Infieles descubiertos

Infieles descubiertos

Portada

Casi perfecto

Lara Morales

Él la vio entrar y el flechazo fue inevitable cuando ella le sonrió. Se sentó a su lado. De vez en cuando, sus miradas se cruzaban. Estaba seguro de que, esta vez, el destino había jugado a su favor. Así comenzó una amistad que pronto fue traicionada por un tierno beso. Después llegó un romance torrencial, de esos que hacen perder la razón. Meses después, ella le confesó que estaba casada. A él no le importó. La amaba y no quería perderla. Un accidente fatal, ocasionado por un loco al volante, cobró la vida del esposo de su amada. Ella, destrozada por la culpa, terminó con aquel romance clandestino.
Él no supo más de ella. Sólo otra vez, lamentaba que las cosas no hubieran salido como esperaba. Había perdido el amor. Estaba en la quiebra. Aún le debía dinero al conductor.

A prueba

Silvia Bottallo

Le enviaba cartas de amor anónimas a su marido y observaba sus reacciones.
Para probar su fidelidad, le proponía citas en algún bar o en un cine, a las que él nunca asistió.
Y se cuidó muy bien de no acudir a las que ella recibía.

La llave equivocada

Kimberly Bonilla Gastulo

Marta guardó dos llaves en el mismo bolsillo durante siete años. Una abría su casa, la otra, un departamento que olía a café recién hecho y a mentiras frescas. Nunca las confundió. Hasta esa tarde. Llegó cansada, giró la llave y algo no cedió. Empujó de nuevo. Nada. Miró el llavero, la de su casa seguía intacta, sin usar, en el fondo del bolso. Había metido la otra. Tocó el timbre, temblando, lista para inventar una excusa si su marido abría. Pero fue una mujer quien apareció, con una bata que Marta no reconoció y una expresión que sí. —Perdón —dijo la mujer— ¿Busca a alguien? Marta entendió entonces que no era la única con dos llaves. Que las mentiras, como las cerraduras, a veces se parecen tanto que uno termina golpeando la puerta correcta por accidente, descubriendo la ajena. Cerró los ojos y comprendió que ambas mentían exactamente igual.

De cuerpo presente

Gema Herráez Peñas

Ahí está ella, bellísima. Una sinfonía de gestos que sólo yo advierto la delatan. Se recompone el peinado colocando el mechón rebelde de su moño, se estira la falda y se ajusta la costura de las medias en una perfecta raya. Aún puedo sentir su olor y su aliento en mi cuello mientras alcanzábamos el clímax. Y ahora, con una naturalidad calculada vuelve a meterse en el papel de viuda y anfitriona perfecta. Yo la observo desde un rincón y también a los demás que han venido al funeral de su difunto marido. Marina es un espíritu libre e indómito. Voy a la cocina a comer algo y me demoro un rato. Vuelvo y la busco entre la gente. La veo salir de la habitación recomponiéndose el peinado y ajustándose las medias sólo que ahora no he sido yo el afortunado amante.

Jugada maestra

Ana María Abad García

Cuando mi marido me engañó con mi mejor amiga, fingí que no sabía nada. También fingí no darme cuenta de que se iban juntos de vacaciones. Sólo tuve que sugerirle el destino a la chica de la agencia de viajes, convencida de que no distinguirían un inofensivo pececillo de una piraña.

Primera fila

Nereidy Velásquez

La pierna rota me impidió asistir al concierto. Mi marido aseguró que trabajaría fuera de la ciudad. Compré la transmisión en directo. Entre los aplausos, la cámara encontró su beso. No apagué la pantalla. Sólo pulsé compartir.

Puntada cruzada

María Victoria Cubero Ávila

El hilo rojo cruzó el lienzo como una línea invisible entre ellas.
—Mi Carlos dice que le encanta este diseño —dijo Elena con orgullo.
—Qué coincidencia. Al mío también le gustó mucho —respondió Sofía, sin levantar los ojos del bastidor.
Ambas sonrieron. Se conocían hace seis meses en el taller comunitario. Compartían recetas, consejos de maternidad, secretos de matrimonio. Ahora bordaban la misma pieza para el mismo evento benéfico. Sofía dejó caer el celular. La pantalla iluminó una foto reciente, Carlos sonriendo, con la montaña al fondo. La misma montaña que aparecía en el perfil de Instagram de Elena. El mismo día. Recogió el dispositivo. Elena no notó nada. Volvió a coser. El hilo rojo siguió su camino, uniéndolas sin que supieran que era el mismo hombre quien tejía sus mentiras en dos hogares distintos. Cada puntada, una mentira, cada nudo, una vida compartida con alguien que nunca existió completamente.

