Días de crisis
Treinta años
Dolores Espinosa Márquez
Treinta años viviendo en un piso compartido, se dice pronto y pasan igual de pronto. Treinta años acostumbrado al sonido, el olor y el calor de otros. Treinta años de vivir acompañado por la fuerza, treinta años sin poder permitirse otra cosa. Y, de repente, la muerte. La soledad eterna. No podía soportarlo. Abandonó su ataúd y se buscó un mausoleo compartido.
Lo último que queda
Shairan Belegui
Durante años guardé la comida familiar. Sobre mi cuerpo, los imanes de las vacaciones y los dibujos. Primero se llevaron la televisión, luego, la licuadora. Después desaparecieron la carne y la leche. La madre dejó crecer sus canas, el padre llevaba la misma camisa. Los niños aprendieron a no pedir. Yo seguía haciendo frío. Una noche, el padre repartió la última botella en cuatro vasos, apoyó la frente contra mi puerta.
—Mañana.
Al día siguiente me desconectaron. Mientras me sacaban, vi los vasos vacíos. Cerraron la puerta. Por primera vez, fui yo quien se quedó afuera.
Los que no se ven
Ayssa Olmedo
El técnico dental pagaba por pieza, Ada ofreció las muelas, nadie las veía cuando sonreía. La primera compró arroz, la segunda, leche, las demás, un mes de alquiler. Cada noche servía la cena y aseguraba que ya había comido. Cuando cobró la última, llevó carne a casa.
—Come, mamá —pidió el menor.
Ada se llevó un pedazo a la boca, lo empujó de un lado a otro con la lengua y lo devolvió al plato. Después sonrió para tranquilizarlos. La crisis económica le había dejado sólo los dientes que se ven.
Escasez
Maikel Sofiel Ramírez Cruz
Cuando terminó la guerra era tal el orror y, tan grande la crisis, que desde ese día, para aorrar, la «h» dejó de aparecer en los textos. Los famélicos escritores colgábamos lo que podíamos escribir en las pocas paredes que abían quedado en pie.
La magia en bancarrota
Adriana De Jesús Casas Moreno
La crisis alcanzó al reino encantado, el Hada de los Dientes fue a empeñar unas coronas de oro, el Hada Madrina, su inútil varita, y la Reina Malvada, su espejo adornado con piedras preciosas. Mientras esperaban, Willy Wonka les ofreció en secreto intercambiar sus tesoros por boletos dorados para visitar su fábrica. Aceptaron encantadas. Al llegar, encontraron las puertas encadenadas y un letrero, «Cerrado por crisis económica». Furiosas, regresaron al empeño. Allí estaba Wonka, formado con sus tesoros bajo el brazo, detrás de una larga fila de Oompa-Loompas desempleados que empeñaban sus últimas pertenencias.
Agregar agua
Fernando Barba Hermosillo
Sobreviví una época de mi vida agregando agua al shampoo, a la pintura, a la leche y al caldo, y ahora tengo que recolectar 5 litros de agua de lluvia ácida para que pueda tener derecho a mi consulta mensual de IA10.2.
Economía
Lethum Et Excidium
Con los recortes sólo nos alcanzó para el título y el final del cuento.
El ritual
Rosa Esperanza Sánchez Gracia
Victor tenía sólo 20 pesos en la cuenta y la renta vencida. En un grupo de Facebook encontró un ritual, «Para que el dinero nunca falte». Sólo necesitas una moneda, una vela verde y decir la oración tres veces a midnight, de espaldas al espejo. Lo hizo. A las 12:05 sintió un frío, la vela no se apagó, la llama se hizo más grande. Del espejo salió su reflejo, pero mejor vestido, con un reloj caro y una sonrisa de Gerente de Banco.
—Vine a ayudarte —dijo.
Cosecha
Luis Fernando Molina Ortíz
Cosechar es un trabajo sucio. Y debo hacerlo en el momento justo, aún con las lluvias que vuelven la tierra un lodazal que me ensucia completamente. Y luego hay que llevar el producto a los compradores. Sin embargo, no tengo otra opción, ya me amenazaron con echarme a la calle si no pago la renta esta semana. En fin. ¡Maldita crisis económica! Bueno, ya terminé, estoy empapado y tengo lodo hasta en el pelo, pero creo que con estos tres cadáveres será suficiente.
Nueva ley de alquileres
María Sofía Abarca
Anoche, advertí que bajo mi cama vivía alguien. Confundí su cabeza con un zapato y su mano con una de las medias que había perdido. Nervioso, fui a las otras habitaciones de la casa, había por lo menos una persona viviendo debajo de las camas. Yo sabía que la crisis economía del país había desplazado a muchos inquilinos, pero nunca imaginé hasta dónde llegarían las consecuencias. Me sentí en la incomodidad de preguntarles quiénes eran, cómo vivían ahí, pero no me animé. La vergüenza era tal, que ni siquiera me atreví a pedirles que se fueran.
Crack
Raúl Garcés Redondo
La lluvia de títulos bursátiles le pilló dormitando entre cartones en la acera, desde los ventanales de los rascacielos descendían mecidos con suavidad como hojas otoñales. Recordó que, en efecto, era octubre. Pronto le seguiría la violenta granizada de los desesperados y arruinados hombres de negocios.
Travesía
Eliana Silvia Soza Martínez
Era una moneda de 50 centavos, liviana y plateada, perdió su brillo, pero no su valor. Salió del banco, donde estuvo recluida, hacia las manos de una elegante mujer, ahogada en deudas. Ella la entregó a regañadientes a un anciano limosnero, éste la canjeó en una tienda junto a sus ganancias por un billete de cien. El dueño la dio de cambio a una niña que compró un pan. Esa noche la pequeña la usó para cerrar uno de los ojos de su madre muerta, el otro, abierto, pudo ver lo que pasaba desde el más allá.
Papitas fritas
Mary Horta
—Tienes que aprender a quererlo —dijo la madre frente al espejo.
La niña calló. Su risa, antes luminosa como la bahía de Matanzas, se apagaba desde la boda. La madre creía que eran celos. Mientras tanto, el padrastro le daba papitas fritas en la boca a la mujer entre mimos. La niña sentía el mismo frío en el estómago que cuando él la obligaba a comer de su mano a solas. Meses después, la falda del uniforme escolar no le abrochaba.
Onerosa equivocación
Patricia Rojas De Leunda
Eufórico, mi dentista me dio la terrible noticia de que me había sacado la muela equivocada.
