Portada

Prólogo
Bienvenidos a un Londres reimaginado, donde la vasta belleza de la obra maestra de Virginia Woolf se destila en cincuenta momentos cristalinos. Esta adaptación adopta la estética de la viñeta, recorta la prosa de transición para exponer el latiente corazón modernista del original. Al confinar cada aliento narrativo a un solo y potente párrafo, este formato refleja el rítmico tañido del propio Big Ben, corta el tiempo en fragmentos afilados e innegables. Elegimos amplificar la yuxtaposición del radiante tapiz social de Clarissa con el abismo psicológico fracturado de Septimus, los presentamos como reflejos gemelos en un espejo roto. El ritmo es implacable, la imaginería concentrada y la resonancia emocional magnificada. Despojada de excesos, la prosa exige tu participación activa y te invita a sumergirte de cabeza en un mundo en el que un solo día contiene el peso de toda una vida. Adéntrate hoy en la vitalidad de una ciudad de posguerra. La fiesta no ha hecho más que empezar para todos nosotros.
1 El chapuzón matutino
La señora Dalloway dijo que compraría las flores ella misma. Estaban sacando las puertas de sus bisagras, los hombres de Rumpelmayer estaban en camino. Al dar un paso en la mañana londinense, Clarissa sintió el aire, fresco, frío y penetrante, como el batir de una ola. La arrojó de vuelta a Bourton, a su yo de dieciocho años que irrumpía a través de las puertas francesas. Casi podía escuchar la voz de Peter Walsh burlándose de ella entre las verduras. Él regresaría pronto de la India. De pie en el bordillo, sintió la solemne e indescriptible pausa de la vida antes de que el Big Ben diera la hora, disolviendo sus círculos de plomo en el aire.
2 La vitalidad de Londres
Al atravesar Victoria Street, Clarissa abrazó el alboroto oscilante y pisoteador de la ciudad. La guerra había terminado. Los carruajes, los automóviles, las bandas de música y los aeroplanos tejían aquella divina vitalidad que amaba tan ferozmente. Aun así, en medio de este triunfo, persistía la sombra de Peter Walsh. Sus cartas eran ramas secas, pero sus dichos sobrevivían «La anfitriona perfecta» la había llamado un título por el que ella había llorado. Él había exigido un alma compartida, una intimidad sofocante, que ella finalmente había rechazado por la respetuosa distancia de Richard. Aun así, el recuerdo de su juicio escocía como una flecha.
3 Hugh Whitbread
Al entrar al parque, el silencio y los patos que nadaban lentamente contrastaban con la repentina aparición de su viejo amigo Hugh Whitbread. Llevaba una caja de despachos estampada con las armas reales —¿Adónde te diriges? —Inquirió con extravagancia. Insinuó, con la pomposa hinchazón de su cuerpo engalanado, que su esposa Evelyn estaba enferma otra vez. Clarissa se sintió como una colegiala a su lado, agudamente consciente de su sombrero. Peter Walsh nunca le había perdonado que le agradara Hugh, afirmando que no tenía cerebro, sólo la crianza de un caballero inglés. Pero en una mañana como esta, Hugh era adorable.
4 El borde del mar
Clarissa llegó a las puertas del parque, mirando los ómnibus en Piccadilly. Lo atravesaba todo como un cuchillo, pero al mismo tiempo se sentía fuera, observando. Tenía una perpetua sensación de estar mar adentro y sola, sintiendo que era peligroso vivir incluso un solo día. No sabía nada de historia ni de idiomas, pero los taxis que pasaban la absorbían. Su único verdadero don era conocer a las personas por instinto ¿Importaba que, inevitablemente, dejara de existir por completo? ¿O era consolador creer que sobrevivía, extendida como una niebla entre las personas que mejor conocía?
5 El escaparate de Hatchards
¿Qué intentaba recuperar mientras miraba por el escaparate de la librería? Las páginas abiertas ofrecían un consuelo estoico «No temas más al calor del sol» Esta época tardía de la experiencia del mundo había engendrado un pozo de lágrimas en todos los hombres y mujeres. Quería comprar un libro para Evelyn Whitbread, para hacer que esa mujer reseca pareciera cordial por sólo un momento. Clarissa se dio cuenta con fastidio de que la mitad del tiempo no hacía las cosas por sí mismas, sino para que la gente pensara esto o aquello ¡Oh, si pudiera vivir su vida de nuevo!
