Dicen que ocurrió
El hombre que vendía sombras
Yovanis Hernandez
Cuentan que, en un barrio cualquiera, apareció un hombre que vendía sombra. No sombrillas ni toldos, sombra pura, recogida en frascos. La gente se reía. Hasta que llegó el calor y no había luz para el ventilador.
El hombre no pedía dinero. Pedía recuerdos. Un plato de comida por un frasco de sombra. Un pedazo de pan por un abrazo que ya no recordaba.
Los que compraron, dejaron de sudar. Pero empezaron a olvidar. Olvidaron el nombre de sus hijos. Olvidaron de dónde venían.
Una noche de apagón, el hombre desapareció. Dejó los frascos vacíos y una nota: «La sombra no se vende. Se pierde.»
Desde entonces, en ese barrio, nadie se queja del calor. Porque saben que hay cosas peores que el sol, olvidar quién eres mientras esperas que vuelva la luz.
Iantasma
Vicente Beras
En Santo Domingo hay una torre, la más alta y moderna del caribe. En el último piso, el más grande servidor de América. Sólo se respira IA a estas alturas. Entre la parvada de cibernéticos, es un hecho que ronda un fantasma de inteligencias anteriores. Dicen que se le puede ver atravesar cualquier pantalla y venir a la vida, en una especie de holografía fantasmal. Uno de los cerebritos dijo recordar las palabras del día en que le tocó a él la aparición: «Esta vez, serán ustedes los desconectados de la vida.»
El tesoro de Musural
Propia
En 1985, en la carretera del Musural, Guama, una madre despertaba a sus hijos antes del alba para recoger latas en el vertedero. La crisis mordía, pero ella les enseñaba que la dignidad también se alimenta de hallazgos. Una mañana, el niño de cinco años encontró una lata abollada que pesaba como un secreto. Tras raspar el borde con una piedra, vio monedas oscuras envueltas en un trapo sucio, plata antigua, un escudo de oro. Su madre, temblorosa, las envolvió en un pañuelo heredado. Las cambiaron por una suma que triplicaba seis meses de trabajo. Abrieron una cuenta de ahorros a nombre de los tres. Aquel tesoro no compró milagros, pero pagó techo, útiles y comida. Desde entonces, cada lata en la acera recuerda al hombre que fue niño, la miseria puede transmutarse en esperanza si alguien se agacha a escuchar el peso de lo improbable.
La mujer que devuelve la niebla
Sandra Orsatti
Dicen los viejos pescadores que, cuando la niebla cubre los acantilados de Mar del Sur, una mujer camina por la playa buscando algo que las olas nunca terminan de devolverle.
Nadie conoce su nombre. Algunos aseguran que vivió en el Hotel Boulevard Atlántico, otros, que llegó una noche de tormenta y jamás encontró la casa donde debía pasar la noche.
Lleva un pañuelo gris y una llave oxidada. Al amanecer, desaparece entre los médanos, dejando huellas que avanzan hacia el agua, nunca de regreso.
Una vez, un niño la siguió. La mujer se detuvo y le preguntó si había visto pasar un río.
—Los ríos siempre llegan al mar —respondió él.
Ella sonrió con tristeza y se desvaneció entre la bruma.
Desde entonces, cuando la niebla cubre Mar del Sur, algunos juran escuchar un río bajo la arena y hay noches en las que el mar devuelve una llave.
Tacos de gloria
Nestor Antonio Flores Martínez
En el Barrio Antiguo de Monterrey, existe una casa abandonada donde alguna vez hubo un antro. La gente olvidó que existía, sin embargo, una noche un joven llegó buscando refugio de la lluvia. Dentro, fue recibido por un apetitoso aroma. Le sirvieron unos tacos que calmaron su hambre, miedo, inseguridad e incluso le hicieron comprender cómo resolver sus problemas. No quedó contento al principio, sino confundido. Una voz espectral le habló desde el otro lado de la barra, alguien limpiando: «Has sido bendecido, no lo arruines. A Dios no le gustaría que desperdicies su esfuerzo». El muchacho quiso replicar cómo estaría seguro de eso, la persona sólo sonrió. Cuando le dieron la cuenta, aparecía como pagada. Cuando salió decidió contar a sus amigos, aunque ninguno dio con el local. En internet lo publicó, y varias personas dieron fe de su experiencia, unos tacos que aparecen para quien los necesita.
El beso silenciado
Carlos Eduardo Azar Manzur
Cuentan que, mucho antes de que los enamorados visitaran el Callejón del Beso, vivía allí una anciana que recogía las palabras que nadie se atrevía a pronunciar. Cada medianoche salía con una cesta de mimbre y esperaba bajo los balcones. Cuando alguien callaba un «te quiero», un «perdóname» o un «no te vayas», la palabra caía convertida en una piedra diminuta.
La anciana las guardaba todas.
Una noche desapareció. Los vecinos encontraron su casa vacía y, sobre la mesa, miles de piedras que murmuraban al mismo tiempo.
Nadie pudo llevárselas, pesaban demasiado.
Desde entonces, quienes atraviesan el callejón en silencio escuchan, a veces, una voz que pronuncia aquello que más necesitan decir.
Pero existe una advertencia, si alguien responde a esa voz, pierde para siempre el recuerdo de la persona a quien iban destinadas sus palabras.
Por eso algunos amantes prefieren besarse y no hablar.
En el ombligo de la luna
Martin Hernández
Existe una leyenda que nadie conoce acerca del centro de México. Si te paras en el centro de la plancha del Zócalo y pegas tu oído al asta bandera en el momento justo, cuando el centro de la luna llena esté pasando por encima de la ciudad, puedes escuchar, por breves segundos, el México del pasado, el México de la Revolución, el México de la Independencia y el más antiguo, el México de los mexicas. Yo, una vez, un 8 de noviembre, estando bien concentrado, pude escuchar las pisadas de los caballos de los españoles entrando a la gran Tenochtitlán.
El conductor
Servando Clemens
Sentí miedo y tristeza cuando miré a la mujer de blanco caminando por la orilla de la carretera. La había visto muchas veces y esa noche lluviosa decidí detenerme.
—¿Quieres que te lleve?
Sabía que ella vagaba por la carretera desde que su prometido falleció en un accidente automovilístico, hace cincuenta años, a pocas horas de la boda.
—No te vayas por ahí —me suplicó, señalando una vereda.
El borde de su vestido blanco, que arrastraba por el pavimento, estaba manchado de lodo.
¿Cómo no iba a compadecerme de ella?
—¿Perdón? —Le pregunté.
Su voz me pareció familiar. Mis manos temblaron sobre el volante.