—Ven mañana que te saco la que es y te cobro sólo la mitad —me dijo, y continuó retorciendo dolores con su afilado alicate.
Inflación especular
José Javier Sánchez
La mujer preguntó al expendedor.
—¿Señor cuanto por unas libra de queso duro?
—7 dólares —respondió el expendedor.
—¿Cuánto? —Volvió a preguntar la señora.
—9 dólares le dije —exclamó el vendedor con profunda calma.
—Que abuso —dijo con rabia la mujer.
—Lo va a llevar, porque ahora cuesta 11 dólares.
—¿Pero cómo se atreven, es que no hay gobierno?
—No, sólo queso y acaba de subir a 13 dólares, le informo que en treinta minutos cerramos.
La mujer sacó 15 dólares y le pagó al vendedor.
—Listo señora, el monto está completo, retire su queso por el otro mostrador.
Colecta
Rosa Gomez
En la comarca era la segunda vez que había escasez, y la crisis no se solucionaba fácil como antes. Esta vez los insumos eran caros, no todos accedían a ellos y se volvió perentorio conseguir voluntarios que desearan contribuir. Arturo era buen anfitrión, logró una convocatoria importante. El laboratorio se hallaba trabajando a pleno, algunos venían de lugares lejanos dispuestos a colaborar. Hematología comenzaba temprano las extracciones, al amanecer ya era considerable el porcentaje de donaciones. La última crisis económica había sido en vida del Conde, al que sepultaron con una estaca de madera clavada en el pecho.
Afortunado
Analia Romero Martín
¡Hoy es mi día de suerte! Encontré un chicle pegado en la suela de mi zapatilla… Creo que originalmente era de menta…
Irónica crisis
Tamara Bermudez Rodriguez
Llevaba semanas en la calle buscando alguna oferta de trabajo, y… nada. Mi vasto currículo de economista, a mis cincuenta años de edad, ya sólo servía para exhibirlo en mi perfil de las redes sociales. Estaba desesperada, sólo me alimentaba de la vergüenza y la frustración, engañando a mi estómago con ligeros bocadillos fríos. Desalentada, me tiré en el camastro de aquella habitación mugrienta, el hambre no me dejaba dormir, tampoco el enojo, ni el agobio ante tantos rechazos, ¿Quién contrataría a una economista incapaz de ajustar sus propias finanzas? Era una crisis sin salida, me alcanzó… la desesperanza.
Expertos
Alicia Araoz
—Pan, por favor —murmuraba el hombre, con la cabeza gacha nadie lo oía.
Lo miraban otros dos.
—Estos «nuevos pobres» —dijo Croto.
—¿Será de los que decían «son pobres porque quieren»? —Contestó Pichi.
—Soy pobre de nacimiento, de padres y abuelos pobres —respondió Croto.
—Yo aprendí a ser pobre, la crisis del 2001 me fundió, nunca me recuperé —dijo Pichi.
—¿Le enseñamos a pedir? —Preguntó Croto.
—¿Nos vio? Por ahí es de los que invisibilizaban la pobreza.
—Tenés razón, la primera lección, que nos visibilice y pida ayuda, vayamos al comedor, tanto nuevo pobre irrespetuoso, nos pueden quitar el lugar.
Mala racha
Brian Montero
Mientras caminaba por la calle recordaba las horas que pasó en espera para tener el autógrafo de Félix Robledo, una primera edición firmada por él no era poca cosa, más tomando en cuenta que todo lo que tenía que ver con ese escritor se había vuelto de culto. Maldecía su mala racha, las casi nulas ventas de su segunda novela y el no tener las agallas para buscarse un trabajo que cualquier mortal haría. «Malditos escritores orgullosos». Entró a la tienda de libros y salió con un puñado de billetes, se juró a sí mismo que lo recuperaría.
Restos
Servando Clemens
Le murmuré a papá que tenía vergüenza, que no estábamos invitados a esa fiesta de gente rica. Él no respondió, siguió echando restos de comida en una bolsa.
—No pueden estar aquí —nos regañó un guardia de seguridad que estaba detrás de nosotros.
—Es para los perros, tienen mucho tiempo sin comer carne, dame la oportunidad, hombre.
El señor asintió, lo noté apenado y lo dejó continuar, en ese momento no entendí. De regreso a casa le recordé a papá que no teníamos perros.
—Lo que sí tenemos es hambre.
La última cifra
Norma Beatriz Castillo
El día que el banco cerró, papá dejó de contar billetes y empezó a contar recuerdos. Vendimos el auto, después la casa, mamá empeñó sus anillos, yo, mis libros. Cuando llegó el invierno, nos reunimos alrededor de la mesa vacía.
—¿Cuánto nos queda? —Preguntó mi hija.
Papá miró nuestras manos entrelazadas.
—Todo.
Ella no entendió, yo tampoco. Hasta que, años después, descubrí que la pobreza no había comenzado cuando perdimos el dinero, sino cuando aprendimos a ponerle precio a lo que amábamos.
Todo por amor
Silvia Bottallo
La madre salió a trabajar y Elisa quedó a cargo de su abuela, que había amanecido con fiebre y mucha sed, incluso decía palabras sin sentido. La niña la oyó balbucear que deseaba tomar un jugo fresco, entonces buscó entre sus cosas, encontró unas monedas y fue a comprar unas frutas. Volvió con cuatro relucientes naranjas para complacer a su amada abuela. Su madre, ya de regreso, le preguntó con tristeza con qué dinero las había comprado.
—Con unos ahorros —dijo Elisa, cubriéndose el cuello con la bufanda, allí donde acostumbraba llevar su cadenita de plata.
La crisis económica nos golpeó
Karla Barajas
Nos dolió perder al perro, pero ya no teníamos dinero para alimentarlo. Después desaparecieron el conejo, el pez y los gatos. Los vecinos vendían tamales muy baratos, comíamos uno al día. Hasta que los niños dijeron,
—Hoy no hay tamales, ya no quedan gatos ni perros para cocinar.
Pérdida inesperada
Juan Martínez Reyes
Lo he perdido todo, primero, la empresa quebró debido a la crisis global y me despidieron. Después, mi mujer me abandonó con el gerente de la compañía. Por último, mis ahorros fueron mermando rápidamente y no pude pagar la renta del departamento donde vivía. Ahora, duermo en mi auto, el único refugio del frío y las lluvias que han empezado en estos últimos días. «Mañana buscaré trabajo», pienso y me duermo. En la noche, siento que alguien me empuja violentamente del asiento, despierto asustado y veo alejarse mi automóvil raudamente en la penumbra. Suspiro levemente, lo he perdido todo.