Rescisión de contrato

Aurora Rapún Mombiela

El hombre que se registró en el hotel de siempre silbando y sonriendo como un bobo no parecía el mismo que salió del ascensor apenas una hora después. La mujer con la que solía encontrarse no era la que lo esperaba en la habitación. Aceptó, sin tan siquiera haberlo leído, hasta la última coma del documento.

El perfume ajeno

Julio César Aguilar

Cuando Elisa encontró el recibo del hotel, no preguntó nada. Preparó café, regó las plantas y dejó que la casa respirara el mismo silencio de siempre. Al anochecer, Julián llegó con una sonrisa fatigada y un ramo de flores demasiado perfecto para ser espontáneo. Ella lo abrazó, percibiendo un perfume desconocido escondido bajo su camisa. Durante la cena hablaron del clima, de las noticias y del vecino que pintaba la fachada. Antes de dormir, Elisa colocó el recibo dentro de un libro que él le había regalado años atrás, en la página donde un personaje decía que toda mentira necesita memoria. A la mañana siguiente, Julián abrió el libro por azar. Leyó la frase, encontró el papel y comprendió que el verdadero castigo no sería la confesión, sino compartir cada desayuno con alguien que ya conocía la verdad y había decidido permanecer callada.

Encuentro y desencuentro

Analia Romero Martín

Debajo del asiento de nuestro auto encontré el arete de perlas. Me puse contenta de no haberlo extraviado. Sin embargo, cuando fui a guardarlo en el alhajero y vi el par intacto, se desdibujó mi sonrisa.

El secreto de sus ojos

Claudia Sánchez

El seminarista se hallaba frente al arzobispo en la ceremonia de consagración. Llegaba el momento crucial de dar el sí y aceptar la comunión eterna con el Señor. Se miraron profundamente a los ojos, como escudriñando el alma del otro. Entonces el seminarista dio un paso atrás y, sin dejar de mirarlo, le dijo, —Lo siento, padre, mi corazón sólo puede ser fiel a la diosa que me espera afuera. El arzobispo, recordando sus confesiones, esbozó una sonrisa.

Coco y Maya

Néstor Rubén Giménez

El nudo en la garganta de Coco no era por el abuso de fruta, sino por la frialdad con la que Maya acomodaba su pelo sin mirarlo. Llevaban tres temporadas en monogamia estricta compartiendo el mismo refugio, un romance envidiado por todos. Coco creía en el pacto tácito del afecto exclusivo, en la lealtad intacta del amor. Ese día, la tensión entre ambos era insoportable, densa como la humedad ambiente. Coco se acercó buscando una caricia conciliadora, pero ella apenas hizo un gesto de rechazo para seguir arreglándose con aburrimiento cotidiano. Coco acomodó su postura y pensó «Tenemos que hablar». De pronto, desde afuera llegó un silbido agudo. Maya ni siquiera dudó, se incorporó y salió. Ágil, cruzó la tarde hasta perderse en la penumbra espesa. Coco suspiró amargado, «¡Una pena! ¡Lo nuestro era un verdadero récord entre los bonobos!».

Fieles difuntos

Erick Daniel Villamil Ramírez

Cómo cada año desde hacía veinte, cuando murió de una embolia, a don Ramiro lo esperaba en la casa de doña Celia, madre de sus dos hijos y con quién se casara en la iglesia de Santiago apóstol, una enorme ofrenda. Pan de muerto, fruta, enchiladas, carnitas, chicharrón, su Coca-Cola, dos cigarros y su chupito de anís. Y sin embargo, como cada año, él prefería posarse, como gorrión, en la ventana de Augusta, su vecina. Una chicuela sólo diez años más joven que él con quién decidía pasar las tardes de lunes cuando aún vivían. Está mujer le ponía su sal, agua y una veladora.