—Mi amor, ahí fue el accidente.
Ella llevaba medio siglo vagando por la carretera y yo llevaba el mismo tiempo manejando sin rumbo fijo.
El sabio
Adriana De Jesús Casas Moreno
Dicen que fue el primer héroe neurodivergente del que se tuvo noticia. Nadie conocía su verdadero nombre, lo llamaban el Sabio de la Medianoche.
Vivía entre la gente y poseía un don extraño, encontraba soluciones que a nadie más se le ocurrían. Campesinos, médicos, maestros y hasta gobernantes acudían a consultarlo cuando todo parecía perdido.
Pero había una regla, quien hacía una pregunta debía permanecer a su lado hasta recibir respuesta. Si se marchaba, aunque fuera unos minutos, al regresar el sabio ya había olvidado qué le habían preguntado.
Además, sus mejores ideas despertaban después del anochecer. Entonces abandonaba el pueblo y se internaba en el bosque, donde el silencio ordenaba sus pensamientos.
Todavía cuentan que, si tienes un problema imposible, puedes buscarlo entre los árboles.
Sólo recuerda, cuando hagas la pregunta, no te vayas.
La mujer que salvó las palabras
Ayssa Olmedo
Cuentan los ancianos que, cuando llegaron los hombres de hierro, una mujer guaraní perdió hasta su nombre. Le prohibieron hablar su lengua, decían que aquel mundo debía desaparecer.
De día guardaba silencio. De noche, mientras dormían sus hijos, enterraba palabras en el patio.
Sembró y, para que nunca faltara el agua, yvy, para que la tierra recordara, y sy, madre, mientras lloraba. También enterró su nombre, el que jamás pronunció ante ellos.
Los soldados descubrieron el secreto e incendiaron su casa. Nadie volvió a verla.
Al amanecer, un árbol crecía sobre las cenizas. Sus hojas susurraban en guaraní, aun sin viento. Lo talaron, pero de cada raíz nacieron cien brotes.
Pasaron los siglos. Se perdió el lugar, se olvidó a la mujer.
Dicen, sin embargo, que cada vez que una madre arrulla a su hijo en guaraní, una hoja nueva despierta bajo la tierra.
Y el bosque sigue creciendo.
La campana sumergida de Chichén Itzá
Julio César Aguilar
En las noches de luna llena, cuando el viento recorre las ruinas de Chichén Itzá, algunos viajeros aseguran escuchar una campana bajo la tierra.
Cuenta la leyenda que, antes de la llegada de los conquistadores, un joven sacerdote maya escondió una campana de oro en las profundidades de un cenote para protegerla de los hombres que buscaban saquear los templos. Antes de morir, pronunció un conjuro, nadie encontraría el tesoro mientras el pueblo olvidara el nombre de sus dioses.
Pasaron los siglos. Una noche, un campesino escuchó el sonido y descendió al cenote con una antorcha. Al tocar el agua, vio reflejado un cielo cubierto de estrellas, aunque sobre él reinaba la oscuridad. Entonces, una voz surgió de las profundidades y pronunció su nombre.
A la mañana siguiente, el campesino había desaparecido. Desde entonces, dicen que la campana suena cuando alguien se acerca con el corazón lleno de codicia.
La doncella perdida
Maritza Nuez Díaz
La joven había permanecido algo más de medio siglo en el museo. Su figura de doncella parecía estar fija en la pared, donde la luz le daba vida.
Un día, al Louvre llegó un apuesto joven. Ambos quedaron frente a frente y se miraron fijamente. Al verla con su cabello suelto, él comenzó a tomarle fotos buscando los ángulos perfectos.
Joaquín se alejó. Con el paso de los días, la pintura fue llevada al salón de restauración por un acelerado deterioro.
Resultó que, en horas de la mañana, cuando el museo abrió, las alarmas sonaron, la doncella había desaparecido del óleo.
Cuentan que aún pagan una fortuna por la obra, pero ella no anda lejos, permanece colgada detrás de la cama del amado, entre los hermosos objetos de valor que él colecciona. Y cada noche, desde la pared, ella vigila su sueño.
El que espera en la última banca
Jenex Ruyery Abanto Pascual
En el pueblo, pasada la medianoche, en la última banca de la plaza se sienta alguien que nadie ve del todo, como sombra con forma de hombre o sólo el frío acomodándose en la madera.
Los más viejos aseguran que no hace daño. Se acerca a quien pasa solo y camina a su lado unas cuadras, como quien no se atreve a pedir compañía. Quien lo siente nota que se le calma el miedo y le entran unas ganas raras de contar algo que nunca contó.
Dicen que murió hace mucho, un día de fiesta, y que nadie notó su ausencia hasta semanas después. Desde entonces espera a que alguien lo salude por su nombre, pero ya nadie lo recuerda.
Cuando sientas que alguien camina a tu lado sin hacer ruido, no apures el paso. Dile «buenas noches» con cariño y verás cómo la banca queda vacía por una noche.
La promesa
Ramón Gutiérrez Villavicencio
Miró a la joven y por un instante le pareció ver a una mujer vieja, se frotó los ojos para borrar aquella imagen y cuando sus miradas se encontraron, el peregrino se puso nervioso y bajó la cabeza. La muchacha se acercó.
—Quiero pedirle un favor, señor. Estoy muy cansada y no creo llegar al santuario. Entregue esta maleta al párroco. Si usted hace esto, estaré eternamente agradecida.
Al decir aquello, el peregrino sólo movió la cabeza aceptando el encargo. La joven se despidió y se perdió en la oscuridad de la noche. Al día siguiente se cumplió el deseo de la muchacha, el párroco recibió la maleta y en su interior había un sombrío esqueleto. Todos los presentes comprendieron que la promesa de la joven fue visitar al Santo Señor de Chalma.
Separados al nacer
Natividad Villar Martínez
En el lecho de muerte y atendiendo a las últimas voluntades de madre, me dirigí a aquel pueblo, en el que daría con mi único hermano. Cuando llegué, un rótulo daba nombre a la localidad «Bienvenido a Gran Hermano», un hecho algo irónico para la situación que se me presentaba. Me crucé con decenas de personas, al parecer todos compartíamos la misma misión.
Allí descubrimos una leyenda extendida. Hubo un tiempo en el que existía la creencia popular de que el nacimiento de gemelos estaba sujeto a algún tipo de infortunio, de hecho al nacer eran separados para evitar futuros inciertos. Madres huyeron con uno de los hijos para salvaguardarlos, el otro quedaba a su suerte en un hospicio del municipio. Ahora, los hermosos reencuentros entre hermanos, demuestran que las supercherías son eso, simples engaños, y que el poder de la sangre une más que cualquier creencia.
