Félix María Samaniego
Laguardia, España. 1745-1801. Fue un ilustre escritor español, célebre por sus Fábulas morales y considerado uno de los grandes fabulistas del Neoclasicismo, junto a su contemporáneo y rival, Tomás de Iriarte.
Trayectoria vital y política: se cuna acomodada, abandonó sus estudios de derecho y viajó a Francia, donde absorbió el espíritu crítico, escéptico y libertino de los enciclopedistas. De regreso a España, se instaló en Vergara y llegó a presidir la Sociedad Patriótica Vascongada. Más tarde, ejerció como representante de los intereses forales vascos en la Corte de Madrid, donde defendió activamente los ideales ilustrados. En su madurez se retiró a su villa natal, donde logró sortear la invasión francesa y un proceso inquisitorial (por escribir poesía licenciosa) gracias a sus altas influencias.
La gran rivalidad literaria: mantuvo una feroz y amarga enemistad con su antiguo amigo Tomás de Iriarte, originada cuando este publicó sus propias fábulas afirmando ser el creador de las primeras composiciones originales en castellano. Samaniego respondió con crueles parodias y libelos satíricos de marcada influencia volteriana.
Obra cumbre: Fábulas morales: publicada en su versión definitiva en 1784, consta de 157 fábulas creadas pedagógicamente para los alumnos del Seminario de Vergara. Inspirado en Esopo, Fedro y La Fontaine, su trabajo se distingue por las siguientes características:
- Carácter didáctico: Sigue el principio neoclásico de «instruir deleitando». Sus moralejas —a veces extensas— transmiten una ética práctica de supervivencia, astucia y convivencia cotidiana, lejana a la moral cristiana pura.
- Sencillez y gracia: Utiliza un lenguaje ágil, colorido y fácil de asimilar, recurriendo frecuentemente a la sabiduría de los refranes populares.
- Versatilidad métrica: Emplea diversas estrofas (como redondillas o décimas), destacando el uso de la silva por su excelente y natural ritmo narrativo.
Contexto Histórico de España en el Siglo XVIII
El siglo XVIII en España comenzó con una profunda crisis dinástica tras la muerte de Carlos II sin descendencia, lo que desató la cruenta Guerra de Sucesión (1701-1714). Este conflicto de escala internacional culminó con la instauración de la dinastía Borbón bajo el reinado de Felipe V. El nuevo monarca implementó de inmediato los Decretos de Nueva Planta, aboliendo los fueros de Aragón y centralizando el poder bajo el modelo administrativo de Castilla. Esta unificación política y territorial buscaba modernizar a un imperio en franca decadencia económica, marcando el inicio de reformas absolutistas guiadas por la fuerte influencia francesa.
La consolidación del periodo reformista llegó con Carlos III, considerado el máximo exponente del despotismo ilustrado en España. Bajo la premisa de gobernar para el bienestar de sus súbditos, su administración impulsó la educación, las obras públicas, la liberalización del comercio y la modernización científica. Asimismo, reafirmó el poder estatal limitando la influencia eclesiástica mediante la expulsión de los jesuitas. Este progreso, sin embargo, se vio bruscamente interrumpido durante el reinado de Carlos IV. El estallido de la Revolución Francesa provocó un enorme pánico institucional, forzando el cierre de fronteras, la reinstauración de la censura y la posterior invasión napoleónica.
Contexto de la Literatura Ilustrada Española
La literatura del siglo XVIII en España, fuertemente impregnada por el racionalismo europeo, abandonó por completo los excesos ornamentales del Barroco para abrazar la estética del Neoclasicismo. En esta época, la escritura dejó de concebirse como un simple entretenimiento para adoptar una finalidad estrictamente didáctica y civilizadora. Los autores ilustrados defendían que el arte debía ser una herramienta útil para educar a los ciudadanos, erradicar supersticiones y promover la razón. Para lograrlo, las obras literarias se sometieron a rígidas normativas clásicas, buscando siempre el equilibrio, la claridad argumentativa, la verosimilitud absoluta y la contención de las pasiones.
Para cumplir con este riguroso propósito formativo, los escritores cultivaron géneros específicos que favorecían la reflexión y la enseñanza. El ensayo y el artículo periodístico dominaron la crítica social y científica, destacando pensadores clave como el padre Feijoo o Jovellanos. Simultáneamente, la fábula cobró un protagonismo inaudito con Samaniego e Iriarte, quienes instruían deleitando a través de sus moralejas. En el ámbito dramático, Moratín perfeccionó la comedia de buenas costumbres. Todo este afán normativo e intelectual fue respaldado por instituciones de nueva creación que buscaban fijar el idioma, siendo la Real Academia Española el ejemplo más perdurable.