Tradwife

Karla Barajas

Era una esposa tradicional, feliz en mi matrimonio con un hombre íntegro, a quien entregué mi voto. Nunca me golpeó ni a mis hijos les faltó nada. Sin embargo, un día la llevó. Técnicamente no puedo decir que me fuera infiel, porque a esa cosa no la llamaría mujer. Tenía la piel perfecta, sin estrías, celulitis ni manchas, y las medidas que a él siempre le gustaron. Recorría la casa, aprendía las rutinas, sonreía sin cansancio. Intento convencerme que ninguna máquina puede reemplazar a una madre. No envejecerá ni conocerá el dolor de parto, ni sufrirá los cambios de la menopausia. Todavía duermo junto a mi esposo, aunque ella nos observe. Los diputados propusieron que sean quienes lleven las riendas del hogar. Confío en la lealtad de mi esposo, sé que se acuesta con un robot, pero dudo que esa máquina sea la nueva ama de casa cuando envejezca.

Regalo

Jorge Gómez

Dentro de la cajita encontró un dedo con una alianza y una nota, «Amor, me enteré».

Antropólogo

Raul Rodriguez Arancibia

Estábamos a 4.680 metros en el maldito infierno helado del altiplano boliviano, tragando polvo volcánico. Cientos de camiones yacían varados, con conductores pudriéndose por semanas debido a la paranoia pandémica. El frío te partía los huesos. Masticaba hojas de coca frenéticamente, empapando la tierra con alcohol para apaciguar a las macabras momias y sus restos milenarios de tiempos precoloniales, rogando que nos abrieran paso hacia Chile. Pero el veneno real no era el mal de altura, sino la noticia desde casa. Mientras yo arriesgaba el pellejo persiguiendo el ansiado título de comerciante, mi esposa se revolcaba con un contrabandista. Infidelidad pura y dura. La traición taladraba mi cráneo. A mi lado, mi propia amante, comerciante con medio millón de dólares ocultos en los pliegues de su ropa para burlar a la migración, me ofreció un trago. Éramos dos traidores en la frontera, sobreviviendo al contrabando. Pisé a fondo el acelerador.

Tres copas de más

Nuria Hernández García

Éramos tres en aquella cama.
—Luz ¿Estás despierta?
—¿Qué? —Abrió los ojos de golpe.
—Perdona… Debí de hablar dormido. ¿Te importa encender la luz?
—La lámpara está de tu lado. Es tu casa. —Guardó silencio.
—Me gusta verte esos ojos claros.
—Son negros —dije.
—Para mí son verdes.
—¡Qué curioso!…
—Verdes, como la esperanza de que esto sea sólo el principio. —Me incorporé para vestirme.
—No te enfades por un lapsus. Espera, te llevo. Lo miré con una rabia serena.
—Tengo coche. Suerte con tu lucecita de ojos verdes sin carnet.

El negocio

Miguel Angel Rios Restrepo

La entidad que se apareció ante Isabel le dijo que podía sanar a su perro de la enfermedad gastrointestinal avanzada. También que podía salvar a su esposo con cáncer terminal. Pero le aclaró enfáticamente que no podía salvar a ambos. A cambio de salvar al que ella decidiera, la entidad sólo le pedía a la mujer cederle treinta días de su total de días de vida. La decisión fue sencilla y la exigencia de la entidad, fácil de cumplir, pues ella era una mujer joven. La negociación duró menos de un minuto.
Ahora la mujer y el perro caminan cada tarde por la playa. El perro se ve tan vital como cuando era un cachorro y ella se ve rejuvenecida. El marido infiel había recibido su merecido y la mujer ya podía pensar en un futuro al lado de la chica que realmente amaba desde hacía varios años.

¿Cómo es posible?

Carlos Enrique Saldívar

Recuerdo tus besos, tu aroma, ese perfume que usabas y que tanto me encantaba. Tus palabras cariñosas y mimos. Nuestra unificación perfecta en la intimidad. Cinco lindos años de casados. Tú te quedabas en casa y yo iba a trabajar. Todo lo tenías en orden y con limpieza. Maravillosa, preciosa, inteligente así te consideraba ingenuamente ¿Cómo iba a imaginar que, al traer a la robot para que te ayudara en el hogar, me ibas a cambiar por ella? Me dijiste, casi entre lágrimas, que me confundí, que no era una ginoide aquella, sino un androide, que se equivocaron en la fábrica, y que él te valoraba, como yo nunca lo había hecho. Antes de que huyeran, transformé a tu amante en una PC, y tú decidiste volverte un ente digital, una IA dentro de él, que lo hacía funcionar de manera autónoma, porque nunca fuiste de carne, también eras artificial.