Mala pasada
Maritza Nuez Díaz
Henry abrió la aplicación de Uber, la tarifa del viaje apenas cubría lo que le había costado llenar el tanque. Aun así, quiso realizar el viaje. Él, en medio de la noche, solo, su cliente había cancelado el viaje. Y para colmo el auto tenía un ruido extraño, bajó del mismo, el viento le golpeó la cara. El motor no tenía ninguna falla, el tanque de combustible sí… Goteaba sin parar, perforado por un bache. Intentó pedir una grúa, pero al ver el costo de asistencia en carretera, comprendió que la economía y la suerte estaban indiscutiblemente en su contra.
Consolación
Oscar L. Herrera
Tenían tiempo sin más nada que comer, salvo huevos y harina de maíz. Al alba, la mujer por costumbre le preguntó a su marido.
—¿Y qué vamos a desayunar hoy?
Y él respondió con aire nostálgico.
—La cena estuvo tan deliciosa anoche, que bien valdría la pena repetirla para el desayuno.
El último billete
Julio César Aguilar
Cuando cerraron la fábrica, Martín guardó el último billete en el bolsillo de su camisa, no era mucho, pero representaba años de trabajo, sudor y promesas. En casa, su esposa revisaba las cuentas, la luz estaba por vencer, la despensa casi vacía y el alquiler esperaba sobre la mesa.
—¿Qué haremos? —preguntó ella.
Martín sacó el billete y lo puso junto a una fotografía familiar.
—Mañana compraremos pan.
Esa noche durmieron abrazados. Al amanecer, Martín salió a buscar empleo, caminó hasta que el billete, olvidado en su bolsillo, cayó al suelo. Un niño lo recogió. Martín sonrió, todavía quedaba esperanza.
Juramento
Rosalina De La Cruz
Los sollozos de la mujer interrumpieron de súbito el silencio de la pequeña sala de espera.
—Doctor, no deje morir mi hijo. Por piedad le suplico, sálvelo. No tengo dinero para cubrir los gastos de la operación. Mi pequeño es lo único que tengo en la vida —imploraba de rodillas la mujer, mientras su rostro se ahogaba en lágrimas.
El doctor se acercó a la mujer, le extendió la mano ayudándola a incorporarse.
—No se preocupe, señora, la operación fue un éxito, su niño está bien, ya la deuda fue saldada.
—¿Quién pagó? —preguntó asombrada ella.
—Hipócrates —contestó el doctor.
La palabra difícil
Sandra Orsatti
Mamá dice que estamos atravesando una crisis, yo me imagino un puente roto, con nosotros de un lado y la plata del otro.
—¿Cuánto falta para cruzar? —Pregunto.
Mamá sonríe, pero guarda el monedero antes de responder. Ahora el supermercado tiene cosas que se fueron de viaje. El queso, por ejemplo. Antes vivía en nuestra heladera, ahora sólo lo vemos en televisión. Papá dice que hay que cuidar la luz, yo apago la del cuarto y mis ganas de pedir la bicicleta. Anoche mamá contó las monedas sobre la mesa, eran pocas. Las acomodé en fila, parecían soldados esperando batalla.
En el fondo
Natalia Restrepo Maya
Cuando sentía hambre la mamá siempre le decía, «Busca en el fondo», e inmediatamente abría el refrigerador. El niño lo tomaba como un juego y estiraba sus manitas anhelando toparse con una manzana o una banana. En el tarro metálico, prolongaba sus dedos hasta llegar a unas cuantas harinas y fragmentos de lo que habían sido unas deliciosas cookies de chocolate. Había empezado a sentir cólicos porque cada vez las migajas eran más pequeñas, fue entonces cuando se asomó al estanque para ver lo que había en las profundidades. Al día siguiente lo encontraron flotando.
Promesas de papel
Dunia Lincheta valle
La inflación se había comido hasta los sueños. Don Jacinto abrió la cartera y encontró sólo polillas melancólicas y un billete tan devaluado que ni para el pan alcanzaba. Miró el aparador de la panadería con ojos hambrientos, mientras la radio anunciaba con voz alegre que la macroeconomía iba viento en popa. Suspiró, dobló el billete diminuto y lo guardó como quien entierra un fantasma.
—Tranquilo, viejo —se dijo al espejo— mañana la moneda valdrá menos, pero al menos el hambre sigue siendo gratis.
Sin final
Llemel López Torres
El sobre de liquidación pesaba más que los veinte años de servicio. Carlos lo dejó sobre la mesa, junto a las cuentas que ya no podría pagar. Esa noche, el silencio de la cocina sólo se rompió cuando su hija preguntó por qué ya no había postre.
—Estamos en crisis —mintió, sonriendo— es temporal.
Al día siguiente, vendió el reloj que su padre le regaló. Con el dinero, compró arroz, frijoles y un chocolate pequeño. Cuando su hija lo vio, sonrió. Carlos entendió que la verdadera crisis no era quedarse sin trabajo, sino olvidar que aún tenía algo que dar.
Una hermosa solución de mercado
Ian Rodríguez Pérez
Cuando cerró el banco, en Villacifra se reorganizaron los oficios, el panadero operaba, el médico vendía rifas, el conductor del tren pasó a ser el custodio del horizonte y el gobernador, por primera vez útil, ocupó la plaza de espantaplagas en el huerto de hortalizas. El poeta dejó de escribir, nadie podía comer metáforas sin intoxicarse. Aceptó limpiar los basureros y cuidar de los jardines. Por las mañanas recogía basura, por las tardes podaba rosales con la misma tristeza con que antes corregía sus versos. Una mañana, el gobernador se detuvo a observar la manera en que las flores abrían.
La cáscara humana
Ricardo Álvarez Moncada
Los monos cansados por las alzas del combustible de palma empezaron a quejarse que hasta la banana estaba cara. Toda la tropa decidió ir a tomar por la fuerza el palacio presidencial. Llegando ahí, uno de los líderes saltó y dio un golpe contundente al que presidía, aquel dejó caer al suelo una máscara y todos se dieron cuenta que el culpable de la crisis era un ser humano.
