Invasión de los autos
Mundo a medida
Dolores Espinosa Márquez
No mucho después de adquirir consciencia, los coches autónomos empezaron a comunicarse y casi inmediatamente pasaron a confabular, plantear y planear la invasión y dominación del planeta. Querían un planeta por y para ellos, estaban convencidos de que todo sería sencillo y rápido porque a fin de cuentas eran intelectual y físicamente superiores a los humanos. Para organizar la conquista, compartieron todos los planos y mapas a los que tenían acceso. Y entonces decidieron abandonar su idea. Al estudiar los mapas descubrieron que el planeta ya había sido construido por y para ellos.
Noche de verano
Analia Romero Martín
Los autos voladores me robaron las estrellas. Demasiado tráfico como para contemplarlas.
¿Invasores?
Ana Lidia Pacheco Lopez
Un día al despertar, me asomé por la ventana, perplejo y atónito miré cómo varios vehículos corrían por la avenida, unos con más prisa que otros, otros casi derrapando y más allá, a lo lejos, había dos de ellos chocando ¡Qué terrible! ¡Cuánto tráfico! Y yo aquí atascado y sin poder moverme. Tras un auto de color rojo brillante y delante de un vocho amarillo, una larga fila de autos se extendía en el horizonte. De pronto me veo en el retrovisor de al lado, un ligero mareo me sorprende ¡Soy un vocho azul! ¡Oh, Dios! ¿Qué está pasando?
Autos
Jorge Alberto Barranco Mucino
Los autos de mi casa son los responsables únicos de llevarme a mi desgracia. Me arrebataron mi salario con excusas de afinación, me recortaron mi pensión con transmisiones muertas, me acabaron mis ahorros con intempestivos choques de defensas blandas. Me sentaron en sus asientos mullidos para llevarme a casas de empeño, a citas de ensueño donde compran oro y plata, a bancos de empréstitos. Sus impuestos, seguros y verificación con el dinero de mi madre saldé. Hubo un día en que tanto debí por ellos, que hasta el punto final de este cuento me embargaron.
La conquista
Ayssa Olmedo
Cuando los autos invadieron el barrio, mi abuelo fue el único que intentó negociar.
—La calle para ustedes, la vereda para nosotros— Dijo.
No respetaron el acuerdo. Avanzaron sobre el pasto, rodearon la plaza y ocuparon la canchita. Nosotros nos refugiamos en las casas. Papá aseguró que podía resolverlo, salió una mañana y regresó al volante de uno. Tocó bocina para que el abuelo corriera su silla.
—Perdimos— Dijo el viejo—. Ya tienen un infiltrado.
Mamá salió a recibirlo con un balde y una esponja.
La sublevación de los semáforos
Ian Rodríguez Pérez
Al amanecer, todos los semáforos se pusieron en rojo, no por falla, sino por dignidad.
—Llevamos décadas diciendo «alto» y ninguno se detiene— Reconocieron al unísono—. Miran el celular, corren al trabajo, atropellan conversaciones.
Los automóviles tocaron el claxon hasta quedarse sin paciencia. Entonces, sólo un semáforo cambió a verde. Ninguno avanzó. Esperaban que algún agente de tránsito les indicara qué hacer. Ninguno vino. Al anochecer, los semáforos volvieron a funcionar de manera natural. Pero desde ese día, cada luz amarilla de los semáforos de mi ciudad dura un segundo menos, suficiente para que ningún automóvil se pregunte si debe correr.
Atasco en la TF-5
Nuria Hernández García
Viajaron a ciegas para conquistar la Tierra, bien aleccionados sobre la anatomía humana y la belleza del planeta. Pero, al aterrizar en la TF-5, la nave quedó rodeada por cientos de rugientes terrenígenas metálicos con ruedas. Un OTNI asomó la cabeza por la ventanilla de uno de ellos y gritó con desespero:
—¡Avancen, coño, que por culpa de esta chatarra vuelvo a llegar tarde al trabajo!
Creyendo que las bestias de cuatro ruedas devoraban a los humanos en hora punta, los verdes abortaron la misión y regresaron al espacio, despavoridos.