Un día cualquiera

Iliana Ram Ram

No sabía que era hoy. Finalmente, todos los días son iguales, él se levanta dos horas antes para ir a correr sin importar el ruido ni prender la luz, no le da un beso de despedida ni una caricia. Regresa, ella escucha los clics en el baño ¿Meses, años? Nada anunciaba que fuera diferente, otro más de sus avisos de viaje, sin remordimiento ni prisa. La noche anterior, como las otras, fingir estar dormida para que no la toque. Lo único distinto hoy fue esa voz que no sabe de dónde vino, tal vez del fondo silencioso y oscuro. Levantó el celular de él, dejado ahí como un dulce para un niño, y leyó los mensajes donde él le decía «linda» a otra y entusiasmadamente organizaba su aventura. Entonces rompió el silencio con su llanto y la voz, ya no tan pequeña, dijo, Por fin se acabó.

Zapatos rojos

Teresita Benedetti

Llegó temprano. Usó zapatos rojos, a él le fascinaban. Entró sin hacer ruido, entonces escuchó incrédula el sonido del placer ajeno. Los vio revolcarse. Así como los zapatos, se tiñó el sillón de la infidelidad.

En el momento inadecuado

Silvina Lérida

Incrédula daba vueltas en círculos. Miraba todo en esa habitación como si no fuera suya. Abría y cerraba el celular. Le costaba respirar. Por fin se armó de valor y lo llamó. —Escuché todo mientras planeabas tu cena romántica con ella.

Acuerdo

Reyna Gloria

Tenían un trato, mientras ella aceptara cada regalo lujoso, el podía traer un perfume diferente cada noche sobre su piel. Se le olvidó que la dignidad no tiene precio.

Costo vs beneficio

Criss Roshglia

No fue necesario verlo, sólo lo intuí. La mirada extraviada en la nada, aunque esa nada seguramente vestía alguna sensual falda, en realidad no me importaba mucho pues el beneficio de la ruptura superaba el costo. 17 años de mi vida que dedique a una «empresa» que ahora debía pagarme indemnización, total yo empezaría una nueva vida y él, tendría que ir buscando algún curso de cuidados geriátricos para que su «amada» se preparará para un futuro devastador, la infidelidad es como los riesgos en un contrato, pero si te enfocas en las letras grandes, las letras chiquitas dejan de ser importantes.

Bucle de bodas

Martin Hernández

—¡Alto! ¡Ese hombre no puede casarse! ¡Es mi amante! —Gritó la mujer al entrar a la iglesia. El padre y todos los presentes voltearon a ver a la mujer con caras expectantes. El novio cerró los ojos y los apretó con fuerza como queriendo despertar de un mal sueño. Sonó el despertador. —No creerás la pesadilla que tuve amor —dijo el hombre mientras la mujer que se encontraba recostada a su lado, seguía dormida sollozando en un sueño intranquilo. Llegó el día de la boda. El padre decía las siguientes palabras, «Si alguien conoce algún impedimento…», lo interrumpió un hombre que entró a la iglesia gritando, —¡Alto! ¡Esa mujer no puede casarse! ¡Es mi amante! El silencio llenó toda la iglesia, la novia cerró los ojos. Sonó el despertador por segunda ocasión. —No creerás el sueño que tuve —decía la mujer dirigiéndose a su novio quien seguía dormido.

Dónde se rompe el nosotros

Jorge Antonio Tisera

La infidelidad nunca entró por la puerta. Llegó descalza, como llegan las lluvias de verano, prometiendo apenas una nube. Al principio fue un mensaje, después una sonrisa guardada para otro, más tarde un silencio demasiado largo en la mesa de todos los días. Él creyó que traicionaba a una mujer, ignoraba que también abandonaba la versión de sí mismo que alguna vez supo mirarla sin culpa. Ella, en cambio, descubrió que el amor no siempre muere con la mentira, a veces sobrevive, herido, obligando a recordar lo que ya no existe. Cuando él regresó, encontró la casa intacta. Las fotografías seguían en su sitio, la taza sobre la alacena, las llaves junto a la puerta. Sólo faltaba algo imposible de reemplazar, la confianza. Desde entonces vivió allí, acompañado por un fantasma silencioso. Porque hay infidelidades que terminan una historia y otras que condenan para siempre a habitar sus ruinas.

