Intervalos

Gluglú
Analia Romero Martín
—Niño Enrique, a comer —vociferó la empleada doméstica.
—Niño Enrique, la comida se enfría… —Reiteró.
La madre del desobediente infante resultó ser menos amable:
—Quique, si no venís ya mismo, te quedás sin jugar a la Play…
Ahora sí estaban todos para empezar a almorzar.
El primogénito del prestigioso científico se abalanzó sobre el humeante pavo y huyó con él.
Encerrado en el laboratorio, colocó el cadáver en la cápsula temporal y la programó para regresar tres días atrás.
Apenas abrió la puerta, aquel «gluglú» le confirmó que su idea había funcionado.
Ya pensaría dónde meter al pavo.
El reloj de los regresos
Julio César Aguilar
A las ocho, Elena recibió una carta escrita por ella misma. La letra era idéntica, pero la fecha pertenecía a treinta años después. Decía: «No abras la puerta».
A las ocho y cinco, alguien llamó.
Elena retrocedió. Miró el reloj, marcaba las ocho y seis.
Volvió a mirar, las siete cincuenta.
Entonces comprendió que el tiempo estaba respirando hacia atrás.
Abrió la puerta.
Frente a ella estaba su madre, muerta desde hacía veinte años, sosteniendo otra carta.
—Llegaste tarde —dijo.
Elena quiso responder, pero ya tenía cinco años y estaba jugando en el jardín.
Su madre sonrió.
—Ahora sí. Empecemos.
El último salto
Norma Beatriz Castillo
El reloj marcó las doce y ella saltó.
No hacia adelante, ni hacia atrás: saltó fuera del tiempo.
Al abrir los ojos, encontró su casa intacta, pero nadie la reconocía. En la mesa había una fotografía de su familia, todos sonreían alrededor de una mujer idéntica a ella.
—¿Quién es? —Preguntó.
Su hija, ya anciana, respondió:
—Mi madre. Desapareció hace ochenta años.
Ella miró el reloj.
Seguía marcando las doce.
Entonces comprendió: no había viajado al pasado.
Había viajado al momento exacto en que todavía podía elegir no desaparecer.
Y saltó nuevamente.
De golpe
María Gorodentseva
Uno, dos, tres… La carrera comienza.
El sauce, que agita sus ramas como banderas a cuadros, ya está cerca. Luego irás al río, aunque tus padres lo hayan prohibido. Pero ya eres grande para decidir. Las vacaciones escolares parecen eternas bajo el radiante sol.
Llegas primero, pero de repente tropiezas y caes. Seguramente mamá preguntará por el chichón en la frente…
Te das la vuelta para mirar a tus amigos, y la realidad te aplasta de golpe.
Tienes cuarenta años y el lunes trabajas. Tus padres murieron, ahora tú eres el padre. Por el camino corre tu hijito, a quien le ganaste por una diferencia absurda. Está mal, los adultos no actúan así ¿Pero acaso ya eres grande?
Relatividad espacial
Karla Barajas
Cuando mi gato cruzaba el agujero, regresaba más joven. El rastreador indicaba que viajaba a años luz de distancia.
Intrigada, amplié el hoyo. Al otro lado encontré mi casa, veinte años atrás, el mismo olor a humedad y mi sillón morado.
Primero volví sin canas. Luego sin dolores. Pensé en lucrar con aquella bendición. Llegaron clientes. Entraban viejas y salían jóvenes. Algunas no regresaban.
Una noche, el gato cruzó para siempre. Lo seguí. Al otro lado, estaba muerto sobre el sillón y junto a él, yo, anciana esperando a que el agujero se abriera a mi juventud.
Diez años
Nuria Hernández García
Regresé al barrio después de mucho tiempo. Lo recorrí a pie, calle por calle. Se agolpaban los recuerdos. Sentí un escalofrío al llegar a la iglesia. Frente a ella seguían los columpios herrumbrosos y el banco. Me senté en él para descansar. Entonces aparecieron las niñas:
—¡Ven al tobogán! —Insistieron.
Me levanté sin pensarlo y me subí con ellas. Fue entonces cuando me di cuenta: mis proporciones eran otras, volvía a llevar aquellas gafas de culo de botella y ellas seguían teniendo diez años.
