la llevaba a él luego, cerró y abandonó esa casa con todas las personas que tanto amó.

Lo que dejaron las llamas

Silvia Bottallo

Tras el aviso llegué corriendo a casa, desesperada. Las llamas iban aplacándose, pero la mayor parte estaba quemada. Los Bomberos hicieron su trabajo, habían cercado con vallas y me contenían. Grité el nombre de mi hija, el de su cuidadora. La Ambulancia ya las había trasladado, me dijeron, y alguien me llevó hasta el Hospital de Emergencia. Fueron días de tal angustia, incertidumbre y dolor, que no recuerdo claramente. Luego que todo pasó, volví a la casa. Únicamente la sala había quedado en pié. Todo lo demás era de color carbón y estaba en peligro de derrumbe. Entré con la llave que aún tenía en el bolso. Quedaban unos portarretratos, un televisor caído sobre un sillón y algunos libros por el piso. Nada de eso quise recuperar. Sólo me llevé, apretada al corazón, la muñeca de Paulita.

La tempestad

Claudia Sánchez

La tempestad es atroz. Ráfagas huracanadas, lluvia. Y los rayos, danzando impertérritos sobre los postes de energía, provocan llamaradas que iluminan la ciudad a medida que ésta se apaga. Desde el vigésimo piso el espectáculo es dantesco. Yo también quedo a oscuras. Enciendo una vela, con ésta un cigarrillo y me siento sobre la alfombra, frente al ventanal, a esperar que la tormenta pase. «Los rayos son las venas de un gigante furioso que restalla su látigo mientras ruge». Esta ridiculez estaba pensando escribir, cuando la voluta de humo que acababa de exhalar, repentinamente, se detuvo en el aire. Asombrada, veo que afuera todo se detuvo también. No es que hubiera terminado la tormenta, simplemente todo se detuvo. Hasta los sonidos. Luego de un segundo eterno, percibí la lenta caída de la vela hacia la alfombra. Los cristales estallaron, todo volaba en una espiral de fuego, desde la alfombra hacia el techo. Tomo conciencia y gateando, agarro la mochila de emergencias de su rincón y salgo. Alguien activó la alarma de incendios. De pronto una luz me cegó: —Má, má ¿Te quedaste dormida?

Pirausta

Roberto Chu

Caminas sobre las llamas, madre. Sé que no puedes arder porque eres una mariposa nacida del dios pironauta. Como tus hijos, como yo, quienes nacimos un día soleado de tu vientre y morímos un trágico día bajo tu cuerpo, sobre el llanto de la luna. Sé que no puedes arder porque no fueron gritos lo que nos diste esa noche, no… Claro que no. Fueron tus arrullos diciéndonos: «es sólo un aliento cálido… Como el de mis abrazos que los abriga cada noche». Y continuabas: «si pudiera salvar algo del entierro del fuego, una y mil veces, siempre serían ustedes, siempre». Y me gustaría devolverte la palabra, madre. Decirte también: te salvaría una y mil veces de ese incendio… De esas llamas que te consumieron, que te hicieron parte de las alas del insecto pirausto. Ese gentil insecto, me gusta pensar. Pues…¿Cómo culpar al calor? Si una y mil veces nos abrigó a tu lado. Si es lo único que tenemos en estás noches llenas de cenizas tuyas. Tenemos, mi hermano y yo… pues a pesar de haber muerto cuando te consumiste, seguimos intactos… florecemos, porque así funciona el fuego: renueva, da calor, devora y, siempre, te contiene a ti, madre.

¿Qué nos llevamos?

Natividad Villar Martínez

Pongámonos en situación: si te fueras a una isla desierta, sin compañía que valga y, por equipaje, tuvieras que escoger un único objeto o enser ¿Qué te llevarías? De nuevo comenzaba con este aburrido e inconsciente juego. Sabía que lo que realmente quería, es que pusiera en marcha la imaginación. Pero yo le dejaba desarmado, cuando le contestaba:
—Eso que me planteas es ilusorio e imposible, ni ahora tengo pretensiones de navegar, ni me planteo viajar a una isla desierta y mucho menos lo haría solo ¿Qué sentido tiene preparar nada? Y es que nunca me gustó eso de organizar con anticipo.
Así que, el día que irremediablemente todo se acababa y mi cuerpo sería preso de las llamas en aquella incineradora, lo último que le pedí que rescatara o conservara de mi persona, fueran los momentos compartidos, mis risas y cómo no, mis ocurrencias.