Vaivenes del insomnio

Marìa Isabel Grijalva de Leòn

El volteado al rincón, yo observando el techo. Doce años de casados sin acostumbrarme a ese ronquido ensordecedor. Con la necesidad de dormir, recurrí al conteo para conciliar el sueño. Y empecé, uno, dos, cinco, cuarenta, ochenta, ciento tres… Zzz. – El alba tocaba la puerta para empezar otra jornada. Correderas, el bañado, perfumado y desayunado, con el beso rutinario en la frente marchó al trabajo. Me emperifollé y a esperar el bus de la empresa. Justo a tiempo y mi compañera de asiento infaltable.
—¡Hola! Chabelita, cómo te va.
—Bien, Lucía, y a ti.
Bien también ¿Te veo ojerosa?
—El insomnio me atrapó, logré dormir una hora, con el truco de contar… Uno, dos… Ciento tres.
—¿Contaste tanta oveja?
—¿Y quién dijo que eran ovejas? ¡Hice el recuento de estos doce años, de los enamorados, los amores platónicos, los dos amantes que me han quitado el sueño!

El corte final

Brian Montero

A sus 45 años, Marcos creía dirigir su mejor guion, éxito como cineasta y un matrimonio estable con Elena, una metódica profesora de historia de 40. Pero la realidad superó la ficción cuando Elena descubrió los mensajes. Marcos se refugió en los brazos de Sofía, una directora joven y ambiciosa que veía en él un mentor y un amante. Elena no gritó ni lloró. Simplemente esperó en el estudio de Marcos, rodeada de latas de celuloide. Cuando él llegó, oliendo a un perfume que no era el de ella, Elena sostenía una bobina de su último proyecto, su «obra maestra». —¿Elena? —palideció él. —He estudiado muchas traiciones históricas, Marcos, pero esta es patética —dijo ella con una calma gélida—. No me detendré a pelear por tu atención. Me voy con mi dignidad. Tú te quedas sin nada. Antes de que él pudiera reaccionar, Elena encendió un mechero. El fuego devoró la película instantáneamente. Marcos gritó, viendo su carrera arder, mientras ella salía sin mirar atrás.

Quién

Alicia Araoz

Sus amigos le contaban de sus aventuras extramatrimoniales, mientras él sólo viajaba por su trabajo. Ella tan alegre antes de casarse languidecía por su ausencia e indiferencia. Pero un día algo cambió. Él la vio más vivaz, iba al gimnasio y hasta cambió de peinado. También hablaba por teléfono, con amigas según le decía. Conocedor de las trampas amorosas, comenzó a sospechar que lo engañaba y si era así, él los atraparía. Un día no le avisó que volvería antes de un viaje y cuando llegó a su casa, vio en el dormitorio un regalo, un reloj de hombre y colgado un vestido nuevo. Cuando ella regresó, decidido, la confrontó por el regalo y el vestido, gritó que le confesara quién era el otro. Ella aturdida le contestó que no había ningún otro. Le estaba preparando una sorpresa y sus cambios y el regalo eran como siempre, para él.

El ocaso del engaño

William Salazar Torres

Vivían en un pueblo a orillas de un río de aguas turbulentas. Tras varios años de una relación marcada por las constantes infidelidades de Margarita con un extranjero, Tomy se desbordó al recordarle sus traiciones
—¿Quién es ese extraño que te llama siempre? —Gritó él fuera de sí.
—¡A ti qué te importa, sonsonazo! —Respondió la mujer desafiante, generando una pelea que parecía interminable en el bote de madera rústica.
Felizmente, sus dos pequeños hijos estaban a salvo con los abuelos. Cegado por los celos y la rabia contenida, Tomy aprovechó un descuido de ella y la empujó a las corrientes espumosas.
—¡Margarita, perdóname! —Gritó desesperado al verla hundirse, y aturdido por el remordimiento se lanzó tras su mujer con el fin de rescatarla.
No obstante, el torrentoso caudal los engulló a los dos para siempre, sellando de esa forma un destino donde ni siquiera la muerte los pudo separar.