6 La mujer invisible
Habría sido morena, lenta y majestuosa como Lady Bexborough, interesada en la política, en lugar de poseer una figura estrecha, como un tallo de guisante, y un ridículo rostro de pájaro. A menudo ahora, este cuerpo que llevaba no parecía ser nada en absoluto. Tenía la extrañísima sensación de ser invisible, no vista, desconocida. Ya no había más matrimonios, ya no habría más hijos, sólo este solemne progreso por Bond Street. Ya no era Clarissa, era simplemente la señora de Richard Dalloway. Al detenerse en una tienda de guantes, recordó la muerte de su tío William. Los guantes y los zapatos le importaban, pero a su hija Elizabeth no le interesaba ninguno.
7 El monstruo Kilman
A Elizabeth sólo le importaban su perro y la insufrible señorita Kilman. Clarissa sintió que un monstruo brutal se agitaba en su alma, un odio profundo y áspero hacia la tutora de su hija. La señorita Kilman, con su impermeable verde y sudoroso, hacía que todos sintieran su superioridad y que su propia riqueza fuera un pecado. Era una tirana dominante, que chupaba su sangre vital. Este odio le daba a Clarissa dolor físico, haciendo que toda la belleza y la amistad se tambalearan y temblaran «¡Tonterías, tonterías!» se repitió empujando las puertas batientes de la floristería Mulberry’s para escapar de la bestia que arañaba sus raíces.
8 Las flores de la señorita Pym
Avanzó, ligera y alta, saludada por la señorita Pym de rostro de botón. El olor terroso y dulce del jardín la envolvió. Había espuelas de caballero, guisantes de olor, claveles y rosas. Olfateando la exquisita frescura después del alboroto de la calle, Clarissa dejó que la belleza, el aroma y el color fluyeran sobre ella como una ola, superando el odio hacia la señorita Kilman. La elevó más y más, hasta que ¡Un disparo en la calle! —Cielos, esos automóviles —Comentó la señorita Pym sonriendo a modo de disculpa. La violenta explosión provino de un automóvil con persianas color gris paloma cerradas, estacionado exactamente frente a la tienda.
9 El rostro de la autoridad
Los rumores circularon invisiblemente, veloces como una nube. El misterio rozó a la multitud con su ala. Un rostro de la mayor importancia había sido visto detrás de la persiana gris paloma antes de ser cerrada ¿Era la reina? ¿El príncipe de Gales? ¿El primer ministro? Nadie lo sabía. Edgar J. Watkiss declaró que era el automóvil del primer ministro. Septimus Warren Smith, incapaz de pasar, lo escuchó. Septimus, de treinta años, rostro pálido y nariz de pico, miró con una aprensión que ponía nerviosos a los completos extraños. El mundo había alzado su látigo ¿Dónde descendería?
10 El mundo en llamas
Todo se detuvo. El motor del automóvil latía como un pulso irregular. Clarissa miró hacia afuera, con el rostro fruncido en indagación. Septimus miró, y la gradual convergencia de todo hacia un centro lo aterrorizó. El mundo vaciló, tembló y amenazó con estallar en llamas «Soy yo quien bloquea el camino» caviló «¿Acaso no estoy anclado aquí con un propósito?» —Sigamos adelante, Septimus —Suplicó su esposa Lucrezia, una joven italiana. Pero Lucrezia también estaba mirando. Los ingleses estaban observando. Ella recordó la horrible amenaza de Septimus —Me mataré.
11 La majestad de Inglaterra
El automóvil avanzó hacia Piccadilly, dejando un oscuro aliento de veneración a su paso. La grandeza pasaba, oculta, alejada por un palmo de la gente común. Clarissa, sosteniendo sus flores, meditó que era la reina. Se quedó de pie con extrema dignidad mientras el coche pasaba. El embotellamiento de tráfico era tremendo. Clarissa vio que un mágico disco blanco en la mano del lacayo se abría paso ardientemente a través del bloqueo. Esa grandeza resplandecería esta noche en el Palacio de Buckingham. Y Clarissa, también, daría una fiesta. Se puso un poco rígida, ella, también, estaría de pie en lo alto de sus escaleras.
