Calles entre los pasos

Calles entre los pasos

Calles entre los pasos

Engranaje

Analía Romero Martín

A las seis sonará la alarma pero no me levantaré.
Sólo después del tercer aviso, mi cuerpo obedecerá.
Abandonaré la cama.
Reemplazaré el pijama por la ropa que dejé seleccionada con antelación sobre la silla.
Daré exactamente veinte pasos y presionaré el botón de la pava eléctrica. Le cortaré la inspiración cuando comience a hervir.
Arrojaré agua burbujeante sobre ese mejunje que parece petróleo.
En diez minutos, ni uno más ni uno menos, haré pis, me higienizaré y correré a sentarme a beber ese café ya frío.
Si fuera kerosene el contenido de la taza, no me daría cuenta…
Tengo poco tiempo para saborear mi desayuno.
Mi peine es un rastrillo arrancando con prisa los cabellos enredados.
Si quisiera peinarme detalladamente, me vería obligada a levantarme con la primera alarma…
Afuera, la ciudad ya enciende sus motores y ruge.
Tomaré arrebatadamente mi cartera y saldré a la calle.
Daré dos vueltas de llave y dejaré mi casa atrás.
Así será una y otra vez…
Hasta que una bendita gota de café caiga sobre mi impoluta camisa y me recuerde que no soy un robot.

Antes de empezar

Nuria Hernández García

Pones un pie en la calle. Son las siete y media de la mañana. Ya está el hombre del sombrero en su esquina. Te saluda al pasar. Le das el euro como un autómata y continúas hacia el tranvía.
¡Mierda! Corres para no perderlo. Demasiado tarde. A esperar el siguiente, con cara de lechuga.
Llega una señora con un perro. El perro se acerca, te olfatea y te ladra. La señora lo manda callar. Te preguntas si tu mala leche será perceptible para el can.
Por fin llega el tranvía. Está atestado. Te agarras donde puedes. Parada tras parada soportas los empujones de quienes van a salir. No consigues asiento. Cuando quieres darte cuenta, ya estás en destino. Bajas como un preso liberado.
Miras el móvil, quedan cinco minutos. Apresuras el paso. Saludas a Paco, el del bar donde desayunarás a las nueve y media. Te recuerda que se le acaban los décimos de lotería. Le respondes, como siempre, que luego compras uno.
Por fin entras en la empresa. Comienza la jornada.
Y tú ya estás agotado.

En la madrugada

Jorge Antonio Tisera

A las seis y media, la ciudad todavía bosteza.
El colectivo llega lleno de silencios. Una mujer mira por la ventana como si buscara una respuesta en los semáforos. Un hombre, con el mate entre las manos, revisa el teléfono y sonríe. Nadie sabe por qué.
En la esquina, un perro espera junto a un kiosco. No tiene dueño visible, pero todos parecen conocerlo. El vendedor le deja un pedazo de pan. El perro mueve la cola. Por un instante, la ciudad parece menos cruel.
Después llega el ruido, motores, bocinas, persianas que se levantan, conversaciones apuradas.
Un muchacho corre detrás del colectivo y golpea la puerta. El chofer frena. Lo deja subir.
—Gracias —dice el muchacho, todavía sin aire.
El chofer apenas asiente.
Y así, entre pequeñas miserias y pequeñas bondades, comienza otro día.
La ciudad no se detiene.
Quizás porque todavía hay alguien esperando.

El asiento de nadie

Wilman Martínez

En el último vagón, a las 6:40, siempre los mismos. El hombre del overol azul se sienta junto a la puerta, como si necesitara ser el primero en salir de algo. La mujer del abrigo gris ocupa la esquina, con un termo que nunca abre. El muchacho de los audífonos se queda de pie, aunque hay lugar, apoyado siempre en el mismo tubo, como si la costumbre le hubiera dado derecho sobre él.
Nadie habla. Nadie necesita hablar. El vagón se ha vuelto un mapa silencioso de cuerpos que se reconocen sin mirarse, un pacto que nadie firmó pero que todos respetan.
Una mañana, una mujer nueva se sienta en la esquina del abrigo gris. No sabe que ese lugar tiene dueña. La mujer del termo se queda de pie, incómoda, buscando con los ojos un sitio que sentía suyo.
El muchacho de los audífonos la mira. Por primera vez, alguien cede su tubo.
El vagón sigue andando, pero el mapa ya es otro.

Café matutino

Claudia Sánchez

Cada mañana me paro frente al edificio con mi carrito de café, mi termo metálico y los vasos apilados. El reloj marca las 8:30 y sé que pronto comenzará la procesión, trajes, mochilas, corbatas, perfumes que se mezclan con el aroma del café.
Extiendo un vaso humeante al voceo de «Café calentito». Pocos se detienen, casi nadie me mira. Algunas monedas caen en mi charola como parte de un mecanismo automático. Yo sonrío igual, porque aprendí que la sonrisa es mi uniforme.
A las 8:45 aparece él, el de las corbatas brillantes. Siempre paga con billetes doblados y me dice «Buen día» como si esas dos palabras fueran un regalo. En ese instante, el ruido de la ciudad se apaga y mi trabajo cobra sentido.
A las nueve, cuando la puerta se cierra, me quedo solo. Apoyo la espalda contra el marco y me sirvo el último sorbo para mí. El café ya no es mercancía, es compañía. La ciudad corre demasiado. Yo me detengo.

Hora de comer

Ana María Abad García

Desde el piso doce observo el hervidero que es la calle, gente caminando deprisa, perros ladrando, coches tocando el claxon, un camión de la basura con su rugido ensordecedor. No sé cómo lo aguantan. Incluso aquí arriba resulta opresivo. Extiendo las alas y me uno a la bandada que baja en picado hacia la plaza, donde la anciana de las migas de pan acaba de ocupar su banco.