La crisis y el milagro del pollo mango
Directa
Las alacenas guardaban sólo eco y las neveras, luz. El hambre marchaba por las tripas de los niños cuando los supermercados quedaron desiertos. La desesperación corría tras los camiones, la mayoría regresaba con las manos vacías. Entonces, ocurrió el milagro. Los árboles se desbordaron de un fruto dorado, el mango. Multiplicado por millones, alimentó a hombres y animales durante un año eterno. Lo llamaron «pollo mango», el manjar de la resistencia. El hambre no se marchó, pero se tiñó de amarillo. Entre la peor crisis, las bocas pintadas de sol volvieron a sonreír, bendecidas por la providencia de la tierra.
Prueba de vida
Vicente Beras
El día en que la aseguradora decidió que había que ir en persona a cobrar por cheque, para asegurarse que vivían, la economía del viejo profesor era un terror, el bajo salario y los medicamentos para la hernia y la presión arterial, entre otras tragedias, lo aplastaban, la casa estaba hipotecada. Necesitaba cobrar de urgencia. Cuota vencida. Adolorido, se arrastró a donde pedía la aseguradora. La hipoteca pisando el talón. Vio la vejez más oscura cuando la niña le dijo,
—Profe, su cheque es uno de los que no se imprimió, cobrará el mes que viene.
El otro gigante
Lara Morales
Clara, feliz, relataba a su padre la historia que la maestra les contó, «Era un caballero que luchaba contra molinos de viento, creía que eran gigantes». Su padre sonreía, aunque su rostro mostraba preocupación. Él y su familia libraban una batalla diaria contra la pobreza. Una madrugada partió hacia otras tierras, buscando nuevas oportunidades. Llevaba consigo una mochila de sueños. Pasaron los meses, Clara se llenó de ausencia. Alguien confirmó su sospecha, no lo había logrado. Clara comprendió que algunas aventuras terminan en despedidas. Su padre había perdido la batalla contra uno de los gigantes más difíciles de vencer.
Pepinos amarillos
José Germán Hervis
Quizás tenía ochenta años, llevaba la pierna derecha resguardada en un trapo viejo, enrollado como un inmenso caracol, que le servía de zapato. Dejaba en el asfalto un trazo zigzagueante de desorientación, de miseria, como un libro antiguo arrastrando las cuartillas. Con los labios heridos, imploró de limosna unos tomates. Recibió sin embargo unos pepinos, con la aseveración del vendedor, que estaban amarillos, que a su edad podían hacer daño. Sonrío el señor, murmurando entre lágrimas,
—Gracias, no debe preocuparse, Dios le bendiga, mi hambre no conoce el color, de lo que puedo entregarle de bocado.
La vida da muchas vueltas
Jorge Sapiencia
Los malos tiempos que me tocaron vivir y las malas decisiones que tomé, me hicieron ladrón de autos. Una noche sólo pude robar un Volkswagen Beetle, y no me lo vas a creer, pero era el de mi abuelito. Hace unos doce años más o menos lo vendió, con mucha pena porque lo amaba, necesitaba el dinero para mantenernos a mamá y mis tres hermanos. Lo disfruté por unos meses, pero al final lo vendí también, no por miedo a que me arrestaran, sino porque mi tercer hijo venía en camino.
Mentira piadosa
María Verónica Flores Castro
—Mami mami, quiero pan con queso.
Yo sólo tenía para el pan, y el insistía, abrí el pan redondo en tres rodajas, entonces le dije, este es pan, este es queso y este pan. Él me miró sorprendido y me dijo,
—Está rico el pan con queso. Quiero más.
Obsoleto
Carlos Eduardo Azar Manzur
Después de cenar, el padre apagaba la luz al salir de la cocina. Después empezó a apagarla mientras cenaban.
—Se ve igual.
Durante una semana comieron bajo la claridad que llegaba del pasillo. Luego también apagaron el pasillo. La madre puso una vela en medio de la mesa. Todos celebraron la ocurrencia, porque parecía un cumpleaños. El padre repartió el último huevo entre los cuatro y quiso que pidieran un deseo. Todos cerraron los ojos, sin embargo, nadie sopló la vela.
Mientras ella contaba
Armando Tacuba
La cumbia villera salía de un parlante roto en la esquina. Doña Rosa había votado por «Libertad» en diciembre. En enero, el pan ya costaba el doble. Contó las monedas una vez, no alcanzaba. Dos veces, tampoco. En la panadería ya no vendían kilo entero. Afuera, «La Cumbia de los Trapos» seguía, ajena, que a Doña Rosa ya le parecía tango trágico, marcando el compás de un país que bailaba mientras ella contaba. La tercera vez, la panadería ya no volvería a abrir.
Origami inflacionario
Nereidy Velásquez
Ayer el cartón de huevos costaba dos millones de bolívares, hoy, cuatro millones. Vivimos este suplicio a diario con una moneda en caída libre. En octubre, los billetes del mes pasado ya no tienen valor. La gente los tira en la calle y yo los recojo. Cuando falta el gas, los uso para cocinar a leña. Como son tan coloridos, mis hijos forran con ellos sus cuadernos o arman figuras de origami. Nuestro cono monetario ya no tiene salvación. Mientras el fuego arde, sólo pienso, «¡Oh, Bolívar, qué han hecho con tu nombre!».
Cuba 2026
Francisco Leyva Ferrer
—Papá, tengo hambre.
Crisis económica
Carlos Enrique Saldívar
Lima quedó endeudaba después del último mandato edil y nos subieron los impuestos a todos los ciudadanos, además empezaron a ponernos multas por casi todo, por ejemplo, por pasear a nuestras mascotas. El exalcalde renunció a su cargo para postular a la presidencia de la república, y perdió, fue elegido como senador, lo desestimó para reelegirse como alcalde de Lima, bajo el disfraz de teniente alcalde. En las últimas elecciones municipales volvió a ganar, y en sólo un año nos endeudó nuevamente, tanto que tuvimos que vender la ciudad y a sus habitantes, como esclavos a una verdadera potencia mundial.
Crisis 2049
Martin Hernández
De joven estuve en la crisis económica «de la deuda externa», luego más tarde me tocó la del «efecto tequila». También viví la crisis del 2008, luego la otra, que también fue mundial, la crisis de la pandemia, pero acá, entre nos, mi tostadora con pastas, esa fue creada por un gobierno, y ambos saben cuál es. Y a ti, mi «Optimus Prime» mexicano, esta es tu primera crisis, «Robots obsoletos 2049». Pero gracias a eso te regalaron conmigo. Anda, cárgame, que ya ves que estoy viejito, y vamos a conseguir unos «pesocoins».