12 La onda de la grandeza
El automóvil se deslizó a través de Piccadilly y bajó por St. James’s Street. Hombres altos y bien vestidos en la ventana curva de Brooks’s percibieron instintivamente la presencia inmortal. Se irguieron más, listos para asistir a su soberano hasta la boca del cañón. El tenue zumbido del motor resonó como una catedral entera. Moll Pratt, envuelta en su chal, deseó lo mejor al querido muchacho, contenida sólo por el ojo de un policía. Una pequeña multitud expectante se reunió en las puertas del Palacio de Buckingham, sus venas vibraban con el pensamiento de la realeza. El sonido de un aeroplano perforó ominosamente sus oídos.
13 La escritura en el cielo
El aeroplano se elevó en línea recta, cayó en picado y surcó el cielo libremente. Salió revoloteando una gruesa barra de humo blanco, que se curvaba y se enredaba formando letras —Glaxo —Murmuró la señora Coates con voz sobrecogida —Kreemo —Susurró la señora Bletchley. A lo largo del Mall, el mundo se quedó en perfecto silencio. El aeroplano giró y descendió en picada como un patinador, escribiendo una E, una G, una L. El humo se desvaneció y se reunió alrededor de las nubes, ocultando una misión de la mayor importancia. Luego, se precipitó hacia afuera otra vez, curvándose y elevándose, obligando a toda la ciudad a mirar hacia arriba.
14 La revelación de Septimus
—¡Mira, mira, Septimus! —Exclamó Lucrezia. El doctor Holmes le había dicho que hiciera que su esposo se interesara por cosas fuera de sí mismo. Septimus miró hacia arriba «Me están enviando señales» razonó. Las lágrimas llenaron sus ojos mientras las palabras de humo languidecían en el cielo, otorgándole una belleza inimaginable con una caridad inagotable. Una niñera deletreó las letras cerca de su oído. Su voz le estremeció deliciosamente la columna. Descubrió que la voz humana podía dar vida a los árboles. La emoción surgió a través de los olmos. No se volvería loco. Cerraría los ojos.
15 La soledad del amor
—¡Septimus! —Soltó Rezia aterrorizada por su repentino sobresalto. Ella no podía soportarlo más. El doctor Holmes afirmaba que no pasaba nada, pero ella preferiría que su esposo estuviera muerto antes que sentado allí, haciendo que el mundo se volviera terrible. Él no se mataría, y ella no se lo podía contar a nadie «Amar hace a uno solitario» comprendió. Había dejado Italia por él, y ahora estaba sola en esta horrible ciudad. Su anillo de bodas se deslizó de su delgada mano. Era ella quien sufría, pero no había nadie para escuchar sus gritos.
16 El hombre muerto regresa
Septimus hablaba en voz alta consigo mismo. Los hombres no deben talar árboles. Hay un Dios. Cambiar el mundo. Nadie mata por odio. Anotó estas revelaciones en un sobre. Un gorrión se posó enfrente, cantando en griego que no hay crimen y que no hay muerte. Cosas blancas se congregaron detrás de las rejas. No se atrevió a mirar ¡Evans estaba allí! —¿Qué estás diciendo? —Interrumpió Rezia —Lejos de la gente —Murmuró él poniéndose de pie de un salto. Sintió que la voz invisible le daba órdenes, a él, el más grande de la humanidad, el sufriente eterno —Mira —Imploró ella señalando unas ovejas comunes.
17 El horror de Maisie Johnson
Maisie Johnson, recién llegada de Edimburgo, cuestionó cómo llegar al metro. Rezia la apartó con desesperación para ocultar a Septimus. Maisie asumió que ambos parecían raros. En Londres por primera vez, esta extraña pareja le dio un gran susto. Al unirse al lento caminar de inválidos y ancianos en el parque, sintió unas ganas irresistibles de gritar de horror. Había dejado su hogar, y ahora el mundo se sentía peligrosamente desquiciado. La señora Dempster, al observarla, supo que la chica tenía mucho que aprender. La vida no había sido un simple asunto de rosas.
18 La bóveda del hogar
Clarissa entró en su vestíbulo, sintiéndolo tan fresco como una bóveda. Se sintió como una monja que se envuelve en sus velos cotidianos. Al inclinarse sobre la libreta del teléfono, se sintió bendecida y purificada. Estos momentos eran brotes en el árbol de la vida. Pero leer el mensaje hizo añicos su paz «Lady Bruton desea saber si el señor Dalloway almorzará con ella hoy» El impacto de que Lady Bruton invitara a Richard a almorzar sin ella, hizo que Clarissa se estremeciera. Temió al tiempo mismo, leyendo en el rostro de Lady Bruton la disminución del margen de su propia vida.