La bolsa
Josefa Salinas Domínguez
Ellen corrió por la tienda gritando:
—¡Me robaron mi bolsa!
El policía no encontraba los vídeos en la computadora. El policía la miró con fastidio y le pidió que regresara a su casa.
—Aquí nadie toma nada ajeno —escupió la tipa de pestañas postizas de servicio al cliente.
Ellen caminó de vuelta llorando de rabia, sabiendo que nadie creería en su maldición de vivir un día adelantada.
Al llegar a la primera banca de la calle, vio el vacío. Faltaba la cartera, trabajo, planes se fueron, eso era el vacío.
Ellen entró a su casa, se sentó en la sala y esperó en silencio durante veinticuatro horas exactas. La bolsa en el buró, lista para salir a plaza cristal.
Al asomarse por la ventana, vio a un hombre (era el de la caja 3) correr a toda velocidad, con su bolsa en la mano hacia el pasado.
Roca del pasado
Jim Hernandez
Mi nombre es Thomas. Estoy atrapado en el pasado, junto a mi amigo, mirando una roca. Dentro de ella, fusionado, está el inventor. La camioneta no chocó: apareció incrustada en la piedra. La cabina son ahora una sola cosa. Respira, no puede moverse ni hablar. Sólo sus ojos nos miran desde la roca.
Mi otro amigo grita. Yo explico:
—Viajar al tiempo no es como ir a la esquina. El pasado no es un lugar vacío. No sabes si al llegar habrá una roca, un océano o nada. La máquina sólo calcula cuándo, no dónde. Y ahora pagamos por ello.
Recomenzar
Peña
El día de mi boda, mi memoria era frágil y escurridiza.
Mis manos se sentían como plomo, un recuerdo me impedía firmar el acta de matrimonio.
Tuve un momento de lucidez: recordé al monstruo con el que me había casado.
Inesperadamente, llegó una mujer con una cicatriz en la mejilla, idéntica a la mía. Sin titubear, sacó un arma y me voló las manos.
Esta vez me salvó.
Efecto Artemis
Nereidy Velásquez
El viaje de la misión Artemis II me dejó una secuela incurable: mi consciencia da micro saltos en el tiempo. Vivo atrapada en brincos intermitentes de tres segundos hacia el futuro. En la Tierra, veo los platos vacíos antes de probar el primer bocado. Escucho las risas de mi esposo tres segundos antes de que abra la boca. La órbita lunar fragmentó mi presente. Sigo aquí. Intento adaptarme a este mañana que me atropella y extraño la sincronía que dejé atrás en el espacio.
El precio del regreso
Wilman Martinez
Marta viajó al pasado no para advertir, sino para corregir: convencer a su padre de aceptar aquel trabajo que había rechazado, el que lo habría salvado del accidente. Lo encontró dudando frente a la carta.
—Acéptalo —susurró, fingiendo ser una desconocida.
Él la miró, extrañado, y firmó.
Marta regresó sonriente, segura de haberlo salvado. Pero su casa era otra, y un hombre mayor abrió la puerta: su padre, vivo, sin recordarla.
—¿Busca a alguien?
Ella miró la foto vieja donde él sonreía junto a una desconocida.
—Ya no —dijo y se fue.
Alzhéimer
Rosalina De La Cruz
El anciano miró el reloj colgado en la pared. En ese instante de lucidez, notó que las manecillas giraban en sentido opuesto, retrocediendo el tiempo a una velocidad sorprendente.
«Está sucediendo» dijo para sí. «Viajaré al pasado, revertiré los daños provocados por esta maldita enfermedad ladrona de memoria, que me ha desconectado silenciosamente de la realidad. Seré libre, independiente, lúcido, con todos mis recuerdos intactos. Sabré quién soy, recordaré mi nombre, cada fecha, cada dirección…».
De repente olvidó qué hacía de pie y cuál era el nombre exacto del objeto con manecillas que giraba de prisa colgado en la pared.