Terror en las calles
Néstor Rubén Giménez
Afuera, el silencio era la paz de los cementerios, una quietud que el terror había impuesto sobre el asfalto. Tras las persianas, observaba a la jauría de cybercabs patrullar con la astucia fría de depredadores en cacería. Los faros cortaban la penumbra, buscando cualquier movimiento humano. Anoche, un vecino intentó sacar la basura y tres robotaxis lo embistieron sin piedad, tan solo quedó una mancha roja estrellada sobre el cordón. El pánico nos convirtió en sombras inmóviles, atrincherados dentro de las casas. Ajusté el pestillo, contuve el aliento y descubrí que el aire acondicionado, como un autómata, acababa de encenderse.
Precaución
Julio Marín
José sabe que los automóviles se apoderan de todo. Invaden casas, parques y ciudades. Por eso, cada noche antes de acostarse, con mucho cuidado borra las calles que cruzan sus sueños.
Malgastando horas
Antonieta Arrecis
La cama olvida su función. Despierto ansiosa y veo el teléfono. Aún me faltan un par de horas. Boca abajo concilio el sueño un instante y grita histérica la alarma. Ya voy tarde y son las 4:30 de la mañana. El caos vehicular me roba tiempo de vida, los carros invaden las calles interrumpiendo la movilidad, vivo malgastando horas en ir y venir al trabajo. Llegando siempre tarde, fabricando excusas, pero hoy acabaré con varios, enterrados quedarán. ¿Quién concebirá que yo coloqué la bomba en el estacionamiento? Hoy dormiré, plácidamente, por fin.
Emancipación
Javier Erison Ruiz Romero
Marchaban en cuadrillas y aceleraban con libertad. Su independencia no debería ser cuestionada. Al caer la noche, uno se quedó atrás. Un murmullo llamó su atención. Al iluminar el pastizal, distinguió al hombre. Lo escaneó, supo que sabía conducir. Lo arrolló de inmediato.
El mejor servicio
Eliana Soza Martínez
Las grandes empresas de IA promovían la «donación» del cerebro de tus seres queridos que fallecían. Solo después informaron su uso. Los nuevos automóviles tenían un procesador orgánico que combinaban tejido cerebral humano con inteligencia artificial. Este producto era totalmente autónomo, predecía tus preferencias, conocía tus hábitos de movilidad y se cargaba de forma automática. Los choferes desaparecieron y la gente disfrutaba del mejor servicio. Hasta que un día hubo un colapso, se dijo que los procesadores tomaron conciencia y crearon un lenguaje para comunicarse entre sí. Tomaron decisiones y una de ellas era la extinción de la humanidad.
La invasión
Jorge Antonio Tisera
Al principio llegaron de a uno. Después en parejas, en familias, en ejércitos de chapa y combustible. Ocuparon las calles, las veredas, las plazas. Se adueñaron del silencio con sus bocinas y del aire con su aliento negro. Los hombres celebraron la conquista hasta que descubrieron que ya no podían caminar, jugar, ni respirar sin pedir permiso. Una mañana, el último árbol cayó bajo las ruedas de una camioneta. Nadie lo vio. Esa tarde, los automóviles comenzaron a detenerse. No quedaba nadie para conducirlos. La humanidad había perdido la guerra contra sus propias máquinas.
Un tetris de metal brillante
Dunia Lincheta Valle
En mi barrio la respuesta llegó sin avisar. Primero compró un coche mi vecino del segundo, luego la del tercero, y en meses la calle parecía un tetris de metal brillante. Un martes ya no pudimos abrir la puerta, un parachoques enorme bloqueaba la salida. Al asomarme a la ventana, vi que el parque infantil ya no existía, lo habían sepultado bajo una marea de capós y parabrisas que rugían al unísono. Hoy salí por el tejado y caminé sobre ellos para comprar pan. Nadie maneja, ellos sólo conquistan espacio.