Arder

Erick Daniel Villamil Ramírez

Humo… Calor… Fuego…. Todo arde a mi alrededor. Tengo tiempo justo para salir… Qué debo llevar… Mis libros, mis fotos… Mis notas… Mi pasado o mi futuro, mi presente… Creo que me sentaré y arderé con todo lo mío, con todo lo que me ha hecho, arderé completo.

Lo que salvaría del fuego

Norma Beatriz Castillo

Lo que salvaría del fuego, si el fuego llamara a mi puerta y sólo dispusiera de unos segundos para decidir, no buscaría joyas, dinero ni objetos valiosos. Correría hacia un viejo álbum de fotografías, ese tesoro humilde donde el tiempo dejó intactas las huellas del amor. Entre sus páginas descansan los rostros de quienes dieron sentido a mi existencia, las sonrisas de la infancia, los abrazos que aún me sostienen y las miradas de quienes ya no pueden volver. Cada fotografía guarda una historia, un perfume, una voz, una emoción imposible de reemplazar. Las paredes pueden levantarse otra vez, los muebles comprarse de nuevo y las pérdidas materiales, con esfuerzo, recuperarse. Pero los recuerdos que desaparecen entre las llamas dejan un vacío que ningún objeto logra llenar. Salvar ese álbum sería rescatar mi identidad, mis raíces y el mapa invisible de mi vida. Porque la verdadera riqueza nunca estuvo en las cosas que poseemos, sino en los instantes compartidos con quienes amamos. Mientras exista esa memoria, siempre habrá una luz capaz de vencer cualquier oscuridad, incluso después del incendio.

Rosales

Alicia Araoz

Su jardín era bello, herencia familiar de varias generaciones. Su infancia, sus recuerdos de la familia grande y, en especial de su abuela, su madre. Un verano una abrasadora tormenta de fuego llegó avanzando sin piedad por la fincas. Cuando ya era inevitable que también arrasara su casa y su jardín, corrió desesperadamente entre las lenguas de fuego que encerraban el verdor de las plantas. Y con sus manos, desgarrando la tierra, rescató un pequeño brote del rosal antiguo. Pudo salir a tiempo, cuando ya detrás todo era rojo y fuego crepitante. Sus lágrimas humedecían al pequeño rosal y también a sus recuerdos.

Memoria entre cenizas

Julio César Aguilar

Cuando escuché el primer crujido de las vigas, comprendí que el fuego siempre llega con una paciencia que engaña. Las llamas comenzaron a devorar los muebles, las fotografías, los libros alineados durante toda una vida. Tuve apenas unos segundos para decidir qué salvar.
No corrí hacia la caja fuerte ni busqué documentos, joyas o dinero. Fui directamente a una pequeña libreta de tapas azules, casi deshecha por los años. Allí mi madre había escrito, con una letra serena, las recetas de la familia. Entre medidas y consejos aparecían también recuerdos: la fecha en que nació cada hijo, una canción que cantaba mientras amasaba el pan, una nota para quien algún día encontrara aquellas páginas: «No olvides que una casa no vive por sus paredes, sino por el amor que aprende a compartir».
Salí con la libreta entre las manos. Detrás de mí, el techo se derrumbó.
Mientras observaba las cenizas, comprendí que había perdido una casa, pero había salvado aquello que ningún incendio puede reconstruir: la memoria capaz de seguir encendiendo el corazón de una familia.

Otra oportunidad

Lara Morales

Pasaba noches desvelándose, acompañado de cigarrillos, alcohol y pastillas. Valía la pena con tal de terminar de escribir su novela. Deseaba ganar ese concurso y salir de la miseria en la que su esposa lo había dejado. Esa noche lo venció el sueño. En su mano, un cigarrillo alumbraba sutil. Despertó abruptamente. Una tos seca cerraba su garganta. Afuera las sirenas se hacían presentes. El humo abrazaba el techo y un resplandor naranja se abría paso. Mientras intentaban ponerlo a salvo, él gritaba: —¡Mi laptop, necesito mi laptop! —Era imposible detenerlo. —¡Sólo quiero rescatar mi novela! —Exclamó. Atravesó una nube de humo ardiente. Salió aturdido, abrazando su computadora. Reaccionó dos días después, en una cama de hospital. Parte de su cuerpo estaba vendado. —¿Dónde está mi laptop? —Preguntó. Una enfermera se la entregó. Suspiró aliviado. Los meses transcurrieron. El concurso había quedado atrás. La piel todavía le dolía, pero veía sus cicatrices y sonreía satisfecho. Sentía paz en su interior. En aquel incendio no sólo había rescatado una novela, sino también la oportunidad de reescribir su vida.