Último viaje
Carlos Enrique Saldívar
Usando la máquina del tiempo que crearon mis ancestros, pude realizar algunas visitas a las épocas más resaltantes de la historia de mi país. Por eso me animé en esta importante fecha a viajar al 28 de julio de 1821 para ver la proclamación de la independencia. Una vez que llegué, me mezclé con la gente y vi el estrado con ese sublime personaje e inmortales palabras. Grité de dicha: «¡Viva el Perú!». Se me notó mi acento español de España. Algo había salido mal. Me miraron feo, me atraparon y dijeron: «¡Tenemos al rey Fernando VII! ¡A la horca!».
El eco del futuro
Jared Carrillo Hidalgo
No sé cómo ocurrió, pero logré escribir este mensaje y mandarlo desde el futuro para advertirme y suplicar ayuda.
Créeme, por favor! Apenas termines de leer estas líneas, la habitación se quedará en absoluto silencio y un fuerte temblor derrumbará los cimientos de la casa. Quedarás atrapado bajo los escombros, sin luz ni salida. Ahorita tengo este maldito dispositivo cerca, temblando en la oscuridad ya por dos días, escribiendo esto para advertirte antes de que sea demasiado tarde.
Escucha el crujir de las paredes, ya empieza, corre…
La última carta del tiempo
Mercedes Salmerón Albarrán
Cada medianoche, Flavia persigue una puerta incorpórea detrás del viejo péndulo. Al cruzarla, salta dos lustros hacia adelante o hacia atrás, sin control. Un martes ve su vejez tranquila, al siguiente, se observa de niña escondiendo una carta. Descubre que el tiempo no es una vía, sino un eco.
Resuelve en cada migración dejar un recado. Años después reúne todos y descubre una frase: «Regresa al inicio».
Obedece. La puerta desaparece.
Entonces encuentra una última carta que nunca ha escrito. Dice: «Gracias por devolverme mi vida. Ahora es mi turno de vivirla». Ella comprende: ahora alguien más tomará su lugar.
La Gran Biblioteca
Astrid Perellon
Mientras escaneaban el precio a mis dos libros en caja, rescaté tres más del botadero de ofertas para estudiantes. Pagué con una tarjeta de regalo, cruzando los dedos…
—¿Deseas algo más?
—¡Ja! ¿Qué me alcance la vida para leer cada libro disponible? —Reí.
Se nubló mi vista y, frente a mí, se materializaron anaqueles hexagonales atestados de papiros en diversas lenguas. La arquitectura alejandrina me confirmó mi salto en el tiempo. En mi mano, una antorcha escupía brasas.
Comencé el cálculo angustiante.
Buen viaje
María Alvarado De la Rosa
Lo logré. A pesar de los remilgos de mamá. Ella siempre dijo que no era posible. Culminé la construcción de la máquina del tiempo, que era el sueño más grande de mi padre.
Viajé en ella para evitar su muerte.
Lo hice, lo salvé. Está conmigo. Orgulloso de su inteligente y rebelde hija.
Sólo que, en su lugar, mamá murió. No importa, tengo la máquina.
Usarla para ganar el premio mayor de la lotería, fue nuestra mejor idea.
Papá y yo, nos daremos la vida que siempre quisimos, sin que nadie nos moleste.
No lo hagas
Gerardo Hernandez
—¡No lo hagas! Soy tu yo del futuro por milésima vez. Mira la marca que nos hicimos a los diez años.
—Viajes en el tiempo, imposible.
—No tengo tiempo, escúchame…
Marie del futuro desaparece y Marie, que se había quedado, lo tomó como una alucinación por los materiales con los que continúa trabajando.
Explota el laboratorio. Marie regresa al lugar donde se encontró. Se observó entrando al lugar minutos antes. Recordó y comprendió todo.
¡Ah, era eso!
Una luz cegadora la está atrayendo hasta que su conciencia grita con todas sus fuerzas:
—¡No lo hagas!
La última oportunidad
Jorge Antonio Tisera
Cada noche, a las 23:17, Clara recibía un mensaje de un número desconocido: «Todavía te amo».
Pensó que era una broma, hasta que llegó la foto: ella, treinta años después, sentada frente a una ventana.
—¿Quién sos? —Escribió.
La respuesta tardó unos segundos:
«Soy vos. Y él está por morir».
Clara sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Entonces llegó otra fotografía.
Era su novio, joven, sonriendo.
«Decile que no se vaya enojado esta noche».