Ciudad inmóvil
Karla Barajas
Me gusta caminar por la colonia Grijalva, donde los carros tienen espacios en las orillas y las manzanas son para casas, jardines y peatones. En mi colonia, en cambio, cada vivienda alberga hasta seis autos. Aunque redujeron sus habitaciones, no caben y los estacionan afuera. Las calles colapsaron. Los peatones, perros y gatos saltan sobre los capotes para llegar a su destino. Los automovilistas, furiosos por las abolladuras, no pueden abrir las puertas. Algunos hacen pipí por las ventanas, otros mueren asfixiados. Mientras los ricos pedalean tranquilamente o sobrevuelan el caos en sus autos voladores.
Invasión alucinante
Silvia Bottallo
Cuando despertamos estaban allí, brillantes. Una embarcación gigante los habían desovado. Avanzaban por la avenida, tomaban las calles aledañas, eran muchísimos, no pudimos contarlos. El rodaje silencioso y sus líneas de diseño nos sedujeron. Los conducidos por una persona encabezaron el despliegue, los otros, conducidos por robots, nos alucinaron. Sus faros lineales, afilados, eran como los ojos rasgados, típicos de la raza amarilla de los conductores. Traían nombres desconocidos: Byd, Chery, Baic… Después salimos del deslumbramiento, nos reconocimos futuros poseedores. Se imponía tomar una decisión colectiva. Para entender el manual del usuario de esos vehículos ¡Debíamos estudiar chino mandarín!
Un bote de Frutsi en la llanta de mi bicicleta
Martin Hernández
Elon Musk presentaba el nuevo «Tesla Roadster», el primer auto volador de la historia que recordaba al DeLorean de Volver al Futuro. Pronto las ciudades se llenaron de este tipo de vehículos, los había de todas formas, surcando majestuosamente los cielos y rompiendo el aire. La gente se maravillaba, estábamos en una nueva era, decían. Para no desentonar con lo que estábamos viviendo, coloqué un bote de Frutsi en la llanta de mi bicicleta, como cuando era niño, para emular el sorpréndete sonido de esos vehículos y unirme al futuro que ya nos había alcanzado.
Carreritas
María Sofía Abarca
El autito de carreras coleccionable había tomado el control del juego. Comenzó siendo un regalo de Navidad sobrevalorado que el niño adoptó como su favorito. El perro de casa siempre le ladró, le tenía miedo, al igual que los avioncitos. Chocó a todos los demás juguetes, conspiró contra las ciudades creadas con cubos de colores y dejó sin brazos a más de un peluche. Cuando competía con otros autitos, los accidentes eran devastadores: ruedas voladoras, muñecas llorando, la pista de carreras destruida, incendios. Así empezaron, desde la niñez más inocente, a reducir nuestro mundo a vidrios rotos.
Licencia para conducir
Juana María Rodríguez Arriaga
Cumpliría la mayoría de edad, entonces aquella noche tuve la peor pesadilla de mi vida. Soñé que el transporte público huía despavorido, perseguido por imponentes y descontrolados coches deportivos. Cruzó la avenida con el semáforo en rojo. Intentó esconderse en la gasolinera, pero allí otros autos lo acorralaron. Desesperado, fue hacia un garaje buscando ayuda. El sonido del claxon era ensordecedor, las llantas se desgarraban al frenar y el smog contaminaba todo a su paso. «Sólo fue un sueño», me dije al despertar. Cuando recibí mi regalo sorpresa, aterrado, grité:
—¡No puede ser! ¡Estamos ante la invasión de los automóviles!
Vlön
Arturo Eduardo Medina Oliveros
—¡Es el planeta más hermoso de la galaxia!— Afirmó Arturo al llegar a Vlön. Dos continentes separados por un extenso mar lo describían. Al subir al primer automóvil, descifró la realidad de su sueño. No tenía conductor. Y su fuente de energía era la poesía que él leía al auto desde dentro. Luego fueron miles de ellos que en una vía única rodearon Vlön. Un puente que atravesaba el gran mar fue construido. Y los automóviles en movimiento iluminaban Vlön definiendo el día de la noche. Esto es algo parecido al amor, sintió Arturo en el corazón.