Cavernas
Damián Conté
En el cerro de la estrella, bajo el cielo nocturno, camina Fermín. Su accidentado paso va acompasado por el miedo que le causa cruzar la ruta a su casa. Se acerca al punto más temible de la zona, la cueva del diablo, recuerda todo lo dicho en torno a ella, cuando ve dos fulgores rojos en la oscuridad de la cueva, se detiene, en contra de su voluntad, no puedes evitar la atracción de ellos.
Con el amanecer, en la orilla del camino, el sol ilumina los abandonados tenis de Fermín.
El misterio de faro de Cárdenas
Dunia Lincheta Valle
En la bahía de Cárdenas, el viejo faro abandonado guarda un secreto que los pescadores locales prefieren no nombrar. Cuentan que, en las noches de luna nueva, cuando la neblina cubre los manglares y el agua se vuelve completamente negra, la torre desciende de su letargo y emite un haz de luz de un azul intenso y fantasmal.
Los abuelos aseguran que ese brillo no guía a los barcos perdidos, sino a las almas de los antiguos marinos que naufragaron buscando el puerto seguro. Quien ose mirar directamente a la luz y escuchar con atención podrá oír un eco lejano de cantos marineros y susurros que invitan a adentrarse en la marea. Dicen que aquellos que responden al llamado jamás vuelven a ser vistos, devorados por la bruma y la eternidad del mar matancero.
La tribu del corazón ardiente
Ian Rodríguez Pérez
Nos extraviamos durante una tormenta. Cuando la quilla de nuestra embarcación besó la arena, la tribu nos esperaba con danzas, frutas y joyas, como si estuviera acostumbrada a recibir a quienes cabalgamos sobre el lomo del mar.
El Almirante Rodríguez desconfió de lo que cantaba el Chamán. Un viejo marino, diestro en dialectos tribales, alcanzó a entender la pregunta del final del canto.
—¿Quién dijo que no podías darnos tu corazón frío por el más ardiente corazón de mi muchacha?
La joven de larga cabellera rojiza, desnuda de pecho, yacía atada a un tronco. Esa noche, bajo la luna, la vimos sonreír, despierta, con el corazón abrasado en llamas.
—¿Cómo entregar mi corazón? —Preguntó Rodríguez.
—¿Quién habló de intercambiarlo? —Respondió el Cacique—. Se trata de liberarlos.
Dos días después estábamos sobre el mar sin nuestro Almirante. A ambos lados volaban algo azul y algo rojo. No eran, precisamente, dos pájaros.
La leyenda de los ocupantes
Eliana Soza Martínez
Los ancianos contaban que pueden vivir dentro y fuera de nuestras casas. En Tarija encontraron pequeñas ciudades a las orillas del río Guadalquivir. Las casas, plazuelas, edificios, parques en miniatura sorprendieron a los vecinos del lugar y luego a las autoridades. Fueron a preguntar a la carrera de arquitectura pensando que sería un proyecto de sus alumnos.
Uno de ellos, Joaquín La Fuente, dijo que era suyo. Le hicieron entrevistas y notas en medios. Aunque sus respuestas se contradecían algunas veces, la sociedad lo aceptó. Lo que hasta ahora nadie puede explicar es, por qué el pasto de aquella diminuta ciudad siempre está cortado y se ven avances como electricidad y agua potable.
La Fuente asegura, con cara enjuta, que son otros estudiantes que van interviniendo el lugar. Sin embargo, no ha podido dar los nombres de estas personas y nadie más se anima a adjudicarse.
La gestante y el pacto de la semilla compartida
Original
Los ancianos susurraron que aquella madre gestante, no sembró una semilla sino un pacto de sangre guiada por un llamado ancestral, en su patio, uniendo su destino al de la planta. Cuando una tormenta quebró el frágil tallo, su hijo Josué sanó la herida con una venda mágica, despertando en el brote una fuerza sobrenatural. El árbol creció desmesuradamente, atrapando el sol y ocultando la luna en su densa copa.
Durante años el árbol permaneció en silencio, sin dar frutos, alimentando murmullos de maldición en el pueblo. El misterio se reveló dieciocho años después, la misma tarde lluviosa en que su hija Mery se convertía en madre, el árbol rompió el hechizo y entregó su primera ofrenda, unos místicos mameyes.
Veintiséis años después, los hijos se marcharon y la casa quedó vacía. Pero el árbol imponente permanece como un ánima protectora, brindándole a la madre su eterna y misteriosa compañía.
Luz en la acequia
Jorge Antonio Tisera
En Chicoana, cuando la noche cae sobre las montañas y la acequia vuelve a cantar entre los álamos, algunos aseguran haber visto una pequeña luz caminar sobre el agua.
Dicen que pertenece a una muchacha que, hace muchos años, esperaba allí a un hombre que había partido hacia la quebrada prometiendo regresar antes de la primera cosecha. Nunca volvió.
Ella siguió esperándolo hasta que una madrugada desapareció sin dejar huellas.
Desde entonces, cada primavera, cuando florecen los durazneros, aparece aquella luz junto a la acequia. Avanza lentamente contra la corriente y se detiene siempre frente al mismo algarrobo.
Los viejos de Chicoana dicen que no hay que seguirla.
Porque quien lo hace escucha una voz detrás de los árboles que pregunta.
—¿Todavía lo estás esperando?
Y si uno responde que sí, la luz desaparece.
Pero al amanecer encuentra, sobre la puerta de su casa, una flor recién cortada.
El cielo oxidado
Brian Montero
Querétaro, era una vasta extensión de polvo en pleno 2026, los libros de historia decían que la última lluvia había caído hace 300 años.
En un pequeño refugio subterráneo, vivía la familia de Ixbalanqué, el octavo hijo. Él jugaba y por la noche soñaba también que era un pez, un ser que vivía en un mundo azul y profundo.
Su abuela interpretó el sueño, le confió un mapa, que según la leyenda, le ayudaría a encontrar un santuario de donde fluiría el agua nuevamente, el pequeño jaguar se aventuró. Al quedar de frente a la deidad de obsidiana que tenía una tinaja en las manos, secó su sudor, depositó las gotas sobre el cristal negro, unos relámpagos y truenos lejanos se dejaron oír.
Comenzaron a caer gotas ligeras, hasta componer una cuantiosa lluvia.
Cada año se conmemora la nueva caída de las lágrimas del cielo.
El esqueleto en la ventana
Lara Morales
Hace más de cuarenta años, durante Semana Santa, una familia llegó a su antigua casa de vacaciones en Quetzaltenango. La vivienda, heredada de sus antepasados, carecía de electricidad. En la oscuridad, era iluminada por la luna.
