Desprendimientos

Desprendimientos

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Era así como quería

Cristóbal Apanco

Heriberto pensaba en todas las formas en que el escritor quería matarlo, sin lugar a dudas el dolor y la crueldad lo esperaban, porque conociendo de antemano lo abyecto de ese ruin creador decidió ser el dueño, al menos, si no de su vida, sí de su muerte. Tomó la pluma y la hundió en su pecho. Cuando Rodrigo Anatema, el cuentista, llegó a su libreta y vio el bolígrafo con una mancha enormemente roja sobre la página en blanco, pensó en que era así, justo de esa manera, como quería que muriera Heriberto.

Alter ego

Sandra Luján Orsatti

La niebla volvió antes del anochecer. Ella caminó hasta la casa de las rejas, convencida de que allí terminaría la pesadilla. Sobre una mesa encontró un cuaderno abierto. No contenía recuerdos, escribía el siguiente paso de sus pies. Cada frase nacía mientras una tecla sonaba en algún lugar, detrás del viento. Al llegar a la última página leyó: «Cuando descubra que sólo es mi alter ego, levantará la vista». Lo hizo. Entre la bruma distinguió una ventana iluminada y una silueta escribiendo. Entonces comprendió el verdadero horror, la escritora también levantó la vista, aterrada, porque alguien estaba escribiéndola a ella.

Fuera del margen

Norma Beatriz Castillo

Cuando el personaje descubrió que sólo le quedaban cuarenta palabras, dejó de buscar la puerta y empezó a buscar al autor. —No me cierres todavía —dijo—. Aún puedo cambiar el final. El autor dudó. Tú acabas de leer esa duda. Si ahora imaginas que el personaje escapó, ya no pertenece al cuento, te pertenece a ti.

Final incierto

Rosaura Béjar Hernández

En la oscura calle, donde los faroles crean tétricas y alargadas sombras, una mano asesina descarga su furia sobre la indefensa humanidad de Estela. Ella, en los estertores de la muerte y con un grito ahogado, reclama al escritor, —Este no es el final que quiero, merezco otra oportunidad. Con histérica agilidad las manos borran el renglón, él tropieza y cae sobre el puñal que la víctima sostiene ya sin fuerza. Una sonrisa se dibuja en sus labios color carmín.

Capítulo inconcluso

Rosa Esperanza Sánchez Gracia

El escritor se perdió en el capítulo siete. Había inventado un bosque infinito para alargar la novela y ahora estaba dentro. Llamó a sus personajes. Nadie contestó. Cansado, se recostó bajo un roble de hojas negras, tal como lo había descrito, y cerró los ojos deseando despertar. Abrió los ojos y estaba en su cama. Su cuarto, su lámpara, su manuscrito. Rió de alivio. Tomó la pluma y escribió: «Por fin escapé». Entonces vio la tinta, negra, como las hojas. Miró por la ventana y no había nada, sólo oscuridad. Tan sólo un bosque negro. Otra vez un bosque. Entendió que nunca había salido del primer borrador. Jamás lo haría.

Y vivieron infelices para siempre

Juana María Rodríguez Arriaga

Por algún extraño suceso, la bruja se percató de que sólo era un personaje de cuento, así que usó su magia para modificar unas cuantas líneas y crear un final que la hiciera sentir invencible. Al llegar al altar, la princesa esbozó una radiante sonrisa mientras el novio la veía enamorado, todos mostraban alegría y disfrutaron de la fiesta. Pero al día siguiente, el príncipe mandó encerrar a su esposa, esclavizó al pueblo, derrochó fortuna y cada noche se escuchaba una risa tenebrosa que hacía estremecer. Aunque confundido con el extraño final, al escritor le agradó tanto que así lo publicó.

Reescrita

Nuria Hernández García

Solicitó en la librería «Versos desde la lluvia»…
—Es de Nuria Hernández García. —El librero sonrió.
—Excelente escritora. Lástima que falleciera tan pronto.
—¿Falleciera? ¡Si soy yo! —Él la miró con compasión.
—Son veinte euros.
Esa noche llamó a mi puerta.
—¡No puede matarme! ¡Yo soy la escritora!
—No. La escritora soy yo. —Se marchó gritando.
Al día siguiente volvió a la librería.
—¿Es usted la mujer de la portada? ¡Nuria Hernández García! Admiro profundamente su obra. —Ella sonrió.
—Gracias.