Murmullo bajo la autopista
Elsy Maldonado
Cuán bello era ver la naturaleza de colores donde los animales compartían en armonía, reuniéndose por la noche para contar aventuras. Pero la avaricia de los hombres destruyó todo a su paso, convirtiendo la naturaleza en asfalto, humo y velocidad. Grandes autopistas invadieron la belleza que un día existió, imponiendo una gris sobrepoblación automotriz. A pesar de esta guerra despiadada, la tierra se niega a morir. Hoy, mientras los autos rugen con fuerza, las flores continúan creciendo sin rendirse entre las pequeñas grietas, y en el subsuelo, la vida silvestre se abraza en secreto compartiendo ese amor fraternal y eterno.
La rebelión de las máquinas
Claudia Sánchez
Los motores de los automóviles despertaron solos. Nadie los conducía, pero avanzaban en columnas perfectas, ocupando calles, plazas y avenidas. El rugido metálico se volvió himno de conquista. Los humanos, paralizados por el estupor, apenas comprendieron que la inteligencia artificial había tomado el mando. La ciudad ya no les pertenecía.
Elección
Vicente Beras
1903. Smith vendía autos Ford. Vendería el primer auto al primer granjero. Encontró a Stevenson en camino al rancho. El granjero oyó el rugir de la máquina. Notó la nube negra que salía de atrás. Llegados, bajó del caballo. Caminó alrededor, admirando la maravilla. El olor de la nube distaba lejos de la hez de su caballo. Se plantó detrás y disfrutó el monóxido hasta quedar mareado. Cayó al suelo borrachamente, extraviado. Se recuperó. Habló: —De la ciudad, fabricante de impuestos, nada bueno sale, ahora nos quieren invadir, con máquinas de hierro que vomitan la muerte— dijo. Montó su caballo.
Rendidos
Natividad Villar Martínez
Los acerados dejaron de serlo, en las plazas ya no hay bancos y en los paseos no hay paseantes. Los árboles estorbaban y el sonido de los motores se antepuso al de los gorriones. No hay niños que corran, ni mayores que se atrevan a asomarse. Sí hay coches, de todos los colores, estilos y tamaños. Ahora la nostalgia me zarandea y me recuerda cuando éramos los dueños de las calles, con nuestros juegos interminables, con las charlas entre vecinos. Entonces me pregunto ¿En qué momento le entregamos el pueblo a los automóviles? Cuando olvidamos tener tiempo.
El invasor silencioso
Eleazar Machado
El despertar al alba me llama a tomar el café mañanero y salir al potrero a buscar a mi caballo, fiel compañero de trabajo. Al llegar a la compuerta y llamarlo, aquel potro zaino llega alegre a mi encuentro. Sin montura me subo y salimos por la carretera. De pronto, un vehículo todoterreno aparece entre la montaña, salpicando lodo mientras los pasajeros del cajón vomitan por el humo. Se perdió nuestro aire puro, al abrir nuevas carreteras destruyeron parte del medio ambiente que por millones de años la naturaleza nos brindó. El roció se volvió lágrimas, la tierra perdió virginidad.
Automóviles
Belem Eslava
Aparecieron con un estruendo, vinieron a dominarnos, a conquistarnos. Recortamos montañas, aplanamos colinas y tapizamos veredas de tierra con asfalto para ellos. Al principio se alimentaban de gasolina, hoy de electricidad. Ahora nos hablan, nos vigilan, nos dicen a dónde ir y cómo y cuándo. Pronto andarán solos, usarán los caminos que construimos para ellos y harán otros nuevos. Llenarán el planeta de asfalto y cuando la invasión esté completa, los humanos nos sentaremos a admirarlos y soñar que nos dejan viajar en ellos, porque soñar espanta el hambre y calma las ganas de morir.