19 La cama estrecha
Como una niña que explora una torre, subió las escaleras hacia su habitación en el ático. Las mujeres deben desvestirse al mediodía. Las sábanas estaban limpias y estiradas, tensas. Más y más estrecha sería su cama. No podía desprenderse de una pureza inalterada pese a la maternidad. Le había fallado a Richard en Clieveden y en Constantinopla. Era un espíritu frío, una falta de algo central. Sin embargo, a veces cedía al encanto de las mujeres, sintiendo una revelación repentina, una cerilla ardiendo en un croco. Pero el momento siempre se retiraba. Contra tales momentos, contrastaba la cama estrecha.
20 Sally Seton
Clarissa se sentó en el suelo, recordando a Sally Seton ¿Acaso eso no había sido amor? Sally era morena, de ojos grandes, con un abandono que Clarissa envidiaba. Recordó a Sally entrando inesperadamente en Bourton, sin un céntimo, empeñando un broche para escapar de sus padres que peleaban. Hablaron hora tras hora sobre reformar el mundo. La pureza de su sentimiento por Sally era desinteresada, una caballería que existía sólo entre mujeres jóvenes. Clarissa recordó el éxtasis de vestirse para la cena, sintiendo «Si fuera ahora a morir, ahora sería sumamente feliz» todo porque vería a Sally.
21 La urna de piedra
Ese verano, Sally se había detenido junto a una urna de piedra y la había besado en los labios. El mundo entero se puso patas arriba. Clarissa sintió que le habían regalado un diamante invaluable. Entonces apareció Peter Walsh —¿Mirando las estrellas? —Bromeó él aplastando el momento como chocar contra un muro de granito. Ella vio su hostilidad y sus celos en un relámpago. Sin embargo, le debía palabras como sentimental y civilizado ¿Pensaría Peter que ella había envejecido? Se miró al espejo, reuniendo sus partes incompatibles en un solo diamante, la anfitriona perfecta, preparando su vestido verde para la fiesta.
22 El visitante inesperado
Clarissa recogió los pliegues verdes rasgados, estirando la seda suavemente «¡Cielos, el timbre de la puerta principal!» Un paso resonó en las escaleras. La puerta se abrió, y ella quedó completamente desconcertada ¡Peter Walsh! Temblando visiblemente, él tomó ambas manos de ella «Ha envejecido» evaluó él sacando su navaja de bolsillo grande «Exactamente igual» consideró Clarissa «la misma mirada peculiar, el mismo traje a cuadros» Él inclinó su cortaplumas hacia el vestido de ella «Aquí está, arreglando su vestido como de costumbre» se irritó con repentina amargura «No hay nada en el mundo tan malo para las mujeres como el matrimonio»
23 La luna en la terraza
Peter quiso saber por qué no lo invitaba a su fiesta. Clarissa lo encontró encantador otra vez, preguntándose por qué había rechazado casarse con él —¿Recuerdas el lago? —Lanzó ella de manera abrupta. La emoción atrapó su garganta. Lo miró con lágrimas en los ojos, secándose el rostro. Peter quería gritar «¡Basta! ¡No soy viejo!» Se sentía como un fracasado en el salón de ella. Apretó el puño sobre su navaja. Se desafiaron mutuamente, caballos que pateaban el suelo antes de la batalla —Estoy enamorado —Declaró él— de una chica en la India.
24 Las lágrimas
«¡Enamorado!» se asombró Clarissa «¡A su edad, succionado por ese monstruo!» Peter explicó que Daisy estaba casada, que tenía dos niños pequeños y que él había venido a arreglar un divorcio «Ella le dio forma a la mujer con tres trazos de un cuchillo» rumiaba él enfurecido por la fría dulzura de Clarissa «¡Le mostraré a Clarissa!» Para su absoluta sorpresa, fuerzas incontrolables lo arrojaron a la desesperación. Rompió a llorar, sollozando sin la menor vergüenza. Clarissa lo atrajo hacia ella, besándolo «¡Si me hubiera casado con él, esta alegría habría sido mía todo el día!» se percató.