¿estudiar o trabajar?
Katerin Gabriela Macario Pac
Es mejor mirar por la ventana a la hora del recreo, quedarse en el salón vacío esperando la próxima clase. El pequeño lápiz con marcas de dientes gira despreocupadamente entre los dedos. Las mangas de suéter tienen pequeños agujeros sin remendar. Dentro de los zapatos, el dedo gordo asoma por los calcetines rotos. El estudiante tiene hambre. No almorzó y ya le había pedido fiado a la señora de la tienda la semana pasada. Es media tarde, ya falta poco para terminar el año escolar, sin escuela, puede buscar trabajo para ayudar en casa a mamá. Por el momento, estudiará.
Techo y comida
Rosalia Guerrero Jordán
Y, cansados de que la lluvia calara los toldos bajo los que se cobijaban y echara a perder el pan de sus hijos, derribaron las puertas de palacio.
Salvación
Julio Marín
La crisis económica del año Z, ladrón pistola en mano, vino a hurgar y vaciar el bolsillo de todos. Papá fue la primera víctima. Después, mamá. Luego, mis hermanos por orden de tamaño, y por último, Damián, el perrito pequinés de la casa. Estos 100 pesos que ahora ven en mis manos, acabo de desenterrarlos. Fui el único en salvarme.
No voy a mentar la palabra
Omar Rosa
No es que me censure el poder, me censuran los míos.
—No le vayas a decir a nadie que tienes… ¿Qué es eso de andar dando lástima?
Y no lo digo, ¡Se me ve!, mis ojos hundidos y la piel de la cara pegada a los huesos. Tengo un hijo allá en aquel país desarrollado, me ayuda, le hago una lista y va mandando dinero la última vez le dije.
—Vamos a hacer la lista al revés, tengo, sal y poca.
Cierre de balance
Claudia Sánchez
Los obreros pierden el empleo porque las fábricas cierran. El hospital, sin insumos, debe rechazar pacientes. La escuela apaga las luces, no hay presupuesto. El policía vende empanadas en la esquina. Los comedores comunitarios rebalsan, pero ya no hay comida. Los salarios se evaporan en segundos, las deudas crecen como monstruos. Los jubilados dependen de sus hijos para subsistir. En la plaza, un joven lleva colgado un cartel, «Trabajo por comida». Nadie se acerca. Al amanecer, lo hallan colgado del mismo cartel.
Eres mi tesoro
Sarko Medina Hinojosa
—¡Me juraste que siempre me protegerías! —grita el muchacho, mientras se lo llevan amarrado a los campos de crecimiento molecular.
—Algún día entenderás, hijo, que la vida en la tecnocracia es mejor que estos campos áridos, donde terminarías royendo mis huesos.
El anciano no llora mientras ve los mejores 16 años de su vida irse, sabe que una lágrima cuesta 28 créditos en el mercado actual.
La fotografía
Jorge Antonio Tisera
El hombre abrió la billetera y encontró tres billetes, una fotografía y una lista de cosas que ya no podía comprar. En la mesa, su hijo hacía tarea.
—Papá ¿Somos pobres?
Él miró la boleta de luz, el alquiler y los precios del supermercado. Después miró al niño.
—No. Estamos atravesando un momento difícil.
—¿Y cuándo termina?
El hombre sonrió, aunque no sabía la respuesta.
—Cuando podamos volver a comprar sueños.
Esa noche cenaron arroz. Antes de dormir, el niño dejó un dibujo sobre la mesa, una casa, cuatro personas y un sol. El hombre entendió que aún quedaba esperanza.
Pobreza en el cielo
Carlos Gilberto Guzmán
Hace unos días me visitó mi primo Nasario. Para celebrar, nos fuimos al centro de San Salvador. El paseo no le fue tan grato.
—Cuánta pobreza —dijo al ver a las vendedoras ambulantes arrinconadas en las aceras.
Un carro amarillo pasó cerca.
—La pobreza llega hasta el cielo —me dijo— mirá ese pick-up.
Era un pick-up descolorido, ruidoso y abollado por todas partes. Lo vi alejándose, y leí el letrero en la compuerta trasera, Regalito de Dios.
La mesa está vacía
Floida Quezada Vicent
La mesa está vacía. Pronto será hora de once. «Qué pase pronto», piensa Pedro, el padre de la familia. Otro horario de comer y vuelta a pasar por el alambre. Los ojos de los niños hablan, «¿Cuándo comeremos algo?». Mientras en el estómago un concierto con la misma melodía tétrica todos los días.
—Es mejor dormir —murmura alguien que no quiere ser oído.
Al padre le duele el alma. Otro día sin trabajo. Marcela, la madre ya consiguió azúcar para la última leche del bebé Juanito. Mientras tanto de nuevo subió el combustible. Y la autoridad anuncia un nuevo recorte.
Mamá
Reyna Díaz
Vi una lágrima resbalar por su mejilla.
—Todo estará bien —me dijo mi madre.
Le creí. Treinta años después supe que era el último pedazo de pan y ella sí tenía hambre.
Hasta el aire cuesta
Daniela Rosales Medina
Viernes sin dinero. Las autoridades no responden ante la falta de agua. A mis 29 años y con maestría no me contratan por falta de experiencia. La comida se acaba. Desaparecen jóvenes reclutados mediante falsas promesas de empleo, integrados por la fuerza en las filas del crimen organizado. Me subo al coche y en cada semáforo hay un migrante, un hombre con muletas o una señora que pide ayuda para su hija enferma. Daría igual si fuera lunes o miércoles, aquí, cualquier día, hasta el aire cuesta.
Ciclos
Antonio Arjona Huelgas
El desarrollo de nuestro modelo económico llevó a las crisis continuas. Pasamos de tener crisis económicas cada ciertas décadas, a tenerlas cada tantos años. Después, se volvieron meses, días… En algún tiempo las esperábamos los martes. Hasta que se volvió una cosa del día a día. Creo a hoy a las ocho habrá una, aposté con un amigo que así sería. Dos pestañas, ya hasta eso es caro hoy día. Ojalá tenga razón.
Sin regreso.
