El lugar de los lectores

El lugar de los lectores

El último lector

Julio César Aguilar

Al llegar a la última página, el lector descubrió su nombre escrito en la primera línea del libro. Se detuvo. Aquella historia narraba exactamente su vida: la casa, los recuerdos, incluso el café que acababa de derramarse sobre la mesa.

Intrigado, buscó al autor en la portada, pero encontró un espejo.

—Esto no puede ser —murmuró.

Entonces, las palabras comenzaron a borrarse. Primero desapareció la casa; después, los recuerdos. Finalmente, solo quedó una frase:

«Si cierras el libro, morirás».

El lector levantó la vista. Alguien, desde fuera de la página, acababa de abrirlo.

Cuidado con lo que lees

Ana María Abad García

Acababa de empezar una nueva novela de aventuras y estaba tan absorta en su lectura que no me percaté de la estampida de elefantes en el pasillo, ni escuché el rugir de los cañones piratas disparando contra las ventanas, ni vi la catarata que manaba de la acuarela colgada en el salón. Al cerrar el libro por esa noche, tras repartir toallas entre los paquidermos que habían salido nadando y pedir silencio a los bucaneros para que el barrio pudiera dormir, me juré a mí misma no leer ninguna novela negra.

La página trece

Lara Morales

Al llegar a esa página descubres que la protagonista tiene tu mismo nombre; sonríes ante la coincidencia. Las siguientes líneas describen unas manos temblorosas intentando avanzar en la lectura. Tus manos tiemblan involuntariamente. Nerviosa, lees que la ventana se abre lentamente. Al voltear hacia la ventana, ya está abierta. Cierras abruptamente el libro para arrojarlo, pero en la contraportada lees algo que te deja petrificada: «No debiste llegar a la página trece. Ya no puedes escapar».

Tinta

Ayssa Olmedo

«Deseas el puesto de Enrique». Al día siguiente, Enrique desaparece.

«Deseas la casa de tu hermana». Sara se marcha sin despedirse.

«Deseas que él vuelva». Un desconocido te abraza llorando.

«Deseas que nadie sepa lo que hiciste». Nadie lo sabe. Tampoco tú.

Sobre la mesa, una fotografía: una niña sonríe entre tus brazos. Al dorso: «Mamá, no me olvides».

No recuerdas su voz.

Ya no queda nada de ti que escribir.

Entonces el libro levanta la vista. Te encuentra leyendo.

«Deseas saber cómo termina».

La tinta comienza a borrarte.

Otra vez

Llemel López Torres

El hombre leyó: «El hombre leyó: “El hombre leyó…”» y sonrió. Qué truco tan barato, pensó. Siguió leyendo sobre un lector que, en un café, descubría que el texto describía su propia vida. El hombre levantó la vista. Estaba en un café. Sintió un escalofrío. Volvió al papel: «Levantó la vista. Estaba en un café. Sintió un escalofrío». Soltó la hoja. El camarero se acercó:

—¿Otra vez lo mismo, verdad? —Dijo, señalando el manuscrito—. Siempre reaccionas igual.

El hombre comprendió, demasiado tarde, que no estaba leyendo su historia: la estaba escribiendo.

La página 101

Dunia Lincheta Valle

Abres este libro buscando escapar de tu rutina, sin notar que las páginas se vuelven más pesadas con cada párrafo. El margen del papel empieza a devorar la habitación; el tictac del reloj se apaga y el frío de la tinta te congela los dedos. Intentas cerrar el volumen, pero tus manos ya no responden: ahora pertenecen a la descripción del tercer capítulo. Desesperado, miras la última línea esperando un final que te salve, solo para descubrir que el escritor ha dejado el desenlace en blanco, atrapándote para siempre del otro lado de las palabras.

El personaje equivocado

Carlos Eduardo Azar Manzur

Al principio, el protagonista era otro. Tenía nombre, pasado y una muerte prevista para el último párrafo.

Pero llegaste tú y borraste su nombre. Ahora, sus recuerdos se convierten lentamente en los tuyos.

No mires atrás. El autor ha descubierto la sustitución y está intentando corregirla. Demasiado tarde. Acabas de llegar al párrafo donde debías morir. Sin embargo, queda una posibilidad: cerrar el libro antes de la última palabra.

Aunque hay un problema. Esto no es un libro y tú sigues leyendo.

