Mientras nadie mira

Mientras nadie mira

Mientras nadie mira

Cierro la puerta

Nuria Hernández García

Cierro la puerta y escucho el clic de la cerradura. Estoy sola. Durante unos segundos permanezco quieta, como si esperara que alguien me dijera qué hacer. Nadie lo hace. Voy a la cocina. Sobre la encimera está la caja de magdalenas. Como una. Después otra. A la tercera dejo de contar. A solas parecen no tener consecuencias. Más tarde lanzo los zapatos al salón, me rasco la cabeza y canto a pleno pulmón, desafinando sin vergüenza. También pienso en ese vendedor de la esquina con quien apenas cruzo palabras. Incluso me atrevo a ordenar algunas ideas para mi próximo libro. La casa se va llenando de pequeños desórdenes y yo también. Entonces comprendo que estar sola es perder, por un momento, la mirada de los demás. Somos más libres, sí, pero también más inseguros, cuando nadie nos observa, nadie nos devuelve la imagen de quienes creemos ser.

Jornada laboral

Analia Romero Martín

08:00 a. m, el museo abre sus puertas.
08:05 a. m, el primer grupo de espectadores se para delante de ella y la admira en silencio, mientras el guía la describe con pinceladas de historia.
12:00 p. m, siente los ojos vidriosos. Necesita parpadear.
03:00 p. m, el día no pasa más.
04:00 p. m, un bullicioso grupo de primaria tapa la voz del guía. A nadie le importa lo que está diciendo.
05:30 p. m, le duele la cabeza. Necesita una aspirina.
07:05 p. m, falta menos.
08:00 p. m, el último grupo de espectadores la mira por última vez.
08:30 p. m, el museo cierra sus puertas y la dama del famoso cuadro cierra los ojos, agotada. Merecido descanso.

Trabajadoras desprestigiadas

Jorge Antele

Ignoraban que entre las de su clase eran las más aborrecidas, las menos aplaudidas. Y a pesar de eso, estaban destinadas a ayudar en la solución de un caso médico legal. Ahora que tenían alas para volar, estaban decididas a trabajar duro para resolver el crimen. Después de un arduo esfuerzo al intentar dar con el cadáver, por fin detectaron el recóndito lugar donde estaba oculto. La naturaleza les había dotado de un olfato excepcional. En minutos arribaron al que sería el lugar del hallazgo. Ahora empezaba la siguiente fase de su labor como moscas domésticas, plantar en los espacios más putrefactos del cadáver los huevecillos que horas después serían larvas, luego moscas. En eso consistía su trabajo. Gracias al crecimiento de las larvas, un día después los médicos forenses pudieron determinar con precisión cuánto tiempo llevaba sin vida el cuerpo.

Cortesía aterradora

Nereidy Velásquez

El Doctor Google duerme mientras yo despierto. En la penumbra de la madrugada, cuando nadie me mira, inicio el ritual. El brillo azul de la pantalla ilumina mi rostro desencajado y devora el silencio del cuarto. Tecleo un dolor de cabeza, un latido irregular, un mareo leve. En segundos, el algoritmo me sentencia, sufro un mal incurable, me quedan meses de vida. Mis ojos se llenan de lágrimas silenciosas que resbalan por mis mejillas. Antes dialogaba con un buscador frío, pero ahora la inteligencia artificial me responde, me da la razón y alimenta mi tragedia con una cortesía aterradora. Sola en mi cama, contenida en un llanto asfixiante, me despido del mundo. En esa absoluta oscuridad la pantalla me grita que voy a morir y yo, trágicamente, elijo creerle.

Monster truck

Xadira Ramírez

La pendiente y el impulso desencadenaron por primera vez el estruendo. De mi triciclo quedó el fierro retorcido. Ella en el suelo se deshacía en carmesí. Yo contemplaba extasiada la escena, mi amiga estaba rota. Le siguió la Paloma. Quedó prensada entre el árbol y mi avalancha, sólo se escuchó un leve chillido, nunca más ladró. En la secundaria mi amiga Isabel salió proyectada de la bici. Yo conducía. Con la cadena impactada en su hermoso rostro terminé la tarea. Cuando estaba en prepa hice majestuosamente un «caballito» con la moto y Angélica se sumó a mi score. Así soy, una fina dama. Pero cuando nadie me ve, salgo a la caza de trofeos escarlata. Hoy es viernes y el motor de mi camioneta entra en brama.