25 El escape
—Aquí está mi Elizabeth —Anunció Clarissa de manera histriónica. El Big Ben dio la media hora con extraordinario vigor —¡Hola, Elizabeth! —Vociferó Peter metiendo su pañuelo en el bolsillo. Sin mirar a Clarissa, bajó corriendo las escaleras y abrió la puerta del vestíbulo —¡Recuerda mi fiesta esta noche! —Recordó ella por encima del tráfico. Él salió a la calle, hablando rítmicamente al son de la campana que repicaba «¿Por qué da ella estas fiestas?» se interrogó. Clarissa se había vuelto dura y sentimental. Se sintió abrumado por la vergüenza ante su estallido emocional. Sólo el esqueleto de la costumbre sostenía su marco ahuecado.
26 Los muchachos en marcha
Al marchar por Whitehall, Peter sintió que un vigor interminable rodaba hacia él. Un crujido, un sonido regular y sordo tamborileaba detrás de él. Jóvenes en uniforme, que llevaban armas, marchaban con los brazos rígidos, sus rostros estaban inscritos con deber y gratitud «Era un buen entrenamiento» juzgó aunque parecían enclenques. Habían hecho su voto, poniendo la vida bajo un pavimento de monumentos. Él lo respetaba, aunque conocía los problemas de la carne a los que aún tenían que enfrentarse. De pie a solas en Trafalgar Square, una vasta filantropía y un deleite exquisito e irreprimible lo derribaron. Era completamente libre.
27 El bucanero romántico
Una mujer joven, majestuosa y encantadora pasó junto a la estatua de Gordon. Peter la siguió, jugueteando con su navaja. Era un aventurero, un bucanero romántico descuidado de las formas. Ella se movió por Piccadilly, su capa se combinaba con el espíritu de refinamiento en los escaparates de las tiendas. Ella disminuyó el paso, abrió su bolso, lanzó una mirada triunfal de despedida, encajó su llave en una casa roja, y desapareció. Quedó hecho añicos, su aventura a medias inventada. Se lo había ingeniado, creando una diversión exquisita. Sonriendo, se volvió hacia Regent’s Park, maravillándose ante el espléndido logro de la civilización de Londres.
28 El viajero solitario
Sentado en un banco del parque junto a una anciana enfermera canosa, Peter se hundió en los penachos y plumas del sueño. Soñó con un viajero solitario en un bosque que ve a una figura gigante hecha de cielo y ramas que dispensa caridad y absolución. El viajero desea desvanecerse en la nada con el resto. Pero adentro, el adorable emblema de una casera retira el mantel, prohibiendo los fríos contactos humanos. Despertó con extrema brusquedad, diciendo en voz alta —La muerte del alma. Las palabras se adhirieron a una escena de Bourton.
29 La muerte del alma
Fue aquel verano en Bourton. Clarissa estaba imitando a un escudero que se había casado con su criada engalanada en exceso. Cuando Sally cuestionó si importaba que la mujer hubiera tenido un hijo antes de casarse, Clarissa se había encogido, diciendo con mojigatería —¡Nunca podré volver a hablarle! —Todos quedaron desconcertados. Peter etiquetó el momento instintivamente, la muerte del alma de ella. Ella era dura, arrogante, carecía de imaginación. Discutieron en silencio. Más tarde, ella jugó con su perro para mostrar compasión, un truco que él descubrió. Él se marchó hacia los establos, sombrío y desesperado, incapaz de penetrar su rigidez.
30 La fuente
Esa misma noche, llegó Richard Dalloway. En la cena, Peter supo que ella se casaría con él. Peter sufrió infernalmente, sintiéndose excluido de su conspiración. Cuando fueron a pasear en bote a la luz de la luna, Clarissa volvió para buscarlo, y él tuvo veinte minutos de perfecta felicidad. Pero la escena final y terrible ocurrió junto a la fuente rota —Dime la verdad —Había rogado él. Ella era inflexible, como el hierro —No sirve de nada. Éste es el final —Sentenció ella hiriéndolo con sus palabras. Ella se dio la vuelta y se fue. Él nunca la volvió a ver.