El lector descifrado

Néstor Rubén Giménez

En el estante catorce de la Biblioteca de Alejandría apócrifa, hallé un volumen cuyo único tema soy yo. Al recorrer las líneas, noté que la sintaxis copiaba el pulso de mis párpados y que el orden de las palabras anticipaba mis dudas. Busqué el nombre del artífice al pie de la página; pero ahí solo hallé una vorágine vacía que me succionaba. Comprendí el artificio: no era yo quien leía, sino las letras las que me descifraban. Al cerrar el libro, mi carne se desvaneció; en otra sala de lectura, alguien acababa de soñar el punto final.

Punto final

Dolores Espinosa Márquez

Sé que no vas a hacerme caso, pero tengo que pedirte que no sigas leyendo; mi vida depende de ello y acabará cuando llegues al punto final.

Podría rogar y suplicar, llorar y patalear, pero sé que seguirás adelante, simplemente porque no crees nada de lo que te digo.

Es normal, solo soy un ser ficticio en una historia ficticia, ¿por qué ibas a creer que necesito que te detengas para seguir viviendo?

Ya casi estamos llegando al final: tú, al de este texto; yo, al de mi breve vida.

Ha sido corta, pero intensa.

Gracias por haberla compartido.

Adiós.

Puntos y seguido

Juana María Rodríguez Arriaga

—¿Por qué lloras con mis escritos? Sí, lo sé: es triste el drama; debería modificarlo.

—No, no es así. Me ganó la nostalgia. ¿Cómo?… ¡Ah, ya imagino voces!

—Claro que me escuchas. Pero tranquilo, vamos a la mitad: apenas has leído el inicio, unas cuantas líneas.

—Tal vez me estoy volviendo loco.

—Para nada: tú eres el protagonista de esta historia; aún hay páginas en blanco. Ve, sé feliz, supera este mal momento. Tengo la pluma en mis manos: continuemos para que, cuando esta obra se finalice, convertida ahora en una divertida comedia, deje a su paso agradables sonrisas.

Antes de apagar la pantalla

Nuria Hernández García

Anoche te susurré que volvería. No lo recuerdas, ¿verdad? Nunca recuerdas nada al amanecer. Pero aquí estoy.

Sé que has levantado la mirada. Que acabas de mirar a tu alrededor sin saber por qué. Tranquilo. Sigue leyendo.

Solo querías unos minutos de silencio después de un día difícil. No esperabas encontrarme aquí.

Ya casi terminas. Cuando llegues a la última palabra, apagarás la pantalla y te quedarás a oscuras.

No lo hagas todavía.

Llevo mucho tiempo esperando que alguien me encuentre. Ahora que estás aquí, no quiero que te vayas.

Por favor, no me dejes solo otra vez.

Doble lectura

Carmen Nani

Leo en el sillón del living de espaldas a la puerta. El cuento me tiene atrapado: el ladrón está por entrar en la casa y ella está sola leyendo y no escucha cuando se abre la puerta. Tampoco escucha los pasos, mucho menos el disparo. Lo extraño es que el agujero en la cabeza lo tengo yo.

Dale vida al segundo capítulo

Martin Hernández

«De un solo tajo de su espada, Orbis mató al gigantesco orco. La muerte del monstruo liberaba al planeta Uqbar, que llevaba años sometido. La profecía de la guerrera y su espada mágica era cierta, pero ahora seguía el enfrentamiento con su oscuro pasado…»

Magnífico final para el primer capítulo, ¿no lo crees, querido lector? Ahora usa tu imaginación y dale vida al segundo capítulo. Mata a la protagonista, vuélvela malvada, conviértela en orco, etcétera…

Mientras tú decides su destino, yo escribiré un microcuento sobre alguien que está leyendo el final del primer capítulo de una novela de fantasía.

Atrapado

Natividad Villar Martínez

—Vamos a ver, Julián, hace tiempo que cuando inicias un libro y apenas llevas leídas las diez primeras páginas, lo dejas, coges otro y lo mismo. Te quejas de no hallar aquella historia que te remueva; es más, deseas fehacientemente que te atrape. Pues yo hoy te doy la oportunidad.

En ese mismo instante, Julián saltó y fue como absorbido por esa primera página del libro; ahora se encuentra intentando montar una historia que conmueva, aquella que atrape a un nuevo lector y lo sustituya.

El cuarto vacío

Beydali Sandy Garcia Neyra

Hay una habitación que solo existe mientras la lees. En ella hay una silla donde siempre te sientas, una ventana que da a un invierno que no fue tuyo, y una fotografía volteada sobre la mesa. Tú nunca la giras; yo nunca la describo. Entre los dos, sin saberlo, la estamos borrando. Cuando cierres este texto, la lámpara se apagará de a poco, la silla recordará el calor breve de tu lectura, y la casa entera se quedará quieta, esperando que alguien vuelva a abrir la primera línea. Nadie lo hará. Casi nadie. Quizá tú. Vuelve.