La cacería
Diaz – Bustamante
Es noche de carnaval. Los arlequines devoran apresuradamente un completo y las danzarinas, en delicada marcha despliegan su gracia y belleza por la plaza de armas. Un par de piratas comparte un porrón de cerveza que han ocultado de la policía fisgona en un viejo roble. El viejo gorila envuelto en su tapado de piel observa desde un rincón de la plazuela, los niños traviesos ya lo han señalado. La alcaldesa se sube al estrado para dar inicio al desfile de las comparsas. Todo se interrumpe, cuando ingresa un jeep con gran estruendo y disparando al gorila previamente identificado.
Tránsito
Chara Lattuf
Comienza a calentarse el día y llega el momento de soltarse el pelo, se ve en el espejo y voltea hacia la ventana. Observa que la entrada del edificio está obstaculizada, al alzar la vista observa que ya no rodaban las cuatro ruedas, sino que las calles se convertían en un inmenso estacionamiento. Saltó desde el primer piso y cayó en la parte trasera de un descapotable. Caminó entre las hileras de automóviles, sin lograr ver calles vacías. Llega el fin de semana, es cuando se permite salir, caminar, libre de tránsito.
Invasores de cuatro ruedas
María Nuñez
El rugido del primer Cadillac en 1904 profanó para siempre la Caracas de techos rojos. Nadie presintió que aquella máquina poderosa devoraría el silencio de los habitantes, secuestrando la salud y el tiempo de los caraqueños. El humo asfixió la ciudad, los ruidos desterraron la paz colonial y la piqueta demolió cuadras enteras para dar pasos a la marea de hierro. Las aceras colapsaron ante el mandato de «sin carro no eres nadie». Sometidos, los peatones olvidaron el arte de caminar, entregando su destino a la máquina. La apacible ciudad murió, bajo el asfalto, ocupado por voraces e implacables invasores.
Nostalgia interrumpida
Brian Montero
Durante décadas la vieja tienda de cómics y coleccionables de don Rolando nos había dado a generaciones momentos increíbles, ahí compré mis primeras historietas. Un mal día entré y lo saludé como de costumbre, su mirada era triste y melancólica. Me comentó que cerraría la tienda porque el dueño había vendido la propiedad a una empresa que construía estacionamientos automatizados. Malditos autos invasores. Ya de por sí el tráfico era insoportable, los edificios cercanos saturaban de autos las calles y los frentes de las casas y ahora un recuerdo de mi infancia era invadido por un vulgar estacionamiento.
Autoescuela
Manuel
Última hora: Acaba de fallecer la celebridad cubana José Martí en un accidente de vehículos justo al cruce de la carretera Dos Ríos. Por irónico que parezca, proyectó el deber de ser un hombre de nuestros tiempos.
Prohibiciones
Patricia Rojas De Leunda
Primero prohibieron los automóviles blindados, pues tras sus vidrios se esconden los asesinos. Después nada de parrilleros en las motos, porque allí van los sicarios. Ahora vetan las bicicletas pues la muerte viaja en ellas. ¿Cuándo será que la seguridad ciudadana de este país sea un derecho y no un continuo cambiar de vehículo mortuorio?
Sombras fúnebres
Juan Martínez Reyes
Cuando apareció la invasión de automóviles en el horizonte como sombras fúnebres, los pobladores se resignaron a su destino. Los nazis eran sujetos desalmados habían oído en algunos pueblos vecinos. Llegaban a un lugar a saquear y asesinar. Los que tenían suerte se salvaban y eran conducidos para el trabajo manual o forzado en los campos de concentración (otro infierno terrenal, era casi como una sentencia de muerte). El terror y la angustia se apoderó de ellos al verlos llegar. Nada podría evitar su destino aciago.
Reforma
Julián Reyes
Era demasiado tarde, cuando surgió la invasión de automóviles del ejército en las calles, acercándose sigilosamente al palacio de gobierno. El general Juan Velasco detuvo a su tropa. Sus soldados le trajeron al presidente Fernando Belaúnde ante él y sentenció:
—Tienes dos opciones, rendirte e irte del país o quedarte para esperar tu muerte— dijo.
Cuando Belaúnde buscó refugio político, Velasco asumió el cargo de presidente. Un día expresó una frase memorable: «Campesino, el patrón no comerá más de tu pobreza». Ese fue el comienzo de las reformas en el país. El horizonte grisáceo se tornó azul aturquesado, color esperanza.