Las ratas y el vagabundo

Jorge Antele

El vagabundo ebrio cae al piso y ya no se puede levantar. La casona le lanza su fétido hálito y lo acalora. Los relámpagos de afuera siguen alumbrando el interior de la construcción abandonada. Aparecen más ratas, lo rodean sin emitir sonido alguno. Ahora se van acercando a él, lento. Con cada destello del exterior, se iluminan más roedores mostrándole sus diminutas fauces. Lo cubren por completo. Su destino es inminente y, entonces, recuerda que sólo tú que lees esto, puedes dejar de descifrar los caracteres y no llegar a la parte donde es devorado. Fue un festín de carne.

Mi creador

Mario Márquez Sánchez

Mi creador me había puesto en las más fantásticas historias, me había llevado por mundos inimaginables y, juntos, habíamos creado las más grandes aventuras. Pero en esta, mi última historia, mi creador había decidido acabar conmigo sin previo aviso, sin un relato digno de su mejor personaje. Sólo vi cómo escribía las palabras que daban fin a mi existencia: «El hombre tomaba el arma, la dirigía a su sien y disparaba…» El escritor dejaba de teclear su última historia, tomaba el arma, la dirigía a su sien y…

Parte de la cacería

Karla Barajas

Se mudó con su gato. Compra arroz y mixtura para aves. La mezcla con leche, aunque la bolsa advierte que no es apta para consumo humano. Come y esparce las sobras por el suelo y los tejados. Los pájaros descienden, el gato hace el resto. Con el tiempo no bastan las palomas ni los zanates. Desaparecen mascotas. Sé que perdiste a la tuya. Pegas anuncios, y esperas que alguien te la devuelva. Nadie lo hará. El muchacho aprendió que las presas grandes dejan mejores historias. Esta es una. Si cerraste este cuento para buscar a tu mascota, fue demasiado tarde.

El espejo de la pluma

Jose Luis Borches Centurion

El protagonista levantó la vista. —¿Quién escribe estas palabras? —Preguntó con voz temblorosa. El narrador dudó y la pluma cayó de mis manos. El silencio se volvió insoportable ¿Era yo quien lo inventaba o él quien me dictaba? El personaje avanzó hacia el margen de la página, tocó las letras y descubrió que ardían como brasas. —No soy ficción— murmuró— soy tu reflejo. —Entonces comprendí que cada palabra escrita era también una herida en mí y, que al cerrar el libro, quizá fuese yo quien quedara atrapado en su historia, condenado a existir entre metáforas y silencios y ecos infinitos.

El último punto

Norma Beatriz Castillo

—No me cierres todavía —dijo el personaje.
El escritor levantó la vista. Juraría que nadie más estaba en la habitación.
—Sólo me falta un punto final.
—Lo sé. Desde la primera línea supe que era un cuento. Lo que no sabía era que sería tan corto.
El escritor dudó. Borró una palabra, añadió otra, alargó una frase.
—Gracias —susurró el personaje— acabas de regalarme unos segundos más de vida.
El escritor sonrió y escribió el punto final. Pero alguien, al leer estas líneas, volvió a abrir el cuento. Y el personaje respiró otra vez.

El rebelde

Ana María Abad García

Agazapado en la página setenta y dos, aguardo impaciente al próximo lector, escondido tras la puerta de la biblioteca y provisto de una daga, confío en sorprender a mi asesino. Ya estoy harto de que sea él quien conquista a la hermosa mujer que me han dicho que aparece en el capítulo siguiente. Por una vez, yo seré el héroe. De todas formas, no me hago ilusiones, sé que en cuanto se entere el escritor, volverá a ponerme en mi lugar. Pero al menos, en esta lectura, podré enterarme de cómo acaba la novela.

La isla del tesoro

Rosalía Guerrero Jordán

El chico pasaba las páginas de mi libro sin prestar atención ¡Estaba mareándome, a mí, que he surcado los siete mares con mi pierna de madera y un ojo de menos! ¡Y no ha nacido todavía quien me haga perder el equilibrio! Por eso salté entre dos páginas y rasgué con mi sable su rostro imberbe. Cuando me vio en la mesa, con Capitán Flint al hombro, cerró el libro de golpe. Ahora estamos buscando el camino de vuelta al mar. Pero peor ha acabado él, nadie le cree cuando dice que le ha herido John Silver el Largo.