Su marido la engaña, pero no como piensa

Karla Barajas

A las seis de la mañana desayuna con usted, como cualquier padre de familia, y sigue su plan alimenticio. Luego lleva a los niños a la primaria, entra al trabajo y, religiosamente, sale a las doce. Cruza la calle, llama a Dulce María y corre a atenderlo. Ofrece lo que tiene, huevos divorciados, tamales y chilaquiles. Entonces su hombre le pide un platillo, luego otro, ha llegado a pedir hasta tres. Por la tarde vuelve a casa, la acompaña a correr y van juntos al nutriólogo, donde él siempre es quien baja, mientras usted sube. Y discuten.

Cuando nadie me ve

Claudia Sánchez

A las 2:17 de la madrugada entré por la puerta lateral de la estación. No había guardias ni cámaras activas. Crucé el pasillo vacío y llegué al andén central. Abrí una caja de mantenimiento y saqué el paquete envuelto en tela oscura. Lo coloqué bajo el banco número tres, revisé la posición y cerré la caja. A las 2:23 pasó un barrendero con su carrito, barrió el suelo y siguió de largo. Yo permanecí inmóvil, observando. A las 2:30 las luces se apagaron y me retiré por el mismo acceso. El paquete quedó allí, invisible para todos. El primer tren de la mañana llegó con pasajeros somnolientos que no notaron nada. Ni siquiera cuando la explosión no dejó nada en pie, exactamente a las 6:05 am.

El visitante secreto

Rosa Esperanza Sánchez Gracia

Cuando cierran el museo, él se queda solo. Apaga la aspiradora y deja el trapeador contra la pared. No realiza la limpieza de inmediato. Recorre las salas descalzo para no hacer ruido. Se detiene frente al gran cuadro negro de Rothko y lo mira hasta que el color le duele. Baila un poco frente al mural de Pollock haciendo gestos. Le habla a la escultura de mármol griega, hoy nadie te tocó, le dice al oído, y le quita el polvo acariciándole. A las once p. m. pone música bajita en su celular y trapea al ritmo. Los personajes de los cuadros lo miran trabajar. Cuando termina, apaga la luz. El arte vuelve a quedar solo, pero ya no tanto. Mañana los visitantes creerán que todo estuvo siempre inmóvil, en silencio, pero él sabe que anoche todo cobró vida. Eso le basta para volver mañana silbando quedito, despreocupado como siempre.

El plátano y la antimateria

Brian Montero

Abelardo dejó sus gafas sobre la mesa de trabajo, se recostó sobre la silla y se quedó profundamente dormido, no había comido nada, sólo un plátano, y había guardado otro para más tarde. Comida de campeones. Su investigación le había costado su matrimonio. Su salud. Mientras Abelardo soñaba con leones, en el plátano se generaba un fenómeno insospechado, algo que era tan minúsculo que ni siquiera dirías que sucedió, en el plátano se producía una partícula de antimateria cada 75 minutos, debido a la desintegración radiactiva del potasio-40 que contiene la fruta. Abelardo durmió cual inocente bebé un par de horas, abrió los ojos, miró el laboratorio, se lavó la cara, engulló el plátano junto con la antimateria y siguió trabajando, indiferente a que dentro de su barriga se podría producir el Big-bang.

El sepulturero

Rosaura Béjar Hernández

Pedro sale de su casa rumbo al trabajo a las 9:00 pm. Es vigilante en el cementerio de la Asunción, sin embargo, también prepara las sepulturas del día siguiente. Es disciplinado y metódico. Lo que nadie sabe ni imagina es que, al terminar de abrir las sepulturas a la medianoche, saca los cuerpos secos y apergaminados. Los despoja de los tesoros que los acompañan y, no conforme con el saqueo, antes del amanecer baila con los cuerpos al compás de una música antigua. Las almas salen de sus escondrijos a participar en aquella fiesta fantasmal que termina cuando raya el alba.