El cofre de metal

Jorge Wilfrido Ocampo

El humo trepaba las paredes como una bestia invisible, dejando tras de sí un aliento sofocante. Las llamas rugían, devorando memorias, retratos y voces que alguna vez habitaron la casa. En medio del caos, las manos de mi padre se detuvieron, vacilantes, sobre la mesa ennegrecida ¿Qué salvar de aquel infierno? ¿Qué objeto podría desafiar al fuego y aún guardar lo que no debía ser revelado? Bajo la alfombra, oculto en la penumbra, aguardaba el pequeño cofre de metal macizo. No brillaba: apenas un destello rojizo, como un ojo que vigila en silencio. Era más que materia; parecía contener suspiros antiguos, relatos nunca pronunciados, secretos que viajaban de generación en generación. Al tomarlo, su peso era extraño, denso, como si latiera en sus manos. El incendio reclamaba todo. Afuera, la noche se encendía con chispas como fuegos artificiales. Corrió, apretando el cofre contra su pecho, sin volver la mirada. Y mientras las llamas devoraban el lugar, una pregunta ardía: ¿Qué verdad ocultaba ese cofre y por qué fue el elegido, si había tantas cosas de valor?

Humanidad en cenizas

Antonieta Arrecis

Desperté cuando el alba se desperezaba y encendí un cigarrillo con desgano. El sueño trajo consigo una serie de momentos oscuros de aquella infancia que ya fue. Cuestioné, una vez más, mi existir. En mi pasado existían fantasmas opresivos que por años anularon a la pequeña soñadora y divertida. Sus ideas fueron abofeteadas. Sus palabras silenciadas con burlas. Sus sueños acribillados con el abuso. Luego de casi dos décadas de existencia, el momento llegaría una madrugada de marzo. Me senté. Tomé un lápiz y escribí todo aquello ya no quería conmigo. Emociones se transformaban en palabras con líneas curvas, con trazos firmes, con valentía y lágrimas. Tomé el encendedor. Tomé el papel. Lo coloqué para que fuera alcanzado por la llama y el pasado se consumiera frente a mis ojos. Pero entre aquellas palabras, emociones y trazos, hubo una que no pude dejar. Sacudí la hoja para detener que avanzara la llama y borré aquello que no podía incendiar: Mi memoria. No puedo permitirme olvidar, para no hacer lo mismo, para no perder mi humanidad.

Memorias

Antonio Arjona Huelgas

Mientras las llamas consumían mi hogar, yo abrazaba un pequeño bulto con recuerdos envueltos. No tuve tiempo de pensar en qué rescatar; debí pensar rápido. Tuve que abandonar mis posesiones, mis libros, mis escritos, si acaso salvé un par. En mis brazos una manta con el dibujo de un oso envolvía los juguetes viejos de mi hermana pequeña, fotos de mi familia y una memoria de computadora que guardaba pistas de audio con su voz. Si podía guardar una sola cosa, era su recuerdo, y si mis memorias se esfumaban por alguna causa, aquello que me permitiera recordarla.

El amuleto

Vilma Ccarampa

La noche anterior habia jurado ante aquel amuleto lo indispensable si tan solo a cambio le daba riquezas; despertó extrañado y frente a él, el fuego vorazmente consumía todo a su alrededor; escapó, busco entre sus bolsillos y no lo encontro. Tomo valor y se adentro entre las llamas, aquel amuleto ignifugo yacia tirado en medio del fuego indemne, inalterado. Serian las plegarias los que le permitirian renacer de nuevo.

Lo que el fuego no pudo quemar

Monique Alencar de Magalhães dos Santos

Cuando aquellas tiendas fueron incendiadas, las personas intentaron llevarse el único bien que aún les quedaba, la verdad.