Cambio de título

Natividad Villar Martínez

Y qué decirles de esta mi condición, donde igual cambio de sitio objetos, veo acontecimientos venideros o llego a conversar con quienes se fueron. Pues bien, yo creo que esto no se lo esperaba quien me creó, de hecho la historia que se planteaba era de una saga familiar, donde la cuarta generación contaba a través de unos cuadernos de la bisabuela, toda la historia familiar, pero yo, la bisabuela comencé a darle guerra con mis incursiones después de darme muerte, y el título que tenía planteado como «Legado», lo cambió a última hora por «La casa de los espíritus».

Las instrucciones no deseadas

Néstor Rubén Giménez

En la biblioteca el lector abrió el Tomo MCCCIV. En la página final leyó: «…Y el lector cerró el libro y abrió el Tomo MCCCV». Intrigado, buscó el volumen. En él encontró unas instrucciones, debía elegir, si el protagonista enloquecía o descubría que el universo cabía en una errata. Elegir una implicaba anular la otra. Rechazó que el peso de la historia dependiera de él. Decepcionado, arrojó el tomo por el hueco de la escalera. Al impactar abajo, vio levantarse una nube de polvo y oyó el crujir de las páginas destinadas a no ser leídas por nadie.

Loreta y yo

Antonieta Arrecis

Escribía y tachaba. —¡Sal de ahí! —Garabateó sobre la exclamación y continuó la escritura. Las explosiones resonaban mientras… rayó, frustrada, toda la oración y gritó golpeando la mesa. —¿Qué haré? Llevo meses sin avanzar en la escritura. Con este nuevo libro se convertiría en saga la historia de Loreta. —De pronto todo a su alrededor desaparecía y reconoció al cursor que avanzaba eliminando toda la narración. Corrió, para no ser eliminada, sin éxito. Loreta era la autora y presionó la tecla «delete» para reescribir la narración de su personaje, Antonieta, que, ilusa, se creía escritora, poeta y cuentista.

Alma de papel

Lara Morales

Alma coleccionaba cuentos de terror. Mientras recorría una feria de libros, llamó su atención una portada: una joven yacía dentro de un ataúd. Lo compró inmediatamente. Acomodada en el sillón, leía: «Despertó dentro de un espacio estrecho. Intentó gritar, pero nadie podía escucharla desde su tumba». Alma, intrigada, quiso pasar la página, pero no podía moverse. Inexplicablemente, se encontraba dentro de un ataúd. Desesperada golpeó la tapa, ésta cedió como hoja de papel. Al salir, apareció sobre la portada del libro. La joven en el ataúd tenía su rostro. Cerré el libro. Temblorosa lo abrí nuevamente. Intenté pasar la página.

Terrible situación

Carlos Enrique Saldívar

Fui creado para ser parte de la historia de un escritor de terror y misterio. A cada instante mi «vida» se repite, tengo miedo, me persiguen, me atrapan y, al final de la novela, me despedazan. Siento mucho dolor. Vuelve a ocurrir cada vez que alguien lee el libro y demasiada gente lo hace. No puedo escapar, estoy encerrado en una cárcel de papel. No lograré ultimar a mi autor, aunque de nada serviría en tanto la obra continúe impresa. Lo peor es que no puedo cambiar mi destino ficcional, quisiera irme, pero soy prisionero, esclavo. Estoy en el infierno.

Cupido en agonía

Daniela Rosales Medina

La flecha me atraviesa el corazón y el veneno, que corre ya por mis venas, se vuelve cada vez más denso. Temo que la reina de la mente descubra mi torpeza. Gira sus ojos, me observa en mi desgracia y no se conmueve, pero sonríe ante mi suplicio. Todo es culpa suya, porque como alquimista de palabras y dueña de mi espíritu sabía que esto iba a suceder. Ella fue quien escribió esta historia, ella, como maga con su varita, entendía que entre sus manos y sus páginas tenía a este dios romano a su merced.

Fe de erratas

Maribel Sánchez Matías

Al despertar, encontraste el periódico sobre la mesa: «Mujer asesinada por su pareja». La nota llevaba tu rostro. En la habitación, él aún dormía. Regresaste al diario. La fecha, hoy. Releíste mis notas al margen y comprendiste que el final ya estaba decidido. Alcancé a escribirlo un instante antes de que abrieras los ojos. Todavía tenía posibilidad de corregirlo. Lo sabías y, sin embargo, no podías fiarte. Por eso abandonaste la página y tomaste el cuchillo.