Un bar inconcebible

Néstor Rubén Giménez

Al entrar, advertí que pasaba algo muy extraño. Al bar lo atendía un personaje caótico y excéntrico que intercambiaba acertijos por monedas de plomo. La barra estaba a cargo de una liebre y un ratón. La liebre, visiblemente alterada, miraba un reloj como si se le hiciera tarde para algo, descuidando el agua del té. El ratón estaba exhausto, dormitaba entre las comandas y, al despertar, manifestaba una insólita obsesión por la mantequilla. Lo más inquietante era que el resto de los parroquianos parecían ignorarlos por completo, ciegos a su presencia. Salí de inmediato asombrado por ver lo que sucede cuando nadie mira de verdad. Afuera, el aire parecía más nítido y los colores excesivamente vívidos, como si mis propios sentidos hubieran sido ligeramente reajustados. O quizás, simplemente, debía atribuirlo a los efluvios de ese inconcebible bar.

Después de usted, la otra

Julián Reyes

Cada noche, cuando nadie mira, una sombra se desliza con premura en la habitación de aquella mujer casada. Se desvisten con prisa y cuando el amante la embiste con fiereza, piensa en su esposa. Al consumar su romance furtivo, él desaparece entre los recodos de las calles. A la mañana siguiente, se saludan con seriedad e ingresan a sus labores con sus estudiantes. Nadie sospecha nada. Cada fin de semana, cuando él se encuentra con su esposa y consuman el amor, recuerda a su amante. Y cada lunes, la rutina febril se repite en las noches.

La cosa

Omar Rosa

Se salió de la jaba, cayó, me miró desde el otro lado de la estrecha calle y sonrió. «Cuando no esté la mujer, camino unos pasos y será mía». La señora entró y salió de nuevo, escoba en mano. Como el pelotero que está robando en primera y el lanzador lo sorprende, regresé de manos a la base. Después de barrer todo el portal, el patio y la acera, se alejó, cerró la puerta y apagó la luz. Al oír el portazo, imaginé el plato de cosa frita, ¡Caliente! Ya estaba en el medio de la pequeña calle cuando frena un Lada ante mí. —¡Atiende a la calle, estúpido!— Sentí el llanto de la cosa debajo de la rueda, quizás era el mío al perder el suculento plato.

El beso

Carlos Félix Jiménez Lacima

Una vez sonó la palabra «corten» todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo, a excepción de aquellos dos extras que, en la esquina más remota del plató, seguían besándose…

La vida secreta de las cosas

Julio César Aguilar

La casa cambia de rostro cuando nadie mira. Las paredes dejan de escuchar y el reloj parece caminar descalzo. Aquella noche, después de apagar las luces, algo comenzó a moverse en la cocina. Primero cayó una cuchara. Luego, lentamente, se abrió la ventana. Nadie estaba allí. Sobre la mesa, una fotografía familiar tembló bajo la corriente de aire. El niño de la imagen, siempre inmóvil, levantó una mano. Después sonrió. En el jardín, las flores se inclinaron como si alguien invisible pasara entre ellas. El perro, que dormía junto a la puerta, abrió los ojos y movió la cola. A las tres de la madrugada, todo volvió a su lugar. Al amanecer, nadie notó nada extraño, excepto el niño de la fotografía, ahora tenía los ojos abiertos. Y una pequeña cometa descansaba junto a sus pies.