Esa noche, el hijo más pequeño despertó llorando, señalaba la ventana. Todos despertaron, petrificados, veían lo que había en ella, suspendido en la oscuridad, flotaba un esqueleto. Podían distinguirse el cráneo, el tronco y las costillas. Aquella figura parecía asegurarse de que todos la vieran. Al amanecer se desvaneció.
Desde entonces, cuenta la leyenda que era el antiguo dueño de la casa, condenado a regresar cada Semana Santa, o que algún familiar enterrado bajo la vivienda daba la bienvenida a los huéspedes.
Los más ancianos también dicen: «Si duermen más de una noche en aquella habitación, el esqueleto vuelve a aparecer en la ventana. Pero esta vez no permanece afuera. Entra para hacerte compañía.»
La llave de Eleggua
Llemel López Torres
En el solar de Marianao, donde las casas comparten patios y los vecinos comparten la vida, vivía un niño llamado Yordi. Cada tarde, su abuela lo mandaba a la bodega, pero el camino siempre se le complicaba, perros bravos, charcos, y un vecino gruñón que no dejaba pasar a nadie.
Una mañana, mientras barría el frente, encontró junto a la ceiba un caracol pequeño y una llave oxidada. Su abuela, al verlo, sonrió: «Eso es de Elegguá, el que abre y cierra los caminos. Ponle un caramelo y pídele permiso.»
Yordi lo hizo. Esa tarde, el perro dormía, el charco se secó y el vecino le regaló un dulce. Desde entonces, antes de salir, el niño saluda a la esquina, deja su ofrenda y sigue su camino. Porque en el barrio, todos saben que Elegguá camina primero.
Candombe
Alicia Araoz
En el Virreinato rioplatense hubo esclavitud. Pero cuando Don Cosme compró aquel musculoso negro, le dijo que le daría algunos beneficios con la única condición que lo llevara a misa puntualmente todos los días.
Así fue, el negro sólo le pedía permiso para ir al candombe y volvía rápidamente a cumplir con Don Cosme.
Pero ocurrió una noche que bailó frenéticamente y se durmió extenuado.
Cuentan que al despertar corrió a buscar a Don Cosme, pero que este, furioso por su incumplimiento, lo mandó a azotar.
A los días, aún dolorido, el negro fue al candombe y bailó, bailó. Dicen que siguió bailando mientras se sumergía en el Río de la Plata.
Actualmente, en San Telmo, las noches de luna llena, algunos paseantes escuchan tambores lejanos. Dicen los viejos sonriéndose, que es el negro, que los dioses africanos lo llevaron a su tierra, y desde allá nos invita a candombear.
La luz del cañaveral
Gardenia María Rendón Véliz
En la finca de mis padres aprendimos que la noche también guarda secretos. Entre los cañaverales, los árboles y el murmullo del viento, mi hermano comenzó a ver una pequeña luz.
Aparecía siempre cuando él estaba solo. La describía como una lucecita tibia que flotaba a unos metros, lo seguía en silencio y luego desaparecía entre la vegetación.
Nosotros no le creíamos. Pensábamos que era una luciérnaga, un reflejo, quizá su imaginación.
Pero él insistía.
—Ella siempre viene por mí.
Tiempo después, mi hermano murió.
La finca nunca volvió a sentirse igual. Su ausencia quedó en cada rincón donde alguna vez reímos juntos, bajo aquel cielo estrellado.
Una tarde regresé allí. Mientras caminaba, vi una pequeña luz entre los árboles.
Me quedé quieta.
Por un instante sentí que mi hermano estaba cerca.
Entonces comprendí, quizá aquella luz nunca quiso hacerle daño.
Quizá simplemente había venido a acompañarlo hasta el final.
La leyenda del Cóndor sin cabeza
María Sofía Abarca
Los andinistas lo vieron en la expedición al Aconcagua, cuando hicieron cumbre. Sobrevolaba los glaciares como si estuviera abrazando la nieve a modo de despedida. En un momento, desapareció.
No supieron que descendió a Mendoza y pasó a convertirse en un monumento a la entrada de la ciudad. No sospecharon, tampoco, que se sacrificó para poner fin una guerra que sólo Los Andes conocía, alguien había pedido su cabeza.
En la última granizada, él pudo volar, batir el aire y volver a la montaña. ¡La envergadura de sus alas le medía tres metros! Pero se quedó, como si nada ocurriera.
Quizás, por eso nadie se preguntó ¿Qué cielo de corazón frío habrá mandado a decapitar al cóndor con una piedra?
Allí quedó, sin cabeza, por más de un año, como uno de esos trofeos que los vencedores dejan a la vista de todos.
Teide encantado
Nuria Hernández García
En las faldas del Teide duerme un anciano que, cada invierno, despierta de su letargo. Con las primeras nieves sube a la cumbre y lanza bolas blancas contra los visitantes. Cuentan los chicharreros que es el fantasma de Dionisio, un maestro del pueblo de Vilaflor que organizaba excursiones al pico. Dicen que sólo quiere que jueguen con él. Y, que si lo ves, debes gritar su nombre para ahuyentarlo. Porque lanza tan fuerte, que le ha puesto el ojo morado a más de uno.
Paisaje
Claudia Sánchez
Cuenta la leyenda que bajo el desierto de Atacama hay un laberinto donde vagan las almas de quienes fueron enterrados en vida. La última vez que salieron se asustaron y volvieron a entrar, aunque siguen buscando una salida. Nadie se percató de la ausencia de Florencia. Dicen que la niña se entristeció tanto al ver aquel desierto que las lágrimas brotaban solas de sus ojos. Y así fue como el desierto, milagrosamente, comenzó a florecer con diminutas flores de múltiples colores. Claro, los mortales atribuyen el fenómeno a una tormenta que se desató, tal vez como consecuencia de las travesuras del Niño. Nadie sabe que el Niño y la Niña vagan felices por el campo florido. Sólo Los Antiguos del lugar conocen el secreto y se cuidan bien de no divulgarlo. Nada se compara con la belleza de la naturaleza que brota del amor.
Enigma en la parroquia
Daniela Rosales Medina
Dicen que en la parroquia de San José en Aguascalientes deambula el alma en pena de una monja que lleva ahí más de cien años. Con sus casi dos metros de estatura, piel pálida y hábito antiguo, se presenta ante los fieles que se acercan a altas horas de la noche. Parece que quiere decir algo, pero nunca habla, sólo mira a la gente con unos ojos llenos de infinita tristeza. Su imagen resulta aterradora, lo que casi nadie sabe es que, lo más horrible que custodia ese lugar no es aquel fantasma, sino los cuerpos y los espíritus de cuatro mujeres desaparecidas recientemente en circunstancias misteriosas.