Recuerdo del fuego

Carlos Enrique Saldívar

Hubo un tiempo en que el escritor estaba contento porque había dado a la luz por fin la obra que siempre quiso. Vivía sólo en un edificio y, cuando se inició el incendio (por un corto circuito en el quinto piso, luego se enteraría) nunca imaginó que el fuego se extendería tan pronto hacia la cuarta planta donde él residía. Recién llegaba de cenar en la calle, tenía su billetera en el bolsillo, con su DNI y tarjetas de banco, donde se hallaban todos sus ahorros. Tenía que irse ya, dejar su colección amplísima de libros y cómics, pero hubo una cosa por la que se arriesgó a correr entre las llamas nacientes y escapar de ahí. Se trataba del único ejemplar que le quedaba de su libro «De incandescencias y otros hervores». Su más preciado tesoro (lo supo al segundo). La única obra literaria que había escrito en su vida, que se hubo de rematar para que se agoten sus trescientos ejemplares en cinco años. Al salir a la calle, a salvo, decidió retomar los rumbos de la Literatura.

Inmolado

José Álvarez

Con la casa en llamas, regresé para salvarnos. Pero tú me rogaste no hacerlo. El fuego de la pasión, ya sólo ardía en mí.

Incendio

Jorge Ortiz

Se despertó sofocada, a tientas tomó en brazos a sus dos hijos y salió. Semi ahogada se quedó mirando como el fuego consumía la madera abrazándola con movimientos lascivos ¿Cómo recuperaría lo mínimo para vivir? No sabía. Tampoco tenía idea si sería posible. Sólo la consolaba una unica certeza: lo verdaderamente irrecuperable, estaba en sus brazos.

Mi rescate

José Manuel Loza Vargas

El fuego no mentía, el humo lo cantaba. Sólo podía salvar a uno: mis ojos, el espejo, o el reloj de mimbre. Cayó despacio por la ventana. Pero el objeto rebotó en la lona y se rompió contra el suelo. Todos se reflejaron en los pedazos. Y todos sonrieron. Ya nadie miró el incendio.

Chispa de esperanza

Valeria Cornu

Me desperté tosiendo. Al abrir los ojos me di cuenta de que un humo negro flotaba en mi habitación. Me levanté aturdida, sentía que mis pulmones se habían encogido como pasas y eran incapaces de recibir el oxígeno suficiente para mantenerme viva. Me apresuré a la puerta, a tientas encontré el picaporte y al girarlo me quemé la mano. Al abrir, el humo me golpeó el rostro y en segundos lo invadió todo. Era imposible respirar. El fuego ya estaba comiéndose las cortinas y el sillón. Le llamé a mi gato, lo busqué, pero no pude encontrarlo. El calor era insoportable y parecía derretirlo todo. Entendí que no había tiempo de salvar nada. Tomé el marco con la foto de mis padres, la última que se sacaron antes del accidente. Salí gateando. Una vez en el jardín, lenguas ardientes salían por las ventanas, en minutos mi casa se derrumbó para consumirse completa. Por fin dejé de toser y me desmayé en el césped. Los lengüetazos de mi gato me despertaron. Di gracias a Dios. No estaba sola.

Fuego malo

John Cuéllar

No pasó media hora cuando se oyó la sirena de los bomberos.
Ya no se oían gritos provenientes del dormitorio.
Al forzar el portón, tan solo hallaron a la pequeña llorando, abrazada a un oso de peluche. Uno de los bomberos la sacó; los otros intentaron llegar a la puerta interna, pero el fuego ya había cruzado la mitad del patio, consumiendo la madera, la motocicleta y cuanto encontraba a su paso.
Los vecinos permanecían aglomerados, en silencio, esperando el desenlace.
Apenas la niña vio a su madre entre la multitud, se zafó del bombero y corrió hacia ella.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Fuego malo! ¡Fuego malo!
La mujer la abrazó con desesperación. Quiso entrar, pero los policías se lo impidieron.
—¿Qué pasó, hijita? ¿Y tu tío? ¿Y la abuela?
—¡Fuego malo! ¡Fuego malo! —Repitió la pequeña.
Madre e hija permanecieron abrazadas mientras se oían los gritos de ¡Agua! ¡Cuidado! ¡Dios santo! Y los bomberos luchaban por impedir que el incendio alcanzara las casas vecinas.

Alejandría

Joanna Robbio

Del infierno a mis brazos. Celulosa, tinta, grafito. Pasado y futuro. La vida en letras. El ancla de mi mundo.

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Primera edición: julio de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

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