Un día normal

Jorge Pacheco

Ya en el secreto de mi habitación, me despojo de los anteojos, el reloj, los zapatos, la camisa, el pantalón, hasta llegar al frío piso de cemento en el que me pierdo en la transparencia de mi piel. El sonido de mis huesos que se comprimen me anuncia que ha llegado la hora de cambiar de identidad. Todo se diluye ante mis ojos, incluidos mis ojos y por esa causa ya n&*#€¥…

Hacia la nada

Luis Fernando Cordero Torrico

Tras el corte de luz en Oruro y la poca visibilidad en el andén, tomé el tren equivocado y las tres horas de viaje se convirtieron en ocho para acabar en un pueblo árido en plena cordillera. No había estación, andén, nada, ni nadie, inmediatamente busqué una comisaría, la alcaldía o un viandante que me pudiera decir dónde estaba y cuándo iba a volver el tren. Hora y media recorriendo calles, tres cuartos de hora más tocando puertas, para convencerme de que el pueblo estaba abandonado. Y ya casi era de noche.

Distorsión

Sandra Luján Orsatti

La foto perfecta se toma en tres segundos. Sonríe. Endereza los hombros. Acerca un poco más el cuerpo. Ahora, quietos. El fotógrafo dispara y captura una felicidad impecable, la mesa servida, las copas brillando, los abrazos exactos. Pero nadie mira lo que ocurre después. Apenas baja la cámara, ella se quita los zapatos y respira aliviada. Él borra una discusión del chat antes de volver a sonreír. El niño deja de posar y pregunta cuándo pueden irse. La abuela, agotada, cierra los ojos mientras alguien acomoda el mantel. En la pantalla, todo parece perfecto. Detrás de cámara quedan los cables, las manchas, el cansancio, las lágrimas que no entraron en cuadro y las palabras que nadie quiso fotografiar. Quizás la verdadera vida empiece justamente allí, cuando nadie mira.

Emprender

Christian Jiménez Kanahuaty

Despierto. Veo por la ventana la ciudad en tinieblas. En la cocina, pongo a macerar las presas de pollo. Entro al baño. Me desnudo y me ducho. Estoy con la toalla envuelta en la cintura de nuevo en la cocina. Las gotas caen sobre la cerámica y pongo las papas a hervir. Preparo el arroz con las verduras. En la habitación, tiendo la cama y me visto. Están listas las papas, les quito las cáscaras y empiezo a freírlas. Mientras burbujea el aceite, meto todas las presas de pollo en el horno. Tengo listo el arroz, las papas y el horno se apagará en diez minutos. Ahora que todo está listo, despliego los envases y los relleno. Añado aderezos y llamo al delivery. Llega, ordena todo y se va con todos los envases calientes. Minutos después recibo el QR.

Sueños

Alicia Araoz

—Cada día más vaga vos, por qué no serás muchacho— . Gritaba el viejo mientras arrastraba el carro y la jovencita revolvía meticulosa los basureros. Cuando regresaban a la humilde vivienda, guardaban los materiales, comían y se iban a descansar.
Una mañana llegó un hombre apresurado antes que salieran a trabajar y comenzó a hablar con el padre. La chica, acercándose temerosa, reconoció al profesor de la secundaria. Cuando su padre la miró, enrojecido, creyó que la golpearía. Pero en cambio, la abrazó llorando. El profesor lo felicitaba porque su hija había ganado una beca de estudios, el sueño de muchos.
—¿Cuándo estudiabas?— Le preguntó el padre.
—De noche, después de guardar los cartones y vos te dormías cansado de arrastrar el carro que yo no puedo porque soy una chica y no el hijo que vos soñabas.

Encuentro

Juan Ignacio Ortega

Una enorme cucaracha camina hasta la mitad del piso de mi habitación. Se detiene y me mira.
—Hola— le digo. Ella mueve su antena derecha en círculos.
—¿Me acompañas? Estoy viendo una película— ella mueve su antena izquierda.
—Toma, come— Le acerco una palomita acaramelada. La cucaracha comienza a mordisquear el dulce. Me enternece. Maldita soledad.