Clara corrió hasta su casa.
Lo abrazó antes de que partiera.
Treinta años después, Clara miró el teléfono y sonrió.
El mensaje decía: «Gracias por salvarme la vida».
Recuerdos del mañana
Lara Morales
Mi padre desapareció cuando yo tenía quince años. Lo buscamos por todos lados hasta darnos por vencidos. Hoy, treinta años después, recibí un paquete. Contenía un libro titulado: Memorias de un viajero. El autor era mi padre. Hablaba de lugares que no existían, de ciudades futuristas y de momentos que aún no habían ocurrido. Al final encontré una fotografía. Tenía escrita la siguiente frase: «Jamás los abandoné, estamos juntos en otro tiempo». Sorprendido, reconocí los rostros de la fotografía: era el de mi padre y el mío, pero mucho más viejos.
Orbitando a una vida de la Tierra
J UoUoU
—¿Me escuchás, Laura? —Dice él desde el espacio.
—Sí —responde su joven esposa. La nave flota lejos.
—Nuestra bebé ya camina.
Cuando termina la frase, pasaron dos años.
—Empezó la escuela —continúa ella—. Ya no hay teléfonos con cable, todo es inalámbrico.
Esa frase tarda años. Él no interrumpe, su tiempo casi no avanza.
—Ayer enterramos a tu padre. Nuestra hija se casó. Tenés una nieta.
Para ella son décadas, para él, un segundo.
—Es una época rara… —La frase se corta.
—¿Para qué? —Pregunta él.
Silencio. La llamada sigue abierta. Alguien toma el teléfono.
—¿Abuelo? ¿Sos vos?
El crononauta
Rosa Esperanza Sánchez Gracia
El crononauta nunca nació, no tenía un nombre, ni un acta, ni tumba.
Fue un error en el tiempo, una anomalía cuántica, una conciencia dispersa que intercambiaba cuerpos para poder seguir existiendo.
Primero fue un Tlatoani en Tenochtitlan que soñó el gran terremoto del 85, después fue un escriba en la biblioteca de Alejandría y presenció el incendio que la destruyó.
Finalmente fui yo, y por un momento pude recordarlo todo, mis múltiples vidas robadas, pero comprendí que lo único que podía hacer era olvidar para que alguien más me prestara su piel y su cuerpo.
Cada tanto moría recordando un futuro posible.
Ahora es tu turno, recordar de nuevo.
Aguafobia
Arturo Eduardo Medina Oliveros
Milagros padecía el mal de altura. La aguafobia la dejaba sucia, enferma y con una sed intranquila.
Peinaba y peinaba un hilo infinito que sólo ella veía. Se adentraba a pie en el salar inmenso. Ahí. Ahí en ese punto donde cualquier reloj falla en marcar el tiempo. Allí dejaría el punto final del hilo.
La aguafobia cesó temporalmente. Limpia y sana, ya saciada de sed, escuchó una noticia que le auspició felicidad secreta. Los caños de la ciudad estaban secos. La gente hacía filas con sus baldes vacíos. Soñó con una pirámide de sal que cobijaba su hilo.
Desvío
Claudia Sánchez
El auto tomó una curva que no estaba en el mapa. Al salir, la ciudad era distinta: rascacielos oxidados, pantallas apagadas, calles vacías. Frenó, confundido, y vio su propio coche estacionado, corroído, con un cadáver al volante. Se acercó y reconoció su rostro envejecido. El motor rugió solo, arrastrándolo de nuevo a la curva. Cuando volvió al presente, el camino estaba intacto. Supo entonces que había viajado en el tiempo, a su propio final: el futuro lo esperaba en cada desvío, como una advertencia que no podía esquivar.
Efecto mariposa
Rosalía Guerrero Jordán
Nunca imaginó que aquella chica tan guapa que conoció en 1984 fuera su perdición. Tan sólo cuando se besaron y él comenzó a desaparecer se dio cuenta de lo mucho que se parecía a su madre.
Baltimore, 1829
Brian Montero
El viento helado de octubre se colaba frío por la ventana de una modesta pensión. Edgar Allan Poe, consumido por la desesperación y el hambre, garabateaba líneas oscuras intentando atrapar a una inspiración escurridiza.