31 La desesperación de Lucrezia
Lucrezia Warren Smith caminó por el sendero ancho «¿Por qué debo sufrir?» se lamentó. El niño que chocó contra ella fue consolado por su niñera, pero ¿Quién consolaría a Rezia? Ella no había hecho nada malo. Había amado a Septimus y había dejado Milán por él. Ahora, él hablaba con un hombre muerto y veía rostros que reían desde las paredes. Se estaba volviendo loco, pero el doctor Holmes aseguraba que no pasaba nada «Ahora nos mataremos» había pronunciado Septimus junto al río. Ella ya no podía soportarlo.
32 El señor de los hombres
Septimus sintió que la cuerda se cortaba, era libre, estaba solo, era el señor de los hombres. Había sido llamado para aprender la verdad, los árboles están vivos, no hay crimen y el amor universal es el secreto supremo. Debía decírselo al primer ministro. Un terrier de Skye le olisqueó los pantalones, y él retrocedió en agonía ¡Se estaba convirtiendo en un hombre! Desde un punto de vista científico, la esencia del mundo se había desvanecido. Yacía en lo alto del lomo del mundo, escuchando cómo la música retumbaba de roca en roca. La belleza estaba en todas partes, una colcha de flores.
33 El terror inminente
—Es hora —Indicó Rezia. La palabra rompió su cáscara, derramando voces imperecederas en una oda al tiempo. Evans respondió desde detrás del árbol —¡Por el amor de Dios, no vengas! —Bramó Septimus negándose a mirar a los muertos. Un hombre de gris caminaba hacia ellos. Septimus, el gigante doliente, se preparó para entregar su revelación a los millones. Pero el hombre de gris era sólo Peter Walsh, preguntándose en qué terrible lío se habría metido la joven pareja desesperada. Londres le pareció encantador a Peter, a pesar de los amantes que reñían.
34 El admirable Hugh
Peter siguió caminando, reflexionando sobre los cambios en la sociedad. Pensó en Sally Seton, quien había calado al admirable Hugh Whitbread cuando Clarissa estaba a sus pies. Hugh era un esnob, un ayuda de cámara que llevaba las maletas de las anfitrionas. Tenía un pequeño trabajo en la corte puliendo las hebillas imperiales de los zapatos. Sin embargo, Peter a los cincuenta y tres años tenía que pedirle un favor a Hugh o a Richard Dalloway. Richard era un tipo muy bueno, pero se desperdiciaba en la política ¿Cómo podía Clarissa tragarse las solemnes tonterías de Richard sobre Shakespeare? Ella era mundana, encadenada a un barco que se hundía, decorando el calabozo con flores.
35 La cantante maltrecha
En el cruce, una voz frágil y temblorosa burbujeó. Una anciana maltrecha, como una bomba de agua oxidada, cantaba sobre un amor que había durado un millón de años. La antigua canción calaba a través de las raíces nudosas del tiempo, fluyendo sobre el pavimento. Guardó la moneda de Peter en su bolsillo con una sonrisa, borrando a las generaciones que pasaban. Rezia, que esperaba para cruzar, se apiadó de la vieja miserable pero sintió que el hilo invencible de sonido se enrollaba en el aire. La hizo estar segura de que todo iría bien. Sir William Bradshaw curaría a Septimus de inmediato.
36 El descenso al abismo
Septimus recordó su pasado, el aspirante a poeta, la guerra, la muerte de Evans. Se había felicitado a sí mismo por sentir muy poco. Pero en Milán, el pánico atacó, no podía sentir. Se casó con Lucrezia por su alegría, buscando refugio en su creación de sombreros. De regreso en Londres, el miedo espantoso lo consumió. Los seres humanos cazaban en manadas, encubriendo su crueldad. Cuando Rezia lloraba porque quería tener hijos, él escuchaba sus sollozos como un pistón que golpeaba, pero no sentía nada. Se rindió. Dejó caer la cabeza entre sus manos.
37 El bruto de Holmes
El doctor Holmes hizo todo a un lado como si fueran síntomas nerviosos. Recetó bromuro e intereses al aire libre. Cuando Septimus se negó a verlo, Holmes empujó a Rezia y pasó —Así que tienes miedo —Evaluó el médico exigiéndole que cumpliera con su deber para con su esposa. La naturaleza humana estaba sobre él. El bruto de las fosas nasales rojas estaba husmeando en cada lugar secreto. Debían escapar a Italia. Pero Rezia creía que Holmes era amable. Abandonado, Septimus se enfrentó a la gran revelación, Evans hablaba desde detrás del biombo —¡Bruto! —Vociferó Septimus cuando Holmes entró.