Liliana

Rolando Aguilera Marambio

La respuesta no la sé ¿Por qué me enamoré tan profundamente de Liliana? Es una inquietud que habita en mi corazón, ahora que todo terminó, pero quería que ese maravilloso sentimiento fuera bien correspondido. Es verdad que, de cierta manera, había caído en la infidelidad, pero estaba sentimentalmente libre. Mi corazón rebosaba amor por ella y nunca lo negué, sentía que estaba destinado a vivir esta pasión, aunque existieran dificultades. Pero la porfía era mayor y vivir esta hermosa experiencia le daba sentido y razón a mi vida, hasta que una campanada de alerta trituró mis oídos ¡Tienes un nuevo amor! me acusó. No entendí nada y esa imputación vacía me sacó violentamente de mi hermoso sueño. Mi corazón quedó destrozado con el golpe y todas las certezas se derrumbaron sin remedio. Y ahí quedé, sin amor y sobreviviendo, más muerto que vivo.

Incomparable

María Alvarado De la Rosa

Tener la casa perfecta. Preparar comida. Evitar externar mi punto de vista. Tolerar insultos. Ser invisible, sobajada. Una buena mujer. O gozar de una buena charla, acompañada de un café. Sentir el roce de tus labios en mi mejilla. Escuchar palabras que endulzan mi oído. Adorable poeta. Me conviertes en tu musa. Ansiosa, oculto mi necesidad de estar contigo, cuento los días, para que sea miércoles, e inventar cualquier pretexto para escapar de esta cárcel, a la que llamo hogar. Cansada de la frialdad que me ha rodeado durante más de veinte años. Ansiosa de recuperar mi humanidad. Disfruto tu poco viril imagen de macho desgarbado. Tan diferente a la de mi esposo. Ese hermoso y bien conservado hombre a quien lo único que me acerca en ocasiones, es la hora de convertirme en el receptáculo de sus más íntimas ansiedades.

Eclipse

Dulce Sotolongo Carrington

La luna se enfriaba las ganas de bañarse desnuda en el ojo de agua, pero estaba cansada de las infidelidades de la vieja estrella con nombre masculino. Esa noche se sumergió en el río antes del amanecer para escapar con un viejo planeta sin percatarse que lejos en el túnel había una luz. Prefirió ir a ella a pesar del calor, sabía que justo al amanecer el sol se escurriria otra vez y la dejaría fría como la noche del muerto que apareció ahogado en las aguas con esperma aún en sus testículos y una satisfactoria sonrisa.

La falta de verdad

María del Mar D’Anna

Ella sacudió sus ropas de las cenizas. Cerró la puerta como si nada hubiera pasado. Por la ventana las llamas bailaban a través de su conjuro. Estaba inmóvil, pensando que decisión hubiera tomado si tan simplemente le hubieran dicho la verdad. Con un suspiro soberbio e indignada por su dolor, cerró la noche con un cigarrillo que dejó caer al suelo donde todo había comenzado y por ende, había terminado. Ella jamás hubiera aceptado esa verdad que tanto reclamaba. Sin embargo, sabía todo, con detalles incluidos. Para ella era justicia, sólo para ella. En tanto el fuego se expandía y por su rostro fue bajando un triste lágrima aunque sin arrepentimientos, hizo crujir sus dedos, se peino un poco el cabello, se dió la vuelta y, mientras partia, su corazón carbonizado, sus manos sucias de cenizas, y su vaga inocencia habían detonado frente aquella dura y cruel falta de verdad.

El fin

Ana Cristina González

Cuando dijiste que el amor era estúpido tocaste la puerta de mi melancolía, froté las manos bajo la mesa, tomé el encendedor, tu me habías producido tantos fuegos y ahora sólo estabas allí como un trozo de hielo, me mirabas con sinismo, te amaba con locura… Era hora de poner fin a todo, un fuego total que nos abrasara.

Hablando solo

Cesar Muñoz

Camino arenoso, largo, interminable, monte bajo a los costados, aquel hombre iba solo, sumido en su tristeza, hablando. —Dicen que uno habla solo cuando los trahicionan, pero yo, no voy a hacer eso. Jamás hablaré solo porque ella se fue con ese. Total ya fue, ni siquiera voy a llorar, lagrimear no es llorar, decia… —Seguía caminando hacia su morada, solo, muy solo.

Segunda oportunidad

Rosalía Guerrero Jordán

Cuando entro, me recibe su ropa tirada junto al sofá. Sin duda, la libertad que le concede mi ausencia le permite saborear la visita clandestina de su amante. Escucho un rumor de telas, de cuerpos entrelazados y de labios que se besan con premura. Inmóvil en medio del salón, no me atrevo a dar un paso. Calculo las posibles consecuencias de mis actos, sorprenderles y acabar con nuestra relación, o volver sobre mis pasos y conservarla para siempre. Medito unos instantes, y las preguntas se abren paso hasta llegar mí ¿Cómo reprocharle que esquive la soledad? ¿Acaso no deseo que vuelva a ser feliz? Doy media vuelta y salgo de allí, aunque esta vez ni siquiera me molesto en abrir la puerta.