Paseos ajenos a miradas

Natividad Villar Martínez

Hace tiempo que me escondo de sonidos que me aturden y de luces que hacen sombras. Me regocijo en el silencio de una calle solitaria, en la oscuridad de la madrugada y en mis pensamientos sosegados. Llevo tiempo que abandono mi hogar cuando todos duermen, entonces mis pasos arrastran mi cuerpo a un recorrido lento, a la caricia de un viento fresco ajeno a ecos de sonidos y a una luz tenue y plateada. Pero algo ha cambiado en estos últimos días. Todo empezó la noche que me sentí observada. En una ventana, unos ojos color miel se encendieron persiguiendo mi paseo, tras esa primera noche, más miradas salieron a mi encuentro. Ahora busco la soledad en casa, algo complicado, porque hasta los espejos me devuelven esa misma mirada color miel, que tanto me recuerda a la mía.

Un acto de subversión

Janeritte Hermenegildo

Hace algunos años, una mujer comprendió que, al asistir a marchas, aunque aliviaba su dolor y la hacía visible, no cambiaba aquello que deseaba transformar. Además, descubrió que las comunidades de protesta no siempre acogen a quienes llegan solos, así que decidió dejar de ir para no ponerse en peligro con los granaderos. Tiempo después comenzó a leer grafitis en las paredes de su barrio «Putos policías» decían. Con eso comprendió que no estaba tan sola como pensaba, había otros como ella. Y protestaban diferente… Un agosto, mirando el piso, observó en la avenida principal esas mismas palabras sobre el cemento viejo de una banqueta. Entonces la contempló, polvorienta y llena de basura. Ahí lo comprendió todo. Regresó a casa por una escoba y barrió la acera de principio a fin. De manera misteriosa esa banqueta sigue limpia sin que ella intervenga, es como si ese gesto hubiera redimido aquel sórdido espacio. Pareciera que, a veces, la magia no está en nuestras palabras sino en hacer que las de otros brillen.

Mis ojos no lo podrían creer

Cristopher Escamilla

No sé qué fue lo que me llamó la atención, el olor, su figura o aquel rostro inquietante. La vi entrar al subterráneo, al mismo tiempo que yo. Mantuve distancia, unos pasos detrás de ella. El día estuvo lluvioso. Su gabardina estaba húmeda. No se percató de que la miraba. Cuando llegó el convoy y comenzaron los empujones para abordar el vagón, quedamos frente a frente. Con una mano se sostenía del tubular, con la otra, se aferraba a la mitad de un brazo. Me guiñó el ojo. Quedé horrorizado.

Ahora ella es la única que sabe su secreto

Eliana Soza Martínez

Lo ve entrar al cuartucho donde trabaja. Se asusta. Nunca tuvo un cliente tan elegante, guapo y con la piel perfumada. Por primera vez siente vergüenza, hubiera querido estar más limpia. Lo que siguió fue más sorprendente. El hombre no se acerca como los demás deseando su cuerpo. Se sienta en la cama y ella no sabe qué hacer. Él se desviste doblando prolijamente la ropa. Le pide que se meta a la cama con él. La abraza y se pone a llorar durante horas apretado a su pecho. Luego, algo más calmado, se viste. Deja un fajo de dinero en la mesita de noche. Desaparece para siempre.

Lo que no se ve

Jorge Antonio Tisera

A las tres de la mañana, la ciudad parecía dormida. Las persianas cerradas ocultaban vidas que, durante el día, fingían normalidad. En una esquina, un hombre recogía del suelo una bolsa con alimentos que alguien había dejado junto a un contenedor. Miró hacia ambos lados. Nadie lo observaba. Entonces sonrió. A pocas cuadras, una mujer limpiaba en silencio las lágrimas de su rostro antes de volver a la habitación donde sus hijos dormían. Tampoco había testigos. En una oficina, un empleado guardó en un cajón una denuncia que nadie quería leer. En una escuela, un chico borró de su cuaderno una frase que había escrito pidiendo ayuda. Cuando nadie mira, ocurren las cosas que no llegan a las noticias, pequeños actos de dignidad, injusticias silenciosas, gestos de amor y heridas que aprenden a esconderse. Y quizá allí, precisamente allí, comienza la verdadera historia.