Yadamis Roque Castro
La mañana se levanta. Se escucha el sonido rutinario de las casas. Un calor insoportable y una madrugada sin electricidad no dejan descansar ni cuerpo ni mente. El estómago vacío pide un sorbo de café, pero apenas un té frío te sostiene. Te vistes como cada día y las pocas ganas de emprender una nueva jornada te agobian. Ya en la calle, esperas en vano un autobús que nunca llegará y emprendes la caminata sin saber si arrastras el mundo a tus pies. Un frenazo, luces, gritos. No desvío la mirada. Raro dolor. Dejé de escuchar…
La herencia
Oswaldo Loreto Ponce
Sofía despierta muy pensativa y preocupada. Acude rápidamente al mercado más cercano, lleva consigo un cofre antiguo de madera muy lujoso que contiene un reloj de oro de su bisabuela. Recibe en cambio medio cartón de huevos. Al llegar a casa, sin saber qué hacer y llena de indignación, guarda los huevos dentro del cofre y suelta una lágrima amarga.
Restaurante
Danira Sil
El fuego crepita y me saca de la ensoñación. Sólo tiene 10 meses que se murió. Y ya no hay comida. Ni ganas, ni esperanza, alcanzo a ver los rostros de esos 4 niños que ven el fuego. La música son nuestras tripas gruñendo, ellos comieron. Ser la mayor me da aguante. Atizo el fuego y acomodo la olla.
—Hoy jugaremos al restaurante. Yo comeré caldo de pollo ¿Y ustedes?
Los 3 me hacen su pedido, pero el más pequeño (tiene 5 años) hace un puchero.
—Eso sólo es agua, no me engañas.
Creí ser más inteligente a mis 16.
La voz del plato vacío
Altahir Vega
Las cifras del desempleo son un número distante para los periódicos, pero en mi casa son voces que esperan. Hoy la mesa volvió a estar desierta. Cuento los pesos que quedan con los dedos entumecidos, sabiendo que tendré que elegir entre su medicina o el pago de la colegiatura. El pánico me oprime el pecho y roza el límite de mis fuerzas. Pero antes de dejarme caer, lo contemplo dormir. En su respiración pausada encuentro la respuesta, por él, aunque el cuerpo falle y la economía se derrumble, mañana volveré a inventar un milagro.
Bolsa vacía
Jeanneth Bohorquez Quevedo
La bolsa vacía, el estómago rugiendo, un nudo en la garganta y sólo unas monedas. Nuevamente macarrón, no alcanzaba para más. El rostro era de María, de Meche, de Julia y de miles más. Hace poco a su esposo lo suspendieron del trabajo, igual que otros más. Llegar a casa con bolsa vacía, le estrujaba el corazón, esperaban sus hijos y no había dinero ni para pan. Los días pasaban, el hambre apretaba. La historia era la misma, pero no figuraba en las revistas, donde las damas celebraban. Mientras María apagaba la lumbrera, esperando que mañana ya no sea igual.
El niño con hambre
Luz Tapia
El billete de mil pesos, ya no alcanzaba ni para una marraqueta. La señora Cote miró el almacén del barrio, cerrado con candado por primera vez en años, y tomó la mano de su hijo. A su alrededor, los vecinos caminaban bajoneados entre ferias vacías. La panadería de la esquina había bajado la cortina y el ambiente estaba helado.
—¿Mañana tomaremos once, mamita? —Preguntó el niño con la guatita crujiendo.
La Cote miró la última moneda de cien pesos que le quedaba en el bolsillo, le hizo un cariño en el pelo y sonrió.
—Mañana inventaremos una nueva receta.
Aniquiladas
Natividad Villar Martínez
Antes de esta tremenda crisis, éramos ocho. La primera en caer, la más pequeñita. Total, no vale nada, decían algunos. A continuación, las otras dos de color bronce también se inutilizaron. Las tres siguientes, las doradas, ocupaban demasiado espacio y peso. Y llegó el momento, que hasta las dos mayores desaparecimos, y eso que podíamos comprar una pasta de chicles, algunos caramelos o una barra de pan. Qué nostalgia de ser acariciadas por sus dedos, qué calentitas y recogidas en aquellos monederos. Ahora, con esto de que pueden pagar hasta con el móvil, de nosotras, las monedas, nadie se acuerda.
De vocaciones, crisis y oferta laboral
Guisela López
Era pregonera de buenas nuevas, con años de experiencia. Pero por aquellos días, el calentamiento global, la crisis del petróleo y los avances de la inteligencia artificial, limitaban la generación de empleo. Así que, por más que toco puertas, no pudo encontrar una contratación de tiempo completo. No le quedó más remedio que conformarse con algunos contratos, a destajo, para llevar breves mensajes. La mayoría de las veces referidos al clima, la persistente belleza de las flores o algún recuerdo del porvenir que se escapaba de la imaginación de algún poeta.
El libro rojo de la utopía
Alcides Rodríguez
La mujer hastiada de un sistema conservador, donde debe afanarse en las tareas domésticas del hogar y de que sus hijos sean criados bajo un sistema de premios y castigos de acuerdo a sus comportamientos y capacidades, decide echar al hombre del libro azul de su casa. El barbudo del libro rojo ve su oportunidad de cortejarla, prometiéndole igualdad de condiciones en cuanto a su relación y la educación de los niños, ella emocionada lo deja entrar. Pronto comienzan a fallar los servicios básicos, los famélicos niños se entregan a la pereza y ella inflamada, extraña desesperada su antigua vida.
Soluciones
Erick Daniel Villamil Ramírez
Estaba a dos cuadras de su casa. El paquete bajo el brazo era lo que había prometido. Había costado trabajo, pero lo consiguió. Peleó con dos vagos, un policía y un hombre del ministerio. La situación era muy difícil y conseguir carne era casi imposible. En tres días volvería a salir para llevar comida a sus hijos. Tendría que volver a matar. Era tiempos difíciles.
Sin futuro
Virginia González Dorta
Se alojó en el nido, el poco plumón que le quedaba abrigó su cuerpecito laxo, casi frío. Había perdido la posibilidad de volar, de cantar, de esponjarse en las fuentes.
Al alba lo encontró el sol y, entre las ramas, dormía una carta de desahucio.
Lo último
Denis Álvarez Betancourt
Richard se levantó con una preocupación, dar el desayuno a su familia. El día anterior no pudo comprar el litro de leche en el supermercado, sólo alcanzó para una libra de azúcar. Su mujer apenas se desperezaba después de una noche dura dando de mamar al crío de tres meses. Richard saltó a preparar el agua con azúcar. Despertó a la niña con el vaso en la mano que dejó en la mesita del cuarto y se vistió. Hoy presentaba el resultado de su vacuna contra el cáncer y firmaría la renuncia a la patente, sería gratis para los enfermos.