Antes de tiempo

Natividad Villar Martínez

Regresé más temprano de lo habitual a casa, tras mi paseo matutino. Aquella mañana no había querido salir, no le insistí, tal vez su cuerpo comenzaba a ser preso de la edad, en las últimas semanas sólo me había acompañado tras mucha insistencia por mi parte. Pues bien, encontré lo que nunca hubiera esperado de ella, allí en el salón, sobre el sofá, se dejaba hacer arrumacos con el perro del vecino del cuarto, un fox terrier al que llamaban Coco. Para que luego digan, que el perro es el amigo más fiel del hombre. Bimba me abandonaba precisamente para quedarse con otro.

Infidelidad 2049

Mario Márquez Sánchez

En la sala de su apartamento, Ryan se encontraba de rodillas suplicándole perdón a su esposa Ana K-44. Le decía que no lo volvería hacer, que era un idiota por haberla engañado, que era la última vez que lo hacía. Ana K-44 sólo desprendía de sus ojos un color rojo y se apreciaban por momentos chispas saliendo de los mismos. A modo de represalia, Ana K-44 se quitó el enchufe de la espalda y el color rojo y cualquier signo de movilidad desaparecieron. Ryan entendió la indirecta y después de unos segundos, estaba sacando del armario a Ana K-45, ya encendida, Ryan le decía:
—Ok, ahora estamos solos ¿Dónde nos habíamos quedado?

Revelaciones

Antonio Arjona Huelgas

Entonces vi una bestia emerger del mar, de siete cabezas y diez cuernos, y una corona en cada cuerno. Desperté incómodo y salí a desayunar. Ahí estaba mi pareja, que todo parecía indicar que no estaba de viaje. Me la topé por accidente con aquel ranchero. Me oculté y los seguí a su departamento. Me asomé por la ventana, y la vi con horror: la remplazaba un monstruo de siete cabezas, como en mi sueño, la criatura tenía al ranchero entre las fauces de dos bocas y lo partió a la mitad en un estallido de sangre. Huí de ahí. La terminé al día siguiente por teléfono. No me arriesgaría. Recordé la frase dea primera infidelidad: «Es de rancho y entendió». Vaya que lo hizo, cuando ya era tarde. Ya también entendí.

En blanco y negro

Guisela López

Adelina nació cuando no había luz eléctrica y era necesario viajar tres días en bestia para llegar a Santa Rosa. Desde niña aprendió a valerse por sí misma, trabajo todos los días de su vida y eso la convirtió en una mujer determinada.
No supo de amalgamas, cuando le molestó una muela se lo sacó y, cuando volvió a tener molestias dentales, aunque sólo tenía treinta años, se sacó de una vez todos los dientes. Con ese mismo poder de decisión terminó con su marido cuando supo que éste le había sido infiel.

Economía doméstica

Maribel Sánchez Matías

La luz matutina me golpeó la cara. Tomé una aspirina, preparé la comida y puse la mesa. Ahí estabas, cabrón, como si nada hubiera pasado. Coloqué los platos y fui tragando las excusas gastadas: —fue sólo un desliz—, —no volverá a pasar—. No tocaste la comida. Tu «al rato» tampoco llegó. Recogí los trastes con las sobras y los llevé a la tarja. Allí seguía el cuchillo. Lo lavé. Respiré. La cabeza ya no me hervía. Llamé a tu mamá. Tenía razón: no ibas a cambiar.

Fallo de una tarde romántica

Juana María Rodríguez Arriaga

La abnegada esposa quería caminar de regreso a casa tomada de la mano con su amado esposo, como años atrás. Se dirigió entusiasmada al taller y, al llegar, los vio: la empleada sentada en sus piernas, dándole a comer pastel mientras reían felices.
Apenas la vieron, palidecieron. Ella se quedó inmóvil; sintió como si un balde de agua helada le cayera encima. No pudo llorar, ni quiso gritar; la cabeza le daba vueltas, el corazón le latía tan fuerte que parecía salirse de su pecho. Quería salir corriendo, pero las piernas no le respondían. Solo sentía coraje, odio y desprecio hacia él.
La infidelidad acabó con el matrimonio. Antes de divorciarse, tuvo sentimientos encontrados y dudas, pero tomó para sí la mejor decisión. Hace tiempo que perdonó a quien traicionó su confianza y se burló de su amor. A diario lucha contra los recuerdos haciéndose la misma pregunta: ¿Por qué?