Un golpe suave interrumpió el silencio. Poe abrió a regañadientes. Ante él apareció una mujer de abrigo azul brillante y peinado audaz. Sus ojos verdes lo contemplaban con urgencia.
—Disculpe mi intrusión, señor Poe, mi nombre es Alana, vengo del futuro, del año 1980, en estas hojas traigo los textos que escribirá hasta su muerte en 1849.
—1849, supuse que viviría más.
Enfermedad
Francisco Javier Valencia García
Tanteó el suelo: tierra apisonada. No existe aún la Suzetrigina que apagaría su dolor de cabeza.
Está oscuro entre casas de adobe, olores fuertes, un lenguaje hecho de chasquidos. Risas.
Se encontró de frente con el zigurat, iluminado y enorme, puro.
Alguien lo toca.
—Hermano —su concordante sonríe—. Escribiste una tablilla, aquí estoy, encontré nuestra cura: su hierba sagrada.
«Pero… dicen que lo siguiente es la Atlántida».
—¡Eso es imposible! Nadie ha regresado al presente.
—Quizá avisaste tú.
Abre los ojos, una voz habla o un pájaro canta.
El aire es tan puro.
Interrumpir el ocaso del hombre
Jorge Antele
Una vez concebido el artefacto, el doctor H. G. Chronos consideró que el primer salto en el tiempo debía ser hacia el alba de la humanidad.
Se aproximó a la hermosa esposa de Adán y le dijo:
—Madre primigenia, no pruebe del fruto prohibido. Esa acción derivará en una serie de hechos lamentables que afectarán a su descendencia.
Eva no comprendió los balbuceos de ese hombre y lo ignoró. Ella mordió el fruto y una serpiente terrible mordió al doctor.
H. G. Chronos, sin éxito, falleció en el jardín del Edén.
Ruta 20
Mirta Cristina Sly
Tengo sueño. En la radio, una canción del pasado: Azul.
Luces me alertan desde el otro carril.
—Azul…
Al girar la vista, estás aquí.
—Hola.
Como si no hubieras muerto: «No existís». Ella ríe.
—¿Vamos de regreso? ¿Este es el camino a casa?
Transpiro.
Me da un pañuelo.
—Toma.
Ese gesto.
Mis pesadillas. La ruta. Azul y yo.
Íbamos a casa, ebrios. Algo se cruzó.
El golpe, la sangre, los hierros retorcidos.
Vos me diste un pañuelo que se tiñó de rojo.
—Azul —susurré.
Desapareció.
La carga es pesada.
Mi culpa lo es más.
El asiento está vacío.
—Vamos a casa.
Cazado
Juan Martínez Reyes
Cuando sentí el revólver apretando mi sien y escuché la voz de mi captor, supe que era mi fin. En un instante lo recordé todo.
Buscaba a un temible explotador de niños, a quienes utilizaba para llevar coca en la frontera. Si ellos no cumplían con el encargo los acababa de un tiro. Lo atrapé en el río, mientras intentaba escapar. Se escucharon dos disparos y un cuerpo desplomándose en el suelo.
Volví a mi realidad. Ahora su hermano deseaba vengar su muerte. Cerré los ojos. Escuché la detonación. Un cuerpo cayó pesadamente en el piso.
Trasplante de mente
Francisco Emanuel
Observo su mano. No es la mano de Ifigenia, la que parecía de juguete. La que me agarraba el dedo con una fuerza que yo no entendía. La que tanto trabajo costaba cortarle las uñas.
Era imposible que Ifigenia comprendiera su sacrificio. El procedimiento era aún muy novedoso. Pero las consecuencias eran claras.
La niña donataria me da la mano, y en el gesto veo algo de Ifigenia. Las cicatrices son visibles.
Tomo su mano, la mano de Ifigenia, y abrazo su cuerpo, el cuerpo de Ifigenia, y abrazo a esa niña desconocida, y abrazo a mi hija, Ifigenia.