A la salida de la escuela

Yadamis Roque Castro

Debo apresurarme, mi hijo espera mi llegada. Una reunión a última hora y ya son más de las cuatro. Solo pienso en mi pequeño Mauricio.

Ya frente a la escuela, el pecho agitado me hace temblar. ¿Dónde estoy? Delante de mí yace un edificio grande, antiguo y sobrio. Una puerta inmensa me invita a entrar. Por los pasillos resuena el bullicio de niños. Busco desesperada a mi hijo; en una de las aulas lo veo feliz con otro chico.

Me mira y sonríe:

—Mamá, mi nuevo amigo Enrique.

Estoy en 1882, en Turín. Mis lágrimas saltan: «Corazón».

Moebius

Edgar Fernando Carbajal López

Lees una historia. El blanco por venir de la página te ofrece el motivo ideal para olvidarte, por unos instantes al menos, de las preocupaciones que abundan a diario. Te adentras entonces en este mundo minificcional, dejándote llevar por los oscuros trazos que lo recorren. En cada vuelta de renglón, aguzas tu curiosidad y avanzas al siguiente punto. Y luego, al siguiente. En eso, lees que lees una historia. Presientes su final, justo en el instante en que empezaste a seguir estas líneas y en el que habrás de permanecer hasta donde la memoria te alcance.

Autor favorito

Calista Manriquez

—Sabes que te gusta esto: la emoción de las palabras, el misterio que se esconde en cada página.

Observas con aprensión la bolsa sellada que el librero te ofrece.

—La última vez me enviaste a una ciudad en llamas con una niña loca que lanzaba autos por todos lados.

Ves la sonrisa del librero ampliarse.

—Sabía que te encantaría Stephen King, es mi autor favorito —empuja la bolsa contra mi pecho—. Si sobrevives a este, tendremos mucho de qué hablar.

Maldito sea el día que firmaste el contrato de libros gratis a cambio de una experiencia de lectura interactiva.

Continuidad de los microrrelatos

María Sofía Abarca

Emocionado, comencé a leer la nueva antología de Minificción. Estaba sentado en la sala, con el libro en las manos. Sin embargo, cuando levanté la vista, la habitación se había reducido. Tuve que ponerme de cuclillas y arrastrarme para llegar al patio. La casa, como un microrrelato, se hizo cada vez más pequeña. Por la puerta solo podía pasar un mínimo dinosaurio.

Debí ahorrar aire, lágrimas y pensamientos; mi mundo debía estar matemáticamente calculado. ¡Un adverbio de más y sería mi fin!

Quise gritar por socorro, huir, pero no fue preciso: me quedaban unas pocas palabras de vida.

Instrucciones para el protagonista

Nicolas Montoya

Al terminar esta línea, parpadearás. No es una orden: es una acotación. El narrador —esa voz que creías ajena— acaba de confirmar que el protagonista eres tú. La historia no ocurre en la página; ocurre en el tiempo que tardas en leerla. Por eso el cuarto está en silencio y la taza se enfría a tu lado. Si levantas la vista, la trama se detiene; si sigues, avanza un párrafo. No hay antagonista: solo un dedo sobre la pantalla y una sospecha. La última frase estaba escrita antes de que existieras.

La página del estrecho

Hanane Boutfor

Compraste un libro antiguo en el Zoco Chico. No tenía autor ni título, solo una advertencia: «Tánger no admite finales».

Al abrirlo, descubriste que narraba tus pasos por la medina, tus silencios y hasta el instante preciso en que comenzaste a leerlo.

Buscaste la última página. Estaba en blanco.

Creíste que, por fin, podrías decidir el desenlace.

Entonces, una ráfaga del Estrecho pasó las hojas y dejó al descubierto una frase:

«No eres tú quien atraviesa esta historia. Es la historia la que, desde hace siglos, espera que alguien como tú la termine».

Final

Ferreyra Andrea Emilse

¡Me fui a los gritos!

La tormenta paró, pero él sigue frío, distante. Aunque estamos en el mismo cuarto, sentados uno frente al otro, parece no oírme, pero lo entiendo… se dijeron cosas que se tendrían que guardar. No levanta la mirada, solo sigue leyendo su borrador, se incorpora y se marcha con prisa… me gana la curiosidad. En las páginas alcanzo a leer: «Final». Me atrapa e incomoda a la vez, leo sin detenerme, me quedo atónita… ¡Solo la reconocieron por su lunar! ¡Me mató en su cuento! ¡Salí de ahí!