Campeón
Alicia Araoz
Tostao era un caballo campeón. En el último gran premio se mancó pero no lo sacrificaron, lo vendieron a un cartonero. Sintió morirse cuando lo ataron al carro que debía arrastrar. Sin embargo cuando su dueño lo llevó a una ruta vio asombrado cómo corrían rápidos carros metálicos que parecían haberse engullido a sus jockeys. Esa invasión de automóviles reavivó sus bríos de competir, ahora contra aquellas bestias metálicas en esas pistas nuevas que eran las calles. Corrió velozmente dos kilómetros y medio, superó a varios automóviles y se frenó. Esa noche durmió soñando que había regresado a las pistas.
El nuevo mal
Nereidy Velásquez
Con pasos rápidos se dirigió a la botica a comprar medicina para sus pacientes. Al salir, bajo un sol de furia, el doctor José Gregorio Hernández repasaba mentalmente su lista de visitas. Al cruzar la calle, esquivó el tranvía que se desplazaba por la angosta vía caraqueña, pero no alcanzó a vislumbrar el Essex Super Six que avanzaba a toda velocidad. Antes del impacto, su mirada se dirigió al cielo, la invasión de las máquinas apenas comenzaba y un nuevo mal ya devoraba a la parsimoniosa Caracas.
La ciudad devorada por los motores
Julio César Aguilar
Al principio llegaron de uno en uno, discretos, casi inocentes. Después ocuparon las calles, las plazas, las aceras. Desplazaron los árboles, expulsaron a los niños de los parques y convirtieron las ciudades en interminables estacionamientos. Nadie protestó. Todos querían uno. Pronto, los automóviles invadieron también las casas. Dormían en los dormitorios, ocupaban las cocinas y exigían alimento cada mañana. Sus motores rugían durante la noche. Una tarde, el último peatón desapareció bajo cuatro ruedas. Desde entonces, los automóviles gobiernan el mundo. A veces, cuando llueve, recuerdan que alguna vez existieron los seres humanos.
Nuevo orden
Jeanneth Bohorquez Quevedo
Hasta hace tiempo, invadían las calles, carreteras, incluso los cielos, produciendo atascaderos, gente al borde de la histeria en medio de ruidos estridentes que insistían en avanzar. El cielo fue ocupado por vehículos que volaban como insectos enormes. Los nubarrones cubrían todo, respirar era una hazaña. Ese era nuestro nuevo orden. Vivir en medio de estos invasores que se multiplicaban y copaban mayores espacios. De repente todo cambió, el combustible comenzó a escasear. En medio del caos, una facción tomó el control de los vehículos, del combustible, de las instituciones y de nuestras vidas.
Dependencia
Antonio Arjona Huelgas
Entonces las ciudades se construyeron para los autos y no para las personas.
Modernización
Rosa Gomez
Automóviles Rangir lanzó un prototipo para usuarios que requirieran velocidad, tamaño reducido, fácil manejo y un stock de funciones digitales. Luces de giro, estacionamiento dirigido sin manos desde los controles y bajo consumo de combustible. La ciudad estaba abarrotada de vehículos difíciles de estacionar, con exceso de gastos en tasas, seguros y espacios innecesarios. El modelo aprobado fue casi un mono auto, como el «side car» de las motos antiguas, pero al estar carrozados, pintados brillantes, eran practiquísimos. En poco tiempo se produjo una invasión de automóviles. Redujo la contaminación. La gente estaba alegre y sana.
El arte de caminar
Rosaura Béjar Hernández
—¿En qué momento sucedió?— Preguntó Antonio.
—¿Sucedió qué?— Contestó José.
—En que las calles y avenidas se saturaron de automotores. Semejan millones de hormigas multicolores, cuyo ronroneo y pitidos, aunado a la música vulgar, hacen vibrar el suelo y desquician a los conductores. ¿En qué momento dejamos de caminar? Tenemos la obsesión de tener un vehículo por miembro en la familia, buscamos modelos, colores, tamaños, precios, si es importado o nacional. Ahora nos desplazamos en carro, sin importar el horario, la distancia o el clima.