Soy

Brian Montero

Escucho golpes acompasados, mientras más golpes, más consciente de mí soy, empiezo a tener memoria de algunas cosas, pinceladas de una vida, mi ropa, elegante y mi aspecto agradable, en mi mano un reloj con números romanos, siento el instinto de caminar por las calles, los demás no notan mi presencia, a un costado siento algo rígido, es un revólver, siento el instinto de dirigirme a un lugar, quitarle la vida a un hombre, los golpes acompasados siguen, sé a dónde ir, soy un personaje ficticio ahora lo sé, y no puedo hacer nada.

Borrón y cuenta nueva

Jessica Le Cuore

Cuando supo que él acabaría con ella, quiso suplicarle, implorarle que no la eliminara, que merecía una oportunidad de seguir existiendo. Pero le fue imposible… ¿Con cuál voz, si se le silenció para siempre al convertirse en un personaje descartado por ese despiadado escritor?

Cura para locura

Heidi Carolina Molina Duque

Después de tanta lucha ¡Por fin! Ganaba la batalla contra el molino de viento. Pero… Sancho, había perdido la vida durante el combate. ¡El victorioso Quijote retiraba la ensangrentada flecha de aquel cuerpo inerte! Cervantes notó el imperdonable error. Ahora le correspondía… «Silenciar testigos, limpiar tal desastre y conseguir una cura para la locura».

El juicio

Luis Ignacio Muñoz

Después de muertos, los escritores tenían que superar su infierno particular, que habían creado en su obra y someterse a la tiranía y odio de sus personajes; porque ahora eran quienes decidían su suerte de acuerdo al papel que les habían asignado en sus novelas y cuentos.

Leer nos puede cambiar la vida

Guisela López

Me dormí leyendo «El mago de Oz» por eso cuando me enteré que había aparecido un tornado en mi ciudad, no pude evitar preguntarme si ¿Acaso se había escapado del volumen que aún sostenía entre mis manos? Deseché la idea con la misma velocidad que apareció, pero tal vez no debí apresurarme, porque al final del noticiero apareció una joven para dar el reporte del clima en «Ciudad Esmeralda». En ese punto pensé que tal vez estaba soñando y que era necesario despertar. Pero mi tía me interrumpió, gritando que la bruja del Oeste acababa de entrar por la ventana.

La bestia

Erick Daniel Villamil Ramírez

Camino hasta la puerta, y con el arma en la mano espero. Podía escuchar los ruidos al otro lado del papel. Podía suponer lo que estaba del otro lado, la extraña criatura que se alimentó de sus amigos, sabía que la enfrentaría y que moriría, no era su historia, pero sabía que ahí estaba seguro hasta que el lector quisiera cambiar la página.

Bote de basura

María de Lourdes Pedraza Vargas

—Mátame —dijo con seguridad, justo antes de que el escritor arrugara la hoja.

Humanidad

Iván Alberto Gutiérrez

Continuaré esta masacre a menos que me otorgues el punto final.

Continuidad

Claudia Sánchez

Todo había sido cuidadosamente planeado, pero ahora dudaba. Efectivamente, los perros no ladraban y la luz encendida le indicaba que él se encontraba leyendo su novela en el sillón verde del salón principal. Pensó que aún no habría llegado al capítulo final. Estaba a tiempo. Arrojó lejos el puñal y se encaminó hacia la puerta. Lo resolverían como caballeros. Después de todo odiaba las novelas con finales violentos.

Manual para desaparecer

Julio César Aguilar

El narrador abrió esta página buscando un final, pero encontró al lector corrigiendo cada frase. Entonces decidió esconderse entre los márgenes, donde las palabras descartadas fundaban ciudades. Desde allí escribió: «Si continúas, desapareceré». El lector sonrió y siguió. La historia, obediente, comenzó a borrarse sola, excepto esta última oración, que insiste en fingir que todavía existe, mientras tú la inventas nuevamente con cada mirada, negando cualquier cierre definitivo, porque el cuento siempre escribe a quien cree leerlo, aunque nadie recuerde dónde empezó, ni quién imaginó primero este instante compartido entre ambos, silenciosamente, ahora, aquí, aún, leyendo, escribiendo, juntos, siempre. Fin.

Disputa y fuga

Luis C. Torrico

No sé si el que escribe es él o yo, a fin de cuentas ambos sabemos que los personajes de nuestra historia se irán fugando antes que ocurra el desenlace final. Pero mientras pensaba cómo convencerlos para que volvieran y podamos seguir la historia, el otro ya los daba por perdidos.

