Entrevistas

Published on agosto 21st, 2017 | by Gabriel Ramos

Entrevista a Armando Alanís

Entrevistador: Gabriel Ramos (GR)

Entrevistado: Armando Alanís (AA)

 

GR: ¿Para ti está bien el término “minificción”? ¿Lo consideras correcto o prefieres otro?

AA: En México se prefiere el término “minificción”. Edmundo Valadés fue uno de los primeros en utilizarlo en su mítica revista El Cuento. En España y en Argentina parecen preferir el término “Microrrelato”. A mí me da igual.

 

GR: ¿En tu opinión cuáles son las características fundamentales de una minificción?

AA: Las minificciones que más me gustan son las que se resuelven en unas cuantas líneas. Pero hay otras que son un poco más largas y que son inolvidables, como “En el insomnio”, del cubano Virgilio Piñera, o algunas espléndidas minificciones de Guillermo Samperio. Elementos presentes en las minificciones suelen ser el humor –siempre y cuando tenga la suficiente dosis de perversidad–, el vuelo de la imaginación, la revelación inesperada, el juego con el lenguaje y el diálogo con otros textos clásicos o contemporáneos. Muchas veces sólo se presenta el final de la historia; el principio y el desarrollo están implícitos. Otra característica presente en algunas minificciones es la ambigüedad, la posibilidad de que haya varias interpretaciones al texto por parte de los lectores. Coviene que el final sea de aguijón, como pedía Julio Torri, o de puñalada, como apunta Valadés. Hay muchas minificciones que provocan la sonrisa o la carcajada del lector, pero también las hay melancólicas y sombrías. Por último, quiero señalar que la minificción es un género fronterizo, que roza y a veces se confunde con otras formas de la brevedad extrema como el aforismo o el poema en prosa.

 

GR: ¿Cuál consideras que es la extensión máxima para una minificción?

AA: Aunque no hay un consenso al respecto, una minificción no debe exceder la página. Si es un poco más larga, ya se trata de un cuento breve, no de un microrrelato.

 

GR: ¿Quiénes son en tu opinión los principales referentes del género en tu país?

AA: Inevitablemente debo citar a mi paisano Julio Torri, a Juan José Arreola –a quien tuve la fortuna de conocer– y al guatemaltecto Monterroso. También a Samperio y a Monsreal, que siguen escribiendo, pero que ya son clásicos. Hay otros nombres. No puedo citarlos a todos. Están Pacheco y Avilés Fabila, quienes murieron hace poco. Carlos Díaz Dufoo hijo escribió epigramas; algunos de ellos califican como microrrelatos. En cuanto a los minificcionistas que tienen sesenta, cincuenta años o menos, no cito nombres para no ser injusto, pues podría olvidárseme alguno. La verdad es que hay actualmente en nuestro país muchos autores que están escribiendo con éxito minificciones, lo mismo en la Ciudad de México que en provincia. Siendo un género tan antiguo –sus orígenes los podemos encontrar, tal vez, en las minificciones que escribieron hace muchos siglos los chinos, dentro de las tradiciones budista y taoísta–, es también el más posmoderno de los géneros literarios. Y en nuestro país son muchos los que lo practican con felicidad. Todo el tiempo se están publicando libros de minificciones, antologías y tratados, revistas electrónicas o en papel. También se publican minificciones en las redes sociales. Hay encuentros de minificcionistas, como el que se llevó a cabo recientemente en la feria del libro del Zócalo, al que asistieron también autores de otros países hispanomaricanos.

 

GR: ¿Cómo y desde cuándo nació tu pasión por la minificción?

AA: Conservo un cuaderno de la época en que empecé a escribir en serio, cuando tenía 18 o 19 años de edad. Son textos escritos a pluma. El primero, que se llama “Imaginación”, es una minificción. Yo entonces no conocía esta palabra. Empecé a coloborar en un periódico de Saltillo, mi ciudad natal, y ahí publiqué muchas minificciones. Pero seguía sin conocer la palabrita, que en ese tiempo no estaba de moda. Así fue como empecé: sin darme cuenta, mientras escribía también cuentos más largos y novelas. De unos diez años para acá, he estado escribiendo con asiduidad minificciones, y las considero actualmente una parte fundamental de mi trabajo como escritor. Ya tengo tres libros de minificciones publicados, y tengo mi espacio Alfileres en el suplemento Laberinto: ahí escribo cada semana una minificción de dos líneas, sin título.