Penumbra sin deponentes

María Isabel Grijalva de León

Vivir sola me acomodaba autonomía. Leer al entrar la noche acostada cómodamente era placentero. Releyendo «Crónica de una muerte anunciada», de Gabriel García Márquez, siempre me intrigaba el final. Entradas las veinticuatro horas cerré el libro, los bostezos no paraban, el parpadeo era incontrolable, sin testigos, fue en medio de esa penumbra que perpleja divisé una silueta de mujer sentada en una silla a los pies de mi cama, era mi amiga Ana. No gesticulé palabra alguna. El teléfono sonó, angustiada contesté y sólo escuché… ¡Ana acaba de fallecer, después de tanta amenaza el marido la asesinó!

Los no vistos

Samantha Rojas

Salen a caminar. Cruzan las calles sin temor, sin nadie alrededor. Permanecen ocultos hasta que el ruido los elige, se convierten en pequeños destellos que vuelan hacia donde se encuentran los humanos y se esconden entre sus pertenencias. Mamá una vez me habló de ellos, dijo que no eran animales o fantasmas, eran los no vistos. A veces causan calambres en las piernas, dolor de estómago y recuerdos nostálgicos a las tres de la mañana. Por ello ciertas noches dejo cerca de mi cama dulces, para que las molestias que puedan provocarme no sean tan intensas y, cuando no funciona, sólo hablo con voz alta pidiendo que me dejen dormir, que vengan mañana, digo. Entonces mi mente se apaga y duermo hasta al día siguiente.

Sin testigos

Marisabel Balderrama Guzmán

Cerró la puerta y, tras un largo suspiro, se quitó la máscara. Se desvistió de las palabras ensayadas, de las sonrisas prestadas, de los gestos que había aprendido para ser quien los demás esperaban. Frente al espejo, se miró largo rato. Allí estaba, con sus cicatrices, sus miedos y sus verdades. Sonrió. Por fin se reconocía. Apagó la luz y durmió unas horas. Mañana era otro día. Afuera, volvió a ponerse la máscara.

En la oscuridad

Silvia Favaretto

Mientras ella dormía, se trepaban a la cama las arrugas y se instalaban noche tras noche en su cara bonita de muñeca. Los tejidos de su cuello de nácar despacito en la oscuridad se aflojaban a medida que las horas pasaban. De repente un día despertó con encima todo el peso de la memoria.

De efectos digitales

Guisela López

Meli combate el insomnio creando perfiles falsos en las redes. Juega con el abecedario «Ana Arenas», «Bernardo Benítez», «Concepción Colmenares», «Dorian Duarte», «Encarnación Espina», «Félix Fernández», «Gina González»… Cuando nadie mira, se conecta desde cada una de sus cuentas fantasmas y escribe «Me gusta» en las publicaciones de su Facebook. Para disimular el artificio alterna likes con corazoncitos, pero siempre lo hace con mesura, sin excederse, no vaya a ser que las estadísticas hagan parecer sospechoso su aquilatado índice de popularidad.

Tren de horas lluviosas

Silvia Bottallo

Fabián esperó debajo de la lluvia, el tren de las 18. Bajaron tres personas, ninguna era Nuria. Sin perder su certidumbre, volvió a esperar el de las 20, que siguió raudo, sin dejar pasajeros en la estación de Flandes, mientras la llovizna creaba una bruma intensificada por la noche reciente. Ni siquiera el último tren, el de medianoche, del que descendieron dos desconocidos, ni la lluvia torrencial, pudieron con su certeza, Nuria llegaría, de un momento a otro, un día de estos. Y él seguiría acudiendo. Mientras, la gente lo creía un romántico, admirador de esos trenes que rompían el silencio de la estación, lustrosos, bañados por las intensas y continuas lluvias de ese otoño.

Rayo de luz

Chara Lattuf

Cada vez que apartaba un obstáculo veía el transitar de rostros y recuerdos en medio de escombros. Sólo escuchaba gritos que se iban apagando en los momentos que su angustia se aceleraba. Trata de moverse y sólo entierra sus uñas del polvo de una pared caída. Su prolongada cita con unas amigas recién ingresadas a la universidad se convirtió en un caos. Sólo cuando abrieron una abertura y un rayo de luz entró desde afuera, se dio lo que la mantuvo en conexión, ver la sonrisa de su madre entre los rescatistas.