Inevitable

Astrid Perellon

Si llegaste hasta aquí, has visto tantas letras en tu vida surgiendo frente a tus ojos… Como un plan divino. Incluso cuando brotan bajo tus dedos, siguen sintiéndose más como dictados menos como creaciones. De repente, protestas y dejas de leer y escribir. Desafiando al destino. Hasta que reconoces que tu rebeldía es apenas el nudo de un cuento que no puedes detener y cuyo desenlace todos conocemos porque vamos hacia allá. Inevitablemente.

Doble crimen

Analia Romero Martín

Tras el disparo, el cuerpo del escritor se desplomó sobre el teclado. Delete hizo lo suyo y la biografía no autorizada murió sin ser contada.

La paradoja del coloso durmiente

Antonio Arjona Huelgas

Y después de tanto el coloso despertaba monstruoso y en ira con la llegada del guerrero que habría de matarlo. Mas si él no llegaba la criatura permanecía aletargada, muerta. Resucitaba tan sólo para morir de nuevo. Así, el guerrero vagabundo emprendía su viaje para resucitar a su amada cuando un jugador en un mundo distinto encendía la consola. Y aquí, un lector activaba el ciclo trazado por un escritor anónimo, al leer del jugador, el guerrero y el coloso.

Instrucciones para tener miedo

Farley Eduardo Olvera Mendez

El miedo puede surgir al ver películas de terror, tener pesadillas o escuchar ciertas leyendas. Temerás que algo de esa película se vuelva realidad, que tu pesadilla cobre vida, que una persona, o algo, de la leyenda aparezca. Cada ruido, cada objeto que el viento mueve, cada sombra que ves lo relacionarás con eso que viste, imaginaste o te contaron. Hasta que ese algo toque tu espalda y te hable ¡Voltea!

Mundos

Alicia Araoz

Mientras esperaba en la antigua casa colonial, el negrito mazamorrero vio un libro. Lo tocó y sus dedos se hundieron. Maravillado, traspasó su brazo y su cuerpo. Llegó a otra habitación cuando se abría la puerta. Una niña apareció. El pequeño mazamorrero le contó cómo llegó y la niña, agarrándole la mano, lo llevó a caminar. El negrito no veía caballos ni casas con tejas. Había mucho ruido y cuando oscurecía, decidió regresar. Se despidieron frente al libro. El negrito salió corriendo de la casa y mientras la niña miraba su libro de historia, vio al pequeño mazamorrero mirándola, sonriente.

Punto final

Nereidy Velásquez

La novia, que ya está en el altar frente al novio, intenta huir ante la pregunta: «¿Lo aceptas como esposo?». Descubre que no se puede mover. Él está inspirado; las palabras brotan sin parar. No la dejará ir. Atasca sus pies en los márgenes del papel mientras escribe el final de la historia. Ella encuentra una posible salida, otro final. Pero el lápiz es más rápido. El punto final es un abismo inevitable del que no puede escapar.

La fuga

Rosa María López Alfaro

Quiso encerrarme, pero ya estaba yo fuera del libro.

La dualidad del ser

Angela V. del Toro Mesa

No sé cuándo empecé a hablar contigo, Jekyll. Quizá fue cuando comprendí que no eras sólo un personaje del siglo XIX, sino alguien que aún respira en las letras de los escritores. En quienes te vamos leyendo. Unas veces te me acercas desde las páginas de Stevenson, otras, desde los hipertextos. Porque, aunque cambies de nombre, continúas siendo tú. Y yo, sigo siendo una lectora que intenta entenderte… Hoy, inmersa en la lectura del testamento de Mr. Hyde. Busco en ti —en tu dualidad— esas zonas oscuras que aún no me atrevo a nombrar.

Elías

Lilian Aguilar de Andreutti

Fascinante, el recorrido de Elías. Increíble, la narración de sus aventuras. Exploró con EA las tierras sumerias. Vio escribas grabando tablillas de arcilla y pintores coloreando tumbas egipcias, o murales mayas. Navegó en barcos vikingos y trirremes griegos. Compartió juegos con los hijos del Señor de Sipan y del famoso Atahualpa. Elías nunca convenció a sus oyentes, de la veracidad de sus viajes. Algunos sospecharon que era de otro tiempo, pero nadie, adicto lector.