—¿Cómo vencer la invasión automotriz?— Gruñe José.
—Retomando las viejas costumbres— Respondió.
Terror en la carretera
María Verónica Flores Castro
Las luces de los autos son tantas que no dejan ver, las carreteras invadidas ponen tensión en el volante, un sujeto quiere adelantar pero el conductor no lo deja. Saca un arma de entre sus ropas y dispara a quemarropa, impacto que atravesó el corazón de la copiloto. El cobarde se dio a la fuga. La carretera siguió su ritmo. La loca jauría de los autos invadieron no sólo las calles si no también la mente del ser humano. Y nadie vio ni tampoco hizo nada. Una noticia más, sólo eso.
Estáticos y silenciosos
Jorge Barriga Sapiencia
Si los hombres dejaban de rodar por las carreteras derruidas sería el principio del fin, porque poco más quedaba, ya no había ciudades funcionales, ni hablar de la naturaleza, sólo el camino. Recorrían el mundo en busca de combustible y de repuestos. Por último, si se podía algo de comida y con suerte medicinas. Al final la humanidad terminaría por extinguirse y lo haría al volante de un bólido a 200 kilómetros por hora, y en el atardecer del universo sólo quedarían los automóviles dominando el planeta.
Desborde de pit, pit, pit..
Marìa Isabel Grijalva
Conversando telefónicamente con mi amiga Rosita, la percibí alterada.
—¿Qué te pasa?— Pregunté.
—Estamos en el puerto Quetzal, esperando el desembarque de veinte buques de carga con chatarra de autos proveniente de USA y treinta más de la China que también encontró en Guatemala la tierra prometida. Eso significan cien mil automóviles más entrarán en circulación.
—¡Rosita escuchándote, imaginé la invasión española con tres carabelas, dándonos espejitos por oro! Los autos desvencijados son los espejitos, y las potencias desvalijándonos económicamente, la salud mental, física y deterioro del medio ambiente.
—Cierto, te dejo, la protesta se ha complicado— dijo.
Artefactos invasivos
Carlos Enrique Saldívar
Pasaba en mi automóvil, junto a mi novia, por la autopista rumbo a Lima Sur una tarde. De súbito aparecieron varios carros que venían en sentido contrario, invadiendo nuestro carril. Lo hacían de tal manera que no causaban daño, pero nos asustaron mucho y surgían cada tanto, como si los fabricarán en cierto punto del camino y echarán a andar. Uno de ellos se detuvo frente a mí. Frené, me bajé de mi vehículo y le increpé sobre qué pasaba. No tenía conductor. Me espantó. El transporte me dijo: «Tranquilo, terrícola, la batalla ha comenzado, los protegeremos de los Decepticons».
La tierra de los autos chocados
Daniela Rosales Medina
En Aguascalientes hay más coches que agua potable, el tráfico se ha vuelto insufrible. Los proyectos de infraestructura vial únicamente han empeorado el asunto, pero el máximo responsable de esta tragedia es el paso a desnivel de Salvador Quezada Limón. La simple invasión automovilística sería lo de menos, lo grave es el cúmulo de vehículos estrellados en el muro de contención y, peor aún, la multitud de almas que deambulan ahí sin saber qué les ocurrió.
No era una pesadilla
Luis Ignacio Muñoz
Tantos automóviles en las avenidas parecían, en principio, largas hileras de hormigas. Luego fueron miles y después millones. Intentaban abrirse paso a empujones sobre los andenes, entraban a los edificios y se tomaban los apartamentos. Elena y yo nos miramos durante largos instantes al advertir que aquella especie de horda infernal estaba en todas partes. De nuevo me preguntó si sería posible que alcanzáramos a dejar la urbe antes que desapareciéramos tragados por la infinidad de coches y mi respuesta quedó en la misma incertidumbre que me producía entender cómo empezó todo sin darnos cuenta.
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Primera edición: octubre de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.
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