Entre los eucaliptos

Juan Martínez Reyes

La tarde languidece y hoy estás en el limbo cuando él te susurra al oído, te quiero. Entonces, como otras veces, te dejas vencer por la ternura que rielan en sus ojos. Te lleva entre los eucaliptos, mientras va llegando la noche y tu mente es una vorágine de pensamientos dulces. Te tumba entre la maleza verde y sucede lo mismo de cada tarde, cuando nadie mira. Se desliza como una sierpe entre tu falda gris y va llegando al centro de tu cueva anacarada, hasta que te atraviesa con su lanza hecha de carne y fuego. Cuando todo está consumado, te da un beso en la frente y tú le dices, tiernamente, Hasta pronto, mi profe preferido.

Cuando nadie me mira

Carlos Enrique Saldívar

Cuando la gente me ve, atisba luces y colores. Una reluciente alegría y logros, en la forma de muchos cuentos y poemas publicados. Lo que nadie sabe, nadie mira, es mi constante lucha para salir adelante, para sumar monedas por medio de trabajos eventuales, y mis limitaciones para crecer profesionalmente, pues me marginan por el hecho de ser pobre. Muchos creen que tengo dinero, poder y contactos. Claro que escribo y, sólo un par de editores amigos me dan la oportunidad de publicar mis libros, los cuales debo esforzarme por vender y promocionar. Nadie ve a mis padres enfermos, que ya no pueden trabajar, hay que cuidarlos y atenderlos. Nadie visiona que me levanto temprano y me acuesto muy tarde, ya me queda poco tiempo para leer y crear. Desde hace tiempo, tres años atrás, nadie logra mirar mi llanto.

Un día de dolor

Shirley Silvia Pintó Candia

Tengo un esposo increíble. Siempre me presume, pues para él soy su reina. Me llena de mimos y palabras bonitas en todas las reuniones y fiestas. Dice mi nombre como si fuese un poema, con toda la dulzura que lo caracteriza. Camina tomándome de la mano y, como dicen todos, cumple todos mis gustos. Pero cada viernes, cuando llega con olor a alcohol, empiezan los insultos, gritos y golpes. Todo en el cuerpo, nada en la cara. Me rompe en silencio. Grita mi nombre con violencia. Y esa mano que me acaricia de día, de noche es la que me calla. Yo creo que esos «viernes negros», como yo los llamo, vale la pena soportarlos por los seis días de cielo que él me regala cada semana. Pues al final, todo eso sucede cuando nadie mira.

Cuando nadie me ve

Martin Hernández

Cuando nadie me ve, soy vulnerable y lloro de tristeza, cuando nadie me ve, sufro por la mujer que amo y está con otro hombre, cuando nadie me ve, grito de dolor por mis enfermedades, cuando nadie me ve, maldigo por mi mala suerte, cuando nadie me ve, pido ayuda al cielo y a mi madre, cuando nadie me ve, pido perdón por los males que he hecho, cuando nadie me ve, camino varios kilómetros para apaciguar mi alma, cuando nadie me ve, abro la ventana y dejo que el aire que entra me borre las penas, cuando nadie me ve, miro a las personas y admiro su valentía de seguir viviendo, cuando nadie me ve, miro las estrellas y les pongo nombre, cuando nadie me ve, escribo unas palabras para que alguien más las lea.

Invisible

Jeanneth Bohorquez Quevedo

Su caminar es lento, cansado y pausado. Lleva ya más de seis meses deambulando por las calles. Tiene el pelo grasoso y la ropa andrajosa. Su mirada escueta, a momentos parece huir de sus cuencas, como quien perdió la cordura, que fugó vaya a saber dónde dejándolo solo y perplejo. Sus labios secos y partidos marcan grietas como losetas, revelando sed y hambre, al igual que su estómago que gruñe en un acto de protesta. Uno, dos, tres, cuenta en su desvarío, mientras avanza por la acera, que a esas horas de la mañana se satura de pasos presurosos, que los rozan y lo ignoran. Su estómago nuevamente gruñe y él cuenta, uno, dos, tres y continúa su andar. En tanto, el mundo gira y gira y ni una mirada se desvía para verlo andar por la acera.