 

GR: ¿Cómo escribes una minificción?

AA: Me tropiezo con ellas en la calle. Todo el tiempo estoy a la caza de ideas para minificciones. Cuando se me ocurre una idea, si de momento no tengo tiempo de desarrollarla, la anoto en un cuaderno. Las ideas son como los pájaros: si no las metes en una jaula, vuelan. Ahora bien, las brevedades o comprimidos narrativos a veces salen de un tirón, pero con frecuencia hay que trabajarlos. La “corrigenda”, de la que hablaba Reyes, también se aplica para la minficción, pues no debe sobrar ni faltar nada. Las palabras deben ser las justas: ni una más, ni una menos.

 

GR: ¿A qué se debe el éxito de la minificción en la sociedad actual?

AA: La explicación más sencilla es que vivimos una época vertiginosa. Siempre se nos está haciendo tarde y no tenemos tiempo para nada. Pero este argumento lo desbarata el hecho de que las novelas largas, de 400 páginas o más, se siguen vendiendo en las librerías, y algunas se venden muy bien. Es cuestión de temperamentos, supongo. A algunos no nos gusta tirar el rollo ni tampoco nos gusta que nos lo tiren. Somos hombres y mujeres de pocas palabras. Por otra parte, no cabe duda de que las redes sociales favorecen la escritura y lectura de minificciones. Y qué bueno que así sea.

 

GR: ¿A quiénes reconoces como tus influencias literarias en este género?

AA: A Julio Torri, y no sólo porque sea mi paisano. Me gustan su manejo de la ironía, su imaginación, su certero manejo del lenguaje que lo acerca a la poesía. También puedo citar a Díaz Dufoo hijo y a Arreola, entre los mexicanos. La argentina Ana María Shua. Las greguerías de Gómez de la Serna. Las fábulas de Monterroso. Nellie Campobello con su espléndido libro Cartucho: episodios trágicos de la Revolución mexicana vistos por los ojos ingenuos de una niña, y recordados más tarde por una mujer. También me han influido los titulares de humor negro de los periódicos vespertinos, así como los porteros de los edificios y las comadres del mercado con sus comentarios irónicos y su socarronería. Creo que también tengo influencia de los aforistas y de los autores de poemas breves y haikus.

 

GR: ¿Crees que la minificción se volverá la alternativa literaria para nuestra sociedad más allá de la poesía, del cuento más extenso y la novela?

AA: Ya lo es. Hay narradores que no escriben más que brevedades, o para los cuales las brevedades constituyen un capítulo muy importante de su oficio. Hay cada vez más lectores apasionados del microrrelato. Y hay editoriales, sobre todo de las llamadas independientes, que se ineresan en publicar y difundir este tipo de literatura fragmentaria. Pésele a quien le pese, la minificción llegó para quedarse.

 

 

 

Armando Alanís (Saltillo, Coahuila, 1956) radica en la Ciudad de México. Es autor del libro de cuentos La mirada de las vacas; de las novelas Alma sin dueño, La vitrina mágica y Las lágrimas del Centauro, esta última sobre Pancho Villa; y de los libros de microrrelatos Fosa común, Narciso, el masoquista y Coitus interruptus. Colabora con su espacio alfileres en el suplemento Laberinto del periódico Milenio. Cuentos y microrrelatos suyos han sido traducidos al francés y al rumano. Es hombre de pocas palabras.

 

 

Entrevista a Armando Alanís Gabriel Ramos

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Summary: Armando Alanís habla un poco acerca del microrrelato y la escritura creativa en esta entrevista.


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About the Author

Psicólogo, coach profesional escritor y promotor cultural.



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