Evidencias
Luis Ignacio Muñoz
Una especie de sueños lo transportaban en ciertas noches por los caminos de Babilonia al lado de esclavos hebreos. Contemplaba los muros de piedra y sentía que respiraba un aire extraño, como encerrado en un baúl gigantesco. Otras, caminaba por las calles de París de la Edad Media, entraba a sus castillos y sus pasadizos secretos donde el lodo verdoso se impregnaba en sus manos. Por eso temía dormirse cada noche y despertar atrapado para siempre en estos lugares, porque su ropa impregnada de aquel barro y los pedazos de rocas de Babilonia junto a la cama eran reales.
Mecanismo defectuoso
Gema Herráez Peñas
La primera vez que lo experimenté, ¡Guauuu! Fue impresionante. Aunque aturdido pude reconocer dónde me hallaba. Era la cocina de la casa donde vivía de niño, junto a mi madre que me hacía deliciosas tortitas con sirope de chocolate que yo devoraba con ansiedad. Desde entonces vuelvo una y otra vez al mismo escenario. No sé cómo funciona esto de los saltos en el tiempo. Lo que sí sé es que, sea como sea, el misterioso mecanismo que los regula se ha quedado atascado y que aborrezco las tortitas.
Los apostadores
Miguel Ángel Ríos Restrepo
—Apuesta todo a Muchacho —dijo el joven, ya en las taquillas.
—¿Seguro? —preguntó el viejo—. Malicioso va bien…
—Caerá nuevamente —dijo el joven, quien parecía ser el jefe—. ¡Todo, a Muchacho! —ordenó.
Hecha la apuesta, viajaron al futuro. Tal como lo predijo el viejo, Malicioso llegó más lejos. El jefe perdió muchísimo, el viejo ganó bastante, porque apostó de sus propias reservas a que Malicioso ganaría.
Para que el cielo no resulte tan tedioso, Cristo y San Pedro apuestan cuál será el destino de cada persona. Pero deben ir semanalmente al infierno, donde están las mejores oficinas de apuestas.
Vida
Jenny G Hammond
Me encontré conmigo misma jovencita. Alta me veo en zapatos de plataforma… Me acarició el cabello alborotado, ojos luminosos, boca voluptuosa, brazos, torso fino, pechos dibujados por una blusita ajustada a la cintura, y hasta el barrito en la mejilla.
Recorre con sus manos tersas las mías surcadas de arrugas, el cabello escaseado, labios delgaditos, los surcos al lado de la boca.
—¿Qué te pasó? —Me pregunta.
—¡Vida!
—¿Encontraré un amor eterno? ¿Tendré un buen empleo…? ¿Un carro?
Las palabras me salen atropelladas contándole todo…
—¡No hablo inglés!
Me mira confundida, retrocediendo a las sombras del pasado.
Mariel
Silvia Viviana Gangi
Llegué a la puerta de la Cátedra a esperar a Mariel. De pronto, el ruido del pasillo se extinguió y el tiempo se paralizó por completo. Ante mí apareció ella, envuelta en una túnica antigua y cubierta por un velo misterioso. Sin pronunciar palabra, apoyó su mano helada en mi hombro y, con un fuerte empujón, me lanzó a través de los siglos.
Tropecé sobre el suelo de piedra calurosa, justo frente al majestuoso Templo de Jerusalén. Al darme la vuelta para buscarla, Mariel ya se había desvanecido en el aire.
El ojo de la aguja
Francisco J. Vacas
Un hombre entró por el ojo de una aguja. Cuando estuvo del otro lado, un camello le acertó con su salivazo diciéndole: «No te envanezcas de tu hazaña. Yo entré primero que tú y lo único que me permiten hacer es escupirle a los demás». Un segundo hombre entró por el ojo de la misma aguja para espiar el país de Liliput. Y cuando estuvo del otro lado, le dio por pensar: «Con qué clase de pequeñeces se entretienen aquí». Y la aguja le interpeló: «Ojo, que puedo leer tus pensamientos. Sólo a los infelices toda felicidad les parece pequeña».
Cincuenta años después
César Ilzivir Salazar Escobar
De niño contemplé la caída de mi padre. Lo vi llorar en silencio recargado sobre la mesa. Huí corriendo hasta la calle, atravesé la puerta sin gritar su nombre, hasta olvidarme de la última frase del último cuento que me leyó antes de dormir.