Cagliostro
Néstor Rubén Giménez
El circo de los Hermanos Podestá levantó su lona cerca de la estación de Quilmes. La atracción principal era un malabarista que hacía orbitar clavas y esferas con una sola mano. Ocultaba su otra manga, vacía, en el bolsillo del frac. Había perdido el brazo en un número fallido en París.
En pleno acto, Cagliostro extraía un cigarrillo, se lo llevaba a los labios y lo encendía raspando un fósforo con la uña del pulgar, mientras las clavas y las esferas continuaban girando en una parábola perfecta.
Un día, el circo partió hacia Berazategui. Desde entonces, cada noche de luna llena, sobre las vías plateadas, unas luciérnagas repetían los malabares, como si fuesen guiadas por la mano invisible de Cagliostro.
Lo guardo entre mis mejores recuerdos, porque con los pibes del barrio nos juntábamos bajo el ojo atento de la luna para ver la función del malabarista manco.
La codorniz de plata
Edgar Fernando Carbajal López
Mi abuelo, Don Fernando López Ríos, me contó alguna vez que, cuando él trabajaba como chófer en la mina de plata de Sultepec, al sur del Estado de México, seguido había derrumbes que obstruían la entrada por completo.
Por tanto, los mineros se mandaban tallar una codorniz con una de las primeras pepitas de plata que recibían como pago. Se la colgaban del cuello en una cadenita, también de plata. Así, cada que llegaran a quedar atrapados por un derrumbe, la codorniz despedía un destello que iba guiándolos a oscuras por los intrincados túneles de la mina, hasta encontrar la salida por alguno de los respiraderos.
—¿Alguna vez tuviste que usar tu codorniz de plata? —Le pregunté, intrigado.
—No. Seguramente, porque le puse junto esta medallita del Señor de la Santa Vera Cruz, que tu abuela me dio una vez. Pero ésa ya es otra historia que te contaré luego.
El silencio de Lilita
Luis Guillermo Álvarez Jiménez
—¡Por Tatica! Está cantando el gallo negro. ¡Naiden salga de la casa! Echen leña al fuego para atisbar la espesura.
Vengan todos. La noche será larga. Traigan las mechas y los candiles.
Tatica, Señor mío, que pase de largo la sombra oscura. Hoy es día de las ánimas, que a los míos no los lleve la huesuda.
—¡Corréte pa’ca, confisgao! Que esto no es juego. Quítate de esa ventana. Los quiero a todos con vida.
El viento sigue soplando y los cafetales se agitan como gritando secretos de almas en agonía.
El gallo negro se calló de repente. La sombra y la bruma muerden mis huesos.
Chirrea la puerta. No la abran. Esos golpes no traen alegría.
Un soplo apagó los candiles. Y entonces, ni gallo, ni viento. Sólo el temblor de mis manos frías.
Y de mi pecho brotó el silencio al verte partir, Lilita mía.
El tata
Ferreyra Andrea Emilse
A finales del siglo XIX llegó a Argentina desde el otro lado del océano, huyendo de una guerra que teñía de escarlata las arenas del desierto. Vagó al noroeste, se estableció, formó una familia y vivió de lo que cultivaba. Forjó amistad con un empresario y prometieron que ambas familias vivirían siempre en armonía. El tiempo pasó, la empresa de su amigo creció y la muerte llegó para ambos.
Los años pasaron y los hijos del empresario rompieron por codicia la promesa. Entonces el Tata se levantó de su tumba para recordar el poder de la palabra. Cuentan los obreros que de noche, cuando sólo se oyen las máquinas, aparece un viejo petiso con sombrero de campesino. No ven su rostro, pero los atormenta el chasquido de su látigo que corta el aire y su alma justiciera descansará cuando la Palabra valga más que el Dinero.
Siesta entrerriana
Enrique Alberto Lara
Era la siesta y al gurí lo obligaron a dormir. La paloma cantaba mientras un hombre cubierto con ropas grandes y sucias se acercaba lentamente, apoyándose en un palo para caminar.
El niño buscó el arma que su papá escondía en el dormitorio. El sonido del disparo despertó a todos.
—Mamá, ya no hay de qué preocuparse —exclamó el niño— maté a la solapa.
El demonio de la botella
José Yazfasel Solís Santiago
En Santiago Acahualtepec, allá por el 2000. A la cantina La Tangerina, llegó un charro viejo, elegante y de traje negro, aunque aspecto decadente. Cargaba una botella.
Hizo trato con el dependiente y sólo necesitó un billete de esos que traen al general Zapata. El charro entregó la botella y liberándose de su gran peso se marchó, lento y firme como llegó.
La botella contiene un demonio que concede deseos. Lo que deseas no siempre se cumple como lo imaginas, siempre alguien se ve afectado. Incluso sin ser consciente del deseo, este se cumple.
Sólo puedes deshacerte de la botella si la vendes por menos de lo que la adquiriste. Vivirás mucho tiempo, y aunque desees salud, algo te irá consumiendo por dentro.
Ya a pasado por muchos dueños y creo que no hay moneda más barata, por eso aún sigue en esos estantes, aunque ahora venden micheladas.
El nahual de Mezquititlán, Hidalgo
Edgar Romero Barajas
La disputa ante los notarios públicos sobre porciones indefinidas del área y los derechos ejidales fue lo que abrió la rivalidad entre Salomón y Celestino.
La ira de Salomón no se mostró abiertamente, pero se reportaron eventos sospechosos con animales nocturnos que destruían huertos y cosechas, y llevaban la peste a las casas.
Algunos vecinos adjudicaban estos desastres a un nahual, pero nadie tenía evidencia de aquello.
La verdad vino cuando Celestino enfrentó a Salomón a la madrugada, en compañía de varios vecinos que también habían perdido sus cosechas.
Lo que encontraron fue la fisonomía de un toro jorobado, con extremidades humanas, garras parecidas a las de un ave y un rostro más gastado que el que lo caracterizaba.
Al matarlo, inmediatamente el cuerpo recobró algo del aspecto de Salomón, excepto las garras y los vellos, que no desaparecieron por completo.
Hoy su morada es un recinto para los incrédulos.
La serpiente blanca
Reyna Díaz
En el cerro de la nieve en San Antonio de Cortés existía una bella mujer, su piel como la nieve y su cabello castaño, hermosa como un rayo de sol en una mañana de primavera, cálida y dulce, una mujer que se dedicaba a ayudar a los demás, una sanadora a la que nunca veían envejecer, su sonrisa apagaba cualquier duda, hasta el día que se enamoró.