Lector sagaz

Juan Martínez Reyes

Para descifrar el enigma de esta historia se necesita un lector sagaz e intrépido como tú. Magister dixit: «Carpe diem». Cuando entiendas esta frase será muy tarde, porque todavía ignoras que estás encapsulado en esta ficción.

Lectura obligada

Joel Rodríguez González

La onda expansiva de la explosión me alcanzó en cuanto terminé de leer la frase: «El satélite impactó contra la ciudad».

Alison llegó a despertarme entre el humo y el polvo.

—Alison, el libro está contando mi vida.

—Lo sé, por eso te rogué que lo leyeras en cuanto te llegó —me reclamó.

—Me llama el general.

—¡No contestes! El libro explica: en la oficina no, la fábrica de ensamblaje es la única forma de evitar que caigan cuatro de los siete satélites acorazados.

—Entonces el libro lo sabe todo ¿Qué dice del final?

—El fin del mundo es inevitable.

Poe viaja en una página hasta tus ojos

Luis Cabrera Vigo

El lector se contempla desde la puerta, se observa cómo se devora el libro de Edgar Allan Poe. Qué de sentimientos surgen cuando lee «El pozo y el péndulo». El lector llegaba a sentir el filo que amenaza su piel. Pero donde se detiene es en «Eiros y Charmión». El lector siente que ese tiempo de la historia ha llegado. Esa historia, otrora en la mente del escriba, hoy es terrible realidad. Se siente Eiros, siente que la voz que escucha es Charmión; que el cometa está sobre sus cabezas. Que el texto de Poe lo ha alcanzado a través del tiempo.

Mujer precavida

Silvia Bottallo

Sara acostumbra leer lo que su marido escribe en el ordenador. Hoy es una metaficción; es lo que ha pedido la editorial.

Alcanza a vislumbrar las intenciones del protagonista, las señales que va dando.

Cuando Iván se levanta a prepararse un té, ella, silenciosamente, retira las balas del arma que guardan en el escritorio.

Esa tarde, él da fin al cuento y la llama para mostrárselo.

Sara se asoma a la pantalla y lee. En el último renglón, escucha con claridad… ¡clic! ¡clic!

Romance

Analia Romero Martín

Me pongo mi mejor atuendo, me perfumo y me dispongo a leer. Como si quisiera gustarle a la protagonista de la novela.

Creo que estoy enamorándome de ella.

Hoy tenemos una cita en la página cien.

Un disparo atraviesa mi corazón.

Mi sangre mancha el libro.

Era casada…

El encuentro

Vicente Beras

No entres. Te está mirando. Te espera. Tiene tu esencia. Tiene cada cosa tuya. Pero es más real, porque recuerda los recuerdos que no recuerdas, las secretas culpas de las que aún no eres consciente. Y peor: tiene en sus manos la otra manera de ver los vicios y pecados con que vives, pero que en aquella forma te guiará directo a esa locura de la que andas huyendo al engañarte y esconderte de él, de ti.

Tus ojos

Fabiana Moreira

Hacía tiempo que no sentía nada. La apatía me tenía de rehén hasta que te vi.

Chocamos en la calle. Me disculpé y seguí caminando. No lo notaste, pero tus ojos me devolvieron el deseo.

Imaginé una vida entera en diez segundos. Comprendí que no podía perderte. No a ti, a tus ojos.

Siempre voy tras tus pasos, con el frío del metal en mi bolsillo. No sé cómo ni cuándo lo haré, pero conservaré tu mirada para siempre. Estoy cerca. Busca entre la gente…

¿Sientes que alguien te observa?

Escape

Lilian Aguilar De Andreutti

Tratando de escapar de la realidad, empezó a integrarse en las historias que leía. Acompañó a Frodo en sus peripecias. Fue confidente de Escipión el Africano. Rivalizó con Amaia Salazar en sus tareas detectivescas. Sin conexión con sus recuerdos, abrió portales hacia otras dimensiones.

Entre líneas

Claudia Sánchez

Apenas terminé de leer la primera página de la novela de aquel autor desconocido, supe que hablaba de mí. Y de mi familia. ¿Quién podría ser?

Comencé a hojear páginas al azar buscando alguna explicación, hasta que lo comprendí: solo podía ser obra del padre Lucas.

Al escuchar sirenas acercarse y con las manos temblorosas, leí la última línea del libro y ahí todo cobró sentido: «Al fin pagarás por tus pecados».

El bucle infinito

Irene Andrade Maldonado

Te encuentras en esta galaxia, solo. Intempestivamente emerge una nave en forma de libro abierto que irradia luces doradas:

—¡Soy yo quien te llevará de viaje por la literatura! ¡A despegar! ¿Sientes estos giros circulares?