Chiste

Antonio Arjona Huelgas

Un vaquero, un payaso y un hippie entraron al metro. El vagón se fue llenando cada vez más, hasta alcanzar el nivel de una lata de sardinas. Los tres peculiares personajes quedaron a mi alrededor. El hippie, que olía a marihuana, permanecía indolente. El vaquero, oliendo a alcohol, afirmaba: —Esto no pasaba en mi rancho —Y el payaso, con notables ojos rojos, se daba un pasón de sustancias adictivas. La gente evitaba mirarlos, hasta que se bajaron, la mayoría siguieron ignorándolos, excepto por una señora de unos cuarenta que los miró con reprobación. Cuando salí, esos personajes habían captado tanto la atención, sumado a la indiferencia de las masas, que nadie notó que venía tomado. No es un chiste, pasó frente a mí.

Días de re-creación

Eliana Soza Martínez

Día 1: Vieron luces extrañas en el cielo. La mayoría las filmó en vivo o subió las grabaciones a las redes sociales. Cuadriplicaron sus seguidores.
Día 2: Algunos sólo se dedicaban a comentar que era el fin del mundo buscando que se unieran a sus religiones. Otros se reían de los que llamaban conspiranoicos o de los ingenuos que no sabían diferenciar entre realidad y la IA.
Día 3: Fueron pocos los que creyeron que aquello fuera verdad, la mayoría esperaba una confirmación oficial de las autoridades. Estas sólo callaban, aunque había un movimiento inusual de militares y policías.
Día 4: Era imposible no ver las naves que se acercaban a la ciudad. Miles seguían filmando. Otros lo veían a través de sus pantallas. Unos pocos recogieron lo que pudieron y escaparon.
Día 5: Sólo ellos se salvaron de ser capturados por los nuevos gobernantes de piel gris con ojos muy negros que esclavizaron a aquellos que no creyeron en su regreso.
Día 6: La IA, satisfecha, confirmó que a los humanos les gustaba el drama y que con un teatro bien armado los podía dominar.
Día 7: El mundo calló y sólo había comunicación con ceros y unos.

Canje (Alejandría)

María de los Ángeles Horta Hernández

La fuga de José y Nelson no fue un escape, sino un retorno a la única patria que reconocían, la Biblioteca Gener y Del Monte. Aprovecharon un descuido del guardia para desvanecerse entre las sombras de Matanzas, caminando con la urgencia de quienes llevan un incendio en la cabeza hasta alcanzar las columnas de aquella institución, que ellos, en su delirio, llamaban Alejandría.
Una vez dentro, se convirtieron en los fantasmas. Durante tres días vivieron de la humedad de las páginas y del oxígeno de las metáforas. José, el de la voz de trueno, se dedicó a reorganizar los libros no por autor, sino por la temperatura de sus adjetivos. Nelson, con una delicadeza de cirujano, arrancaba esquinas de páginas prohibidas para masticarlas, jurando que la poesía de Pizarnik sabía a ceniza y la de Bukowski a ginebra barata. Eran brillantes, dos soles negros en medio de los anaqueles, escribiendo con trozos de carbón en las paredes de mármol versos que explicaban el origen del universo y el porqué del olvido.
Los descubrieron una madrugada de calor insoportable, cuando el bibliotecario los encontró bailando un vals inaudible sobre las mesas de consulta, coronados con guirnaldas hechas de fichas bibliográficas. No opusieron resistencia. Mientras los enfermeros los conducían de vuelta al manicomio, José gritó que Alejandría no se había quemado, sino que estaba presa en el pecho de los hombres. Nelson, en silencio, se limitó a sonreír con los labios manchados de tinta, guardando en su lengua el sabor de la última palabra que logró tragarse antes de que la cordura del mundo volviera a cerrar la puerta.

Tormenta inusual en la Ciudad de México

Martín Hernández

El 16 de abril de 1964, alrededor de las 6 p. m., una lluvia torrencial azotó parte del centro de la ciudad. El agua buscaba su propio cauce y comenzó a estancarse. Muy pronto se acumuló en grandes charcos que ya cubrían las llantas de los vehículos. Los automovilistas, acostumbrados a las inundaciones en esta zona, no mostraban desesperación. Sin embargo, cuando el nivel del agua alcanzó la parte media de los vehículos, se escuchó un grito, luego otro. De pronto, el pánico se apoderó de varios. Alguien gritó: —Todos tranquilos, ya se va a calmar, sólo es cuestión de que pase el dios— entonces, cuando el monolito cruzó la avenida, la lluvia cesó, el agua bajó de nivel y los automovilistas siguieron su destino.

Marcado

Luis C. Torrico

Esta mañana, dadas las siete, ya lo habían marcado. El especialista en crónica roja, A. L. J., empezó su transmisión en vivo antes de las ocho y mucho antes de que llegara la policía ¿Se quejó de la inseguridad en el barrio Las Palmiras? Sí, por supuesto, y tuvo repercusiones en los demás canales hasta el mediodía. Para no quedarse atrás, volvió por la tarde, intentando convencernos de que diéramos nuestra versión de los hechos, no lo hicimos por miedo a ser marcados también. En el noticiero de las ocho daban un reporte completo al respecto. El especialista sintió que ahora el marcado era él.

El partido

Rosa Elena Gómez

Hace la cola para entrar a la cancha. El policía lo palpa para ver si no lleva nada peligroso. Siempre lo mismo, aunque hoy está triste, y si no consigue goles su equipo no podrá gritar y alegrarse. Ese rugido que baja de las tribunas lo transforma, lo limpia y sana. Es como un milagro lo que siente recorrer su cuerpo, se le escapa el corazón. La tristeza y el mal humor, las quejas del patrón, las burlas de Juanucho, que no comprende por qué lo acosa, si la esposa lo engaña. Pero él no lo dice. Es pobre pero educado. Está lenta la entrada hoy. Para colmo ese olorcito a carne asada lo tortura. Está comiendo liviano últimamente. Manuela está más delgada y Rubencito espera otras zapatillas. Se promete que es el último partido al que va, son caros y el equipo no anda bien. Se sienta por fin, escucha el ruido tenue del papel guardado en el bolsillo de su camisa. La nota de despido del trabajo. Tiene sonido a hambre, dolor y a fracaso. El lunes tendrá que salir a buscar otro empleo. Ojalá que hoy gane su equipo.