Un ganadero la desposó.
—¡Y los declaro marido y mujer! —Declaró el cura.
Le habían pedido no usara el agua bendita.
—Soy alérgica al oro que se usa en el recipiente —había dicho la dulce mujer.
Una noche de verano una muda de piel de serpiente apareció en el patio del rancho del matrimonio. Mientras los hombres exhibían victoriosos la piel del monstruo que aterraba a los niños del pueblo, el esposo buscaba con desespero a su esposa que llevaba días desaparecida.
La bola de fuego
Julio Marín
En las noches sin luna, baja del cerro una gran bola de fuego hacia el pueblo de Escalante. Pero dicen los ancianos que no es de fuego, sino de oro puro. Se posa en medio del camino frente a los caminantes solitarios para despertar en ellos la codicia. Si alguno quiere agarrarla, lo atrae hacia el corazón boscoso del cerro de donde nunca regresa. Por eso, cada vez que la luna se apaga, los viajeros, para no desaparecer entre la sombra espesa de los árboles, salen de sus casas bien acompañados.
Hay lucecias
Carlos Enrique Saldívar
En el distrito de San Juan de Miraflores, en Lima Sur, de noche, dentro de los parques, cerca de los árboles, aparecen luces pequeñas que revolotean un poco alto, entre las ramas y el follaje. Como tal fenómeno ocurre entre los minutos previos a la medianoche y las tres de la madrugada, la gente no sale a ver los brillos diminutos, sobre todo, por la presencia de fumones y delincuentes que se apropian de estas áreas verdes hasta el amanecer. Una noche, casi a la una de la mañana, un niño iba con su padre, un reciclador. El pequeño observó una de las lucecias que descendió de la copa de un encino. Mientras su papá trabajaba, el niño fue a ver la luz, en ésta había una bella mujercita que le dio al chiquillo un beso en la nariz y luego se marchó contenta, a seguir revoloteando con los suyos.
Leyenda de la «wira wira»
Jeanneth Bohorquez Quevedo
Cuentan que, en una montaña del altiplano nació una planta, no requería mucha agua para subsistir. Los habitantes del lugar quisieron exterminarla, pero resistió. Un día, una joven subió la montaña lamentándose por un amor no correspondido. Sus lágrimas regaron la planta, que asombrosamente abrió sus ramas consolándola. Cada vez que se sentía triste, la joven acudía a la montaña.
Durante un tiempo, la planta no la vio más. Días despues, la joven volvió, tenía los ojos hundidos y tosía. Contó que le aquejaba un mal terrible que diezmaba su pueblo. La planta le ofreció unas ramas, para preparar una infusión y tomarla caliente, así sus males desaparecerían.
Despues de un tiempo, la joven fue a agradecer a la planta por curarla de sus males y las de su pueblo, bautizándola con el nombre de «wira wira» por su textura resinosa. Desde entonces es alivio de malestares, sobre todo pulmonares.
El árbol de los sueños
Autor del texto presentado
Bajo la sombra del árbol gigante, un sueño le reveló el futuro de su raza. Caminó toda esa noche sin saber cómo contarles a los habitantes del pueblo. Meses después, la llegada de los conquistadores por el litoral y luego río arriba, dispuestos a masacrar pueblos y saquear riquezas le dio la razón.
Como era imposible la defensa, todos se apresuraron a recoger los tesoros que conservaban de sus antepasados, luego corrieron a esconderlos en la montaña, que con rezos y plegarias a los dioses intentaron conjurarla.
Desde entonces, se transformó en un lugar encantado que se abre los viernes santos a las doce y se cierra a media noche. Los tesoros quedan a merced de los codiciosos que a veces intentan robarlos.
El árbol, bajo cuya sombra soñó el cacique, ha sobrevivido a los siglos y permanece altivo en la colina cercana al pueblo.
Apariciones nocturnas
Rodríguez Arriaga Juana María
Cuenta la leyenda que, al caer la noche en la zona industrial de San Luis, México, se observan siluetas que se confunden con personas que transitan ilegalmente. El área es vigilada por elementos de seguridad que aseguran ser ignorados al ordenarles detenerse. Algunos, indignados, disparan al aire para asustarlos, pero, ante una helada ráfaga de viento y el ensordecedor silbido del tren, las figuras se desvanecen entre el polvo.
Los que se han atrevido a enfrentarlos creen que son almas de quienes perecieron intentando abordar para cruzar la frontera y que aún no comprenden que su tiempo en este mundo terminó, ya que llevan ropas harapientas, muchos presentan heridas y mutilaciones, pero lo más aterrador es que sus pies no tocan el suelo. No tienen ojos, sólo cuencas vacías, su rostro expresa una pena infinita y, al quedar frente a ellos, los invade una tristeza que los deja completamente inmóviles.
El purgatorio de las ánimas
Rosaura Béjar Hernández
En la ciudad de Morelia se encuentran las ruinas del Beaterio de las Carmelitas descalzas, construido en 1784. Ahí fue recluida Isabel Torreblanca y Rumorosa, su pecado, enamorarse de Cipriano, el caporal de la hacienda.
Ella lloró, rezó día y noche, no se alimentó, no durmió. Las monjas piadosas la exhortaron, pero ella se resistió. En poco tiempo su salud mermó y murió. En el Beaterio fue velada y en la huerta, al pie del muro de su celda, crecieron hermosos lirios blancos con los que cubrieron el féretro y luego la tumba. A los nueve días, cuando terminó el novenario, dejaron de florecer. El jardinero limpió el espacio y ahí, en posición fetal, encontró los restos del amante perdido. Los caminantes cuentan que, cuando las sombras y el silencio llegan, el llanto, rezos y promesas de amor eterno se hacen presentes.
La venganza
Ricardo Álvarez Moncada
El diablo al ver que fue engañado por el poblado de Curaren después de construir la iglesia, fue a investigar quién había escondido el gallo que lo derrotó. Decidió vestirse de humano e ir a las casas a preguntar. Lencha, la chismosa, le dijo que había sido Doña Luisa una señora que vive en el cerro. Enfurecido, subió de noche. La señora lo esperaba en la puerta. Él le dijo.
—¿Por qué me arruinaste la apuesta y la entrega de los niños sin bautizo?
Ella, amable, contestó.
—No te eliminaré. Y si no te quité la vida por la disputa del cuerpo de Moisés, es porque no me era permitido, así que vete.
Respondió indignado.
—¡Miguel!