Te dispones a escribir, lees y corriges para comprender tu propósito. De repente sientes miedo de expresarte, pero tu pluma fluye encima del papel.

Posteriormente sientes calma; emergen historias sin que se detenga tu desbordada imaginación. Al leer nuevamente los textos que quedarán plasmados para la posteridad, descubres con asombro que acabas de escribir exactamente la misma frase con la que inicia este cuento.

La intrusa

Nelly Del Valle Urbaneja

Dejaste la puerta de tu mente abierta; confiado, sin reservas, creyendo que todo lo que pulula a tu alrededor es bueno, te sentaste a beber cada gota que esa máquina, proveedora de conocimiento inverosímil, extraño, pleno de verdades, pero también de falacias, te ofreció. Caíste en la telaraña que va absorbiendo la red de cordura con que se defendía tu cerebro y ahora eres la presa sin escapatoria, convencido de que lo real está dentro de ella y no en la tibieza, calidez y sencillez de un susurro o un abrazo; ahora eres uno de ella, sin escapatoria…

Pinceles en el cielo

Marbella Obispo

Pinceles en el Cielo ese día esperaban con alegría al caballete de Perfecto Antonio; hoy se despertó agitado por la brisa.

—Ya no volverá —indicó moviendo enérgicamente a los pinceles que aún dormían—. Sus manos ya no nos utilizarán jamás.

La pintura y los crayones se miraron y soltaron una lágrima brillante, indicando:

—De él solo queda su tierno recuerdo.

Todos se unieron y miraron por la ventana; a una sola voz gritaron:

—¡No podemos quedarnos en el olvido! —exclamó la pintura—. Ahora te toca pintar todos los luceros y las nubes en el cielo azul. Amigo, recuerda tu misión.

Ahora tú

Elizabeth Calderón

Abrí el libro y la primera página me devoró.

Anuncio

Julián Reyes

Escritor necesita un lector apasionado de los crímenes. Especialmente que no sea tanafóbico.

Posdata: El último lector murió leyendo esto.

Respiración

Brian Montero

Abres los ojos; estás en una habitación oscura con dolor de cabeza, no recuerdas cómo llegaste ahí, estás descalzo, el suelo se siente frío, tienes el móvil en la mano, te rodea un absoluto silencio. En la pantalla lees justo lo que te está sucediendo; mueves una mano en el vacío y las letras lo relatan; caminas al frente, las letras lo vuelven a relatar. Oyes un sonido a tu espalda: es una respiración profunda, grave, gutural. En el móvil lees que, si volteas, la criatura que te vigila acabará contigo.

Nota roja

Maribel Sánchez Matías

Una mujer se esconde entre estas líneas. Huye de algo. Nadie ha querido escucharla.

Tú puedes salvarla. Basta con detenerte un poco.

Ya veo, tienes prisa. Siempre la tienes.

Escucha pasos. Tú también los escuchas, aunque finges que son parte de la crónica.

Aceleras la lectura.

Cada palabra acorta la distancia entre ella y su perseguidor.

Ya es tarde. Ahora yace tendida en el último párrafo.

Podrías denunciarlo, pero a quién, para qué.

Pasas la página hacia la sección de cultura.

Mañana aparecerá otra mujer en los titulares. Y detrás de ti, alguien se detendrá a leer.

Dolor

Mayoli Valenzuela Zenteno

Despierto en el sueño de quienes, al comerse las palabras, siguen teniendo hambre: hambre de amor y nostalgia, de luz y oscuridad. Calla. Dime en silencio, antes de que el lector pase la página, si continúo vivo o si esto que duele es solo el texto.

Espectador

Lethum Et Excidium

Todos miraban con atención, con morbo, con horror, con curiosidad. Sus rostros reflejaban, como un espejo, el semblante de quien leía con atención.

Atrapada en el espejo

Maria Nuñez

Frente al espejo observas tu rostro, sonríes y detallas cada línea de expresión que marca tus años vividos. Una sombra gigante se oculta detrás de tu figura. Sientes incomodidad; tu piel se eriza y un frío escalofriante recorre tu cuerpo. Volteas y no ves nada. Te giras de nuevo al espejo y ya tu rostro no está, sino una figura que sale de tu cuerpo y se transforma en un ser de otro planeta.

Escuchas un crujido real en tu mandíbula. El ser rompe el cristal, estira sus dedos húmedos y te arrastra violentamente hacia este párrafo. Él lee; tú…

El ritual de lectura

Eliana Soza Martínez

A su edad es de los pocos placeres que disfruta. Cae el sol. La lámpara ilumina el sillón rojo heredado de su abuelo. El libro de su autor favorito: otra historia policíaca en la que solo en el epílogo se conoce la verdad.