Hastío

María Isabel Grijalva de León

Ese catorce de diciembre del dos mil veinte, salí del trabajo más tarde que de costumbre, cerca de las diecinueve horas. Me dirigí a la parada del autobús. Doña Josefa instalaba un pequeño negocio en dicha esquina. Siempre nos saludábamos y hasta ahí.
Nunca me percaté de lo difícil que era estar desde las diez de la mañana hasta entrada la noche cocinando y vendiendo en la calle. Observé todos sus movimientos. Era hora de finalizar la jornada de trabajo… El frío empezaba a tullir hasta los huesos.
Apagó las brasas, sacudió las cenizas de la parrilla, colocó la basura en su lugar, ordenó los bancos de plástico, acomodó todos los tiliches en su carreta y se quitó el delantal.
—Me atreví a preguntar: —¿Cómo estuvo su día de venta, Doña Josefa?
—Vea seño, una bendición, vendí todos los elotes asados, el pan y el café—
La jornada había sido productiva. Se dispuso a partir… De pronto se voltea, parecía que había olvidado algo. Regresa, gesticuló varias palabras y, sin más, empezó a empujar la carreta, alejándose lentamente.
Atrás, en la cama de concreto, quedó el marido borracho… Improductivo.

Promesa cumplida

Julián Reyes

Hemos decidido cumplirle el deseo al niño, quien vendía flores en la calle. Él nos aseguró que estaba ahorrando dinero para darle una serenata a su madre, pues era su sueño. El niño nos condujo hasta una loma.
—Se pondrá muy feliz —dijo, mientras caminaba a paso ligero— hoy cumpliré con mi promesa. Esperen aquí, debe ser una sorpresa —musitó él.
«Pobrecita, seguramente su mamá trabaja desde temprano en este lugar», Pensamos. Cuando nos dio la señal nos acercamos y empezamos a tocar una canción, pero nos detuvimos al instante y nos miramos estupefactos, mientras el niño señalaba risueño una tumba.
—Es aquí —dijo. En ese momento, el corazón se nos desgajó y un sentimiento de nostalgia se apoderó de nosotros. No supimos si abrazarlo o llorar junto a él por la ausencia de su madre.

Crónica de una noche en la ciudad

Rosa Esperanza Sánchez Gracia

A las dos de la mañana, el Jardín de San Marcos se queda vacío. Sólo yo esperaba mi Uber frente al arco amarillo. Las jacarandas no se movían, pero las bancas se escuchaban rechinar.
Entonces vi a una mujer de blanco cruzando entre los árboles. Pensé que era otra trasnochada de la feria. Llevaba un velo de novia y caminaba descalza sobre el pasto mojado. No hacía ruido.
Me volteé un segundo para ver si venía el carro. Cuando volví a mirar, ya estaba a tres metros. No tenía rostro. Donde debía estar la boca, había un hueco negro del que salía vapor frío y, al mirar sus pies, esta flotaba a escasos metros de la acera.
Corrí hacia la calle Nieto. Las luces de los puestos estaban apagadas, pero todos los columpios del jardín se movían al mismo tiempo, rechinando.
Llegué a la Exedra y me escondí. El celular marcaba «Sin servicio». Desde arriba, en el balcón del templo de la catedral, la mujer me observaba. Ahora sí tenía ojos. Y me sonreía.
Ahora entiendo por qué los veladores del jardín nunca hacen su rondín de noche.

Turno nocturno

Ximena Rodríguez

La ciudad cambia el turno diurno por el nocturno. En la madrugada, cuando se creería que no hay ni un alma en la calle, pasa todo lo contrario. De las viejas casonas se asoman mujeres de vestidos elegantes y sombreros rimbombantes. De antiguas iglesias, salen curas y monjas a dar la bendición. En algunas esquinas hay quienes le preguntan la hora a quienes pasan. A los parques llegan familias felices. En una plaza, estudiantes deambulan buscando a sus compañeros y maestros. En las ruinas del gran templo, hombres con tocados de plumas y armas de obsidiana, suenan los cuernos que antaño anunciaban el festejo para los dioses que hoy yacen enterrados. Por las calles y avenidas resuena el traqueteo de los carruajes y autos de motor primitivo. Personas van deambulando, el turno nocturno, siempre más animado que el diurno. Condenados repiten lo mismo todas las noches. Zanates, pinzones y tordos primavera abren el coro, recibiendo al astro de fuego. Gente sale de sus casas, a trabajar y estudiar, sin saberlo se cruzan todas las mañanas con quienes dejaron su plano terrenal y fueron relevados al turno nocturno.

Imprudencia suicida

Cristopher Escamilla

Se nos adelantó para no estorbarle a los demás, a nosotros, sus ahora deudos, al menos eso decía la nota.
Lo que no calculó bien fue que, al colgarse del puente peatonal, por el peso de su redondez corpórea, la soga no soportó y su humanidad cayó sobre el arroyo vehicular.
Golpeó contra un auto, que fue a parar debajo de las llantas traseras de la caja de carga que arrastraba un tráiler, que viajaba a exceso de velocidad, como si la hora pico no existiera, por una de las avenidas más pobladas de la ciudad.
El camión perdió el control, volcó y provocó la muerte repentina de al menos tres familias que viajaban en sus vehículos, de otras dos señoras que, sin deberla ni temerla, cruzaban rumbo a sus respectivas labores, y de dos menesterosos que nadie reclamó en la morgue.
Y aquí estamos con el pinche enojo, porque nos acabamos de enterar de que el seguro no cubrirá ni los desperfectos causados a ninguno de los coches.