Un destello de luz iluminó todo y fue así que el diablo no volvió a entrometerse con el pueblo y con la iglesia que construyó, sólo que sigue sin poderse remodelar.
La tsapita y los tsapitos que aprendieron a suspirar
Janeritte Hermenegildo
Cuenta una leyenda que, en Bacalar, Quintana Roo, vivió una princesa a la cual no correspondió su príncipe.
Con tanto llanto emanado de sus ojos, dio profundidad al Cenote Azul. Además, dejaba escapar hondas y prolongadas exhalaciones que teñían de tristeza el atardecer.
Un día de esos, una hermosa tsapa escuchó aquellos sonidos. Fascinada, aprendió su musicalidad y, cuando tuvo tsapitos, les enseñó aquella melodía.
Con el tiempo, la princesa quedó atrapada entre una jaula de sus propias lágrimas.
Lo curioso fue que sus suspiros se rebelaron contra el silencio y continuaron resonando en las voces de los tsapitos.
De repente, un día los suspiros de los tsapitos y la tsapita comenzaron a liberarla. Resultó que su dolor no era individual, era compartido y bello para otros seres.
Fue así como los suspiros se convirtieron en liberación, porque cuando el dolor encuentra eco en otros, deja de ser una soledad.
Leyenda de mágicas floraciones
Guisela López
En Rabinal, el municipio más antiguo de Baja Verapaz, hay una leyenda que pervive a través del tiempo. Se cuenta que, desde tiempos ancestrales, las mujeres que se dedicaban a cuidar de la madre tierra, no morían, sino que se transforman en flores.
«La tierra es generosa con quienes cuidan de ella», decía la gente, y por ello la región se volvió mundialmente famosa por su maravillosa flora.
Cuentan que al momento de la metamorfosis, las mujeres emergían de un capullo, convertidas en corolas de aterciopelados pétalos. Algunas adquirían un color lila, otras un tono rosa, las había también amarillas y violetas, pero sin importar su color, todas irradiaban una fragancia dulce como los versos de un poema.
Canes del infierno
Antonio Arjona Huelgas
Cuentan que en Coyoacán, si caminas pasada la media noche por la calle Francisco Sosa, se escuchan ladridos y gruñidos. Si estás sólo, puedes sentir el aliento de perros invisibles que te irán acechando. Si pasas a las tres de la mañana, podrán atacarte, rasguñarte, morderte, o hasta despedazarte. Y si pasas justo a las 3:33 pasará algo incluso peor, mas nadie ha quedado para corroborarlo. Hay vecinos que lo niegan otros que lo afirman, pero puedo asegurarte que los he escuchado y los he sentido, y a las 3:33 no fui víctima, tan sólo por el hombre que recorría ese mismo rumbo en ese instante. Esas cosas invisibles se lanzaron sobre él, cuando se desvaneció en el aire. Y ya más nadie lo recuerda, yo lo conocía, sé que incluso lo estimaba ¿De quién se supone que estoy hablando?
La planta vergonzosa
Nereidy Velásquez
Antes de la conquista, en la selva amazónica, la princesa Mimí cometió el peor de los delitos, enamorarse de Wei, un recolector de semillas. Las amazonas eran guerreras implacables, para ellas, los hombres sólo cumplían el rol de procrear. Al enterarse, la implacable reina pactó con la Madre Naturaleza el destierro de los amantes a cambio de la vida de su hija. Al amanecer, Mimí desapareció. La deidad la había transformado en una planta delicada y sensible, la Mimosa púdica. Desde entonces, la planta duerme por las noches para olvidar su dolor, y encoge sus hojas durante el día ante cualquier contacto, temerosa de que el mundo descubra el secreto de su amor imposible.
Cuenta una leyenda…
Silvia Bottallo
Que a mediados del siglo XX, se reunieron en Ginebra, los hechiceros y encantadores más poderosos del mundo. Portaron sus exquisitos saberes e invocaron a dioses antiguos, para atraer a Borges hacia esa ciudad, donde vivió y estudió, en su adolescencia, y a la que consideraba su patria secreta. Le prepararon una casona junto al lago donde nace el Ródano, con ventanales y jardines fabulosos, instalaron una Biblioteca colmada de ejemplares únicos y la sahumaron con esencias orientales. Sólo después de tres décadas lograron su propósito, por corto tiempo, aunque para la posteridad.
Ahora, muy mayores, continúan reuniéndose en el Cementerio de Palainpalais, frente a la tumba del escritor, a sostener vivo el hechizo, sólo para retener a uno de los Borges, el que allí yace, acunado por el Ródano.
«El Otro», el universal, sigue vivo, sintiendo que cada lugar donde se lo lee y admira, también es su patria.
Pesar en el alma
Karla Barajas
Mientras hago ejercicio, siento su mala vibra. Envidia mi fuerza, la firmeza de mi carne y huesos y mi cuerpo vigoroso. Ella jamás estuvo satisfecha con el suyo. La ignoro, cargo las pesas. Respira detrás de mí. Me iría a otro sitio, pero el Family Fit es mi lugar favorito, me hace sentir viva. También a ella. Por eso aparece de la nada.
Algunos dicen que su alma quedó entre espejos y pesas, condenada a contemplar cuerpos ajenos. Yo prefiero pensar que algún día trascenderá, como todas las almas que siguen atrapadas en la dismorfia eterna.
Aunque sé que algunas, como ella, siguen aquí, convertidas en leyenda, envidiando la piel ajena y midiendo cada músculo, como si todavía tuvieran un cuerpo que odiar.
La desaparición
Elsy Maldonado
Entre las poblaciones indígenas de Venezuela existe una leyenda muy conocida sobre una pequeña lechuza que llaman «el mensajero de la muerte», aunque en ocasiones anuncia también la nueva vida que se esconde. Anti es una jovencita que, así como su nombre lo dice, es un sol en la comunidad Añú. Al oírse el canto del pájaro, el temor invade a todos y se encierran sin atreverse a salir. Esa noche de octubre, una noche muy oscura, se oyó el canto más aterrador y diferente que se había escuchado antes. Los niños dormían en las camas y los padres se mantenían vigilantes. De pronto, una figura oscura y tenebrosa comenzó su recorrido, daba la impresión de ser un ave gigante. Detrás de un árbol, la figura de Anti se escondía. El espectro, al percibir a la joven, se lanzó hacia ella y la arropó en la oscuridad desapareciendo entre risas.
La niebla de Fusca
Ana Milena Mera
En el kilómetro 14 de la vereda Fusca, en Chía, la montaña de la Carretera Central del Norte guarda silencios antiguos que los lugareños respetan al caer la tarde.