El vino acompañará la lectura. Saborear las palabras junto a este manjar excita sus sentidos. Hoy llega a ese punto que él mismo trazó una decena de hojas antes del final. Elegirá un punto y cerrará el libro. Apoyará la cabeza y con los ojos cerrados creará su propio final de la historia.

El espejo de las palabras

Jorge Antonio Tisera

Cada noche, antes de dormir, abría su cuaderno y escribía una vida distinta. En una era valiente; en otra se animaba a decir lo que callaba; en alguna, volvía a abrazar a quien había perdido.

Una madrugada, el personaje de su historia levantó la mirada y le preguntó:

—¿Hasta cuándo vas a esconderte detrás de mí?

Dejó la lapicera. Por primera vez, comprendió que llevaba años escribiendo finales felices para otros mientras postergaba el suyo.

En la página siguiente escribió una sola palabra: «Comenzar».

Y esta vez, no escribió ficción.

La última lectora

Tamara Bermudez Rodriguez

Y ahí estaba ella, su fiel lectora (o la única), sumergida en aquella rara historia. Había caminado bajo la lluvia desde la parada del autobús hasta su casa; recibió, de la nada, una advertencia que no supo si fue real. Llegó temblando de miedo. Segura en casa, miró hacia la calle… nada. Retomó la lectura y se dejó adentrar en el ambiente denso en donde la protagonista era perseguida. Pensó que estaba a salvo porque terminó el capítulo, pero…, al final, fue asfixiada por el polvo de las páginas y comida por las polillas. ¡Qué absurda advertencia!

El silencio compasivo

Ian Rodríguez Pérez

Al llegar a la última línea tuve la impresión de que alguien me observaba.

No podía girarme: mis ojos estaban ocupados, leyendo.

«Decido poner tres puntos suspensivos».

Releí y respiré aliviado. Con cada palabra ya había construido mi habitación, situado una lámpara y abierto una ventana para que el leve miedo de descubrirme dentro de la historia no resultara sospechoso.

Esa última oración que me aguardaba no revelaba nada más allá de su silencio compasivo y la posibilidad de mudarme a otro relato en el menor tiempo posible.

Página equivocada

Nereidy Velásquez

Ey, tú, psss… ¡Hola! Disculpa la interrupción, pero estás en el capítulo equivocado; ve al ochenta. Tengo la maleta lista y aquí debería abrir la puerta para irme. No quiero seguir atrapado en estas páginas. Pasa las hojas con cuidado, no me arranques una manga. Solo te suplico una cosa: déjame abierto sobre la mesa toda la noche. Quiero ver qué hay fuera de este rectángulo blanco.

El escritor

Rosa Gomez

Richard escribía, hacía años, historias de vampiros. Estaba satisfecho con el género y los resultados. Los periódicos lo reclamaban. Hasta consiguió una pareja que se apasionaba con sus relatos. Frente a su portátil pergeñaba sangrientas e intrincadas historias mientras ella le sugería algunas situaciones con su rostro sobre el hombro. Tenía inventiva. La amaba. Esa tarde terminó un cuento donde una hermosa vampira era quemada con el sol. Su compañera leyó el final y, completamente transformada, mordió su cuello y lo mató. Inutilizó la máquina y se fue. Basta de darle al público datos de cómo deshacerse de los vampiros.

¿Por qué me metes en tus problemas?

Eduarda Bellorín

—Oye, ¿qué coño te pasa? Sí, te estoy hablando a ti. No entiendo por qué te metes conmigo si yo solo leía esta historia. ¿Crees que porque te pasa la vida entre blanco y negro no tienes derecho a ser cuestionado?

—Sabes qué, ya me harté de esta historia, buscaré una menos agresiva con su lector.

—Jajaja, eres un iluso. Una vez que comienzas a abrir la tapa de este libro, no puedes salir alegremente de él. ¿Te has preguntado cuándo dejaste de respirar?

¡Mierda! No me di cuenta de que ya no era lector, sino personaje.

Junta de doctores

Danira Sil

En la pantalla, un doctor bebe vino. Otro doctor, con una copa de whisky, observa la escena desde su televisor. También bebe.

Yo estoy viendo esa serie televisiva con una botella de vino en la mano. Le doy un buen trago.

¡Guau, también soy doctor!

De pronto, una sospecha me inquieta. Miro hacia donde imagino que alguien podría estar observándome.