Evocación

María Alvarado De la Rosa

Un día, mis progenitores se aventaron un volado, mi papá ganó.
Vivíamos pobres, pero felices. Era el único soltero de sus amigos, por eso, usaban nuestra casa para reunirse. Me mandaban por cervezas y cigarros. Ya borrachitos, me regalaban monedas. Iba haciendo roncha, hasta que me alcanzaba para un hot dog. Me escondía de la palomilla. Todos queríamos un hot dog del carrito, que empujaba aquel moreno que parecía de otro país. Traía puesto un sombrero de paja. Era amable, vestía como espantapájaros, overol de mezclilla, camisa de cuadritos rojos.
Hace poco, llevé a una sobrina a caminar por la colonia. De pronto sentí hambre. Ese agujero en la panza, que de niño tantas veces me asaltó. Por culpa de ese vacío, recordé a aquel vendedor que aliviaba los gritos de mis infantiles tripas. Levanté nostálgico la mirada.
Frente a mí caminaba aquel joven de los hot dogs. Estaba igualito. Lo saludé, le pregunté si era él a quien recordaba. Dijo que no. Le di mi pésame. Le platiqué mis recuerdos. Pedí uno para mi sobrina y otro para mí. Al morderlo, me vi con los zapatos rotos, las agujetas desamarradas, hambriento, pero feliz, porque, siempre fui un niño feliz.

Crónica del hombre alado

Daniela Lomartti

Gianella era apenas una chiquilla cuando vio Mexatitlán por primera vez desde uno de los corredores del nivel inferior. Hasta entonces, la ciudad había sido para ella un rumor de luces neón detrás de las ventanas de su barrio. Vio las torres elevándose sobre el lago tóxico, los puentes suspendidos, los jardines colgantes y el tráfico aéreo cruzando la neblina. También fue la primera vez que vio al hombre-pájaro. Él estaba sobre una antena, inmóvil, observando a los transeúntes. Cuando sus ojos se encontraron, Gianella reconoció su mirada. Lo recordaba de sus sueños, o de algún otro rincón perdido en su conciencia.
La criatura aparecía en azoteas, estaciones abandonadas y calles solitarias. Una tarde, la jovencita estaba decidida a hablar con él, pero un vagabundo, que era demasiado robusto, pasó entre ambos y el hombre-pájaro aprovechó la coincidencia para emprender el vuelo. Gianella lo miró surcando el cielo, quiso buscarlo, aunque su cuerpo pequeño no tenía la fortuna de poder volar, permanecía condenado al exilio de un mundo mutante. Entonces decidió regresar a casa.
Todavía recuerda aquella tarde. Lo extraño no fue encontrarlo, lo verdaderamente inquietante fue descubrir que él ya la estaba esperando.

40 grados de terror

Rosa María López Alfaro

En Madero no conoces el terror hasta que, con 40 grados a la sombra, te persigue una cucaracha voladora. La pierdes de vista y, de pronto, ¡Plaff! Te aterriza en la cabeza. La sientes caminar en el cabello con esas patitas de lija. Se te hiela la sangre, se te paraliza el corazón, la mente no halla qué hacer y sueltas un grito descomunal.
El instante se hace eterno. Intentas sacudírtela, pero te vence un miedo indescriptible. Giras la cabeza violentamente, una y otra vez, hasta que por fin te suelta y se va rebotando como pelota de ping-pong de pared en pared. Y tú te quedas ahí, temblando, sabiendo que sigue en el cuarto, al acecho de volver a volar hacia ti.

Cuestiones cívicas

Karla Barajas

Subió a la combi con sus hijos. Se sentó ocupando tres espacios. Indicó a la niña meterse en un lugar reducido. No habría problema, nos acostumbramos a ser aplastados, a entrar a la fuerza, pero se sentó en la pierna de una anciana con discapacidad.
Pensé en decirle que su hija fuera parada, es joven. Entonces, la afectada protestó:
—Bajan. Me subió a la hija en mi pierna enferma, está viendo que está gordita…
—¡Gorda tu madre, vieja pendeja! ¿Quieres ir cómoda? ¡Paga taxi!
—Chinga tu puta madre. Gorda y todavía metes a tu hija.
—Lo bueno es que mi mamá ya murió, pinchi vieja estúpida y pendeja.
Pensé: «A la madre, la agarrará a bastonazos». Se insultaron muchísimo. La mujer, apoyada en el bastón, no quería bajar.
El chofer gritó: —Ya bájese, señora —y arrancó mientras seguían insultándose a distancia.
Mi hija escuchaba.
—¿Quién tiene razón? —Le pregunté.
No sabía. Para mí, la anciana, podrían lastimarla, pero no debieron atacarse, hay mucha violencia para ofendernos entre nosotras.
Llegué a casa. Mi Vainilla pidió que la cargara. La subí a mis piernas, sentí el movimiento de sus cachorros, empujaban su piel desde adentro. Mi Vainillita me bajó el cortisol.

El quijote de los 500 pesos

Brian Montero

Septiembre.
Ciudad de México.

La lluvia caía con esa insistencia chilanga, ni torrencial ni suave, sino una cortina gris que empapaba hasta los huesos.
Su misión, aparentemente sencilla, se había convertido en una odisea personal, un relato de Kafka con toques de Cantinflas, cambiar un billete de quinientos pesos, recién salido del cajero, que ahora parecía portar una maldición invisible.
Su playera de los Stones, oscurecida por la humedad, se pegaba a su espalda mientras entraba al primer lugar, una pequeña fonda de comida corrida con aroma a mole y fritanga.
—Buenas tardes —dijo Brian, tratando de sonar casual mientras se sacudía unas gotas de los lentes— disculpe ¿Me podrían cambiar un billete de quinientos?
Doña Carmen, una mujer de unos sesenta años con una mirada que había visto pasar innumerables crisis económicas, lo escrutó de arriba abajo.
—Joven ¿A poco cree que tengo yo aquí cambio para esa lanota? ¿Qué no ve cómo está la cosa?
—Pero… Es un billete nuevo —intentó Brian, mostrando la impecable efigie de Don Beny.
—¡Ajá! Y yo soy la Reina Isabel —replicó Doña Carmen, cortando una cebolla con una velocidad sorprendente —vaya a un banco, mijito. Aquí no somos el Fondo Monetario Internacional.