Ahora, ante la crudeza del mundo, me reconozco en la fragilidad del retorno, cruzo de nuevo la puerta y corro a abrazar a ese hombre y a su niñez errática, inconclusa, mas no adivino su silueta, aunque lleve medio siglo allí sentado, ya sin lágrimas, como un extranjero en su propia casa.
Todo va a salir bien
Martin Hernández
El invento del científico de los «pelos parados» había funcionado: las manecillas del reloj giraban en reversa. Me encontraba en el pasado, donde mis padres se conocieron. Hablé con ellos, les dije que no se fueran a separar y a mi padre que no abandonara a mi mamá cuando enfermara. El reloj volvió a girar, regresé al presente, no cambié nada en absoluto. Desde la cama del hospital, mi mamá me pregunta por qué miro tanto mi reloj. Le digo que no se preocupe, que todo va a salir bien. Las manecillas del reloj vuelven a girar en reversa.
La señal
Silvia Bottallo
Osmar se detiene, incrédulo, alza el increíble objeto, que destella con el primer sol.
Hace dos veranos, encontró un buscador de metales en la duna. Sabía de rastreadores recorriendo las playas. Rara vez los vio alzar algo valioso. Sin embargo, Osmar pensó que ese hallazgo era una señal. Y cada tardecita, lo deslizó esperanzado. Y cada mañana, siguió la línea donde las aguas nocturnas dejan huella. Dos veranos, enteros. Sin resultados.
Mira a su alrededor la playa vacía. La sudestada desalienta a los turistas. Sólo él contra el viento frío. Abre el celular. Pregunta por la joyería más cercana.
Viajes frente al espejo
Cristóbal Apanco
La máquina del tiempo llevó a Javier a pelear con dinosaurios, incluso llegó rasguñado. Después se fue a saludar a Da Vinci, quiso saludar a Miguel Ángel pero no lo encontró. De manera relampagueante dio gracias a Descartes y aunque aún era un niño, pasó a saludar a Newton y le dijo que sería un genio. Aburrido del pasado, Javier se fue al año 3405. Descubrió que ya no había libros en papel, un holograma te narra las historias. Javier regresó del viaje feliz y sólo peinó su máquina del tiempo frente al espejo.
Rutina
Alicia Araoz
Primero, dejar a los niños en la universidad intergaláctica para sus exámenes de 1000 idiomas básicos para viajar por el universo. Luego, al llegar a su trabajo, Luis se sumergía a kilómetros bajo tierra. Dejaba la cabina del tiempo con su traje de invisibilidad dirigiéndose a la manada de mamuts. Saludándose con colegas (entre ellos podían verse), buscaban seleccionar cuáles trasladarían al megaplaneta recientemente descubierto.
Repentinamente, un mensaje le avisaba que viajara a Marte. Los chicos tendrían que teletransportarse.
Después de todo era el año 3050, las horas extras marcianas equivalían a un año de trabajo terrestre. Simple rutina.
El mensaje que lo cambió todo
Eliana Soza Martínez
Viajó en el tiempo a darle varios consejos a su yo joven. Llegó a la casa materna. Reconoció su cuarto y sus dibujos infantiles. Encontró al niño que fue llorando porque mamá le pegó por garabatear en vez de estudiar. Quiso decirle que no importaba, todo saldría bien, se convertiría en un gran pintor y viajaría por el mundo. Pero recordó lo que sentía en ese momento. Dibujó algo, escribió debajo y se lo dejó sin hablarle. Era un precioso dibujo de un perro y decía: «Siempre estaré contigo». El niño encontró la nota y sonrió. Firmaba papá.
Traslape temporal
Guisela López
Decían que había sido como un rayo, un efecto estelar que había provocado un intenso resplandor que cubrió de luz el horizonte. El fenómeno luminiscente ocupó las cadenas de noticias hasta que los noticieros empezaron a enviar imágenes de una sorprendente caravana que avanzaba por la avenida principal de la ciudad de Amberes. Los «visitantes» —vestidos a la usanza del siglo XVI— se dirigían a la Catedral de Nuestra Señora, incrédulos y confundidos ante tanta modernidad, trataban de descifrar si aquello se trataba de un sueño o de un encantamiento.