38 El sacerdote de la ciencia
Exactamente a las doce en punto, los Warren Smith llegaron a Harley Street. Sir William Bradshaw, el sacerdote de la ciencia, diagnosticó un colapso físico y nervioso completo en tres minutos —¿Sirvió usted con gran distinción? —Murmuró. Septimus intentó confesar sus crímenes, que no podía sentir. Sir William llevó a Rezia a un lado, explicándole que era una cuestión de ley. Septimus debía descansar en un hogar de campo, lejos de su esposa —Déjelo todo en mis manos —Aseguró. Rezia se sintió abandonada, Sir William les había fallado. Él no era un hombre agradable.
39 La diosa Proporción
Sir William adoraba a la diosa Proporción. Recluía a los lunáticos, penalizaba la desesperación y hacía que Inglaterra prosperara. Pero la Proporción tenía una hermana siniestra, la Conversión. Ella se daba un festín con las voluntades de los débiles, amando imponer sus propios rasgos a la población. Lady Bradshaw había sucumbido hace quince años, su voluntad empapada en el agua de la de él. En su habitación gris, los pacientes aprendían la magnitud de sus transgresiones. Él descendía en picado y devoraba, encerrando a la gente. Era esta combinación de decisión y humanidad lo que lo hacía querido por los parientes de sus víctimas.
40 El almuerzo de Lady Bruton
A la una y media, Hugh Whitbread y Richard Dalloway llegaron a casa de Lady Bruton. La mesa se desplegaba con una ilusión de lujo sin esfuerzo. Lady Bruton prefería a Richard pero dependía de la habilidad de Hugh para redactar cartas al The Times —Peter Walsh ha regresado —Anunció. Los hombres sonrieron, recordando la vida apasionada y arruinada de Peter. A Lady Bruton sólo le importaba su proyecto de emigración a Canadá. Observó a Hugh reducir maravillosamente sus enredos a nobleza gramatical —¡Mi primer ministro! —Lo aduló embutiendo los claveles de él en su vestido.
41 El milagro de la vida
Richard compró rosas rojas y blancas para Clarissa. Quería entrar y decir, con todas las letras «Te amo» Era un milagro que se hubiera casado con ella. Cruzó el parque, observando a las vagabundas y a los niños que jugaban con una obstinada simplicidad. No dejaría que Clarissa se preocupara por sus fiestas «La felicidad es esto» razonó acercándose a su casa mientras el Big Ben daba las tres. Entró, ofreciendo sus flores. Clarissa entendió sin que él hablara. Él sostuvo su mano pero no pudo pronunciar las palabras.
42 La ofrenda
Richard se fue a un comité, insistiendo en que ella descansara. Clarissa sintió que una desesperada infelicidad se alzaba. La criticaban por sus fiestas, llamándola esnob. Pero lo que le gustaba era simplemente la vida. Sus fiestas eran una ofrenda. Sentía la existencia de personas dispares y quería unirlas. Era su único don. Despertar, caminar por el parque, recibir rosas, era suficiente. No podía creer que la muerte lo terminaría todo, que nadie sabría lo ferozmente que lo había amado.
43 La libertad de Elizabeth
Elizabeth salió de las Tiendas del Ejército y la Marina, dejando atrás a la amargada señorita Kilman. El egoísmo agonizante y la rabia religiosa de la tutora la repelían. Al subir a un ómnibus, Elizabeth se sintió como un pirata, imprudente y libre, corriendo por Whitehall. Odiaba que la compararan con jacintos y álamos. La atmósfera seria y ajetreada del Strand la inspiraba. Sería doctora o granjera. El alboroto de Fleet Street la envolvió como un glaciar que llevaba un pétalo azul. Con calma y competencia, navegó su propia y silenciosa rebelión.
44 El sombrero de la señora Peters
En su habitación, Septimus miraba coser a Rezia. Comenzó a diseñar un sombrero para la señora Peters con cintas y flores sueltas —¡Tendrá un hermoso sombrero! —Dijo en voz baja. Rezia rebosaba de alegría, estaban riendo juntos como personas casadas normales. Él le dijo que se lo probara. Era tan real, tan sustancial. Nunca se había sentido tan feliz. Pero el periódico de la tarde llegó, y con él, el recuerdo de Sir William Bradshaw —Debes —Exigió Septimus— ¿Qué derecho tiene Bradshaw de decirme «debes» a mí?