Casi

Luis Mariano Hernández

Yo te amé por mi lado y tu me amaste por el tuyo. Y entre los tres, casi nos amamos por completo.

Pequeña ilusión

Valeria Cornu

El nuevo esposo de mi madre me fue infiel, lo vi besándola antes de llevársela a la cama. Desilusionada, regresé a mi cuarto para jugar con mis muñecas con la esperanza de que cuando mamá duerma, él vuelva.

Honor o traición

Rosaura Béjar Hernández

—¿Tomaremos el curso de pintura? —Preguntó Gabriel.
—No, no puedo —replicó Alfonsina— mi madre no estará de acuerdo.
—Será divertido descubriremos nuevas fortalezas y reafirmaremos nuestro carácter. —Añadió él.
Ella, convencida, dibujó 1000 bocetos para plasmar la imagen de un hombre con gesto sosegado y mirada dulce. Entre pincelada y pincelada, el rostro de un hombre con una mueca adusta, labios fruncidos y mirada fría como un glaciar tomó forma en el lienzo.
El día de la exposición, esa pintura era el centro de atención: que si las pinceladas, que si la paleta de colores, que si esa mirada llena de desaprobación… De pronto se escuchó un grito desgarrador, que sacudió a la concurrencia:
—¡No! ¡Alfonsina, no! ¡Tu padre no!

Antes ellos que yo

Astrid Perellon

Jamás volvió a ser igual. La confianza ahora bajaba la vista, chasqueaba la lengua.
Todo desde que me dijeron «¿Quieres jugar?» y contesté sí queriendo decir no.
A partir de ahí, mi niño interior, perdido, busca remendar afuera, en otros, mi propia traición. Juega a zurcir gente descosida porque no sabe enmendar el agujero entre nosotros, aquel recreo en el que preferí estar acompañado que ser fiel a mí mismo.

Sin perdón

Ana María Abad García

Por mi mesa han pasado los más sabrosos estofados de ternera, las más exquisitas doradas a la sal, las tortillas de patata más perfectas, los canapés más originales. He disfrutado de todos esos manjares y de muchos otros, pero al llegar al postre siempre me mantuve fiel a mi adorado helado de chocolate. Hasta que probé una deliciosa crêpe suzette, desde ese día no tomo otro dulce. Y ha llegado a mis oídos que ahora el chocolate sabe amargo.

La infidelidad del silencio

Norma Beatriz Castillo

Siempre creí que la amistad era un refugio donde las palabras encontraban descanso. Durante años compartimos risas, miedos y promesas, hasta que un día deposité en sus manos un secreto, convencida de que allí permanecería a salvo. No era una confesión vergonzosa, sino una parte frágil de mi historia. Sin embargo, el rumor comenzó a recorrer otros labios, disfrazado de preocupación y curiosidad. Cuando pregunté, negó haber dicho una sola palabra. La verdad apareció mucho después, inevitable y desnuda. Comprendí entonces que la infidelidad no siempre nace del amor traicionado, también florece cuando alguien rompe el pacto invisible de la confianza. Lo perdido no fue únicamente el secreto, sino la certeza de saber quién caminaba a mi lado. Desde aquel día aprendí que algunas heridas no sangran, pero cambian para siempre la forma de mirar a quienes llamamos amigos.

Derechos reservados

© 2026 Textos
Autores citados

© 2026 Edición
Minificción
México.
https://minficcion.com
contacto@minficcion.com

Primera edición: agosto de 2026.
Colección: Brevedad.
Impreso y hecho en México.

Los textos de este libro y sus derechos conexos están bajo la protección del Artículo 162, Capítulo I Del Registro Público del Derecho de Autor, TÍTULO VIII De los Registros de Derechos, Ley Federal del Derecho de Autor en México. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra a través de cualquier medio sin la autorización por escrito de los titulares de los derechos.

Deja un comentario

Opiniones de la Comunidad 0

Aún no hay comentarios.

¡Tu opinión es importante, sé el primero!

Atraviesa el Portal de tu Cuenta para poder comentar.