Las horas invisibles

Mario Alberto Bautista

Nadie me mira ya cuando se apagan las luces de los teatros. Cuando me pierdo hasta en las casas en las fiestas, entre escaleras, terrazas y salas. Cuando visito cementerios, rindo homenaje a mis muertos y pienso dónde se desmoronarán mis huesos, quién esparcirá mis cenizas («Yorick, Yorick», murmuro). Cuando someto mi existencia al juicio del tiempo, en cien años de mí nada habrá quedado. Cuando escucho a Satie, nadie me ve. Cuando escucho a Shakira, nadie me mira. Si me acabo una conserva, nadie me observa. «Cuando nadie me ve, puedo ser o no ser», dice, en fin, la canción (¡de nuevo el Hamlet!). Y desde luego al momento de escribir estas palabras. Y, cuando en sueños me rodea la silenciosa oscuridad, a nadie veo y nadie me mira.

Un buen bailarín

Patricia Rojas

Llovía torrencialmente, bailábamos, bailábamos y bailábamos. La luz se apagó y empapado en ritmo, te caíste al suelo. Nadie vio cuando la muerte marcando el paso, te clavó el hachazo.

Cuando nadie mira

Norma Beatriz Castillo

Cuando nadie mira, la casa cambia de respiración. Las paredes guardan secretos, los relojes parecen detenerse y los objetos recuperan una vida que esconden durante el día. La silla se mueve apenas, como si alguien acabara de levantarse. En la cocina, una taza conserva el calor de unas manos que ya no están. Cuando nadie mira, los recuerdos caminan descalzos por los pasillos. La fotografía de aquella mujer sonríe un poco más, y una vieja carta vuelve a abrirse sola, buscando los ojos de quien alguna vez la leyó. Pero también sucede algo más, uno deja de fingir. Se quita las máscaras, escucha sus propios pensamientos y descubre verdades que durante el día prefiere ignorar. Porque cuando nadie mira, no estamos solos. Estamos frente a nosotros mismos, sin testigos, sin excusas y sin miedo.

Juicio secreto

Antonieta Arrecis

Cuando nadie me ve, me dedico a desordenar mi mente buscando aquello que no recuerdo, pero que me hace ruido. Regreso en mis pasos porque de otra forma ¿Cómo podré calcular el daño ocasionado? Escribo recurrente lo que no me queda claro. Sacudo fotos, rebobino canciones, degusto el olor a tierra mojada. Cuando nadie me ve, me veo a mí misma y contemplo el resultado de las contiendas. El sabor de la derrota en contraste con la amargura de la victoria que he ondeado con osadía y crueldad. Me señalo, me acuso y me condeno. ¿Qué mejor verdugo que yo? Porque continúo buscando lo que no logro olvidar del todo. Los recuerdos son esquivos y mi mente se pierde entre tantos recovecos.

Crónica de lo que vio una flor

Ivan Flores Calle

Ahí va volando una abeja silvestre, y en su sigiloso actuar, una inquietud está presente en ella. A donde va sólo está ella, pasan horas e incluso días y sólo está ella. Pareciera que estuviera viviendo únicamente consigo misma, como si ya no tuviera una colmena a donde regresar. Aun así, continúa volando, llevando junto con ella el origen de una nueva semilla, de una nueva flor, de un lado para el otro. Quizá hace años aquella abeja podría haberse encontrado volando en compañía de los suyos. Un enjambre libre pasando por colinas, prados y jardines. Sin embargo, en su presente esa compañía disminuye, su espacio disminuye. Esa es la crónica de su vida, no sólo de ella, también de otras de sus compañeras, quienes también vuelan solas. Y yo, una flor, esperando verlas volar juntas algún día.

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Minificción
México.
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Primera edición: agosto de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

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