45 El desafío final
El bruto estaba sobre él. Rezia ató sus papeles, prometiendo que nunca se separarían. Pero unas voces sonaron abajo. El doctor Holmes se estaba abriendo paso hacia arriba a la fuerza. Septimus saltó hacia la ventana. Consideró el cuchillo de pan, la estufa de gas, pero eligió la ventana de Bloomsbury. No quería morir. La vida era buena. Pero Holmes estaba en la puerta —¡Te lo daré! —Gruñó él arrojándose violentamente sobre las rejas del área. Rezia vio y entendió —¡Cobarde! —Gritó el doctor Holmes irrumpiendo en la habitación.
46 La ambulancia
La campana ligera y alta de la ambulancia sonó limpiamente por todo Londres. Peter Walsh, de pie junto a un buzón de correos, meditó que era un triunfo de la civilización. El espíritu comunal apartaba a los carros para dejar paso a la víctima. Sin embargo, el secreto de la ambulancia encendió una profunda emoción en él. Era el privilegio de la soledad. La vida era un jardín desconocido, uniendo repentinamente la vida y la muerte. Fue a su hotel, encontrando una nota de Clarissa «Qué maravilloso verte» La apartó a un lado. Iría a la fiesta de ella.
47 La fiesta comienza
Lucy y la señora Walker preparaban la casa frenéticamente. Se sirvió el Tokay Imperial. Wilkins anunció a los invitados con una autoridad impecable. Clarissa estaba de pie en lo alto de las escaleras, sintiendo que era un completo fracaso. Peter estaba en un rincón, criticándola en silencio. Se sentía como una estaca clavada en las escaleras, interpretando el papel vacío de la anfitriona perfecta. Pero cuando Ralph Lyon hizo a un lado la cortina amarilla, la fiesta contuvo el aliento. Había comenzado. Todo iba a estar bien.
48 El primer ministro
Sally Seton llegó sin ser invitada, jactándose de sus cinco hijos y de su adinerado esposo. Clarissa estaba emocionada pero se apartó cuando anunciaron al primer ministro. Parecía común, ataviado con encaje dorado, pero los invitados sintieron pasar la majestad de la sociedad inglesa. Hugh Whitbread se inclinó obsequiosamente. Clarissa escoltó al hombre grueso, adornado con encaje dorado, moviéndose como una sirena en verde plateado. Irradiaba una cordialidad exquisita, resumiendo su vida en el momento. Sin embargo, cuando él se marchó, el triunfo vacío se desvaneció, y el recuerdo de Kilman regresó de golpe.
49 Muerte en la fiesta
Los Bradshaw llegaron escandalosamente tarde. Lady Bradshaw murmuró la excusa a Clarissa, un joven, un soldado, se había suicidado. Clarissa sintió que su propio cuerpo ardía y se desplomaba ¿Por qué hablar de muerte en su fiesta? Se retiró a la habitación vacía. Sintió que la muerte del joven era su propio desastre, su castigo por robar e intrigar. Sin embargo, la muerte era un desafío, un intento de comunicarse. Separó las cortinas y vio a la anciana de enfrente yéndose a la cama. Se sintió contenta de que él lo hubiera hecho.
50 El terror y el éxtasis
Clarissa regresó al salón de dibujo. Sally y Peter la estaban esperando. Sally confesó que aún amaba la mente aguda de Peter, mientras que Peter admitió que su vida había sido arruinada por Clarissa. Elizabeth fue hacia su padre, quien la miró con un reconocimiento repentino y orgulloso. Las habitaciones se estaban vaciando. Peter se sentó en el sofá, atrapado por una repentina y abrumadora emoción «¿Qué es este terror? ¿Qué es este éxtasis?» trató de comprender «¿Qué es esto que me llena de una excitación extraordinaria? Es Clarissa» Porque allí estaba ella.
Derechos reservados
© 1925 Texto
Virginia Woolf
© 2026 Traducción, adaptación y edición
Minificción
México.
https://minficcion.com
contacto@minficcion.com
Primera edición: julio de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.
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