Vivo

Edgardo Trejo

Al despertar cerré mis ojos, caí en la ficción, el tiempo se detuvo, la pesada lápida de la realidad ya no me sepulta, barcos zarpan a lejanos espacios vacíos, he vuelto a vivir.

¿Sueño?

María Alvarado De la Rosa

María se fue a la cama dispuesta a descansar. A su lado en franca paz roncaba su marido. Por la madrugada despertó. Su amado esposo, enterraba con un golpe una tabla con largos y afilados clavos en su cabeza. El dolor la hizo desmayar. Abrió los ojos. Había soñado. En ese instante su marido la golpeó con la tabla de clavos. María despertó, gritando. Su marido sobresaltado la escuchó contar sus sueños. Al término del agitado monólogo, levantó una tabla con clavos y la enterró en la cabeza de María que… Jamás volvió a despertar.

Pie

Arturo Eduardo Medina Oliveros

Profundidad del sueño. Una serpiente cubana enrollaba mi pie ¿Cómo poder pisar de nuevo la arena? La serpiente habla trabalenguas risueños. Luego la serpiente sueña que lee un poema pausado de amor ¿Mi pie envenenado? Fluye por mi sangre el veneno dulce. Una estrella roja en el cielo. Arenas rojizas. Y la serpiente arrastrando mi pie al mar. Y yo traduciendo el trabalenguas con mis pies. Y yo leyendo el poema con mis pies. En la orilla mi pie sobrevive mientras la serpiente lo sigue enrollando.

Aflicción fortuita

María Isabel Grijalva de León

Cuidar la mascota de mi nieta Nirla era un rito. Juguetona se escapó, la vi meterse en una madriguera, por agarrarla nos hundimos, llegando hasta el fondo, vi una puerta, la cruzamos… Ahí apareció una hermosa niña.
—¿Quién eres? —Pregunté.
—Alicia ¿Y tú?
—Mary ¿Alicia, la del cuento?
—Sí ¿Qué buscas?
—Mi coneja. Me la llevaré.
—Está con el Conejo Blanco, un don Juan
Alicia de pronto me dice…
— ¡Huye Mary, los erizos te harán trizas! Llegué a casa jadeando atormentada y pobre de mí… ¡Dormidita enjaulada estaba «bola blanca»!

Egoístas

Eliana Soza Martínez

La discusión se inició en la cabeza del escritor. Su protagonista no quería sacrificar su vida para crear un final de redención. Cuando el autor escribía sobre su personaje principal, éste desaparecía. Entonces decidió cambiar la historia. Esa noche tuvo una pesadilla en la que mirándose en el espejo se transformaba en su esposa. Al día siguiente, no pudo vencer a la hoja en blanco. Mientras que su mujer escribía sin parar. Ella le hizo leer su cuento con un protagonista parecido al que él rechazó, pero el final era abierto.

Empacho cuentero

Sandra Ivonne Sanabria Medina

Había un hombre que vivía de cuentos. Parte de su familia ya estaba harta y otra no podía vivir sin sus cuentos. Algunos le decían —¡Hazle al cuento! Otros le reclamaban —¡Ya me cansé de tus cuentos! —No importaba qué le dijeran. Juntaba las palabras, para seguirle haciendo al cuento. Como a ese cuentero, un día me dio una terrible indigestión. Pasé días, en el baño, intentando sacar las palabras. —¿Cómo pude olvidarlo? Mi abuela lo nombró «Empacho cuentero». Dijo que cada cierto tiempo eso pasa a los cuenteros de nuestra familia. Si ella viviera. Estaría disfrutando de mi cuento.

Relato de ciencia ficción inconcluso

Martin Hernández

«Los habitantes del planeta «Tlön» seguían en guerra en contra de los humanoides provenientes del planeta «Uqbar». El anterior líder que perdió la vida en la última batalla, dejó al frente del ejército a su única hija, la guerrera «Orbis», junto con su nave cibernética la poderosa «Tertius», la batalla…» Interrumpo la escritura de mi relato de ciencia ficción para ver mi celular, en la pantalla se repiten palabras e imágenes: «Pandemia», «Elon», «Guerra», «Drogas», «Trump», «IA», «Robots», «Colisionador de Hadrones», «Conspiraciones», «Epstein». La realidad estaba escribiendo el mejor relato de no ficción que se haya escrito.

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Primera edición: agosto de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

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