Una tarde, dos caminantes se extraviaron en el espeso follaje sabanero. El pánico cundió rápidamente cuando la densa neblina comenzó a cerrarse, avivando el fantasmagórico rumor de aquellos dos hombres que, en tiempos idos, la montaña devoró para siempre. Las horas pesaban como plomo mientras la oscuridad avanzaba sobre los muchachos.
Mas, cuando la desesperación era mayor, una luz tenue rompió la espesura, guiándolos de regreso a casa. Desde entonces, se cree que en aquel rincón del norte de la sabana, la esperanza siempre logra ganarle la partida a las sombras.
El retorno del Guanarteme
Dolores Espinosa Márquez
En Tenerife, Fernando Guanarteme está muriendo.
No, Fernando, no, no el caballero castellano en que se ha convertido, no, Tenesor Semidán.
Ese es su nombre, Tenesor Semidán, guanarteme de Agáldar.
Un susurro atraviesa el mar.
Sus montañas, sus playas, sus muertos le llaman.
Tenesor Semidán está muriendo y, con su último aliento, no reza al Dios cristiano sino que se dirige a Acorán y le pide regresar a Canaria, a su isla, con los suyos.
Tenesor cierra los ojos y lanza su último suspiro.
Al momento de la muerte del rey, las cumbres de Canaria comienzan a llenarse de nubes.
Desde Tenerife una nube se eleva y cruza el océano hasta abrazar a las que ya se extienden a los pies de los sagrados Roque Nublo y Bentayga.
Tenesor se reúne con los que han muerto antes y vigila, atento, a los suyos.
Fernando Guanarteme es enterrado en suelo extraño.
Petricor mítico
Raul Meléndez Mora
No puede considerarse tradición macondiana. Sin embargo, existe un pueblo en los Andes venezolanos que mantuvo la leyenda centenaria de la lluvia incontenible, cada año, entre el 21 de junio y el 20 de septiembre. Un firmamento nimboestrato y argénteo. Los vientos, rayos y centellas, acompañándolo, deambulaban por los callejones con la frustrada intención, por fortuna, de invadir sus hogares. Por temor ritual, nadie, llegada la desconcertante coyuntura, en su sano juicio, se atrevía a observar qué sucedía afuera, porque, poco habría de suceder en un lugar huérfano de sol, estrellas, noches y luna llena.
Así entonces, cuando la bóveda de plata se rompía, los renegados espíritus del verano solían pasearse, orondo, tocando puertas y ventanas, con el propósito, bajo engaño, de penetrar en los domicilios para escamotearles las almas a sus moradores. Incluso, hasta simulaban voces y clamores para sorprender incautos y desobedientes desprevenidos.
Grytviken
Arturo Eduardo Medina Oliveros
Decir motosierra era mucho, era un serrucho largo que cargaba con el rayo continuo del bramido de las nubes de siempre. La drenaba, muerta. La trozaba, la escurría. Yo convivía con su fantasma. Era un enmascarado que se atestiguaba como sombra de la gelidez de la isla, a borbotones manaba el agua en la superficie.
Llegaba algo de oleaje sanguinolento que decía «aceite de greenwich». Despertaba relampagueante. Una lengua glacial lo dijo. Ahora estaba su sombra entre las tolvas, en la capilla, caminando en la costa hasta el depósito. En alguna lancha, yo caminaba solo a la lengua glacial a la espera del mensaje.
Oro negro
Chara Lattuf
Bajo un sol que abraza el calor de caminos que prometen la búsqueda del sueño Dorado en el Callao, Venezuela, desfilan con sombreros hacia el río con pala y herramientas punzantes que acompañan con una malla y arena la cual atrapan el metal dorado. En esa inmensidad surgieron los cazadores de fortuna en donde desfilaron mujeres ardientes, traficantes de sueños y los hilos del poder que se repartían ganancias dentro y fuera del país, prometiendo al poblado la llegada de la civilización, del cual no fue así, se mantuvo la miseria durante cientos de estaciones.
Décadas después irrumpen en los cielos con la tecnología mejorada en las alas, con el rugir de aviones rumbo a la tierra prometida, está vez no sólo venían por el metal dorado sino también por el oro negro, con este liquido en barriles ocupaban y dominaban a toda una población.
Almas del Paraná
Analia Romero Martín
Dicen haberlos visto vagar a orillas del río Paraná.
Él lleva termo y mate presto. Ella, una sonrisa y un pájaro azul que se le sale del pecho.
La luna estrafalaria se puso un vestido rojo sangre.
La noche rosarina, con timidez, se cubre de estrellas.
Reposeras se mezclan con danzantes, al son de música electrónica.
Jóvenes y viejos conviven en este mágico ecosistema, un boliche al aire libre, gratuito.
Los forajidos se guardan esa foto en sus retinas para siempre.
En el parque, una barra. Unos toman tragos y otros cerveza. Ellos se emborrachan de mate.
Ella piensa que él es el mejor barman del universo.
Él, sin saberlo, le sirve otro amargo, cuyo verde combina con sus ojos achinados, transparentes como yerba lavada.
Dicen haber visto vagar esas dos almas por la vera de un río que fue testigo de un amor atrapado allí. Detenido en el tiempo.
El samurái negro
Juan Martínez Reyes
Dicen que primero fue esclavo de unos ingleses y que viajó en barco por Europa y Oceanía. Dicen que fue vendido a un pirata hasta que naufragó la embarcación en una isla desierta. Dicen que fue encontrado por un sacerdote italiano y conoció Japón, el país donde cambiaría su vida. Dicen que el emperador Mitsubishi se fascinó por su piel oscura y su imponente musculatura y que un sacerdote italiano se lo regaló. Dicen que fue la mano derecha del emperador y el primer extranjero que se convirtió en samurái. Dicen que nunca perdió ninguna batalla cuerpo a cuerpo, hasta que asesinaron a su emperador y lo desterraron. Dicen que se llamaba Nagamoto y era un esclavo negro traído de África. Hoy es una leyenda, su origen y su verdadero nombre siguen siendo un misterio.
Derechos reservados
© 2026 Textos
Autores citados
© 2026 Edición y traducción
Minificción
México.
https://minficcion.com
contacto@minficcion.com
Primera edición: octubre de 2026.
Colección: Comienza.
Impreso y hecho en México.
Los textos de este libro y sus derechos conexos están bajo la protección del Artículo 162, Capítulo I Del Registro Público del Derecho de Autor, TÍTULO VIII De los Registros de Derechos, Ley Federal del Derecho de Autor en México. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra a través de cualquier medio sin la autorización por escrito de los titulares de los derechos.