Zócalo – Bellas Artes

Alberto Iván Vázquez Argüelles

Cruzo corriendo el largo pasillo del antiguo edificio del ayuntamiento, los escudos de sus muros me miran escabullirme de la lluvia, de las bancas sucias, de los vagos que también buscan escabullirse de la vida y de la gente que también se refugia del diluvio. Embriagado por la luz amarillenta que inunda el primer cuadro del centro histórico, llego a toda prisa a la calle Madero, en donde mi rostro se confunde con los miles de rostros del otro, del músico de la calle, del vendedor de elotes e, irónicamente, con el rostro de las decenas de vendedores de sombrillas que aprovechan la ocasión para extenderme sus productos. Me resguardo de tanto en tanto entre las marquesinas silenciosas que anuncian sus tiendas a gritos mientras al interior todos admiran mi innecesaria muestra de valía. Surfeo con la camisa empapada entre el breve río de autos que me acerca al metro Bellas Artes mientras un organillero tan mojado como yo musicaliza melancólico la escena, ya adentro, un mendigo me busca los ojos: —«¿Una moneda que le sobre para completar para un taco, joven? Híjole, le agarró la lluvia, ¿Verdad?»—, Susurra sin saber que he llorado durante todo el trayecto.

Romeo en Madero

Ximena Mercado Cortes

Inhalo profundamente, el olor a smog, garnachas y pipí llena mis pulmones. Las rupturas nunca son fáciles, o eso dicen. No lo he podido comprobar, pero imagino que debe sentirse como tener a Julieta frente a mí tomada de la mano de su novio metalero con una banda que toca todos los sábados en El Chopo. Dejo que se pierdan entre la muchedumbre de peces humanos. Mis labios se llenan de sal y existe un aleteo en mi pecho de satisfacción al saber que mientras me quedo paralizado a mitad de la calle Madero, no le importo a nadie. Nadie se detiene a consolarme, hay al menos tres organilleros distintos a mi alrededor y una botarga de Dora la Exploradora discutiendo con el payaso It que está en medio de comerse unos tacos de mala muerte que compró del puesto de Doña Clara a un lado de la alcantarilla. Y nadie se detiene a verme. Julieta ya ha sido tragada por la multitud sin siquiera darse cuenta de que me he quedado atrás, y el único contacto humano que tengo es un señor con unas bolsas negras enormes de contenido indistinguible que me grita: —Quítate de en medio, pendejo.

Red Glam

Georgina Tapia Mejía

Es la más solicitada en la calle 41. No importa si el día está soleado o lluvioso. Bajo el parabús, Flor cepilla sus sueños y retoca sus labios de un rojo rabioso que desde la infancia le robaba a su madre. Flor espera. Flor resiste. Flor elige ser ella. Una camioneta toca el claxon y detiene la noche, apenas mira al ocupante y su cuerpo cae sobre la banca de acero, abrazada por su color favorito.

Cambiar el mundo

Natividad Villar Martínez

El paisanaje que se presentaba ante sus ojos, bien distaba de lo conocido hasta ahora. Metales, plásticos, ladrillos, hormigón, ruidos estridentes, conversaciones entrecortadas, miradas ausentes, olores pesados, temperaturas de canícula, pasos ligeros sin rumbo, hasta soledad entre la multitud. Marcelo se sentía desubicado, arrastrado por quienes creyeron que la ciudad era la mejor opción de futuro. En un arrebato de nostalgia, sintió la imperiosa necesidad de regresar a sus orígenes, pero la falta de recursos económicos no le permitía sufragar ni un mísero billete de vuelta. Deambuló por sus calles, durmió en los parques, pasó enormes fatigas hasta que sus estudios en Bellas Artes comenzaron a hacerse notar con cuatro caricaturas y cuatro paisajes que vendía también a cuatro turistas en las calles. Hoy Marcelo ya no habita en estas ciudades, regresó a su pequeña localidad natal y desde su estudio pinta lienzos con ciudades abiertas, de colores variopintos y habitantes felices, se desconoce cómo lo hace, pero las ciudades sin su presencia cambian a su antojo, hay quien dice que es cosa de la Inteligencia Artificial. Para que luego digan, que el arte no es capaz de cambiar el mundo.

Miradas

Alicia Araoz

Llegó de su pueblo para progresar en la gran ciudad. Consiguió alojamiento en una casa tomada céntrica.
Desde la cocina del restaurante veía cómo los clientes gastaban en una cena lo que él ganaba mensualmente lavando platos. Pero también podía ver por la ventana a la jovencita que vivía enfrente y que se convirtió en alegría para sus ojos. Amor de miradas suyas, porque ella era inalcanzable, no lo veía.
Frustrado por no tener dinero para alguna diversión, aceptó la idea de un compañero de pensión para hacer pequeños hurtos en el estacionamiento del restaurante, que fueron incrementándose en ambición y peligrosidad.
Cuando lo descubrieron, simplemente lo despidieron, por lástima, pero él, humillado y enfurecido, decidió hacer un robo grande.
Hubo tiroteo y su compañero cayó.
Cuando lo detenían a él, herido en una pierna, entre la multitud curiosa, estaba ella.
—Tengo sangre en la cara —gritó (¿O suplicó?).
Y en un gesto inesperado ella sacó rápidamente un pañuelito de papel, acercándoselo.
Sus miradas se cruzaron, el muchachito entonces bajó la cabeza y empezó a llorar.
Lo subieron al patrullero.
Ella se quedó con el pañuelo en la mano y por algún pensamiento incomprensible murmuró un adiós.