Un vuelo a la vida
Ivan Flores Calle
Nuestro alimento era procesado, los árboles y plantas ya no eran reales, ni aquí adentro ni allá afuera. Como buen loro, aprendí de los humanos, aprovechando esa cercanía para volar entre el laboratorio y el aviario. Descubrí una oportunidad para vivir diferente.
Una noche volamos sigilosamente al centro donde se alojaba aquella oportunidad. Dudé un segundo, pero al final logré fijar el tiempo y coordenadas. Tuvimos miedo, pero sabía que funcionaría. Llegó el momento, escondimos la mirada de la luz cegadora que producía la máquina.
Al abrir los ojos vimos lo que nuestro corazón clamaba: una jungla viva, totalmente viva.
Desaparecidos
Ramón Gutiérrez Villavicencio
Había documentos en desorden sobre el escritorio del Doctor Ibarra, entre ellos encontré unos apuntes que hacían referencia a un portal en forma de espejo para viajar en el tiempo. Dejé de leer, levanté la vista y un enorme espejo se ubicaba frente al escritorio, lo miré detenidamente, me propuse revisarlo cuando la policía irrumpió en el lugar obligándome a salir. Días más tarde me permitieron la entrada a la casa, el lugar no había cambiado a excepción del espejo, pues éste, al igual que el Doctor Ibarra, había desaparecido.
Línea de crédito temporal
Maribel Sánchez Matías
Mario llegaba a casa tras doce horas en la oficina. Aún cansado, encendía el dispositivo y saltaba al futuro para adelantar los pendientes del día siguiente. El artefacto le resultaba el mejor sistema de motivación porque le permitía trabajar unas cuantas horas más. Así, al despertar, tenía tiempo para un café y sentirse un poco menos miserable.
A través de los tiempos
Natividad Villar Martínez
No llego a entender los motivos por los que les creamos confusión, resistencia, incredulidad y enorme pavor. A ellos que se les va media vida buscando soluciones para alargar ésta y al final se les acaba sin apenas darse cuenta. Lo que darían por poder ser eternos como nosotros y cruzar la barrera del tiempo para sumirse en pasados y futuros. Por ello, cuando intentan invocarnos a través de algún médium, salimos pitando, no nos interesa regresar a la realidad, porque perderíamos toda libertad, así que, no nos teman, que los que están de paso son ustedes.
La delación del vórtice
Néstor Rubén Giménez
Caminó por el andén desierto con la secreta certidumbre de enmendar una falta antigua. Venía a impedir aquella decisión, sabía que el arrepentimiento era inevitable y que el tiempo, circular y sordo, exigía su tributo. Aceleró el paso cruzando la densa bruma que lo devoraba todo. La buscaba, se buscaba. Al extender la mano para retenerla, los dedos no rozaron el abrigo, sino que se hundieron en el centro de un vórtice irisado. Comprendió, con un terror sin estrépito, que el viajero y su destino no eran sino los dos espejos de una misma ilusión.
Tobogán
Rosaura Béjar Hernández
La feria se encontraba atiborrada.
La fila para el tobogán era infinita, mis primos y yo nos tomamos de la mano e ingresamos a aquel oscuro y reducido túnel, el cual respiraba un vapor caliente junto a un olor indefinido y picante. El recorrido fue breve, de pronto, una luz cegadora nos sorprendió y aquel conducto nos vomitó en medio de una pelea medieval: espada en mano, arremetimos contra los soldados del Rey Arturo.
Giros inesperados
Julián Reyes
Nadie sabía que al cruzar la niebla roja volvería al pasado. Entonces, acabé con mi futura novia para no sufrir más por su traición.
Color inconcluso
Rosa María López Alfaro
—Ante tu larga indecisión, este es el color que escogí —dijo la niña mostrándome un dibujo amarillento a punto de romperse: dos niñas con vestidos elegantes. Ella era delgada, blanca, con largas trenzas. Tendría cinco años. Me recordaba a alguien.
—Asunto concluido. Me tengo que ir —susurró nerviosa—. ¿No me recuerdas?
Desperté. Fui al baúl, saqué el dibujo que dejé inconcluso hace años. El vestido sin color ahora era rojo vibrante. A un lado, dos trenzas: las que mamá me cortó en la infancia.
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Primera edición: agosto de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.
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