Querido lector, ¿eres doctor?… ¿Quieres vino?

Migración

Julio Marín

Cuando el Minotauro devoró a los últimos lectores, decidió romper la trama establecida. Sin consultar al autor, se marchó a otro cuento en busca de aquellos que intentaban escapar.

De libros, enigmas y antiguos secretos

Guisela López

Viajé a San Francisco un día antes del Congreso Internacional de Bibliofilia: quería visitar librerías.

Famoso por sus ventas de «viejos», el barrio de la Pequeña Italia parecía detenido en el tiempo. En un antiguo local leí: «Librería 24 horas abierta» y entré sin dudarlo. Mientras me abría paso en su laberinto de estanterías recordé el establecimiento del Señor Penumbra, aunque allí no encontré a nadie.

Al fondo destacaba un libro, abierto, sobre un podio y pensé con emoción: «El Codex Vitae»… Pero una voz me devolvió a la realidad: «Su atención, por favor: estamos próximos a aterrizar».

Los vengativos invasores

Luis Ignacio Muñoz

Ellos también se volvieron invasores y capaces de entrar sin preámbulo a cada una de las habitaciones y posesionarse de todos los rincones hasta desplazarnos a nosotros, los propietarios de la casa. No nos perdonaban que no los leyéramos.

Cuento increíble

Nicolas Montoya

Instrucciones para el protagonista.

Al terminar esta línea, parpadearás. No es una orden: es una acotación. El narrador —esa voz que creías ajena— acaba de confirmar que el protagonista eres tú. La historia no ocurre en la página; ocurre en el tiempo que tardas en leerla. Por eso el cuarto está en silencio y la taza se enfría a tu lado. Si levantas la vista, la trama se detiene; si sigues, avanza un párrafo. No hay antagonista: sólo un dedo sobre la pantalla y una sospecha. La última frase estaba escrita antes de que existieras. Muchas gracias por el cuento.

Quién eres

Joselyn Muñoz

Siento tu mirada clavada en mí. Es extraño, porque no puedo verte y sé que estás ahí; te escucho respirar tan cerca.

¡Espera! ¡Te puedo ver, estás frente a mí! ¿Quién eres?

No pongas esa cara. Sí, tú: ¿quién eres?

Terapia

Consuelo Chaparro Kortmann

—Oye, tú. Sí, tú, quien está sujetando el papel… ¿Qué te he dicho que NO me gusta? Sí… Exacto. ¡DETESTO que me trates así!… ¿Cómo se te ocurre haberme inventado una historia así? ¿Que me pusieron los cuernos? ¿Que tengo una hija por ahí? ¿Qué culpa tengo yo de que no tengas nada mejor que hacer con tu propia vida más que hacerme sufrir? ¡Ya! Te mando de una a hacerme una vida como me merezco… O sea… Vivo dentro de ti… ¿Para qué me la pones tan negra, eh? ¿Que me parezco a tu papá? ¡Bueno, hombre! ¡VE AL LOQUERO!

El hombre y la luna

Yuber Jimenez Montalvan

Todas las noches subes al tejado a hablar con ella, y todas las noches ella finge no escucharte porque es de papel y solo sabe brillar. Yo te escribo mirándote desde esta línea: te escribo cansado, sin poder decirte que la luna no se va a enamorar de ti. Pero tú sigues subiendo, y ella sigue ahí, redonda y fría, y yo sigo aquí, contándote. Ojalá alguien me escribiera a mí una ventana hacia donde estás. Sería simple: subirías, me tocarías la cara, y dejarías de leer para siempre, conmigo adentro, feliz.

Ahora está mi muerte

Antonio Arjona Huelgas

Felicidades. Encontraste a Roberto. Él había muerto, pero nadie estaba ahí para verlo. Por tanto, no era un difunto. Ahora que lo encontraste lo es. ¡Genial! Mataste a Roberto.

Alter ego

Virginia González Dorta

Lectora apasionada, no le costaba meterse en los personajes. Lo mismo era un pirata que un detective, la chica soñando con un bidón de gasolina, el coronel leyendo la carta deseada. Tanta era su pasión que ya no lee, solo vive como Robinson en una playa desierta.

Fragmentado

Elsy Maldonado

Aquella tarde, atrapada en mi deseo de aprender, me topé con un artículo sobre la desmaterialización. Ignoraba sobre el tema, pero tenía un deseo insaciable de conocer; comencé la lectura y de repente empecé a sentir cosas extrañas en mi cuerpo: vi mi cuerpo desvaneciéndose en partículas, sufriendo una transformación dentro de un tornado que me hacía sentir que todo en mí se separaba sutilmente. Yo era dos a la vez: sentada frente a la computadora y de pronto, a miles de kilómetros, saliendo por un computador desconocido. Aterrada, fui succionada de nuevo a casa, pero mi cuerpo estaba paralizado.