Silencio

Omar Rosa

Vivo en una ciudad anárquica, muchas leyes y poca disciplina, nos creemos solidarios y maltratamos a los vecinos.
No había reparado en la contaminación sonora. Me quito las chancletas y entro descalzo al cuarto de mi hijo, le doy las pastillas, cierro con cuidado la puerta, le falta grasa a las bisagras.
El criador de palomas de al lado, tiene un silbato de policía, soltó cincuenta palomas y ya les está pitando, habla alto, combina el silbato con la voz «Yeaaa, Yeaaa».
Ahora se despertaron los del segundo piso, cuántos decibeles genera ese equipo de bulla, porque música no es.
Al fondo y al frente hay perros, le ladran hasta a una mosca. Llegó el rico del frente, pita antes de parquear y además prueba los frenos arrastrando las gomas, mi chico se pone la almohada en la cabeza ante tanta bulla.
En este instante estoy oyendo lo que habla el del fondo por teléfono y mi hijo lesionado, con su fractura de cráneo por un accidente absurdo, chocó con una carreta oscura en el medio de la calle. Nos creemos los mejores y yo ¿Cómo logro silencio para mi hijo? El médico dijo, en casa está mejor.

Metamorfosis

Néstor Rubén Giménez

Algo comenzó a crecer en el baldío. Rugieron camiones, retumbaron los hierros de la obra, levantaron paredes y todo al ritmo de músicas ajenas, chamamés y cumbias. En pocos meses alzaron una torre con cientos de ventanas que escudriñaban el barrio. Las luces del edificio se encienden al caer el sol y tiñen la noche con un brillo artificial.
La calle fue conquistada por una marea de autos y el arrastre metálico de carros de cartoneros. Ya ningún vendedor tradicional vocea, ni el botellero, ni el cestero, ni Efraín ofreciendo churros para el mate. Han talado varios árboles privándonos de sombra. Durante el verano, el asfalto parece derretirse. Perdimos el estridular de las chicharras que llamaban a los vecinos para que, como en un rito secular, sacaran sus sillas de enea a las veredas para charlar entre el bullicio de los pibes. Todo eso se esfumó sin dejar rastro.
En su lugar, las calles se poblaron de jóvenes en bicicleta que circulan con una caja en la espalda, como el exoesqueleto de un gasterópodo, mientras esquivan el tráfico.
Mi barrio, en su vertiginosa metamorfosis, me entristece y me asombra.

Melodías en el sendero

Chara Lattuf

El desplazamiento de las aguas a través del río hacía que el choque con las piedras sonara como si entrara en un túnel, sólo cerró sus ojos y dejó que su largo cabello reposara, tendida en el sendero. Ya no era sólo el crujido del torbellino sino que también se unió el canto de las aves y el soplo del viento. Extendió su brazo y movió los dedos rasgando las cuerdas de la guitarra, produciendo melodías que se unen con el entorno natural hecha tierra, aire y un fuego que viene de «Ana, La Felina Blanca».
En la hora acordada al salir la luna, en plena ciudad la tarima retumba con el eco de la guitarra eléctrica, del ritmo del bajo, batería y saxofón, así como la melodía del piano hace que explote en baile, saltos y canto de quienes asistían al concierto. Ana desciende de la tarima y al rodearse de los espectadores hace chillar las cuerdas de la guitarra y convierte el ambiente en un delirio que los envuelve.
Agradecen luego a los organizadores del concierto «Rescatemos el río» por evitar que la autopista a construir convierta en asfalto el cauce del río, apague el canto de las aves o extinga la inspiración de «Ana, La Felina Blanca».

Paseo

Natalia Restrepo Maya

Las suelas de los tenis parecían derretirse en medio del candente verano que traía al rostro ráfagas de sol mientras la calle ardía en transeúntes buscando una sombra para refugiarse. Al lado se deshacía un helado de vainilla en el pavimento, debajo de la rauda y destilante lengua del perro, lanudo de color blanco tamaño mediano, que agitado agradecía la mano torpe del bebé que permitió esta dulce tregua.

La peste

Rosaura Béjar Hernández

21 de marzo de 2021. Me desplazo por el centro histórico de la ciudad de Morelia. Camino por la avenida Madero frente a la catedral, entro con paso lento pero firme. Los aromas a madera antigua se mezclan con el olor del copal y la cera. Un rumor rompe el silencio, es una anciana que reza con devoción. Con la mirada escudriño cada rincón, me siento abandonada.
Salgo al atrio limpio, solo, quieto. Cruzo la Plaza de Armas rumbo a la calle de Valladolid, me detiene un policía con el rostro cubierto con una mascarilla. Me pregunta con voz de mando:
—¿Dónde está su cubrebocas?
Lo saco de mi bolso y se lo muestro.
—Póngaselo —ordena.
Obedezco y sigo mi camino rumbo al templo de San Francisco. La calle se encuentra desierta, los locales, abandonados. Mis pasos se detienen frente al templo, el silencio es absoluto. Hace un año que se declaró la pandemia por COVID-19, mucha gente ha muerto. ¿Cuántos más caeremos? Un escalofrío me recorre la espalda. No niego que extraño el bullicio, el ir y venir de las personas tropezando unas contra otras por las prisas. Pero hoy disfrutaré de la ciudad apreciando su colonial arquitectura.

Ritos para la lluvia

Juan Martínez Reyes

Mientras la tarde agoniza en el horizonte, el grito de un hombre desgarra el silencio en el campo. Nuevamente el incendio ha devorado las chacras y se ha llevado a otra víctima (Probablemente de otro sacrificio). Nadie sabe cómo se provocó el fuego, pero los pobladores dicen que muy pronto lloverá.