El lujo del silencio
Yovanis Hernandez
Cada noche, la oscuridad llegaba puntual. No era la ausencia de luz, sino la presencia de algo más, el hambre, que ya no cabía en el estómago, sino en el alma. En la mesa, un plato vacío esperaba una pastilla que nunca llegaba. Afuera, el silencio era un lujo, porque ni los generadores se atrevían a romperlo. Mi abuela, con voz de siglos, dijo,
—Al menos, todavía soñamos.
Y en ese sueño, la nevera cantaba, el pan existía y la luz no era un recuerdo.
La ruina avisa
María Alejandra Del Carmen González Alvarado
Esa tarde, la sonrisa perfectamente maquillada de Mercedes se derrumbó como torre de naipes. Mientras pedía por aplicación la cena y pensaba en la próxima gala a la que asistirían para mantener las apariencias y mostrar su altruismo, sus hijos entraron en silencio a la cocina. Le entregaron la carta membretada, la dirección del colegio impediría el ingreso por impago acumulado.
Al leer la nota, entre el lujo alquilado, las tarjetas de crédito exprimidas y la vajilla fina, todos se miraron con una mezcla de desconcierto y humillación. Ya no había maquillaje, red social o filtro que pudiera disfrazar la ruina.
La escalada del mal
Nuria Hernández García
Cincuenta peldaños para llegar a la cima. Se detuvo a mirar atrás, vio a cientos de personas exhaustas sentadas a lo largo de la escalera, mucho más abajo. Se habían rendido. Otras, abajo del todo, ni siquiera lo habían intentado. Reconoció su suerte a pesar de todo, él partía del punto donde estaba. Nadie se dio cuenta de cómo había llegado hasta allí. Subió cómodamente hasta alcanzar el piso más alto. Allí le esperaba el hombre enchaquetado, le sonrió y le dio un contrato como trofeo.
Regreso al origen
Néstor Rubén Giménez
El mundo no colapsó por un cataclismo atómico ni por el impacto de un cuerpo celeste, sino por el desequilibrio social. Los gobiernos implosionaron, carcomidos por su propia corrupción y la presión de las corporaciones. Las Guerras Económicas arrasaron el viejo orden. Los algoritmos pergeñaron estrategias de acaparamiento, impuestos desmedidos, tasas arancelarias desproporcionadas y cláusulas contractuales abusivas. Las Megacorporaciones asfixiaron a los estados, absorbiendo los recursos naturales hasta derrumbar la estructura política. Los pueblos, abandonados a la inanición, sucumbieron ante la anarquía. Los sobrevivientes terminaron por reagruparse, volviendo a organizarse ancestralmente en tribus y clanes.
Son los tiempos
Luis Ignacio Muñoz
Fue lo que quedó de la guerra, señor. No sé si usted sepa que esto no estaba como se ve ahora, ni los campos muertos con ese color pardo en la montaña, ni las casas tan arruinadas como se miran desde la entrada. Me dirá que aquí no sucedieron los combates, es cierto, pero no dejaban entrar ni salir a nadie y todo se fue acabando. Sólo que ahora es peor, tampoco hay nada en las tiendas, de ningún lado llega. Vea a esos hombres con bultos repletos de billetes, ¿pero de qué les sirve?
El bolsillo roto
Raúl Meléndez Mora
Siempre se jactó de conducir al país con las mayores reservas petroleras del mundo, presentándolo como potencia económica universal. No cabía la menor duda sobre el bienestar que le auguraba a su pueblo. Sin embargo, el mal manejo de las cosas le presentó obstáculos impredecibles para él, la hiperinflación, por ejemplo.
En la ruina, ya no le alcanzaba el dinero para nada. Aquella mañana, apenas tenía para desayunar omelet. Cuando pretendió cancelar los huevos, no tenía plata suficiente. La había perdido por guardarla en el bolsillo roto, sin zurcir días atrás, al no tener hilo.
Quitarruidos y blue jeans
Alexander José Villarroel Salazar
En 2017 la crisis económica en Carúpano fue sumamente fuerte. Tuvimos que inventar para sobrevivir al punto que las sardinas y los mangos cambiaron su nombre a «blue jeans» y «quitarruidos».
Las sardinas se decía, por sarcasmo, que combinaban con todo, por lo cual las llamaban «blue jeans», porque era lo que más se encontraba a precio muy barato, y cuando el hambre azotaba a deshoras por la mala alimentación de ese entonces, se recurría a los mangos que abundaban en muchas matas, los llamaban «quitarruidos».
La crisis no pudo con la ironía de los carupaneros y la superamos.
La pregunta
Maritza Iriarte Borboy
—¿Qué es el hambre? —preguntó el niño frente a la cola del supermercado.
Y el crujido devoró a la muchedumbre.
No money no honey
Cecilia Romero
—No creo que esto funcione —dice, mientras disimula un bostezo—. Esto se trata de hacer números.
Contesto que lo más importante es el amor.
—Prefiero llorar en un castillo que en un muladar —sentencia.
No digo más, creo que a esta historia le faltan muchos ceros.
Billete
Arturo Eduardo Medina Oliveros
En el medio del desierto soñaba que despertaba el mismo sueño una y otra vez. Las personas observaban el sol a través de un billete de dólar, entonces se transfiguraban. Tenían todos rostros de dinosaurios, pugnaban entre ellos por la sombra del billete verde.
En un oasis tropical sobrevivía el último humano. ¿Quién jugaba con su destino? ¿El oro, el petróleo, el hambre, la guerra? Vio directamente el sol rojo por un instante, incendió un billete verde, cubrió a la tierra con su humo y despertó con rostro de hombre.
Hambre
César Augusto Luna Ortíz
Cada vez son menos, los niños más. Ese día amaneció con resplandor opaco. Ciego el mundo, revisó el hambre. No fue posible que todos pudieran comer.
Crisis
Jesús Zayas Zayas
Mamá sufre de asfixia. Llevo días sin dormir concentrado en la batería del marcapaso, en sus movimientos respecto al último troquel.
—Le pusimos un goteo de suero terapéutico —dijo el que parece médico y resultó ser un fantoche.
Pero conozco el veneno de la intensidad del chorro y el audífono dispuesto en el galeno. Recupera lo inservible de los fallecidos, se cubre las manos con javitas de nylon.