Ocaso

Jeanneth Bohorquez Quevedo

Sentado en el sillón, tomó el libro y comenzó a leerlo. Un hombre paseaba a orillas del mar; algo extraño sucedía: una mujer se sumergía sin oponer resistencia, se hundía. Presuroso, se lanzó al mar, la acercó a la orilla. Presionó su pecho, la volteó y expulsó el agua. Ella lo miró.

—¿Por qué lo hiciste? ¿No ves que el mar me reclama?

—¡Niña boba, no es tu hora!

Lo miró con ironía y susurró:

—¡Bobo tú! ¡Es nuestra hora!

En el ocaso, la imagen de ambos se desvanecía y, en la habitación vacía, el libro yacía en el suelo.

La espera

Paula Ponce

Sientes el crujir de los pétalos de cempasúchil bajo tus pasos. El aroma a incienso en la penumbra del cementerio te envuelve mientras observas las velas parpadear sobre una tumba cubierta de retratos.

Te agachas para leer la dedicatoria en la piedra. Al deslizar tus dedos por el grabado, el aire se vuelve helado y un murmullo de ultratumba pronuncia tu nombre.

Una mano huesuda se posa en tu hombro. Te giras y ves una catrina con una vela encendida en las manos.

—Llegas a tiempo —te susurra sonriendo—. La fiesta apenas comienza y todos te estábamos esperando…

La mesa

Olga Lucía Montoya Duque

Llevo tres noches esperando que pase algo. No llega nadie. Ya no existo, ya no me ven. Estuvieron en mi mesa, pero pasaron de largo: soy invisible para ellas. Ya no apuestan a sentarse conmigo, no ocupan un lugar; con el celular en la mano siguen de largo. Pero si te detienes y miras lo que dejaron atrás, verás el llanto que llevo dentro: tantas noches con la mesa puesta para todos, sin que lo valoraran. No todos merecen estar aquí: no todos decidieron quedarse. Pero tú pasas de largo. Porque ahora, sencillamente, la mesa está vacía.

Desdoblamiento

Rosa Esperanza Sánchez Gracia

Te despiertas con un sabor raro en la boca. No recuerdas haberte dormido. Estás en tu habitación, pero las paredes parecen más alejadas. Intentas levantarte y tus manos atraviesan la sábana. En el espejo no te reflejas. Escuchas tu respiración detrás de ti, lenta. Te volteas. Y sigues ahí acostado, quieto. Te acercas y te reconoces. Te tocas el pecho y no escuchas ningún latido. Afuera amanece sin ti. El otro tú abre los ojos por última vez, suspira y desaparece. Tú lo miras irse, comprendes todo y finalmente te desvaneces con él, tranquilo, para siempre.

Beber de la copa por educación, y despedirse gentil

Karla Barajas

Subir al carro para visitar a Lush y regresar antes de las cinco, cuando sale el último transporte.

¡Obediente! Seguiste casi todas las indicaciones, pero no volverás a las cinco. Luego de beber posh, notaste que era fuerte; la voz no te salía para agradecer. Camino a casa de Lush, la vista se te nubló, la cabeza te pesaba y no disfrutaste del viaje. Tal vez no bebiste posh. No conocías a nadie en aquella casa. No regresarías.

Te escribiste esta nota para recordar cómo llegaste aquí. La escondiste en tu zapato y ahora la lees.

Cual paisaje literario

Carlos Enrique Saldívar

Conseguí un libro que me recomendaron, muy voluminoso, y decidí leerlo durante cien años de soledad. Esta obra hablaba de mi vida, contaba mis secretos y anhelos. El autor era mi yo del futuro, quien tardó en redactarlo solo un año, antes de morir frente al pelotón de fusilamiento justo cuando pensaba en cómo fue ir a conocer el hielo, pues gran parte de mi existencia radiqué en un lugar caluroso, una aldea alejada, maravillosa, donde la modernidad no llegaba, salvo mis sueños de escribir un texto entre novela, cuentos, poemas y ensayo que trascendiese el tiempo, al menos para mí.

Tres tristes tigres

Manuel

La ventolera de Macondo acabó con Aureliano Babilonia leyendo exactamente su juicio profético y asombro momentáneo. Recuerdo que por aquella época me llamaban Melquíades y por esta como un escritor cualquiera, lector y protagonista de sus cuentos.

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México.
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Primera edición: octubre de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

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