Hay lluvias que llevan varios años

Guisela López

Esa tarde arrancaba la temporada de ballet, así que me encontré con mis amigas a comer en una pequeña fonda de comida casera. La Cocina de Teo, sobre la séptima avenida, atrás del antiguo Hotel Ritz era sitio acogedor por su decoración Art Nouveau. Después de comer partimos rumbo al Teatro, nos sorprendió que la cola para comprar boletos daba varias vueltas al rededor del edificio, aun así, nos formamos. Y continuamos formadas cuando empezó a llover, ni nosotras ni nadie más, quiso abandonar su puesto en la fila. Eso si compramos unas capas de plástico para guarecernos cuando arreció el chubasco. Por suerte pronto amainó y volvió a salir el sol sobre los miles de personas que esperaban de pie por amor a la danza. Nosotras estábamos orgullosas de no haber cedido ante la lluvia, pero los empleados llegaron a avisar que se habían terminado las entradas. Así que, aun cuando logramos superar el aguacero no pudimos hacer nada contra las políticas de Estado. No pudimos ver el ballet, ni ese día ni en las siguientes presentaciones, porque el acceso a la cultura en el país, es un derecho terriblemente restringido.

La ciudad que despierta

Norma Beatriz Castillo

A las siete de la mañana, la ciudad todavía bosteza.
Los colectivos pasan dejando una estela de frío, mientras una mujer apura el paso con el café entre las manos. En la esquina, un hombre revisa los bolsillos, buscando unas monedas. Nadie parece mirarlo.
El semáforo cambia.
Durante unos segundos, todos avanzamos en la misma dirección, el estudiante, la enfermera, el anciano, el repartidor y aquella mujer que lleva una bolsa de pan como si llevara un pequeño tesoro.
La ciudad no pregunta quiénes somos. Sólo nos abre sus calles.
Pero esa mañana ocurrió algo distinto.
El hombre de las monedas encontró una billetera en la vereda. La levantó, miró alrededor y pudo haber seguido caminando.
No lo hizo.
Esperó.
Cuando apareció su dueño, un muchacho que venía corriendo desesperado, le entregó la billetera intacta.
—Gracias —dijo el joven, casi sin aliento.
El hombre sonrió.
Después volvió a su esquina.
El semáforo cambió otra vez y la ciudad continuó con su ruido.
Sólo que, por un instante, entre bocinas, pasos y apuros, alguien recordó que una ciudad también se construye con pequeños actos de humanidad.

La ciudad antes del ruido

Julio César Aguilar

A las seis de la mañana, la ciudad todavía parece una fotografía mal revelada. Las calles están húmedas y los semáforos cambian de color para nadie. Un autobús pasa casi vacío, llevando en sus ventanas el reflejo de edificios que aún duermen.
En la esquina, un hombre acomoda periódicos sobre una pequeña mesa. Los ordena con una paciencia antigua, como si cada ejemplar pudiera cambiar el destino de alguien. Cerca, una mujer espera el autobús abrazando un vaso de café. Mira el reloj, después la avenida, después el cielo.
Un perro cruza la calle sin prisa. Nadie lo llama.
A las siete, la ciudad empieza a recordar su nombre. Se levantan las cortinas de los comercios, aparecen los primeros estudiantes, las bocinas rompen el silencio y el olor del pan recién hecho sale de una puerta entreabierta. Alguien barre la banqueta, otro enciende una radio y una bicicleta solitaria atraviesa la mañana como una flecha perdida.
Entonces se comprende que la ciudad nunca duerme del todo, solamente cierra los ojos para escuchar, durante unas horas, todo aquello que sucede cuando nadie mira.

La ciudad a las ocho

Sandra Orsatti

A las ocho de la mañana, la ciudad ya está despierta, aunque nadie parece haberle preguntado si quería levantarse.
Los colectivos avanzan como animales cansados, dejando detrás una bocanada de humo y algunas palabras que se pierden entre bocinazos. En la esquina, una mujer espera el semáforo con un café de plástico entre las manos. Mira el celular, mira la calle, vuelve al celular. Quizás espera un mensaje. Quizás espera otra vida.
Un hombre corre detrás de un colectivo que acaba de cerrar sus puertas. El chofer lo ve por el espejo, pero sigue. El hombre se detiene, resignado, y acomoda la mochila sobre su hombro.
En la vereda de enfrente, un barrendero junta hojas que el viento insiste en devolverle. Trabaja en silencio. Nadie lo mira.
Entonces ocurre algo mínimo, una nena suelta la mano de su madre y se agacha para recoger una flor amarilla que creció entre dos baldosas.
La ciudad continúa.
Los motores, las bocinas, las conversaciones, los pasos apurados.
Pero durante unos segundos, la nena sostiene la flor como si hubiera encontrado un tesoro.
Y quizás, en medio de tanta prisa, eso sea exactamente lo que encontró.

Penumbras

Jeanneth Bohórquez Quevedo

Llevaba 15 años limpiando las calles, recorriendo la ciudad de noche, cuando se ataviaba de un manto oscuro. Era el turno en que fue designada y después prefirió permanecer, ya que disponía del día para atender a sus hijos. Comenzaba adentrándose en la noche, cuando la mayoría descansaba, ella recorría las calles, empujando un carrito, con un bote enorme. La ciudad adquiría otro aspecto, el ajetreo y caos vehicular eran reemplazados por las penumbras y el bullicio de la música y risas que provenían de cercanías de discotecas que abundaban en la zona.
Cediendo al cansancio, se desplomaba en una banca, mientras la gente pasaba cerca, sin mostrar atención a su presencia, parecía hacerse invisible a las miradas de los habitantes de la noche, que esperaban arrancar de ella, emociones entre ritmos de moda.
Era observadora, se le hacían conocidas algunas personas, reconocía sus risas, el sonar de tacones. Los veía ingresar entusiasmados a las discotecas y salir a veces, con andar incierto, con miradas ausentes, algunos haciendo barullo. Vio riñas, una que otra pelea, llantos y risas que se confundían. Luego, el silencio se imponía, mientras el sol nacía nuevamente y Martha recogía la última basura que quedaba.