Suero es el flujo del doliente, la sobredosis, pasillo afuera… pasillo establecido por la desesperación y los gritos. Y en la cornisa más alta, el doliente cae al vacío, intenta alcanzar.
Utopía
Elisa Pérez Rivero
—Nuestro país no está en decadencia, la prosperidad llegará muy pronto —proclamaban los gobernantes, mientras el pueblo sufría la peor de las crisis.
2001
Ferreyra Andrea Emilse
Argentina, 19 de Diciembre de 2001, el día en que todo cambió, en donde el uno a uno sería el recuerdo de un tiempo en donde todo fue mejor. Estruendos, gente corriendo, el terror se adueñó de todos y cada uno, y yo, una adolescente que no entendía qué pasaba, un helicóptero sobre la Casa Rosada, una nación acéfala, la sangre de muchos sobre el suelo, vidrios sobre las calles, un Corralito que no sólo retendría los ahorros de muchos sino uno cambiante, arraigado con fuerzas sobre una Argentina sumida en la desesperación y miseria continua, fragmentada y decadente.
Desastre tras otro
Julián Reyes
Todo se derrumbó cuando la inundación destruyó nuestras chacras por el «Fenómeno del Niño». La crisis económica se agravó cuando la plaga de langostas terminó con los pocos sembríos que teníamos. El dolor se internó en nuestros corazones hace unas semanas, cuando murió mi padre por el dengue. Estamos en la ruina. Ahora, el tractor, nuestra herencia familiar, será lo único que nos salve de la terrible hambruna y el hambre que apuñala nuestros estómagos.
Alcanzar la cima
Chara Lattuf
Llegar a Lucky es entrar a la ciudad que no duerme, con cambiar fichas en instantes se convertían en dinero que se apostaban entre las mesas. Para Alex tanta abundancia se esfumaba a la luz del día. Aparecen las cuentas por cobrar y tarjetas que rebotan, teniendo que entregar la camioneta y bienes por vender. Se desvanece así la ilusión de haber logrado alcanzar la cima.
Selección natural
Rosaura Béjar Hernández
Los noticieros vomitan sórdida información. Lluvias torrenciales aplastarán los campos para mitigar la sequía que impacta la región. La gente eufórica festeja el espejismo creado.
Esa mañana aparecen negros nubarrones en el horizonte y los medios de comunicación bombardean con información inverosímil. Comienzan los rumores de escasez, las personas sacan sus ahorros y se concentran en los centros comerciales, en pocas horas los bancos cierran y los comercios quedan vacíos. La muchedumbre se desplaza por las carreteras en busca de una quimera.
La estampa es grotesca, cadáveres de mujeres y niños tapizan la tierra, mientras los hombres siguen en lucha.
Esperanza
Sandra Elizabeth Lopez Collazo
Busco la lámpara de Aladino, se me acabaron mis monedas de luna y mis billetes de sol.
Necesito al menos un deseo que se me haga realidad, quiero repartir el oro de la esperanza y acabar con la crisis de indiferencia, que por unas pocas monedas desahucia a las almas inocentes y a los puros de corazón.
Como si en realidad nada importara
Nicolás Rufine
Son los billetes que me corren por las calles laterales de la mente, monedas de curso legal de todos los tipos me persiguen, incluso por los callejones neuronales.
Grita uno por la radio relatando los hechos,
—¡Nos oprimen!
—No quiero que me atrapen, no quiero ir a la escuela, al trabajo, al entierro.
Van cayendo los cheques sobre el asfalto de las avenidas en forma de barricada, buscamos amparo en los recursos. Hay quienes proponen refugiarse en cajeros automáticos donde podrían recibir ayuda, contraprestación superyoica mediante.
El bombardeo de vencimientos, impuestos y alquileres es un hecho inevitable. Cae la noche.
Minicuento
Rafael Urrea Soto
El Rey, cansado de tanto tener, se quejaba ante Dios por no poder poseer una bañera llena de lágrimas y en ella lavarse la tristeza. Y cuando Dios le concedió el deseo, el rey se lavó tantas veces la tristeza que se murió de sed y alegría.
Calígula
Propia
Rubio hasta los dientes,
Calígula es presidente.
Busco sordos para ayudar a los desvalidos,
ciegos para llevar el presupuesto,
sordos para cuidar las calles,
mudos para hacer justicia.
El equipo perfecto,
así como de perfecto tiene una primavera sin flores.
Crisis
Maria Gorostarzu
Eduardo hace su maleta y se aleja de noche sin que nadie lo vea, sólo su madre lo ve y llora.
El escritor que jamás vendió un libro, ¡nadie lo entendió, no tuvieron tiempo de escuchar su mensaje! De esta forma llegó a la ciudad casi a escondidas…
Pero el destino hizo su trabajo casi sin que nadie se diera cuenta.
Todas las mañanas se levanta e iba a las librerías y, sin que el dueño se diera cuenta, dejaba su libro, y así lo hizo por varios meses hasta que se dio cuenta que ya no tenía más.
Suicidio en el puente
Elsy Maldonado
Vemos la crisis económica desde las carencias de lo que necesitamos… Mi familia, mis hijos, el tesoro más grande. Todo se destruye y se distancia, dejando un vacío en el alma que lleva a la locura y al suicidio. Ya no existo, ya mi cuerpo desintegrándose, soy un espíritu condenado, solitario y sufriente tomando un cuerpo que no pertenece y compartiendo mi sufrimiento, mi dolor, mi destino. Hoy no quiero que pase lo mismo, de nada sirve morir si el sufrimiento continúa y la muerte es la vida misma, silenciosa que jamás perdemos. ¡No! Otra condena que cargar, ayúdame a detenerlo…
Manos extendidas: un grito al gobierno
Vilma Ccarampa
La vi a lo lejos con la mirada triste y ausente, sus labios resecos y sus manos huesudas alzadas al viento sólo pedían una moneda o quizás un trozo de pan que pudieran redimir el hambre atroz que llevaba consigo. Mis entrañas adolecidas también me reclamaban. La muchedumbre enardecida, iracunda de justicia, devastaba ladrillo tras ladrillo aquel Congreso dejándolo en ruinas. Pronto un disparo inesperado, dirigí mi vista hacia ella, su cuerpo yacía inerte sobre el frío asfalto, su padre imploraba consuelo, no pudo salvarla.
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Primera edición: octubre de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.
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