Pequeña crónica urbana

Carlos Enrique Saldívar

Calles opresivas, atestadas de gente. Lima Sur, Norte y Centro. Lugares espasmódicos donde la tensión golpea la paciencia y lucidez de los individuos que transitan a diario por los recovecos de esta bestia con miles de tentáculos, los cuales nos observan con ojos incorporados para tendernos trampas en nuestro andar. Transporte público que provoca un tráfico arroz, como si una tubería estuviera rajada y a punto de romperse para expulsar el agua de la desesperación en todos los rincones. Hay casas y edificios que no guardan la paz anhelada, al contrario, allí se esconden secretos e historias tristes que no pueden sanar como heridas abiertas laceradas una y otra vez. En un punto de esta ciudad, volcán en erupción, alguien está hurtando un celular, una cartera. Alguien te está siguiendo para informar sobre tus pasos a sus jefes y dispararte por no pagar la extorsión solicitada. En otro sitio, un grupo de cuatro policías detienen a una mujer que ha retirado sesenta mil soles del banco y le dicen que le harán verificación de identidad, pero su umbría meta es robarle todo el dinero. Este es un día soleado en Lima. Pronto, cuando emerja El Niño, este calor será insoportable.

El Potosí

Juana María Rodríguez Arriaga

De madrugada, poco después de silenciar las alarmas, los transportes comienzan a avanzar contando los minutos al trasladar a los trabajadores de las fábricas. Cuando se asoma el sol, ignorando las campanadas de la iglesia, comienza el llanto de los niños por no quererse levantar, buscan un zapato o no quieren desayunar. Azotan las puertas cuando salen apurados, para ir al colegio olvidando su lonche. Apenas mediodía, aturden el griterío del mercado y la música a todo volumen mientras las amas de casa realizan tareas domésticas y cocinan, antes de recibir a sus hijos que regresan contando sus aventuras y alguna que otra travesura.
Por la tarde, el claxon no impide que los imprudentes quieran ganarle al semáforo. El tráfico en las principales avenidas provoca choques o discusiones. Bajo el fresco de la oscuridad, ya más relajadas algunas personas se reúnen en familia a jugar, otras sacan al perro, pasean en bicicleta o van al súper, avanzando en las filas mientras se distraen con el celular. Llegando la noche, los berrinches para dormir no se hacen esperar. Al apagarse las luces, sólo quedan los ladridos y el canto de los grillos. Los faroles encendidos alumbran mientras renace el diario bullicio.

La tercera Encava

Nereidy Velásquez

En el frescor de la madrugada, hago la cola. Me subo al tercer autobús, una Encava de las que recorren la autopista, me gusta ir junto a la ventana para respirar el verdor de la carretera, mientras la luz de los postes ilumina mi rostro adormilado.
El autobús me deja en una Caracas despierta y ruidosa. Camino por la zona de Bellas Artes mientras amanece. El señor de los cafés ya pregona su guayoyito y el puesto de arepas está a tope de gente antes de iniciar la jornada. Al pasar por la panadería Vollmer, el olor a pan recién horneado impregna la cuadra y mi estómago me recuerda que existe.
Por fin llego a mi trabajo, esa edificación que es mi segunda casa. Al entrar, el extenso patio me recibe con las ramas frondosas de un samán, le sonrío a este imponente árbol y su follaje me devuelve su aromática frescura. Mis pies se saben estas calles de memoria, cada paso está cronometrado con el tiempo y con el sol. Caracas es una ciudad que despierta de madrugada.

Las almas viejas

Janeritte Hermenegildo

La vida parecía no tener sentido, los grises de los edificios y la contaminación a lo lejos pintaban el entorno con un olor a inconsciencia humana. Sólo las almas viejas encontraban belleza en tanta opacidad.
Un día todo cambió, se pasó del gris al transparente de los dióxidos de azufre y del monóxido de carbono. Un marcado olor a azufre invadió las cercanías. Sólo las almas viejas comprendieron que esa claridad no era sana.
Ojos irritados, narices «Lloronas» por las mañanas, tos y piel seca. Se pensó que era la contaminación atmosférica, nadie habló del efecto invernadero que llevaba años acompañando a la ciudad. Sólo las almas viejas desenterraron de su memoria aquel recuerdo.
Entre tanto YouTuber y TikToker no había quién estudiara o al menos, recordara, esas cosas que le pasaban a la Tierra. Sólo las almas viejas sabían que de lo perdido poco podría recuperarse.
Otro día tembló y esos grandes e imponentes edificios cayeron, todo era caos y parecía destrucción, pero en el fondo ese miedo sembrado se convirtió en la semilla de respiro que necesitaba ese adolorido y ya yerto espacio.
Sólo las almas viejas entendían que si existen finales, también hay nuevos comienzos y no de manera necesaria tienen que ser para nosotros.

La juntada no se suspende

Silvia Bottallo

Son las 7 p. m. de un atardecer que cayó de bruces sobre las calles de Santiago, y se trajo de seguidilla, una llovizna de ésas que amenazan persistir, sumando gris a la empecinada polución típica de la capital chilena. Por eso el primer grupito se guarece bajo el techo del Metro. Estos pibes vienen de La Pintana, son los que encienden el parlante dándole la orden desde el celu. Se arriman los de Puente Alto, después los de Quilicura, y ya se armó la ronda que es una fija. Empiezan a hip-hopear de lo lindo, hacen contrapuntos, se ríen y se obsequian pequeñas ovaciones. A veces terminan alzando en andas al Flaco Zita del bajo de Mena, porque por más que hagan los de La Cisterna, que quisieran proclamar a su líder y son, justo es que se diga, una especie de leyenda, al Zita de Puente Alto… ¡Nadie le endereza la gorra!

Tráfico

Arturo Eduardo Medina Oliveros

Desde A hasta B pasan la vida de todas las hormigas estancadas.
Desde A hasta Z están todas las hormigas abarrotando el infierno de tiempo infinito. Rebalsa magma por las ventanas y puertas.

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Minificción
México.
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Primera edición: septiembre de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

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